martes, 6 de mayo de 2008

Un acuerdo del diablo

Ave María purísima...

...sin pecado concebida.

El párroco se rascó la cabeza dando vueltas en círculos por la sacristía.

No puede ser, Doña Josefa. ¿Está usted segura, hija?

Como que me llamo Josefa Eudora Martínez Sánchez, padrecito. Lo ví. De traje.

¿Y dónde dice que está?

Aquí, a una callecita, en la Río de Janeiro.

¿Usted me está diciendo que vio al Diablo sentado en la plaza Río de Janeiro? ¿Seguro?

Padrecito, creáme. Ví al Diablo en la plaza Río de Janeiro, hace una hora. Estaba sentado, muy tranquilo. Cuando lo miré bien, ay mi Señor, el Diablo comía un taco de ojo.

El sacerdote sopesó las palabras. Tenía su propia mirada depositada en las pupilas de su anciana laica, una mujer menuda y con una larga trenza de cabello agrisado, pero miraba a través de ella. Finalmente, decidió.

No me lo creo. Vamos a ver a este Diablo.

Doña Josefa no mentía. El diablo estaba sentado en un banco verde de hierro forjado. Vestía traje gris a rayas, camisa blanca y corbata roja. Le habían lustrado los zapatos negros, que valían un dineral, unos minutos antes. A su lado, en la banca, el platito de plástico y la servilleta de papel estrujada y manchada con los restos de la salsa de la taquiza.

Recibió al sacerdote con una sonrisa. Tenía dientes blanquísimos. Lucía recién afeitado y olía a lavanda fresca. El sacerdote se hizo una primera y definitiva impresión: era un farsante. Todos saben que el Señor de los Infiernos apesta a azufre y amoníaco y está cubierto de escamas y piel llagada.

Qué tal, padrecito. Lindo día, ah —dijo La Bestia de Las Profundidades, señalando en derredor.

La plaza explotaba en verde y la fuente del David expulsaba elevadas columnas de agua lechosa. Sonaban trinos por los cuatro costados, las parejitas se mimaban bajo los árboles y un sol rico, calentito, invitaba a detener el día.

El vicario se afirmó sobre las piernas, apenas a dos pasos del demonio con terno. Puso los brazos en jarra.

Me han dicho que usted dice ser el Diablo —encaró.

Así es.

Lo es —aseveró el cura con sorna.

Lo soy, sin sombra de dudas, padre.

El Diablo en un banco de la plaza Río de Janeiro.

El mismo que viste y calza.

A plena luz del día, en la Colonia Roma.

Servidor —dijo el ángel maldito, señalándose con ambas manos el pecho.

Usted es un sátrapa.

También.

Un impresentable fascineroso.

Por supuesto. Y también un simulador, un malicioso, un embustero y un patán. Y no olvidemos engañoso, embaucador y filisteo y, ya que estamos, bellaco, pérfido, bribón, ladino y pícaro pillo.

No, lo que quiero decir, farsante, es que debiera dejar esta pantomima. No hay tal Diablo. ¿Quién es usted?

Ya le dije: el Diablo, Satán, Lucifer, Shatán, Belial, Azazel, Belcebú, Shaytan... Y me quedaron de antes: rufián, zorro, canalla, malicioso y ruin. ¿Vamos a seguir así todo el día? Quiero decir, no creo que haya venido hasta aquí para que hallemos sinónimos y nominativos juntos sólo para matar la tarde al solcito. Si quiere vamos a la librería de Casa Lamm y preguntamos si tienen Scrabble. Ahí me conocen. Tengo cuenta.

No se haga el tonto, sabe a qué me refiero. Usted no puede ser el Diablo. El Diablo no existe.

Shhh, más respeto, padrecito, que se le va a enterar aquel —señaló con el dedo hacia el cielo—. Y sabe que tiene su carácter el hombre. Además, es razonable que se quite esa idea de la cabeza o que, al menos, no la ande haciendo correr: sí, existo. Y existo porque existo y existo porque le conviene, a usted y su santa empresa. No quiero arruinarles el negocio de fin de semana. No soy su peor pesadilla, sólo el diablo, el mejor enemigo íntimo. Por favor, respeto, ante todo, por las necesidades mutuas.

