viernes, 22 de marzo de 2013

¿Eligen tapa a "El último comunista de Miami"?

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Sub-Urbano Ediciones lanza su market-place para libros electrónicos con “El último comunista de Miami”, una reedición corregida (y reducida) para ebook de “South Beach”.
El diseñador chileno Álvaro Araya es el autor de la serie de tapas.
Para elegirlas, mencionen el número (Comunista 1, Comunista 2 o Comunista 3) en los comentarios, o destaquen un rasgo.
Gracias por participar. Toda difusión, agradecida.


Comunista 1
Comunista 2
Comunista 3

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jueves, 3 de enero de 2013

Caracas de noche

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Este texto es parte del libro «South Beach» (2009).
Mamá se acerca limpiándose las manos en el delantal.
—¿Comes, Radamel?
—No.
—¿Saldrás?
—No.
—Porque si sales, podrías llamarlo y...
—Dije que no, mami.
Mamá retrocede a la espantada. Vuelve a la cocina a trozar un pollo. Da tres, cuatro sablazos y no puede más. Suelta el pollo y se afirma con las manos en la mesada. Lloriquea.
Siempre que comemos pollo mamá llora. Le recuerda los malos años. Comprábamos los pitipuás, el guayayo y la harina para las arepas de a puñados y lo canjeábamos por menudos o una pechuga: no había para pollo entero. Eran los inicios de la revolución.

Mamá gira hacia mí, apoyándose en la mesa.
—¿Cuánto hace que no hablas con él? —insiste— Mira todo esto. Todo por él.
Todo esto es la casa. Un PH en Chacao con ventanales de piso a techo, tres cuartos, dos balcones, terraza volada. Ella lo eligió; él lo financió. Un modo de pagar la ausencia. Mamá dice contentarse con todo esto. Le gusta contemplar Caracas de noche con una copa de champaña en la terraza.
Para ser franco, nunca superó la partida de papá. Mamá tiene educación de vieja escuela y en la vieja escuela podrá irse el hombre en cuerpo, pero las ataduras emocionales no se desanudan. Por lo mismo, está obligada a mantener el tipo, día y noche. Jamás le escuché una queja en público. Es una dama de formas impecables, incluso en casa. Al pollo, por ejemplo, lo troza embutida en un De la Renta de la segunda época de la revolución. 

Yo no soy igual; mi sangre calienta distinto.
—Deberías llamar —retoma.
El nuevo reclamo me llena las venas y respondo lanzando la Nintendo X-Box contra el televisor. Mamá puede sacarme la furia con tirabuzón y hoy no tengo ánimo para su esgrima lingüística. Al final, vuelve a wipear y yo me encierro en mi cuarto con un portazo.

Dos horas después, ha puesto la mesa y me espera sentada para cenar. Yo estoy bañado y vestido para salir. Regresamos a lo obvio.

—¿Cenarás, Radamel?

Esta vez accedo.

