martes, 6 de mayo de 2008

Dos y treinta y cinco

Marucha vino con el cuaderno anaranjado y pasó el detalle. Marucha es organizadísimo, un crack. Se peina con raya al medio y usa botines charolados.

—Mossello, uno sesenta y tres —cantó.

No pasó nada. Hasta las moscas, que un segundo antes enterraban las trompas en el sancocho del piso, estaban distraídas.

—Gallina... Uno ochenta y nueve. Muy malo.

Ahí nos atrajo a todos. No era muy: era decepcionante. Gallina era el candidato cantado. ¿Quién iba a ganarle? Nos dividimos entre el reproche, los cachetazos en la nuca y el abucheo bú.

—Visconti —prosiguió Marucha—, uno cuarenta y uno. Flojísimo. Ruso Kadinsky, uno ochenta. Pasable, esperábamos más. Gómez, uno cincuenta y cinco. Muy bien, mejoró un treinta por ciento y lo necesitaba. Matarrita, más que bien: dos cero uno.

Aplausos para Matarrita, que se ensanchó: había quedado a dos centímetros del récord vigente. Todos sabíamos que este año, como había ocurrido también el anterior, cambiaría la medición líder. Era natural entusiasmarse por quedar con el hocico al borde del photochart, pero a Matarrita se le recalentó la sesera. Cuando se paró para pasearse imitando a El Increíble Hulk delante de todos, Gallina sólo lo miró. Eso significaba que se lo iba a comer jamón-jamón y sin patatas bravas. Ahí se le acabó la pinta y se sentó.

—Todos los demás han estado bastante parejos —dijo Marucha, y enumeró una seguidilla de participantes que se movían entre el metro y setenta y dos y el metro noventa y siete.

También me dedicó un párrafo especial a mí, que por algo era su mejor amigo.

—Beluga Blanca, anduviste bastante bien. Respecto del año pasado mejoraste un cuarenta y siete por ciento. Así que tenés uno ochenta y nueve. Estás entre los que más crecieron.

Uno ochenta y nueve, lo mismo que Gallina. Empatarle a un repitente, y por eso mismo el mayor del último curso turno mañana del bachillerato, iba a ser mi logro del mes. Yo también me puse ancho, pero a diferencia de Matarrita me quedé en mi asiento y evité ganarme la enemistad del gigante. Igual lo miré: él me devolvió la mirada e inclinó un par de veces la cabeza, su gesto de aprobación. Suficiente para mí.

Cuando Marucha terminó de recorrer el cuaderno, quedaban sólo tres con posibilidades de campeonar: Hilacha de Viento, el Gordo Catalino y el Mariscal Tuninetti.

Marucha no prolongó la agonía. Dio el premio Velocidad de Correcaminos a Giménez, que había tenido un score muy bajo por apresurado, y el Tranquilidad de Abuela al Cachetón Williams, último en culminar la tarea. Otras cinco distinciones fueron a manos de Bujía Nueva, Palomares, Romagnoli, el Tordo Olalde y Dolor de Ojos, el nuevo y feo, al que yo no conocía muy bien.

Finalmente, mi amigo se acomodó la gola y encaró al grupo con voz solemne, como le encantaba. Miró al Mariscal Tuninetti. Sin preámbulo, le dijo:

—Tercer Premio: dos once.

Sorpresa y ovación. Ni el Mariscal lo esperaba. Había pasado la mañana asegurando que terminaba entre los diez primeros. Se llevó una bolsa de cromos, chapitas y figuritas que incluían la celosía plumosa, la flor más codiciada por todos y la que justo me faltaba a mí para completar el álbum de Editorial Quiero Saber Más. Como fue tercero, pudo dar un discurso de aceptación, pero las palabras no estaban hechas para el Mariscal. Dijo que ése era el mejor día de su vida sin siquiera dejar su asiento en el tronco caído. (Yo lo pesqué secándose una lágrima a hurtadillas.)

La tensión creció. El Gordo Catalino y el Hilacha de Viento, un flaco tísico que hablaba con un hilito de voz, se comían las uñas. Sólo Gallina rompía la escena, protestando a los gritos, amenazando con revisar los números.

Marucha, el matemático impersonal, lo mandó a callar. Llevaba las estadísticas de crecimiento desde hacía dos años y, mientras él ganaba, nunca se había quejado. Así que ahora que le tocaba mirar desde afuera, silencio. Los argumentos de Marucha eran cálculos verbales impiadosamente fríos. El grandulón obedeció.

—No dilataré esto más porque también yo me salgo de mis zapatos —anunció con voz de rector de escuela, y miró a los finalistas—: Hilacha, Catalino...

En el exterior sonó el silencio; dentro nuestro tronaban los tambores de la Galia Antigua de la Grande Armée. Trrrrrrrrrrrrrrrrr...

—Los resultados dicen... Dos metros y treinta y tres centímetros para el segundo, que se lleva la camiseta del subcampeón nacional...