El presbítero decidió tomar el asunto sin cortapisas. Fue al grano.

¿Quién es usted? ¿Qué hace? ¿Qué quiere? ¿Por qué lo hace?

El diablo. Diabluras. Hablar con usted. Vaya a saber por qué diablos lo hago, je. Me expulsaron, ¿recuerda? Ah, si Milton viviera... Mientras estaba allá, con Él —volvió a señalar con el dedo al cielo—, la pasaba chidito-chidito. No es que allá —indicó al piso— las cosas estén mal. En absoluto. Pero en el verano se pone un poco caluroso. Usted sabe, esto del calentamiento global...

Esto es absurdo. Llamaré a la policía.

El diablo sonrió.

Venga, siéntese. No pierda el tiempo. Son de los míos. Tenga —dijo, extendiendo una tarjeta de negocios.

Era roja con letras blancas. Arriba, en el centro, decía “Satanás”. Al medio, “Desarrollista Urbano”. Al pie figuraba una dirección: Avenida Paseo de la Reforma 505, Torre Mayor, PH. Que el texto fuera en
Románica Itálica ni siquiera resultó un tema subsidiario para el párroco.

Ahora sabe a qué me dedico.

El enfado del santo hombre crecía.

No soy iluso, la gente no le va a creer llevando ese nombre en la tarjeta.

¿Para qué poner otro? ¡Soy agente inmobiliario, corredor y constructor! ¡Y soy el diablo! Del modo que sea los voy a engañar. Mejor que sepan con quién tratan desde el principio. Así sienten cada descuento de precios como... ¿regalo divino?

No se burle y acabe con la pasión demoníaca, que no irá a lado alguno —reconvino el cura—. Al punto: vende casas, departamentos...

No precisamente. Lo mío es el desarrollo de proyectos.

El cura hizo un gesto de cansancio: lo atosigaba el manoseo. Se acomodó moviéndose otro poco en el mismo lugar. Seguía de pie y se le cansaban las plantas, pero rechazó nuevamente la invitación del diablo para sentarse a su lado.

El Más Malo y Temido prosiguió.

Mire, padre, volviendo a lo importante: créame. De veras, olvídese de todo cuanto le enseñaron en el seminario. Esos son dulces para niños que usted reparte de boca en boca. Cada fantasía tejida sobre mí se la dicté yo mismito al oído a él —apuntó al cielo—, porque...

Un momento... Es la tercera o cuarta vez que habla de “Él” o señala al Cielo pero no menciona a Dios.

Oh, eso —el diablo se acomodó la corbata—-... Se lo digo si se sienta a mi lado —dijo e indicó otra vez un lugar en el banco.

La curiosidad pudo más que la prudencia y allí fue el clérigo, cuidadoso, receloso como perro amasijado.

Su jefe y yo tenemos un acuerdo. Un acuerdo del diablo, para qué voy a mentirle, pero acuerdo al fin.

Vamos... Basta de bromas, ya me dijo que era corredor inmobiliario o algo así. Puedo entender que en su oficio tengan mala fama por mentirosos, fabuladores, engañifas de feria, y hasta comprendo que juegue la broma diabólica, pero...

No, no, creo que seguimos en un malentendido. Yo-soy-el-dia-blo. Pase de la duda, por favor. Ocurre que me ocupo del corretaje y desarrollo urbanístico pues es mejor negocio que robar almas. Esto está en boga y aquello del mar de lágrimas, los monólogos sufrientes en arameo y el cuerpo afiebrado son de otra época. Nadie entiende arameo y el afiebramiento, las más de las veces, es consecuencia de la escasez, perdóneme, de un buen castigo sexual.

El cura se persignó. Estaba escandalizado, pero lo retenía allí dilucidar las intenciones del desconocido. ¿Quién era el sujeto, qué lo motivaba? Su vestimenta de moda descartaba una indigencia alucinada mas, por lo mismo, podía ser un ejecutivo con las neuronas desinfladas por la presión. Parecía tener el depósito moral vacío y mantener el raciocinio bailando en puntas de pies sobre las cornisas de, cómo no, la Torre Mayor.