—Sí, mami.
Como en silencio: el pollo está delicioso. Los tostones se deshacen con la saliva. El tercio fresco acompaña bien.
—¿Y saldrás?
Vuelvo a asentir.
—Chévere —se entusiasma—. No quiero insistir con que llames, pero si sales quizás...
Basta. Suelto los cubiertos y empujo el plato con fuerza. La copa de vino se derrama por el mantel como un continente. ¿Por qué me fuerza a eso?
—Disculpa, hijo, es sólo que...
Cierro los oídos. Conozco el lugar de cada palabra en la monserga. Su amor dedicado, la espera eterna. La fidelidad a un hombre, la lealtad a su causa.
En parte, soy responsable de esa ficción. Desde hace un tiempo, finjo hablar con mi padre, que ha enfermado. No tengo su nervio para la improvisación. He inventado que, en la convalecencia de una cirugía, papá ha repensado las cosas. Que considera, quizás y sólo quizás, pasar por casa. He dicho a mamá que sería una vez, al azar. Luego, si él se siente a gusto, sugerí que lo haría a menudo.
Mi madre sigue hablando mientras yo recupero el plato y vuelvo al pollo y las arepas sin urbanidad. Se le escapan un par de lágrimas a la carrera. Cree que no la veo. Han pasado treinta y cinco años desde que papá armó las maletas y las lágrimas han estado todo el tiempo disponibles en su honor y memoria.
Me acomodo en la silla. Estoy cansado: voy a acabar con el juego.
—No va a volver, má.
Mamá detiene el llanto, me devuelve una mirada turbia. Luego ambos bajamos la vista, el silencio se hace pesado. Creo que ha entendido. O quizás ya sabía todo y era ella quien jugaba conmigo, poniendo a prueba mis nervios.
—Papá murió hace setenta y tres días.
Entonces se derrumba. Clava la cabeza entre las manos y deja caer el dorso de las palmas sobre el mantel. Es llanto es grito, mocos. Me acerco, pero se me escurre de las manos y de la silla y se desparrama por el piso, igual que cuando mi padre se fue tras el sueño. Entonces yo era un jovencito y podía con ella, pero ahora tengo cincuenta y seis años y debo devolverla al asiento con esfuerzo, cuidándome la espalda.
Le paso un Kleenex.
—¿Desde cuándo... desde cuándo lo sabes? —dice, la voz sedosa.
—Desde el día en que murió.
Quiere saber quién me avisó.
—Su gente me llamó, má. Me anticiparon que pasaría. No había ninguna enfermedad, ninguna cirugía. Fue veneno.
Veneno. Por un instante, creo que mamá se hundirá otra vez. Anticipo la secuencia: seguirán gritos desfogados, tironeará mi ropa y la suya, volverá a lanzarse al piso, a tomarse el rostro y el vientre. Pero nada de eso sucede. Repentinamente, como tocada por una iluminación, se enjuga el rostro y me toma la cara con firmeza. Quiere sonreír pero le sale un mohín triste.
—Radamel, entonces... —toma aire: ya no habrá lágrimas— Eso quiere decir que tú...
No sé si me he vuelto un idiota pero siento alivio.
—Sí, mami, soy presidente de la república. Desde el día en que papá murió.
—Mi hijo presidente...
El cambio es significativo. Ha desaparecido de su frente todo gesto de contrariedad. Su rostro es vívido: hemos matado a papá. O lo he matado yo y ella lo entierra. Cuando la abrazo me toma con una fuerza desconocida. Quiero hablarle y decirle que estaremos mejor pero no alcanzo nunca a elaborar esa frase. En cambio, tengo otra.
—¿Sabe, mamá? Toda esta vaina es demasiado grande para mí... ¿Cómo se llenan los pantalones de papá? No basta la camisa roja y las banderas, hay que tener guáramo. Soy su bastardo, má. Todo esto es un cogeculo.
El cuerpo sigue allí pero mi madre ya flota en otra dimensión. No importa qué haya dicho. Suelta mi rostro y retrocede dos pasos. Procesa el presente, prefigura los días por venir. Toma una servilleta y se retira con delicadeza el rimel corrido, se acomoda el peinado. En nada, está casi impecable.
Sé exactamente qué sigue, pues así ha sido por años:
• Levantará la mesa en silencio, lavará los platos.
• Suspirará, como siempre, de tanto en tanto, aunque por motivos distintos.
• Luego irá a su cuarto y se dará una ducha. No dejará de exprimir ideas.
• Se pondrá el camisón y el desavillé rosado.
• Fumará un cigarro mentolado en la terraza y tomará un whisky contemplando el sueño de la ciudad.
• Mientras se cubre de cremas, antes de acostarse, entonará una canción de Rocío Durcal u otro romántico.
Mañana será otro día para ella. No dejará ir a papá, pero se alzará sobre el dolor atesorado. La muerte ha creado una nueva vida para mamá, y le sacará provecho. Le esperan reuniones con amigas, políticos y militares, el partido de mi padre, sus seguidores. Toda una existencia que le escondí durante meses emergerá a primera hora. Comenzará a hacer y recibir llamadas, programará salidas para comprar nuevos vestidos. Querrá mudarse El Chacao perdió su razón de ser: pedirá Miraflores.
A mí, en cambio, me espera un mundo de espejos enfrentados, un reflejo infinito. Un escenario unipersonal donde sólo mi padre sabía actuar. Heredo una corona que no deseo. A diferencia de mamá, cada hora será para mí la misma, un día común, un calco de los años pasados.
Seguiré sin atender el teléfono. No abriré la puerta a los edecanes ni a los jababolas. Quemaré el correo. El gabinete esperará por mí, pero al final se rendirá a la imposición de mi madre. Es eso o, sin papá para domarlo, freírse en conspiraciones. Yo no sé vivir en este nuevo mundo. Podría seguir sin saber qué camino tomar por mil años más. Nada más quiero jugar con la Nintendo X-Box.
Suena el teléfono. Habitualmente atiendo yo pero me duele el cuerpo y estoy embarullado. Grito a mamá que diga que no estoy.
—No te preocupes, Radamelcito —responde desde el cuarto—. Es una amiga.
Claro que no me preocupo: me ha respondido sin titubeos, la voz franca. La congoja un segundo después que padre. En nada de tiempo cantará o silbará.
Me estiro en el sofá y arrastro la consola de la Nintendo X-Box por el cable. Aprieto power. Funciona. Chévere. Pongo Halo 31.
El televisor hace un ruido como cuando se calientan los transistores viejos. El impacto de la consola fracturó la pantalla de izquierda a derecha. Si no fuera porque domino el juego —no por nada soy campeón sudamericano desde hace quince años— sería casi imposible seguir las batallas.
Del cuarto de mamá llega su voz tarareando una canción. Perales: «Treinta años de ser príncipe».
El menú de Halo se activa. La noche se cierra sobre Caracas.

