jueves, 17 de abril de 2008

Allume le Feu

La vida en París se está haciendo aburrida.

Eso dijiste días atrás en el MSG a Ovidio y Margarita.

–Insulsa –agregaste–. Cadavérica.

No pensabas que su email llegaría aquella mañana y te obligaría a levantarte a las corridas, conectarte y esperar a que ellos estuvieran en línea para iniciar la charla.

Esta vez no trabajaste la envidia ajena y obviaste tu sabido decálogo del buen vivir. Ya no matabas el tiempo en Saint-Germain-des-Prés ni te detenías a oler el pastito fresco del Jardin du Luxembourg. Decidiste olvidar también los sabrosos platos griegos de los miércoles y viernes en Athena. No colgaste el emoticón de la sonrisa sobrada: no querías burlarte por desayunar a las 10.00 en Deux Magots leyendo Libération o decirles cuánto te divierte correr esquivando la caca de los poodles en las vereditas arboladas de Champs-Élysées. Tampoco los instruiste en tu arte de gastar lo que queda del día en los bares del Sixième Arrondissement a la espera de cenas incombustibles en restaurantes con menúes que rememoran a las Naciones Unidas: italiano, magrebí, etíope, peruano...

No.

–Es difícil la vida de un emigrado –dijiste–. Si yo les contara...

Y les contaste. Dijiste que, cuando miras atrás, cada día recuerdas menos. Por la mañana, aquellos años mozos son una sábana blanca que la brisa mueve bajo un sol tibio; a la tarde, el cielo es borrasca y tu infancia un trapo fiero yaciendo en el barrizal.

Y entonces miras bien por la ventana y viene a tu memoria Pedro Aznar, ¿recuerdan? “En todas partes la gente es la misma / la misma soledad, la misma decepción”. Igual pasa con los lugares... No, no es fácil vivir a la distancia. No es fácil vivir en París. La nostalgia te lleva a pensar que, quizá, mejor hubiera sido nunca salir de tu país. Vivir lo pequeño con grandeza, tal como lo viven ustedes.

Pero ellos quieren hundir la cuchara en tu sopa. No desean que los ilustren sobre la mala hora; esperan el cuento victorioso del emigrado. Y te preguntan por tu día, esperando la canción de Einsenhower, Julio César, el Khan y Napoleón I. Quieren el medallero del general victorioso; quítate los harapos del infante de la campaña a Rusia.

No ocurrirá. Con toda naturalidad, decides comentar la escasamente atractiva temporada en el Musée d'Orsay y las horrendas exhibiciones de Delacroix programadas en Furstenberg. Las palabras se suceden. La Tour Eiffel ya no atrae, Montparnasse hiede y el Louvre ha dejado de ser competencia hasta para el Guggenheim de Bilbao. No te detienes, y apenas después de horrorizarte por la escandalosa ausencia de ediciones decentes de Auster en las librerías de Rue de l'Odéon, te molestas porque el paseo romántico de Quai des Grands-Augustins ha sido tomado por hordas de adolescentes adictos al crack y el rap argelino.

Pobre de tí: París es París. Las palabras de una sola amargura no pueden corroer siglos de amor al Moulin de la Galette, la discreta capilla de Saint-Pierre o al recuerdo de la torre de Nesle y el Gran Châtele. Los cimientos de La Ville Lumière esconden la mugre con pinturas y palabras y tú no descorrerás ese velo. Convéncete, por más que trates de demostrarles que tu vida ha engordado a base de cotidianeidades, ellos te siguen mirando desde el subsuelo.

Hombre, vives a cinco cuadras del Pompidou, almuerzas a diario en Procope, en el 13 rue de l'Ancienne-Comédie, y vacacionas en el Var con tus parientes de Saint-Tropez. Tuviste una novia sudanesa esculpida en ébano, una ucraniana fundida en oro y una japonesa que tocaba desnuda un cello del siglo XVII abrazado por sus piernas de gimnasta. Ya entrados los cuarenta, antes de casarte con la pelirroja hija rebelde de un industrial canadiense, sudaste camas finesas, inglesas, españolas, suecas y marroquíes. Si te hubieran conocido, Jacques Brel te habría dedicado "Ne me quitte pas" y Johnny Hallyday pediría que le corrijas "Allume le feu". Delon y Belmondo se habrían ido de fiesta contigo.

¿Y qué más puedes desear ahora, cuando tu vida se ha vuelto un mapa de las calles de París recorridas en tu Vespa de 1963 y atesoras una deseable colección de jazz en vinilo financiada con la pasta de tu suegro? Si hasta trabajas de traductor sólo para tener algo que hacer además de aconsejar al pintor cojo del Quai de Conti o visitar a El Gordo en su comedor. El Gordo, claro, es como cariñosamente llamas a tu amigo Gérard Depardieu, quien te odia cada día más pues lo superas en conocimientos sobre rugby, cocina y vinos del Nuevo Mundo.

Tú has construido esa mística. Así que deja ya de quejarte y prepárate. Tal como anuncian en su correo de esta mañana, cuando ellos reúnan todos sus ahorros para venir a visitarte, descontarán tu hospitalidad world class.

Cincela tu argumento. Rúmialo. Luego, de una vez, diles que avisen con suficiente anticipación su fecha de arribo. No para organizarles bienvenida, sino para escaparte o, en su defecto, inventar algo más creíble. No sea cosa que se note demasiado la mentira que tanta vida te costó crear.

5 COMENTARIOS:

Machuca

Otro buen relato sin comentarios?? A mí me gustó. No conozco París como el ¿autor o personaje? pero me hice el paseíto con cada frase.

Muy bueno, Diego. Y otro twist perfecto. Todo el tiempo piensas en la angustia de una persona elegante por perder su último siti soñado, y resulta ser el típico wannabe. Los odio!

Machuca La Ruca
MTY

Claudia

A mi tambien me gustó y coincido con Machuca sobre esas aborrecibles criaturas pero no decía nada para no parecer elitista :-))

Miss Heinz

ElEmir

Muy buen texto, aunque no el mejor publicado. Es nuevo? Quiero decir si es recientemente escrito o, como dices en tu presentación, es material del archivo.

Saludos,
El Emir

Diego Fonseca
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Diego Fonseca

Machuca: El personaje conoce París más, parece.

Miss Heinz: Fina ironía...

Emir: "Allume" tiene algunos años.


PD: Si aquí ven un comentario eliminado, no es censura. Subí la respuesta a Machuca & Cía a medio escribir.

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