martes 21 de diciembre de 2010

Una definición necesariamente imprecisa

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Viste traje gris de tenues líneas blancas y corbata roja sobre la camisa clara. Los zapatos son café. Brillan.
Todo en él —afeite al ras, cabello breve— exuda institución.
El hombre del traje gris está sentado en un banco de tablones de madera en la estación de Sitges.
Espera el tren de las seis a casa. 



***

El niño lanza los cubos de plástico, abraza un payaso de trapo, besa al oso tejido.

Una joven con voz de miel canta Le Matin en Patins. La sala es pacífica.
Mamá y Vogue: pasa avisos —Estée Lauder, Gucci, Chloé, Balenciaga, Fendi— y notas —Depp y Vanessa Paradis, The Black Swan de Natalie Portman, Bündchen y Taylor Swift. Entre hojas, mira al niño, que la invita con mohines a recogerlo del corral.
Mamá deja la revista sobre el brazo del sofá. Mira fijamente al hijo.
Sonríe con esfuerzo. Sus mejores sonrisas quedaron atrás.
Está entera, aunque cansada.
El marido se encargará del niño esta noche. Entonces, sí, por qué no, hace un nuevo esfuerzo y va a recogerlo.
***
José Duarte Barros es el mejor vendedor de la charcutería del supermercado Superama de la colonia Condesa.
Los clientes lo prefieren a los invariablemente hoscos Pedro y Lourdes.
José sonríe a todos por todo. Cuando dice buenos días parecen serlo.
***
Hace treinta años, esta mujer perdió el amor de su vida en un paso elevado del Hindu Kush.
Tiene por residencia nueve metros cuadrados de paredes canela. En el portón exterior del hospital psiquiátrico dice, letras de forja, Moscow Serbskii Institute.
Su rutina es agobiante, a pesar de o por su simpleza. A diario precisa unos pocos pasos de la cama a la silla de ruedas que la mantendrá, mañana y tarde, tomando aire bajo un abedul.
Los ojos estarán supendidos de un punto indeterminado. El silencio aísla.
La rutina concluye con el regreso al cuarto. En medio habrá consumido píldoras y comido con frugalidad. Quizás sopa o una carne; tal vez verduras o fruta, con suerte, fresca.
***
El hombre del traje gris ha hecho feliz a su esposa. Tiene casa en Tarragona y en la playa. Vacaciona fuera del país. Ha cuidado los sueños de todos los suyos.
Todas las cosas consideradas, el hombre tiene custodia para el camino al final.
Y sin embargo.
***
Mamá no quería ser mamá pero no es pero.
Mamá quisiera retroceder el tiempo. Y también daría la vida por el pequeño.
Mamá conoce el sinsabor de repetir “no obstante” y “pero” en cada definición.
El niño, ajeno a estas disquisiciones, sonríe, pide pecho, aprende a caminar.
***
José Duarte Barros no puede dejar de sonreír. Es una compulsión.
El charcutero más famoso de la Condesa dice que la risa es un fenómeno físico: expulsa aire, libera espacio.
De otro modo: saca, proyecta, quita. Mientras ríe, la boca se ocupa. Nada entra, todo sale.
El día que el supermercado cierre, José no tendrá más que dientes.
***
El silencio como estrategia de preservación de la memoria —la palabra como su ruptura: la mujer rusa de la psikhushka colgó su vida de un recuerdo con una cadena de silencios.
***
Y luego podríamos contar mil historias de una historia. Podríamos, por ejemplo, decir que tres niños, sentados en un banco de la plaza, toman un helado mientras el viento lame las hojas de los árboles. O que aguardan por mamá, que fue a comprar algo, un lo que sea, y no volverá —jamás. O que piden en el semáforo y ahora reponen fuerzas. O que alguien olvidó recogerlos a la salida de clases. O son amigos y están de paseo por la ciudad. O.
***
El éxito, el amor. La felicidad y su táctica, alegrías parciales. Ser solo.
La derrota agazapada detrás de cada victoria.
La indiferencia supina, antítesis de la entrega sin condiciones.
El egoísmo de las mejores buenas voluntades.
La compañía más etérea, más profunda, menos humana.
***
Ser, como un punto de vista, un significado abierto, una definición necesariamente imprecisa.