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martes, 21 de diciembre de 2010

Una definición necesariamente imprecisa

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Viste traje gris de tenues líneas blancas y corbata roja sobre la camisa clara. Los zapatos son café. Brillan.
Todo en él —afeite al ras, cabello breve— exuda institución.
El hombre del traje gris está sentado en un banco de tablones de madera en la estación de Sitges.
Espera el tren de las seis a casa. 



***

El niño lanza los cubos de plástico, abraza un payaso de trapo, besa al oso tejido.

Una joven con voz de miel canta Le Matin en Patins. La sala es pacífica.
Mamá y Vogue: pasa avisos —Estée Lauder, Gucci, Chloé, Balenciaga, Fendi— y notas —Depp y Vanessa Paradis, The Black Swan de Natalie Portman, Bündchen y Taylor Swift. Entre hojas, mira al niño, que la invita con mohines a recogerlo del corral.
Mamá deja la revista sobre el brazo del sofá. Mira fijamente al hijo.
Sonríe con esfuerzo. Sus mejores sonrisas quedaron atrás.
Está entera, aunque cansada.
El marido se encargará del niño esta noche. Entonces, sí, por qué no, hace un nuevo esfuerzo y va a recogerlo.
***
José Duarte Barros es el mejor vendedor de la charcutería del supermercado Superama de la colonia Condesa.
Los clientes lo prefieren a los invariablemente hoscos Pedro y Lourdes.
José sonríe a todos por todo. Cuando dice buenos días parecen serlo.
***
Hace treinta años, esta mujer perdió el amor de su vida en un paso elevado del Hindu Kush.
Tiene por residencia nueve metros cuadrados de paredes canela. En el portón exterior del hospital psiquiátrico dice, letras de forja, Moscow Serbskii Institute.
Su rutina es agobiante, a pesar de o por su simpleza. A diario precisa unos pocos pasos de la cama a la silla de ruedas que la mantendrá, mañana y tarde, tomando aire bajo un abedul.
Los ojos estarán supendidos de un punto indeterminado. El silencio aísla.
La rutina concluye con el regreso al cuarto. En medio habrá consumido píldoras y comido con frugalidad. Quizás sopa o una carne; tal vez verduras o fruta, con suerte, fresca.
***
El hombre del traje gris ha hecho feliz a su esposa. Tiene casa en Tarragona y en la playa. Vacaciona fuera del país. Ha cuidado los sueños de todos los suyos.
Todas las cosas consideradas, el hombre tiene custodia para el camino al final.
Y sin embargo.
***
Mamá no quería ser mamá pero no es pero.
Mamá quisiera retroceder el tiempo. Y también daría la vida por el pequeño.
Mamá conoce el sinsabor de repetir “no obstante” y “pero” en cada definición.
El niño, ajeno a estas disquisiciones, sonríe, pide pecho, aprende a caminar.
***
José Duarte Barros no puede dejar de sonreír. Es una compulsión.
El charcutero más famoso de la Condesa dice que la risa es un fenómeno físico: expulsa aire, libera espacio.
De otro modo: saca, proyecta, quita. Mientras ríe, la boca se ocupa. Nada entra, todo sale.
El día que el supermercado cierre, José no tendrá más que dientes.
***
El silencio como estrategia de preservación de la memoria —la palabra como su ruptura: la mujer rusa de la psikhushka colgó su vida de un recuerdo con una cadena de silencios.
***
Y luego podríamos contar mil historias de una historia. Podríamos, por ejemplo, decir que tres niños, sentados en un banco de la plaza, toman un helado mientras el viento lame las hojas de los árboles. O que aguardan por mamá, que fue a comprar algo, un lo que sea, y no volverá —jamás. O que piden en el semáforo y ahora reponen fuerzas. O que alguien olvidó recogerlos a la salida de clases. O son amigos y están de paseo por la ciudad. O.
***
El éxito, el amor. La felicidad y su táctica, alegrías parciales. Ser solo.
La derrota agazapada detrás de cada victoria.
La indiferencia supina, antítesis de la entrega sin condiciones.
El egoísmo de las mejores buenas voluntades.
La compañía más etérea, más profunda, menos humana.
***
Ser, como un punto de vista, un significado abierto, una definición necesariamente imprecisa.

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martes, 23 de noviembre de 2010

La defensa de un wing izquierdo

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Wing. Eras wing.
Dice, sentada del otro lado de la mesa. El café está frío hace un cuarto de hora.
Se lo acabo de decir. Diez años pasaron, y recién lo digo. Salió así: aire por la boca. Una exhalación, la frase. Wing.
—Era wing.