Bien —suspiró el religioso—, vamos a decir que le creo. Suponga que acepto que usted es el Diablo, ¿qué hay con Dios?

Oh, el acuerdo. Bueno, yo acepté no mencionarle a cambio de no hacerle mala fama.

Eso sí que es gracioso.

Sí, imagínese: no le gusta que le diga mentiroso, por eso de que por siglos anduvo utilizándolos a ustedes, los devotos, para negar mi existencia. Aquí me ve, más prueba que mi existencia física no hay. El tipo —señaló arriba— se las trae. Con la humanidad es de mentirillas blancas, como la necesidad de ayuno y castidad, pero a mí a me factura las bromas pesadas.

Pero si usted es el Diablo, como dice ser, ¿por qué no percibo el azufre?

Huela: esencia de té verde. Orgánica, de L'Occitane. Lo del azufre son patrañas, blablerías de vieja, chismografía de pueblo chico, artificios de circo pobre... ¿Por qué le cuesta tanto creer que el diablo es orgánico y naturista, articulado y adjetivador? ¿Por qué no suponer que estoy ciertamente comprometido con que Ciudad de México sea un lugar vivible, si para mercurial tengo mi hueco en el octavo círculo dantesco? ¿Qué más quiere que le diga para ser confiable? Si a uno no lo dejan, no se puede.

Basta con decir la verdad. Y la verdad es que usted no es el Diablo.

No, no, no. Ahora que me hace acordar, esa campaña de PR de la Iglesia me arruinó la imagen con las señoritas. Le cuento algo: la cantidad de perfume que he gastado es inenarrable. Cuando alguien tiene credibilidad, como su amigo de allá —señaló al cielo—, la gente llega a pensar que realmente uno huele a formol y bosta si lo convencen del mal aroma, pero... —dijo, e hizo una pausa para que el cura complete la frase.

Pero usted no huele mal.

Tiene usted la boca llena de razón, caballero. Por fortuna, los franceses me ayudaron a desarrollar esas esencias para combatir este, diría, serio problema de percepción. Y, de paso, di un impulso a una grata tarea humanitaria como el arreglo y aseo personales. El mundo debiera estarme agradecido, si fue por mí que surgió una gran industria. Que hoy manejo, claro. Sí: soy dueño de Ralph Lauren, CK, Dior y demás... Ahora, ¿estábamos en...?

Su acuerdo con Dios —dijo el prior, rascándose una oreja, tratando de abandonar el monólogo.

Bueno, una tontería: nos tenemos celos mutuos. Y ambos pensamos que, antes que llevar todo a la destrucción, situación que no favorece a ninguno, mejor firmábamos este armisticio. Pero no espere que le diga más detalles ni condiciones. Sólo para que se mantenga algo informado y no se estremezca al leer los periódicos: nos dividimos el manejo de los países. Así que cuando vea a, por ejemplo, Alemania enfrentándose con Francia, sepa que yo estoy de uno y —señaló arriba— del otro. No, ni me mire, no le diré quién maneja qué.

El cura no pudo ocultar el tono irónico, al que el diablo resultaba ajeno.

Y, si se puede saber, ¿cómo fue que se repartieron el planeta?

Eso sí se lo digo: jugando al... ¿Cómo se llama este juego? ¿El Tín Barín? ¿No? Bueno, lo que sea, ése. Como ve, ni el nombre le sé bien, así que no salí particularmente favorecido. Ese amigo suyo de arriba se toma cada ventaja si uno lo deja...

El cura miró la hora: el chiste le caía pesado. Vio el platito del taco de ojo tambaleando a su lado y el estómago le recordó que no había almorzado.

Oiga, se me está haciendo tarde y, en verdad, estoy dándome cuenta que usted es un charlatán inofensivo...

No se crea.

... Lo es. Pero antes de que llame al manicomio o, por insistir, a la policía, ¿por qué se metió con Doña Josefa?

No me metí, y le ruego que me disculpe con la dama pues soy un caballero y no quiero que se resienta. Le hice saber quién era porque necesitaba hablar con usted. Ocurre que quiero hacerle una propuesta que no va a poder rechazar.

El cura frunció el ceño:

Eso es de...