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martes 23 de noviembre de 2010

La defensa de un wing izquierdo

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Wing. Eras wing.
Dice, sentada del otro lado de la mesa. El café está frío hace un cuarto de hora.
Se lo acabo de decir. Diez años pasaron, y recién lo digo. Salió así: aire por la boca. Una exhalación, la frase. Wing.
—Era wing.

Dije, y el tiempo hace un loop lento, deteniéndose como un disco con las yemas encima.
—Siempre los más bonitos eran como vos, un wing.
Dice ella, y fuma.
—No sé por qué.
Dice, y afuera la noche empieza a tropezarse con los restos del día.
—Bah, sí sé.
Digo yo:
—Los wings también son muy listos.
Y califico:
Etéreos.
Intensos.
Voladores.
Distantes.
Y ausentes —un wing siempre está al borde. Es un margen. Una frontera.
—Éramos gente rara los wings.
Digo.
—Lo siguen siendo. Seguís.
Dice ella.
—Quien güin fuera, güin queda.
Estoy por pedir que no diga boludeces y estoy por preguntar por qué ya no habla con propiedad del wing y, en cambio, lo desbarranca a un barrial güin. Pero entiendo el movimiento. Me disgusta —me rompe, drena, enoja— pero comprendo. Es wing pero podría ser una cuenta bancaria o una herencia, dos piernas, un amigo desconocido, un dicho de mi hermana, un viaje a ninguna parte.
Entonces digo:
—Lanús, 1956. Así suena güin.
Y digo:
—Yo hablo de algo distinto. De Jonah Lomu, por ejemplo. Entrega, convicción, honra. Sobreponerse a la adversidad, de eso va.
—No lo conozco.
Dice ella.
Es un escándalo, digo yo.
—Los güines son todos iguales.
Dice ella, y su mirada ya es otra, su cuerpo es otro —brioso, movedizo, el nervio activo. Fuma.
—Los wings son todos iguales. Quiero decir, no son, pero son los wings. Vos entendés.
Digo yo.
—Eso mismo. Güines. Iguales.
No insisto. Ella vuelve a fumar, alarga la pausa dejándose ir por la ventana. Su rostro ya no es el mismo. Quizás sea la luz, quizás la tensión, cargada en los párpados, las bolsas de los ojos, los labios en una curva descendente.
—¿Cuál eras?
Dice ella.
—Izquierdo.
Digo yo.
—Uy.
(Al mozo se le cayó una taza y el ruido me turba, pero no creo estar mal: ¿escuché «uy»?)
—¿De veras? ¿Izquierdo?
Wing izquierdo, sí.
—Uy.
(¿«Uy»?)
Nos quedamos en silencio largo rato.
—Es el peor de todos, ¿sabías? El güin izquierdo.
Dice ella, y la mueca del rostro dice asco.
Pido explicaciones. No se corta.
—Mirá toda la formación. Primera a tercera líneas, un paquete. Podría ser nada más un amuchamiento de la muchachada pero también podría ser la masa. Un grupo de choque real o una amenaza permanente que no se concreta: del peronchismo peruquista sección Barrionorte al bolchauvinismo del bar. Un bloque que actúa y no piensa o que lo hace mal cuando encuentra una idea.
No hablo.
—El medio escrán al centro: cerebro y protegido por los gordos delante. Líder fascista.
No, mejor no hablo.
—Por derecha, ala, centros y el güin derecho, tu gemelo bueno. Podría conceder que estos se salvan, pero son la cobertura necesaria. Mala cosa: hacen que otros hagan el laburo sucio.
Sólo quiero dejarla llegar al final, mostrarle.