Dije, y el tiempo hace un loop lento, deteniéndose como un disco con las yemas encima.
—Siempre los más bonitos eran como vos, un wing.
Dice ella, y fuma.
—No sé por qué.
Dice, y afuera la noche empieza a tropezarse con los restos del día.
—Bah, sí sé.
Digo yo:
—Los wings también son muy listos.
Y califico:
Etéreos.
Intensos.
Voladores.
Distantes.
Y ausentes —un wing siempre está al borde. Es un margen. Una frontera.
—Éramos gente rara los wings.
Digo.
—Lo siguen siendo. Seguís.
Dice ella.
—Quien güin fuera, güin queda.
Estoy por pedir que no diga boludeces y estoy por preguntar por qué ya no habla con propiedad del wing y, en cambio, lo desbarranca a un barrial güin. Pero entiendo el movimiento. Me disgusta —me rompe, drena, enoja— pero comprendo. Es wing pero podría ser una cuenta bancaria o una herencia, dos piernas, un amigo desconocido, un dicho de mi hermana, un viaje a ninguna parte.
Entonces digo:
—Lanús, 1956. Así suena güin.
Y digo:
—Yo hablo de algo distinto. De Jonah Lomu, por ejemplo. Entrega, convicción, honra. Sobreponerse a la adversidad, de eso va.
—No lo conozco.
Dice ella.
Es un escándalo, digo yo.
—Los güines son todos iguales.
Dice ella, y su mirada ya es otra, su cuerpo es otro —brioso, movedizo, el nervio activo. Fuma.
—Los wings son todos iguales. Quiero decir, no son, pero son los wings. Vos entendés.
Digo yo.
—Eso mismo. Güines. Iguales.
No insisto. Ella vuelve a fumar, alarga la pausa dejándose ir por la ventana. Su rostro ya no es el mismo. Quizás sea la luz, quizás la tensión, cargada en los párpados, las bolsas de los ojos, los labios en una curva descendente.
—¿Cuál eras?
Dice ella.
—Izquierdo.
Digo yo.
—Uy.
(Al mozo se le cayó una taza y el ruido me turba, pero no creo estar mal: ¿escuché «uy»?)
—¿De veras? ¿Izquierdo?
Wing izquierdo, sí.
—Uy.
(¿«Uy»?)
Nos quedamos en silencio largo rato.
—Es el peor de todos, ¿sabías? El güin izquierdo.
Dice ella, y la mueca del rostro dice asco.
Pido explicaciones. No se corta.
—Mirá toda la formación. Primera a tercera líneas, un paquete. Podría ser nada más un amuchamiento de la muchachada pero también podría ser la masa. Un grupo de choque real o una amenaza permanente que no se concreta: del peronchismo peruquista sección Barrionorte al bolchauvinismo del bar. Un bloque que actúa y no piensa o que lo hace mal cuando encuentra una idea.
No hablo.
—El medio escrán al centro: cerebro y protegido por los gordos delante. Líder fascista.
No, mejor no hablo.
—Por derecha, ala, centros y el güin derecho, tu gemelo bueno. Podría conceder que estos se salvan, pero son la cobertura necesaria. Mala cosa: hacen que otros hagan el laburo sucio.
Sólo quiero dejarla llegar al final, mostrarle.
—Del fulbá ni hablemos. Está perdido allá. El arquero del rugbi. Pobre tipo. Mirá que debe ser feo andar tan desubicado por la vida: arquero en campo de rugbi.
Dice ella.
—Y ustedes, los güines izquierdos. Almas en pena. Almas malas, dada tu historia.