Ni hace falta decirlo: mi familia en la tierra, le diría. ¿Quién cree que dio la línea, ah? En definitiva, tengo una propuesta que le va a interesar sobremanera. Y quiero que me crea lo necesario porque, sí o sí, tiene que darme el OK. Allá arriba —señaló con el índice— me han dado vía libre. Cuestión de recaudación, usted sabe. Las finanzas vienen mal y tanto allí —pulgares— como aquí, debajo de mis pies, requerimos que usted piense en grande. Su iglesia y mi calabozo en el infierno no se construyeron con la canastita del diezmo del domingo. No, uno necesita de un Vaticano dorado y yo de la sima más profunda del Averno y vender esos símbolos demanda inversiones multimillonarias. ¿Recuerda que le dije que eso de robar almas no iba más? ¿Por qué cree que es? Porque no nos sirve. A ninguno. Ni a él —señaló— ni a mí.

Imagino que dirá que es parte del “acuerdo” —dijo el cura con sorna, entrecomillando en el aire.

Por supuesto, ¿qué otra cosa sería si no? Es sencillo: su empresa, su iglesia, perdón, pierde fieles a manos llenas. Pero no soy yo quien se los roba. Son los evangélicos, los mormones, los pentecostales y hasta esos sátrapas descreídos de los agnósticos. Es un problema para —señaló— pero también para mí. ¡Esa gente no cree en el diablo! Ustedes, los católicos, son tiernitos, un croissant dulce. Compraron mi cuento y el de —pulgares arriba—. Nos han dado de comer a todos y estamos todos muy agradecidos por esa generosidad infernalmente celestial. Nos pusieron el pan en la boca a mí, a su patrón, a los escritores, a Hollywood, al Army... Pero con estos tipos vamos todos camino al Cadalso, si me permite la figura.

¡Oiga, eso es... blasfemo! —se ofendió el cura, intentando cazar la palabra ubicua en medio de la exaltación.

Si no me cree, pregúntele al de arriba.

¡Cómo pretende que le pregunte eso a Dios, idiota!

¿Acaso no es cura?

El sacerdote refunfuñó pero esta vez se mantuvo en sus trece. Se acomodó en el banco e hizo una seña al diablo, que se acercó pegándole la oreja al labio, entre divertido e interesado. Aun molesto, el presbítero sabía que debía recuperar la calma.

Es un decir... Usted y yo —dijo en tono cómplice—... Usted y yo sabemos que no hay tal cosa de hablar directo con Dios. Ni el Papa lo hace.

Ah, a mí no me haga cómplice de sus engaños, oh falso profeta —se divirtió el diablo—. Yo ya me basto con mis triquiñuelas y las falsedades de los individuos de este planeta.

Esta vez, el cura bufó, hizo un gesto final de apuro y amagó a levantarse, pero la mano del diablo fue más veloz y lo detuvo firmemente en su asiento.

No, no se vaya. De veras, déjeme contarle qué quiero ofrecerle y después usted hace lo que quiere. Pero le aseguro, le juro —dijo besándose una cruz hecha con dos dedos, para pavor del otro— y le prometo que me dará el sí. ¿Sabe cómo le llaman a esto en la teoría de los negocios? Win-Win. Va a salir bien parado usted, y yo y —señaló—. Yo necesito que a ustedes les vaya bien, porque son mis proveedores preferidos. Y ustedes me necesitan a mí, porque soy el más listo vendiendo ilusiones. No lo piense más: vamos a ganar todos. Así que, esta misma noche, usted se me arrodilla en el maicito crudo y le reza al amigo de allá —volvió a indicar— y va a ver que solo, solito, su corazoncito le va a decir que vale, que adelante, que es lo que aquel —indicó— hubiera deseado para sus fieles, devotos, laicos consagrados, acólitos, parroquia, viandantes y turistas. Sólo deme dos minutos. Escúcheme...

El diablo entonces explicó al sacerdote su plan. Los proyectistas que él dirigía en la recuperación de la Avenida y Paseo de la Reforma habían también delineado para ese mismo año la remodelación de la Zona Rosa. Inmediatamente después, sería el turno de la Colonia Roma, donde, de más estaba decirlo, se hallaba la iglesia del sacerdote.