Eso ya era un récord impensable que palidecía la hazaña del Mariscal Tuninetti. Trrrrrrr...

—...Y dos metros... (Trrrr....) treinta y...

Trrrr....

—...Dos metros, treinta y cinco centímetros (Trrrr... final cerradísimo)... para el campeón... (Trrrr....)

—¡¡Dale, Marucha!! —gritó la afición, y Marucha nos siguió:

—¡¡El Gordo Catalino!!

Aullamos. ¡Dos y treinta y cinco! Hasta el Hilacha de Viento se tiró encima de la bestia, que nos apartó a todos a manotazos, menos por sentirse atropellado que para correr en busca del premio mayor antes de que alguien se lo arrebatase.
Era una pelota número cinco de Adidas, comprada con el aporte de los dieciséis varones del aula.

El Gordo Catalino. Nadie daba un centavo por él, un tipo fofo, mugriento y mal hablado, sin otra destreza que seguir comiéndose los mocos a los doce años o pegárselos detrás de la oreja a las chicas del quinto y sexto cursos.

El año pasado, recordó Marucha, sus números fueron del montón. Nada más un bajo metro y treinta y dos. Y el anterior, cuando iniciamos las mediciones, debutó con un metro y ventidós centímetros, entre los últimos.

Este año, en el que como niños en crecimiento la mayoría había demostrado estar más alta y unos pocos bastante más espigados, El Gordo Catalino no se había estirado ni un misérrimo cuarto de pulgada. Sus diminutos noventa y cinco centímetros de estatura lo hacían corto para la edad, y justificaban que algunos lo hostigaran con un nuevo apodo. Le decían Garrafa de Cinco Kilos, por bajito y redondo.

¿Cómo podía haberle ganado a Gallina, nuestro Hércules, Atlas cuyas espaldas podían sostener aquel mundo diminuto, el más alto de todos los altos y por quien todas las niñas suspiraban? O, incluso, ¿cómo había liderado el sport siendo que todos, quien más, quien menos, nos arrimábamos a la decencia gracias a una práctica regular de todo tipo de actividades? Pero no el Gordo Catalino, supuestamente ocioso para todo toqueteo personal que no fuese su propia nariz.

Yo quise saber si había estado trabajando otros apéndices. Marucha cotejó sus números en el cuaderno: casi nada. En medición de longitud, cero cambio. Y en ancho, apenas cero coma cinco centímetros de evolución.

Era evidente. No sólo el Gordo Catalino era breve. También su pito.

¿De la mano de qué santo dios había conseguido entonces ganar el Campeonato Quién Acaba Más Lejos? Todos concluimos que, evidentemente, había hecho un silencioso e invisible trabajo de aprendizaje técnico. No importaba si fue en la oscuridad del baño o en la soledad de su cuarto del internado o en la casa abandonada detrás del salón de usos múltiples de la escuela. Era, a todas luces, un tipo más cultivado. Técnicamente superior.

Había amansado a la fiera. Hallado el ritmo del baile. Conocía la cifra universal. Si Marucha era nuestro genio numerológico, el Gordo Catalino era un crack de la paja.

No había otra. Si ganó con tan poco entre las piernas, lo suyo era una manifestación de sublime capacidad artesanal. Pura habilidad artística. Y lo era. Cuando grande, el Gordo Catalino se convirtió en un escultor célebre y expuso, en todo el mundo, lo obvio y previsible: penes de todos los tamaños y materiales. Los había en mármol, de madera de caoba, ébano y pino de Oregon y en arcilla, cerámica y acero de forja. Yo vi en el periódico una fotografía de uno hecho, literalmente, con paja.

Llamarlo monumental era poco y no porque midiera seis metros treinta y cinco desde la base de los testículos al ojo del glande. Era monumental por lo diminuto. Era un pitulín de medio centímetro hecho con hebras de paja brava patagónica atadas con la exquisitez de la mano sedosa de un grabador asiático de granos de arroz.

Pero no había tal, sino nuestro famoso Gordo Catalino enviándonos un mensaje al pasado, un tiempo chiquilín durante el que, naturalmente, desconocíamos su destino. Apenas nos contentábamos con augurarle que su develada habilidad masturbatoria le deparase frutos futuros.

Esa tarde en el patio de la casa del Cachetón Williams, a la par que se me reveló un experimentado practicante de la autosatisfacción —¿qué más es el arte?—, descubrí otras cosas. En el ejemplo del Gordo Catalino estaba la respuesta a una frase que siempre escuché en boca de los niños de cursos superiores y de los adolescentes de secundaria: “Más vale chiquitita y juguetona, que grandota y tontona”.

Con los años, repasando las fotos de las obras fálicas del escultor de primaria, fabriqué una reversión para aquella pieza de sabiduría popular: cuando el arte está en tus manos, el tamaño de la obra es lo de menos. Calidad mata galán. Catalino mata Gallina.