—Del fulbá ni hablemos. Está perdido allá. El arquero del rugbi. Pobre tipo. Mirá que debe ser feo andar tan desubicado por la vida: arquero en campo de rugbi.
Dice ella.
—Y ustedes, los güines izquierdos. Almas en pena. Almas malas, dada tu historia.
No te permito, le digo.
—No te permito.
Se ríe.
—Lo peor de un equipo. La individualidad, el egoísmo. Egotism. Y también une solitude que rien ne peut combler.
—Los distintos.
—Sí, claro, como quieras.
Dice, y chupa el cigarrillo.
Quiero salvar la ropa, decir «poetas», decir «vanguardia». La punta de lanza. Quien arma cabecera de playa. El (siempre) primer corredor de Marathon. Héroes que cargan sobre sus espaldas el peso de la misión. Tonterías.
El depósito de la confianza comunitaria.
Quisiera hablarle de sacrificios y dedicación, de respeto al grupo y la voluntad colectiva. (Más tonterías.) Esas largas carreras reventando piernas y pulmones por un ideal, que no es una bola. Carreras haciendo rebotar marcadores sobre los muslos. Esquivando la línea, principio y fin de algo. Arrastrado a los bordes, el cuerpo roto, las ideas entumecidas. (Más.)
«Somos poetas», pienso. Campese, Underwood. Y Jonah, siempre Lomu.
Hay que respetar a las vanguardias, caracho. (Y dale que va.)
—Ustedes son gente…
Se interrumpe. Mira al techo, achina los ojos.
Chupa el cigarrillo, lo presumo mojado con la lengua, redondeado por los labios amargos, y esa mueca en la cara, permanente. Asco o descrédito.
—Vos sos gente que no sabe vivir en sociedad, che. Sos un güin izquierdo.
Y vuelve a reír.
Esquivo.
Meandroso.
Escapista.
Elusivo —dice, y pienso.
—Todo necesario. Toda guerra precisa correos.
Digo yo, y como respuesta me llegan la sonrisa coja y una columna de humo en la cara.
Recoge sus cosas.
—Me toca la nena este fin de semana.
Le digo y levanto los ojos como un ruego.
Dice ella:
—Te tocaba el pasado y no fuiste.
Está equivocada: primero y tercero de cada mes.
—Estás equivocada. Es el primero y tercero de cada mes. Lo sabés desde hace un año. La jueza lo puso así. No jodamos.
Tengo razón. Lo veo en sus ojos.
—Da igual —dice, desmereciendo mi victoria, con todo de desentendida. Mira por la ventana, echa una última bocanada de humo, se pasa la lengua por los dientes, curvando el labio—. Pasá al mediodía.
—Al mediodía no puedo. Voy cerca de las dos. Tengo que hacer. Mucho, demasiado que hacer. Ya sabés, laburo.
El sarcasmo alinea sus dientes. Cierra los ojos, sacude un poco la cabeza.
—¿Laburo o partido? Porque ahora que lo sé, quién sabe, capaz que nunca era como decías y te ibas a jugar con los veteranos o…
Interrumpo.
—Laburo, dije. No miento, no mentí. Jamás. Nunca. Respetá…
—No hables de eso, no vos, no justo vos. Diez años juntos, diez, y nunca supe que eras güin izquierdo, mirá vos...
Dice, y la resignación se le cae por los labios.
La resignación o la derrota. Quién sabe.
—¿Estás tan segura de eso? Que nunca dije, ¿tan importante es? Si no dije, no significa que te haya mentido. Insisto, no miento. ¿Qué importa ahora?
Digo.
Rebufa. Se levanta.
—A las dos entonces. ¿Puedo confiar en vos?
—Siempre.
—Por tus siempre así quedamos, güin.
—No empecés. Vos esperá. Teneme a la nena lista que yo llego. Siempre llego. Creeme.