La clave era moverse rápidamente pues había demasiada competencia para hacerse con esos negocios, que pagaban contenedores de lana. El plan era sencillo. Si comenzaban con las obras de inmediato, el adelantamiento les podría asegurar mejores precios. La oferta no estaría alertada y no se habrían inflado los valores de materiales y mano de obra ni las tarifas de ingenieros y arquitectos.

Ya ni se trataba de pensar en términos de meses, dijo el diablo, sino de días u horas. La codicia de los constructores adversarios podía hacer sucumbir su plan por la más exigua demora. Él ya había elaborado estrategias distractivas para esos empresarios, pero los tipos demostraban estar hechos de tal calaña que él, siendo El Señor de los Infiernos y todo, sufría desarreglos intestinales en las juntas negociadoras.

Por eso urge —dijo el diablo— que esta misma noche usted resuelva sus vacilaciones. Lo necesito conmigo. Hable con él —señaló—, y verá que no me equivoco. Puede confiar en el diablo como su carraspeódios lo hizo.

Punto final. Tras la palabra impronunciable, el diablo abrió los brazos y los juntó en una palmada sonora: era todo lo que tenía. No había más. Concluido el argumento, era el turno del sacerdote, que para ese momento no debía alumbrar ninguna oscura duda.

De hecho, el cura se puso de pie y, por única vez, perdió la compostura. Rió, rió y rió. Sus chillidos se escucharon en toda la plaza Río de Janeiro y detuvieron el paso de los ancianos que se ejercitaban y alteraron a los perros de departamentos que movían los cuerpos entumecidos. Hasta el diablo supuso que un ente demoníaco había entrado en la boca del cura. Y no: sus cancerberos seguían cómodamente sentados en la acera de enfrente, cheleando y conversando, con los cascos duros en la cabeza, prestos para volver al Paseo de la Reforma a picar el granito de las aceras con un “mande, su honrosa merced” a flor de boca.

De repente, la risa del prior se detuvo y sus ojos enrojecidos, casi infernales, se plantaron sobre las negras pupilas del Maestro del Averno.

Usted es un pobre loco rematado —dijo secamente—. Y, para probárselo, haré lo que nadie haría con Satán.

Y, sin miedos ni demoras, le dio la diestra. Nada pasó: el diablo no se retorció aquejado de dolores insoportables porque la piel santa lo acariciara ni el hombre se convirtió en sapo, ángel negro ni estatua de sal. Envalentonado, el cura dijo al diablo que ni en sueños pensara que apoyaría sus tonterías y que mejor se fuera ya mismo de esa plaza o en segundos llegaría la policía para apresarlo. Dio media vuelta, y se fue. No vio al diablo desaparecer del lugar esfumándose como aire liviano.



Seis meses más tarde, la antigua parroquia gris de piedra caliza de Puebla y Niza es un palacete níveo. El antiguo portón de madera noble ahora reluce un acero laminado con remaches y la torre y campanario han sido remplazados con arcos votivos que imitan malamente a Calatrava.

El Presidente de la República no ha podido asistir a la inauguración pero envió al secretario de Gobernación, de lugar destacado del palco. Junto a él se apretujan el cónsul de Estados Unidos, la vicecónsul argentina y el encargado de asuntos comerciales de la Embajada de España. En un lejísimo plano, perdido entre las terceras líneas de burócratas y aferrado a una baranda para no salir expelido de la tarima, el párroco. Todavía con la derrota encarnada en la glotis, la simpatía le emerge a duras penas.

Unos minutos después, cuando una grabación digital reproducía las doce campanadas del mediodía, el cardenal primado de México y el alcalde de la capital cortaron las cintas. Uniendo sus manos, por encima de las tijeras, las del mismísimo diablo, promotor del fideicomiso que financió la remodelación de la iglesia, presidente del consorcio constructor que la remozó y accionista mayoritario del banco que dio los créditos a cambio de una prenda sobre los sacross terrenos del templo. El diablo viste un traje blanco estelar y corbata rosada y sus zapatos Berlutti Alessandro cuestan apenas algo menos que el modelo del cardenal. El Señor de La Maldad sonríe, muy Kodak, con todos los dientes alineados y le guiña un ojo y le hace un gesto de “call me” al obispo de Monterrey. Suenan, al unísono, un millón de flashes. Flúf.