No te permito, le digo.
—No te permito.
Se ríe.
—Lo peor de un equipo. La individualidad, el egoísmo. Egotism. Y también une solitude que rien ne peut combler.
—Los distintos.
—Sí, claro, como quieras.
Dice, y chupa el cigarrillo.
Quiero salvar la ropa, decir «poetas», decir «vanguardia». La punta de lanza. Quien arma cabecera de playa. El (siempre) primer corredor de Marathon. Héroes que cargan sobre sus espaldas el peso de la misión. Tonterías.
El depósito de la confianza comunitaria.
Quisiera hablarle de sacrificios y dedicación, de respeto al grupo y la voluntad colectiva. (Más tonterías.) Esas largas carreras reventando piernas y pulmones por un ideal, que no es una bola. Carreras haciendo rebotar marcadores sobre los muslos. Esquivando la línea, principio y fin de algo. Arrastrado a los bordes, el cuerpo roto, las ideas entumecidas. (Más.)
«Somos poetas», pienso. Campese, Underwood. Y Jonah, siempre Lomu.
Hay que respetar a las vanguardias, caracho. (Y dale que va.)
—Ustedes son gente…
Se interrumpe. Mira al techo, achina los ojos.
Chupa el cigarrillo, lo presumo mojado con la lengua, redondeado por los labios amargos, y esa mueca en la cara, permanente. Asco o descrédito.
—Vos sos gente que no sabe vivir en sociedad, che. Sos un güin izquierdo.
Y vuelve a reír.
Esquivo.
Meandroso.
Escapista.
Elusivo —dice, y pienso.
—Todo necesario. Toda guerra precisa correos.
Digo yo, y como respuesta me llegan la sonrisa coja y una columna de humo en la cara.
Recoge sus cosas.
—Me toca la nena este fin de semana.
Le digo y levanto los ojos como un ruego.
Dice ella:
—Te tocaba el pasado y no fuiste.
Está equivocada: primero y tercero de cada mes.
—Estás equivocada. Es el primero y tercero de cada mes. Lo sabés desde hace un año. La jueza lo puso así. No jodamos.
Tengo razón. Lo veo en sus ojos.
—Da igual —dice, desmereciendo mi victoria, con todo de desentendida. Mira por la ventana, echa una última bocanada de humo, se pasa la lengua por los dientes, curvando el labio—. Pasá al mediodía.
—Al mediodía no puedo. Voy cerca de las dos. Tengo que hacer. Mucho, demasiado que hacer. Ya sabés, laburo.
El sarcasmo alinea sus dientes. Cierra los ojos, sacude un poco la cabeza.
—¿Laburo o partido? Porque ahora que lo sé, quién sabe, capaz que nunca era como decías y te ibas a jugar con los veteranos o…
Interrumpo.
—Laburo, dije. No miento, no mentí. Jamás. Nunca. Respetá…
—No hables de eso, no vos, no justo vos. Diez años juntos, diez, y nunca supe que eras güin izquierdo, mirá vos...
Dice, y la resignación se le cae por los labios.
La resignación o la derrota. Quién sabe.
—¿Estás tan segura de eso? Que nunca dije, ¿tan importante es? Si no dije, no significa que te haya mentido. Insisto, no miento. ¿Qué importa ahora?
Digo.
Rebufa. Se levanta.
—A las dos entonces. ¿Puedo confiar en vos?
—Siempre.
—Por tus siempre así quedamos, güin.
—No empecés. Vos esperá. Teneme a la nena lista que yo llego. Siempre llego. Creeme.

