—Wing. Eras wing.
Dice, sentada del otro lado de la mesa. El café está frío hace un cuarto de hora.
Se lo acabo de decir. Diez años pasaron, y recién lo digo. Salió así: aire por la boca. Una exhalación, la frase. Wing.
—Era wing.
Dije, y el tiempo hace un loop lento, deteniéndose como un disco con las yemas encima.
—Siempre los más bonitos eran como vos, un wing.
Dice ella, y fuma.
—No sé por qué.
Dice, y afuera la noche empieza a tropezarse con los restos del día.
—Bah, sí sé.
Digo yo:
—Los wings también son muy listos.
Y califico:
Etéreos.
Intensos.
Voladores.
Distantes.
Y ausentes —un wing siempre está al borde. Es un margen. Una frontera.
—Éramos gente rara los wings.
Digo.
—Lo siguen siendo. Seguís.
Dice ella.
—Quien güin fuera, güin queda.
Estoy por pedir que no diga boludeces y estoy por preguntar por qué ya no habla con propiedad del wing y, en cambio, lo desbarranca a un barrial güin. Pero entiendo el movimiento. Me disgusta —me rompe, drena, enoja— pero comprendo. Es wing pero podría ser una cuenta bancaria o una herencia, dos piernas, un amigo desconocido, un dicho de mi hermana, un viaje a ninguna parte.
Entonces digo:
—Lanús, 1956. Así suena güin.
Y digo:
—Yo hablo de algo distinto. De Jonah Lomu, por ejemplo. Entrega, convicción, honra. Sobreponerse a la adversidad, de eso va.
—No lo conozco.
Dice ella.
Es un escándalo, digo yo.
—Los güines son todos iguales.
Dice ella, y su mirada ya es otra, su cuerpo es otro —brioso, movedizo, el nervio activo. Fuma.
—Los wings son todos iguales. Quiero decir, no son, pero son los wings. Vos entendés.
Digo yo.
—Eso mismo. Güines. Iguales.
No insisto. Ella vuelve a fumar, alarga la pausa dejándose ir por la ventana. Su rostro ya no es el mismo. Quizás sea la luz, quizás la tensión, cargada en los párpados, las bolsas de los ojos, los labios en una curva descendente.
—¿Cuál eras?
Dice ella.
—Izquierdo.
Digo yo.
—Uy.
(Al mozo se le cayó una taza y el ruido me turba, pero no creo estar mal: ¿escuché «uy»?)
—¿De veras? ¿Izquierdo?
—Wing izquierdo, sí.
—Uy.
(¿«Uy»?)
Nos quedamos en silencio largo rato.
—Es el peor de todos, ¿sabías? El güin izquierdo.
Dice ella, y la mueca del rostro dice asco.
Pido explicaciones. No se corta.
—Mirá toda la formación. Primera a tercera líneas, un paquete. Podría ser nada más un amuchamiento de la muchachada pero también podría ser la masa. Un grupo de choque real o una amenaza permanente que no se concreta: del peronchismo peruquista sección Barrionorte al bolchauvinismo del bar. Un bloque que actúa y no piensa o que lo hace mal cuando encuentra una idea.
No hablo.
—El medio escrán al centro: cerebro y protegido por los gordos delante. Líder fascista.
No, mejor no hablo.
—Por derecha, ala, centros y el güin derecho, tu gemelo bueno. Podría conceder que estos se salvan, pero son la cobertura necesaria. Mala cosa: hacen que otros hagan el laburo sucio.
Sólo quiero dejarla llegar al final, mostrarle.
—Del fulbá ni hablemos. Está perdido allá. El arquero del rugbi. Pobre tipo. Mirá que debe ser feo andar tan desubicado por la vida: arquero en campo de rugbi.
Dice ella.
—Y ustedes, los güines izquierdos. Almas en pena. Almas malas, dada tu historia.
No te permito, le digo.
—No te permito.
Se ríe.
—Lo peor de un equipo. La individualidad, el egoísmo. Egotism. Y también une solitude que rien ne peut combler.
—Los distintos.
—Sí, claro, como quieras.
Dice, y chupa el cigarrillo.
Quiero salvar la ropa, decir «poetas», decir «vanguardia». La punta de lanza. Quien arma cabecera de playa. El (siempre) primer corredor de Marathon. Héroes que cargan sobre sus espaldas el peso de la misión. Tonterías.
El depósito de la confianza comunitaria.
Quisiera hablarle de sacrificios y dedicación, de respeto al grupo y la voluntad colectiva. (Más tonterías.) Esas largas carreras reventando piernas y pulmones por un ideal, que no es una bola. Carreras haciendo rebotar marcadores sobre los muslos. Esquivando la línea, principio y fin de algo. Arrastrado a los bordes, el cuerpo roto, las ideas entumecidas. (Más.)
«Somos poetas», pienso. Campese, Underwood. Y Jonah, siempre Lomu.
Hay que respetar a las vanguardias, caracho. (Y dale que va.)
—Ustedes son gente…
Se interrumpe. Mira al techo, achina los ojos.
Chupa el cigarrillo, lo presumo mojado con la lengua, redondeado por los labios amargos, y esa mueca en la cara, permanente. Asco o descrédito.
—Vos sos gente que no sabe vivir en sociedad, che. Sos un güin izquierdo.
Y vuelve a reír.
Esquivo.
Meandroso.
Escapista.
Elusivo —dice, y pienso.
—Todo necesario. Toda guerra precisa correos.
Digo yo, y como respuesta me llegan la sonrisa coja y una columna de humo en la cara.
Recoge sus cosas.
—Me toca la nena este fin de semana.
Le digo y levanto los ojos como un ruego.
Dice ella:
—Te tocaba el pasado y no fuiste.
Está equivocada: primero y tercero de cada mes.
—Estás equivocada. Es el primero y tercero de cada mes. Lo sabés desde hace un año. La jueza lo puso así. No jodamos.
Tengo razón. Lo veo en sus ojos.
—Da igual —dice, desmereciendo mi victoria, con todo de desentendida. Mira por la ventana, echa una última bocanada de humo, se pasa la lengua por los dientes, curvando el labio—. Pasá al mediodía.
—Al mediodía no puedo. Voy cerca de las dos. Tengo que hacer. Mucho, demasiado que hacer. Ya sabés, laburo.
El sarcasmo alinea sus dientes. Cierra los ojos, sacude un poco la cabeza.
—¿Laburo o partido? Porque ahora que lo sé, quién sabe, capaz que nunca era como decías y te ibas a jugar con los veteranos o…
Interrumpo.
—Laburo, dije. No miento, no mentí. Jamás. Nunca. Respetá…
—No hables de eso, no vos, no justo vos. Diez años juntos, diez, y nunca supe que eras güin izquierdo, mirá vos...
Dice, y la resignación se le cae por los labios.
La resignación o la derrota. Quién sabe.
—¿Estás tan segura de eso? Que nunca dije, ¿tan importante es? Si no dije, no significa que te haya mentido. Insisto, no miento. ¿Qué importa ahora?
Digo.
Rebufa. Se levanta.
—A las dos entonces. ¿Puedo confiar en vos?
—Siempre.
—Por tus siempre así quedamos, güin.
—No empecés. Vos esperá. Teneme a la nena lista que yo llego. Siempre llego. Creeme.
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