Viste
traje gris de tenues líneas blancas y corbata roja sobre la camisa clara. Los
zapatos son café. Brillan.
Todo
en él —afeite al ras, cabello breve— exuda institución.
El
hombre del traje gris está sentado en un banco de tablones de madera en la
estación de Sitges.
Espera el tren de las seis a casa.
***
El
niño lanza los cubos de plástico, abraza un payaso de trapo, besa al oso
tejido.
Una
joven con voz de miel canta Le Matin en
Patins. La sala es pacífica.
Mamá
y Vogue: pasa avisos —Estée Lauder,
Gucci, Chloé, Balenciaga, Fendi— y notas —Depp y Vanessa Paradis, The Black Swan de Natalie Portman,
Bündchen y Taylor Swift. Entre hojas, mira al niño, que la invita con mohines a
recogerlo del corral.
Mamá
deja la revista sobre el brazo del sofá. Mira fijamente al hijo.
Sonríe
con esfuerzo. Sus mejores sonrisas quedaron atrás.
Está
entera, aunque cansada.
El
marido se encargará del niño esta noche. Entonces, sí, por qué no, hace un
nuevo esfuerzo y va a recogerlo.
***
José
Duarte Barros es el mejor vendedor de la charcutería del supermercado Superama
de la colonia Condesa.
Los
clientes lo prefieren a los invariablemente hoscos Pedro y Lourdes.
José
sonríe a todos por todo. Cuando dice buenos días parecen serlo.
***
Hace
treinta años, esta mujer perdió el amor de su vida en un paso elevado del Hindu
Kush.
Tiene
por residencia nueve metros cuadrados de paredes canela. En el portón exterior
del hospital psiquiátrico dice, letras de forja, Moscow Serbskii Institute.
Su
rutina es agobiante, a pesar de o por su simpleza. A diario precisa unos pocos
pasos de la cama a la silla de ruedas que la mantendrá, mañana y tarde, tomando
aire bajo un abedul.
Los
ojos estarán supendidos de un punto indeterminado. El silencio aísla.
La
rutina concluye con el regreso al cuarto. En medio habrá consumido píldoras y
comido con frugalidad. Quizás sopa o una carne; tal vez verduras o fruta, con
suerte, fresca.
***
El
hombre del traje gris ha hecho feliz a su esposa. Tiene casa en Tarragona y en
la playa. Vacaciona fuera del país. Ha cuidado los sueños de todos los suyos.
Todas
las cosas consideradas, el hombre tiene custodia para el camino al final.
Y
sin embargo.
***
Mamá
no quería ser mamá pero no es pero.
Mamá
quisiera retroceder el tiempo. Y también daría la vida por el pequeño.
Mamá
conoce el sinsabor de repetir “no obstante” y “pero” en cada definición.
El
niño, ajeno a estas disquisiciones, sonríe, pide pecho, aprende a caminar.
***
José
Duarte Barros no puede dejar de sonreír. Es una compulsión.
El
charcutero más famoso de la Condesa dice que la risa es un fenómeno físico:
expulsa aire, libera espacio.
De
otro modo: saca, proyecta, quita. Mientras ríe, la boca se ocupa. Nada entra,
todo sale.
El
día que el supermercado cierre, José no tendrá más que dientes.
***
El
silencio como estrategia de preservación de la memoria —la palabra como su
ruptura: la mujer rusa de la psikhushka
colgó su vida de un recuerdo con una cadena de silencios.
***
Y
luego podríamos contar mil historias de una historia. Podríamos, por ejemplo,
decir que tres niños, sentados en un banco de la plaza, toman un helado
mientras el viento lame las hojas de los árboles. O que aguardan por mamá, que
fue a comprar algo, un lo que sea, y no volverá —jamás. O que piden en el
semáforo y ahora reponen fuerzas. O que alguien olvidó recogerlos a la salida
de clases. O son amigos y están de paseo por la ciudad. O.
***
El
éxito, el amor. La felicidad y su táctica, alegrías parciales. Ser solo.
La
derrota agazapada detrás de cada victoria.
La
indiferencia supina, antítesis de la entrega sin condiciones.
El
egoísmo de las mejores buenas voluntades.
La
compañía más etérea, más profunda, menos humana.
***
Ser,
como un punto de vista, un significado abierto, una definición necesariamente
imprecisa.