15 COMENTARIOS:

Víctor J.

Excelente cómo saca de quicio al pobre cura. A mí también me desquició el cojuelo respondón.

Joe

lo mismo digo, victor
ademas, a mi me transporto otra vez a mi querida colonia roma. yo era uno de los enamorados q rodeaban al cura y el diablo!
vivencie la historia como estando alli
sr fonseca, felicitaciones por su capacidad descriptiva
y tambien felicitaciones por la historia de los gatos piensan cada paso. una sintesis genial y el twist final es completamente inesperado.

joe benitez s
california

Rachel T.

Lovely, D
El diabolo tiene habilidad para parecer amistoso. Encantador, charming guy. I wanna invite him to my nex birthday party just for a little chat, u know.

Cheers & pura vida, Rachel T. Baker
Coral Gables, FL

Diego Fonseca

Víctor: El diablo te está buscando. Me dijo Alejo que lleva un disco de U-dos y de Maiquel Yacson.

Joe: Gracias. La Roma es una colonia de algún otro universo cuántico. Viví ahí y se me pegó en el cuero.

Michael

so, it's confirmed: mexico city it's ownwed by devil & co.
oh, who's the devil? 'cause u were talking about slim -check your presentation. and he has invested a lot of money in downtown... and he's a developer... and... ;-)

mike geouff

Miguel

buena historia
ahora no hablare con nadie en los parques, brrrr

quien es el diablo??? pq en el centro esta tu amigo slim... ohhhhh


miguel llorent, mex df, pero no en la roma sino en lomas

Diego Fonseca

Mike y Miguel: O ustedes son hermanos, o trabajan al lado o están obsesionados. El diablo no es Carlos Slim. Periodísticamente hablando, al menos. Literariamente... Ah, dulce hermenéutica.

Machuca

Si el diablo viene a Monterrey-MTY le voy a pasar una lista larga de remodelaciones necesarias.

Muy buen texto. Felicitaciones, Diego, y gracias por compartirlo.

Machuca La Ruca
MTY

Diego Fonseca

Machuca: De nada. Saludos a MTY. Interesante ciudad.

Claudia

Conozco a un constructor que hizo eso (remodelar una iglesia) y sabía que no había cobrado. Después de leer esto ya no sé porque el tipo hizo lo mismo al final, sacarse la gran foto.

Diego, has considerado hacer no-ficción pero basándote más en los hechos del periodismo?

Miss Heinz

Soledad

que diablo mas picaro. en vez de meterse con la iglesia a hacerle problemas, se alia para hacer negocios mutuos

muy conveniente

solita

Diego Fonseca

Claudia: Sí. Estoy trabajando más textos de no-ficción con base en crónica. No sé cuándo los tendré disponibles. Algunos no resisten mirada --ni hablar de publicación. A otros les veo la gema escondida pero pulir me toma tiempo.

ElEmir

El Diablito ya pasó por Tecamachalco. Prometo que le preguntaré al cura quién le remodeló la sacristía! (De veras, está remodelada!)
Muy buena historia, Diego
El Emir

Autócrata

Simpático diablo, más listo que cierto presidente macondiano

Disculpas si me pongo político pero no estamos pasando buenos momentos en Venezuela

Escuálido

Diego Fonseca

Emir: El cura no le dirá nada. El contrato tiene cláusula de confidencialidad. Y si el diablo hincó las rodillas, secreto de confesionario.

Autócrata Escuálido: La realidad siempre supera a la ficción. Remanido, sé, pero válido para Ud y los vinotintos.

Aprovecho que menciono a los venezolanos: Sé por una amiga que "Caracas de noche" circula por emails variados en Venezuela. Seré breve y directo. En primer lugar, gracias. Me honra que un txt mío dé vueltas, sea leído y comentado. Pero, y siempre lo que uno realmente quiere decir viene tras el pero, lo mínimo que pido, carajo, es que pongan el nombre del autor de "Caracas de noche" y no, como me han dicho y he visto, se atribuyan un txt que no les pertenece.

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