sábado, 26 de abril de 2008

La muy puerca mentía

Mi mujer y yo somos mentirosos. Y no es que sea mal asunto: nos divertimos. Pero desde hace algunos días yo estoy algo traumatizado. Una de sus últimas mentiras me ha dejado en el aire, flotando, incapaz de nada.

Habitualmente, cuando conversamos, alguno dice una frase con un sospechoso fondo de verdad. No importa si es ella o soy yo. Nuestro olfato está entrenado y detecta de inmediato el olor de la farsa, que resolvemos recurriendo a fotos, recortes de periódicos y libros de historia. Cuando la pesadez de esos hechos indigestos lo amerita, llamamos a amigos y familiares o entramos a Google. Todo para honrar la verdad, un concepto que sólo nos importa en privado.

Mi mujer pone tanta energía y concentración en desentrañar una falacia que levita regularmente. Yo, propietario de recuerdos frágiles, recurro a terceros con más asiduidad. Médico y profesor, merodeo los blogs de galenos célebres y pido precisiones por correo a mis colegas académicos.

Pero esa perversidad, ese juego astuto que nos provoca cosquillas, sólo lo practicamos entre nosotros dos. En público, nos apoyamos mutuamente las mentirillas. Nuestra estrategia, que ha permitido mantener invenciones y reputación sin sombra de duda, se alza sobre un conocimiento microscópico de las técnicas que permiten ocultar las falsías y ampliar su efecto de verosimilitud.

Somos escultores de mentiras titánicas, consumados artistas del monumentalismo verbal. Engañamos con gesto prescindente, con rostro constreñido o entre risas. Contamos ficciones al oído, porque la secrecía amplifica su poder. Y como en la circunstancia apropiada la emoción profundiza el argumento, no falta jamás oportunidad para comunicar el camelo con tono alegre o preocupado.

Pero aun siendo maquiavélicos no somos mala gente. Nuestro oficio es ser carpinteros de mentiras blancas. Las bolas, filfas, chafarrinadas y habladurías que hacemos circular no dañan a nadie. Estamos viejos y cansados para procurarnos jolgorios más exigentes y hemos hallado que somos poseedores de una habilidad innata para el bulo, los embustes tibios y los engaños de salón. Nuestra imaginación es un motor capaz de impulsar hipérboles y chismes sin descanso, alimentar chismes y enredos y atar, unos tras otros, embrollos, inocentes infundios, tiznes y tachas de café, churretes, faroles y lamparosas trolas.

Todo estos artes nos auxilian para seguir jocosos y mantener jovial el espíritu y el alma. Mentimos por placer, para implosionar los pesados silencios familiares de domingo, para hacer que los demás olviden por un rato que viven como viven. Creamos postales para que el día sea más pasable. Remedando a Salgari, Twain y Verne, jugamos a ser niños grandes.

Y todos nos festejan. Amigos, vecinos, conocidos. Las señoras del club house y mis compañeros de poker. Hasta nuestros hijos, padres responsables, nos han permitido bordar relatos fantásticos a nuestros nietos, que los disfrutan revolcándose entre risas sobre los pisos de la casa de fin de semana en Santa Barbara.

Nuestros últimos años han sido así. Hemos pasado salud y enfermedad mintiendo. Hemos acompañado con invenciones abrigadas el viaje de antiguos compañeros de ruta al último responso. Nos hemos consolado y acariciado con cuentos que hacen plop.

Pero entonces llegó el episodio del cuarto, un instante en el que sentí que mis poderes de mago se me escaban por las narices. Estaba yo en cama, tratando de reponerme de una dura neumonía que contraje simulando ser un astronauta para solaz de mis nietos. Aquella había sido una fría tarde en Santa Barbara, pero no pude negarme al reclamo de los pequeños, que querían que su abuelo les contase cómo había entrenado a Neil Armstrong para caminar en la luna. Desoí el consejo de mi esposa y de mis propios hijos y salí con los niños a personificar uno de sus cuentos favoritos y de paso a acabar con el pecho averiado por el viento.

Yo tenía ya casi cerrados pero alcancé a ver a mi mujer llegar a la alcoba y sentarse en la cama. Me tomó la mano y se la pasó por su mejilla. Yo sonreí para mis adentros. Pero, repentinamente, se acercó hasta mi oídos y dijo algo que al día de hoy me seguiría causando gracia si no fuera porque a ella le ha puesto el humor agrio y gris.