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lunes 25 de octubre de 2010

Fortunas

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Veo las arrugas en la frente de ese hombre.
Puedo decirle que sé, porque he ganado inteligencia, que su vida ha sido, digamos, en general, por lo menos, buena.
Insisto: a grandes rasgos, buena.
Al menos, buena.
Oh, no hay por qué sobresaltarse. Nada extraño sucederá con él. No veo sus arrugas porque vaya a adivinar su sino trágico. (Si algo es cierto es que todos nos iremos de aquí.)
Lo que veo es su ayer y ahora. No me ha sido conferido el favor de la adivinanza.
Por lo tanto, ese hombre con arrugas mañana se levantará y tomará la ducha habitual. Head & Shoulders para la caspa. Aftershave Hermès.
Se detendrá frente al espejo unos instantes. los ojos bien abiertos, mirándose.
Parpadeará una vez, inmóvil: no pensará en nada.
Un instante en blanco.
Luego se pondrá el traje azul.
La camisa será distinta: blanca de fondo, recuadros en rosa suave.
Y luego: el reloj con correa de cuero color café, los gemelos plateados, la corbata roja, vivos amarillos: miércoles.
Eso no lo dicen las arrugas sino el baile unipersonal: la rutina. (Alguien le ha dicho que las arrugas son rutina pero el hombre sabe que la rutina nada más esponja el centro del pecho y deposita en el banco cada cinco del mes.)
Las arrugas hablan de sí mismas.
Un despido es responsable por la mitad de la superior —la parte derecha. Por la otra mitad, una pérdida —personal, no viene al caso.
La del centro es irrefutable: genes. Cinco generaciones con el trazo medio de un extremo a otro de las cejas. (No discutas lo irremediable.)
La inferior: dos divorcios, una hija que no habla, un hijo sin ley. Tenía treinta y un años cuando asomó y treinta tres cuando acabó el tallado.
Los canales de la frente de este hombre se disputan su identidad con otros trazos.
Los arcos a ambos lados de la boca: ha sabido (sabe) reír.
Las bolsas bajo los ojos: quien suponga desgaste, verá error. Esos sacos de piel comulgan con la risa.
Sí, puedo ver las arrugas en la frente de ese hombre hoy y siempre.
Soy su espejo; él mi imagen.
Vive con la fortuna que te toca, nos digo.

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martes 30 de marzo de 2010

Apio en la ensalada

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Durante años me dijeron que tengo un carácter de porquería. Irritable. Colérico. Áspero. Amargo. Para mí, eso es un sinsentido. ¿Cómo se te ocurre? Absoluta carencia de paladar. La gente vive tan ocupada en poner a los demás en su sitio que pierde el suyo. La paja y la viga, ¿capito? Apio en mi ensalada: no me pescan el sabor.
***

Me llamo Oberdán Washington Liberman, soy uruguayo y vi la final del Maracanazo de 1950. Aquel fue el momento más feliz de mi vida. Me tatué el nombre de Gigghia en el cachete derecho del culo y el de Barbosa en el izquierdo. Cuando algo me sale bien, le pido a mi mujer que me toque el derecho; cuando me mando una imperdonable, yo mismo me doy una de Dios de taquito sobre Barbosa. No hay nada mejor que ponerse uno mismo en su lugar.
Aquel 16 de julio fue la última vez que le puse apio a la ensalada. Desde entonces, ni una alegría para este geniecito charrúa que cargo.
***
No es que sea belicoso, faltaba más. Soy un señor de edad, ingeniero mecánico retirado. (No es fácil ser ingeniero en un país de comentaristas.) Algunas veces uso sombrero y cardigan de lana. Si se me ve en la calle es porque he cometido un error: yo me fundo con las paredes.
Pero tengo mi carácter.
Mi genio es una función matemática e hidráulica. Y, curiosamente, poco tiene que ver con el fóbal, así exista aquella coincidencia de 1950. Capaz que es de profesión o de puro jodido. (Capaz que es este río muerto.)
Se necesita cierta inteligencia para, apropiadamente, conducir este carácter automotor. Oberdán Washington Liberman es como un tanque de combustible, damas y caballeros. Me lleno y me vacío a medida que avanza el cuentavueltas. Lo sustancial para ustedes —lo único que en realidad deben saber— es que el comportamiento pistero se correlaciona directamente con la calidad de los argumentos de, valga decir, mis ocasionales interlocutores. O con lo que hacen a veces. O toda su vida.
¿Cómo que hablo pavadas sin decir adónde voy? Faltaba más, decime un poco: ¿necesitás que te de un mapa de ruta para adivinarme los cruces de calle, papusa? Dejate de joder y haceme un par de favores. Primero devolveme el mate, que ese me toca a mí. Segundo, no me tapes el sol que ya cae la fresca y me duelen los huesos. El tercero te lo hago yo y va de yapa: escuchá un poquito a ver si aprendés.
***
Yo te arranco el día con paciencia tibetana. Un dique de emociones positivas, blancas, amarillas, naranjas; colores bonitos y bobitos. De otro modo: yo empiezo con un gol combado del Enzo desde el vestuario. Oberdán 1 - Vida 0. No cualquiera.
El problema es que la humanidad o te mata o te desgasta, que para el caso es lo mismo. A mí, entre otras cosas, me vacía el tanque de ánimos.
Mi respuesta a las situaciones es la siguiente:
A vanidades ajenas mínimas, leves muecas de desagrado. No más. Eso da un ochenta por ciento de comportamiento afable con el tanque casi lleno.
Ante tonterías pasables, me fugo. En esta categoría entran los comentarios repetidos de la fecha del fin de semana, los cuentos de taxistas y las opiniones sobre el gobierno. La gente que se quejó, queja y siempre se quejará porque aumentó el kilo de carne. La ciática y la gota. Esa cosa que llaman electrotango.
En estas circunstancias, seis de cada diez veces te regreso con amenidades. Hasta te uso bonete, mirá lo que te digo.
A esto se le llama productividad o kilómetro por litro: con poco, igual circulo fácil. Hago unos cuantos ka-eme de travesía socialmente respetable; mínimo gasto. Y todavía no empasto la bujía.