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lunes, 25 de octubre de 2010

Fortunas

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Veo las arrugas en la frente de ese hombre.
Puedo decirle que sé, porque he ganado inteligencia, que su vida ha sido, digamos, en general, por lo menos, buena.
Insisto: a grandes rasgos, buena.
Al menos, buena.
Oh, no hay por qué sobresaltarse. Nada extraño sucederá con él. No veo sus arrugas porque vaya a adivinar su sino trágico. (Si algo es cierto es que todos nos iremos de aquí.)
Lo que veo es su ayer y ahora. No me ha sido conferido el favor de la adivinanza.
Por lo tanto, ese hombre con arrugas mañana se levantará y tomará la ducha habitual. Head & Shoulders para la caspa. Aftershave Hermès.
Se detendrá frente al espejo unos instantes. los ojos bien abiertos, mirándose.
Parpadeará una vez, inmóvil: no pensará en nada.
Un instante en blanco.
Luego se pondrá el traje azul.
La camisa será distinta: blanca de fondo, recuadros en rosa suave.
Y luego: el reloj con correa de cuero color café, los gemelos plateados, la corbata roja, vivos amarillos: miércoles.
Eso no lo dicen las arrugas sino el baile unipersonal: la rutina. (Alguien le ha dicho que las arrugas son rutina pero el hombre sabe que la rutina nada más esponja el centro del pecho y deposita en el banco cada cinco del mes.)
Las arrugas hablan de sí mismas.
Un despido es responsable por la mitad de la superior —la parte derecha. Por la otra mitad, una pérdida —personal, no viene al caso.
La del centro es irrefutable: genes. Cinco generaciones con el trazo medio de un extremo a otro de las cejas. (No discutas lo irremediable.)
La inferior: dos divorcios, una hija que no habla, un hijo sin ley. Tenía treinta y un años cuando asomó y treinta tres cuando acabó el tallado.
Los canales de la frente de este hombre se disputan su identidad con otros trazos.
Los arcos a ambos lados de la boca: ha sabido (sabe) reír.
Las bolsas bajo los ojos: quien suponga desgaste, verá error. Esos sacos de piel comulgan con la risa.
Sí, puedo ver las arrugas en la frente de ese hombre hoy y siempre.
Soy su espejo; él mi imagen.
Vive con la fortuna que te toca, nos digo.

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