A C.M.V.

17 COMENTARIOS:

Ana Lia

Eso se llama "cómo escribir una buena pieza sobre la masturbación sin resultar asqueroso y decadente y que, a la vez, sea cándido".

Mi marido es gringo y dice que lo suyo es "cubrir todas las bases cubiertas", y que no es fácil de conseguir.

Mis respetos, señor.

Johny B Good

Me gusta. Pero hay partes en las que flaquea y prefiero la del diablo. Diego, buen regreso a las letras, así no sea en el periodismo. Pero arriesga más porque creo que estas historias (las dos últimas) son ir a lo seguro. Como dices tú, jugar para la tribuna. El final de este cuento me cayó como moralina, como un típico remate de este tipo que a ustedes los argentinos les fascina, el tal Dolina.
Me gustó mucho "Tricia", si es que es el título correcto.

Juan B. Bueno, Chile

Joe

estoy de acuerdo con ana lia. esta muy bien narrada. me transporto a esa tierna epoca. me senti parte del grupete. aunque yo no hacia esas cosas, claro...;-P

joe benitez s.
california

Diego Fonseca

Ana Lía: Seré tópico: no siempre las cubro, pero peor es no intentarlo. Y veo que finalmente adquiriste derecho de pertenencia a la blogósfera con tu propia cuenta de Gmail. No cejes, lo próximo es Gattaka.

Joe: Yo tampoco, claro.

Garrafa

Excelente historia, pero quiero presentar a usted una queja por uso indebido de nombre. NO se imagina lo que sufro por mis capacidades.

Garrafa de Cinco

(Pablo Gamba, Colombia)

Johny B Good

Diego,
He visto que en ocasiones tienes posteado un texto y luego, en otra entrada, hay modificaciones sutiles, pero modificaciones.
Deduzco que les introduces cambios. NO es de suponer que la literatura es un objeto definitivo cuyo sentido sólo nosotros (lectores) podemos modificar?
Sólo para debatir.

Saludos,
JBGood

Diego Fonseca

Johny B: Siempre los he visto como textos casi definitivos. Los cambios son cosméticos: typos, puntuación, algo de ritmo... Pero no altero la estructura y sentido general. Eso sería escribir otra historia y en tal caso eliminaría la publicada.
Y aprovecho que menciona el tema pues quiero incentivar que quie lee diga cómo ve la totalidad y las partes. Si un final es pesado, tribunero o previsible, si los personajes tienen fondo, los diálogos aportan a la trama y ritmo, si no se crean demasiados canales paralelos, y varios etcéteras.
Siempre me acompaña la idea de cierta literatura "medium rare". A mí el bife me gusta rojo pero entre carne y textos los puntos de cocción varían.

Michael

good sense of humour, d
your bunch of friends what a funny rat pack

like it.

mike geouff, in florida today

Miguel

en segovia haciamos lo mismo
senti q escribias de mi grupo aunque nosotros no tuvimos ningun escultor de masturbaciones
es un tierno cuento, diego.
gracias

miguel llorent

Marta

vaya chavales mas simpaticos. un cuento candido, como dice ana lia
esto te paso a ti? porque esos detalles parecen venir de dentro mismo de la historia

marta, madrid

Marcos Javier

ja, ja
Aplausos. Creo que todos hemos pasado por una situación similar. Estoy en esa circunstancia ahora, con un hijo en sus 12 y había empezado a preguntarme del tema cuando vengo a leer esto. Me has llevado a mi pubertad.
Bien logrado.

Marcos Bustos
URU

PD: Nosotros utilizábamos una regla para el otro tipo de anotaciones que Marucha tiene en su cuaderno, que si es anaranjado seguro que es Gloria (¿con o sin espiral?). En una época se conseguían en Uruguay, ya no sé ahora. Ni sé si existen.

Diego Fonseca

Garrafa: Muy simpático. No sabía que en Colombia también había garrafas.

Michael: Los del cuento no son mis amigos, pero igual se agradece.

Miguel: Tampoco yo. Es un invento. De veras. Lo juro. Promesa.

Marta: La realidad no existe; todas son meras representaciones (o sea...).

Marcos: Un hijo de 12, ay. Empiezan las preguntas difíciles. Me alegro de que hayas disfrutado la historia.

Machuca

Hombres debían ser... Cómo les encanta pensar en su entrepierna...

Machuca La Ruca
MTY

Camilo

Una hoja (escrita con la izquierda) de la niñez.
Me gustó la historia. Muy bien lograda.
Saludos!

Diego Fonseca

Machuca: Ciertas entrepiernas piensan en otras entrepiernas.

Camilo: Allá por 1990 o 1991, Fito Paez contó que, siendo adolescente, solía sentarse sobre su mano izquierda largo rato para adormecerla. Después no tocaba el piano.

Soledad

simpatico y muy bien escrito

solita

Diego Fonseca

Gracias, Sole.

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Diego