Poco urge lo que dijo; lo importante es que debía aterrarme. Como corresponde, lo puse en duda. No hice caso de sus lágrimas, una táctica artera que jamás antes había empleado y que ambos prometimos evitar pues sabemos de sus nocivos efectos.

Cuando mi mujer desea mostrar seriedad, fruce el ceño y entristece la mirada. Es su clásica cara de perro mojado. Ése fue su primer gesto al sentarse en la cama durante el episodio de la alcoba. Así que, apenas acabó de secretear a mi oído, no dudé. La muy puerca mentía.

La dejé terminar de moquear, enjuagarse el llanto y retirarse del cuarto cabizbaja y de inmediato me dispuse a verificar sus palabras. Allí comenzaron mis tribulaciones. Los métodos corrientes no funcionaban. Revisé el periódico, pero no hallé la página que debía tener la información. Intenté llamar a mis hermanos, hijos y amigos, pero el fantasma de la edad pasó su mano por mi frente: no recordaba ningún número telefónico. El cóctel de medicamentos que el médico me inyectó toda la semana tampoco ayudó a traer la contraseña para ingresar a internet desde los cajones arrumbados de mi memoria.

Cada intento de probar los dichos de mi mujer fracasó con rotundidad. Ella no sólo recurría a construir mentiras empleando técnicas aviesas que antes no tolerábamos, como provocar lástima llorando, sino que se las arreglaba para obstaculizar su destripamiento. Quizá hasta con la ayuda de mis hijos. En circunstancias normales, me hubiera reído, pero con el cuerpo atropellado y los pulmones magullados sólo tenía pensamientos rencorosos e iracundos.

En los días sucesivos, me aboqué a desarmar la mentira y a identificar su andamiaje. Y es posible que el apasionamiento puesto en la tarea haya absorbido grandes cuotas de energía, porque me siento liviano como un soplo. No obstante, seguiré empeñado en desmadejar el ovillo que ella ha tejido así me consuma por completo, pues no es justo su procedimiento. Lo nuestro siempre ha sido mentirnos sin ocultarnos la verdad.

Y si estoy a disgusto con lo que sucede, más lamento su negativa a discutirlo. Jugando a ser sorda o distraída, mi mujer no atiende mis reclamos, no importa si son súplicas algodonadas o gritos sin fuero. En cambio, continúa la charada repartiendo llantos desconsolados por cada rincón de la casa. Lo hace con descaro, fingiendo consternación, simulando no saber que la observo mientras, oh dolorosa vida, pronuncia mi nombre sin siquiera mirarme a los ojos.

El asunto se ha vuelto incómodo y es hora de concluir la farsa. Así que esta noche, antes de dormir, tomaré su rostro y le hablaré con el corazón por última vez.

—Ya basta —le diré—, nos conocemos demasiado. No puedes seguir aferrada a esa historia absurda de la alcoba. ¿No ves cuánto dolor nos provoca que pretendas que crea que he muerto?


A BAHÍYYIH.


8 COMENTARIOS:

y

sin palabras fonseca....es genial, dice demasiado.
gracias por darle rienda suelta al gemelo malvado.

Diego Fonseca

De nada, Y
El asunto con El Gemelo es que, una vez suelto, nadie lo mente en caja. Gracias por tu comentario.
Diego

› Anónimo

c'mon, can't f------ believe it!
u get me, man
all of a sudden u changed evrything again. i saw the story going on for a different path (the lier wife, the cheater wife...) but...

this is your speciality, diego

and look at me spending my sunday night in your blog... happy to do it!

it was worth every single minute!

welcome again, diego
mike geouff

Soledad

wow wow wow
diego, has diseccionado cada palabra. estan los adjetivos en su lugar

wow wow wow
me encantoooo!

solita

Diego Fonseca

Soledad/Solita: Gracias. Mucho trabajo de cincelado --y aun le haría más.

Marion

Los buenos escritores saben ocupar distintos lugares, personajes y psicologías. Usted lo logra sin sobresaltos.

Un texto que se deja saborear.

Marion Getz
Miami, FL

Diego Fonseca

Marion: Voy a gastar la palabra "gracias" con usted.

Un fantasma recorre el Sur

Muy bien, mantenés super bien la tension y el suspenso hasta el final. Il morto qui parla es una figura clásica de la literatura (y recuerdo, como proximo, "Sexto Sentido" de Shyamalan en el cine) y el asunto con esas temáticas sabidas es cómo le das una vuelta de rosca. Como hiciste acá, eso.
Buen texto.

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