***
Si el planteo me puede desquiciar, paciencia: perdono uno de cada dos.
(Es cierto; la proporción es más chica. ¿Te queda bien ocho de veinte?)
Acá van: los vecinos que se ponen a charlar cuando sacás la basura y los que llaman por teléfono en medio de algo importante, como estar en el baño. Más que amargura, esto me provoca acidez. Y yo, con acidez, no puedo tomar mate. O sea, se me corroe un poco el sistema.
***
La gente no conoce límites. No por eso van a hacer limonada de mi humanidad. Cada dos por tres, bramo. O sea.
***
Término medio, estaré cuatro de cada cinco interacciones con humor de perros. Aquí es cuando se me va la paciencia al diablo o, automovilísticamente hablando, se me vacía el tanque. Como si los piedrazos del camino de ripio me hubieran dejado un agujero en el alma. (Pavada de definición te tire.) Este comportamiento es más que defendible. Los tópicos que lo generan serían reprobados hasta por una vedette o por Susana Giménez.
***
Y me verás, ahora sí, con un total y definitivo carácter de mierda ante ciertas papanaterías. Le pasa a todos. A unos les rompe soberanamente el espíritu lavar el auto. O almorzar en casa del yerno los domingos. O planchar. Pasear el perro. Que pierdan el Milan y Peñarol. Impositiva. La colonoscopía. El dolor de espalda. Las uñas como pezuñas.
A mí me carga que pidas que recuerde el cumpleaños de tu sobrina-nieta y la fecha en que termina la oferta de temporada del almacén.
No quiero ver tu novela ni leer las cartas de tu hermana.
Si vienen los botijas, atendelos vos, que ya sabemos que conmigo ni-fú-ni-fá.
No me mezcles lechuga y tomate que se aguachenta el día.
Si hasta entonces me quedaba una línea de combustible en el tanque del amor, me perdiste. Me quedo sin reserva. Cero. Kaputt, corazón. El motor no me funciona más. ¿Tan malo soy por eso?
Quereme un poco más. Sacame el apio de la ensalada. Dame un minuto de descanso. Dejame con el último sol.

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miércoles 17 de marzo de 2010

Ella sabe

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Un día le dijeron 
que toda su vida 
estaba descrita en un libro.



No resistió la tentación 
de leer el final.



El libro descansa ahora 
en el cuarto estante 
de la biblioteca de su madre.
Ella cree saber.



Saber 
es desconsuelo.


ILUSTRACIONES: LEONOR PEREZ, PARA EGM (2010)

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