domingo, 22 de junio de 2008

Bien vale un aguacate

Feliz, feliz en tu día
Amiguito, que Dios te bendiga
Que reine la paz en tu vida
¡Y que cumplas muchos más!
(Feliz en tu día, Gaby, Fofó y Miliki, “Hola Don Pepito, Hola Don José”, CBS Argentina, 1971.)
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Feliz, feliz en tu día
Ojalá que te choque un tranvía
Te deje tirado en la vía
¡Y te agarren muchos máaaas!

(Feliz en tu día, reversión popular infantil. Se cantaba a los gritos y riéndose. Ahora se canta con tus hijos. A los gritos y riéndose.)



1. Masajito al ego

Por infinidad de razones, el 21 de junio no será recordado por mí. Mi nacimiento ese día fue un error irreparable y un descaro. Mi santa madre debió cerrar las piernas y aguantarse otro poco. Si, como dice, me tardé nueve meses y dos semanas en salir, podría haber elegido otro día para datarme el onomástico.

Como a cualquier humano pedestre, la efemérides me hundió el deseo. En criollo, me jodió la vida. A saber:

  • Un 21 de junio de 1791, Luis XVI intenta escapar de Francia con María Antonieta. Historia conocida: los jacobinos lo apresan y, zip, les pasan cuchillo a ambos. O sea, arranco mal. Compito contra el último absolutista monárquico que entró en la historia por meter palo, horca y sable sin pausa y por anteceder a los muchachos de Liberté, Égalité y Fraternité. Para completarla, Luisito se llevó con él a la mismísima María Antonieta Josefa Juana Habsburgo de Austria-Lorena. La doña, dicen, pasó de los reclamos populares por la ausencia de harina y trigo respondiendo, oronda y sabia: “Que coman pasteles”. Van Dike, Delannoy y Sofía Coppola la llevaron al cine. Y si eso no hubiera ocurrido, aun seguiría siendo la más famosa reina de Francia. Yo nací en Argentina y tengo una foto en Facebook.

  • En 1905, bombazo a mi línea de flotación. Anne-Marie Schweitzer, hermana de Albert, el médico alemán, entregó al mundo los resultados de nueve meses de amor con un oficial naval de nombre Jean-Baptiste. El crío, Jean-Paul Sartre. Pulmotor depresivo del existencialismo, Sartre escribió esta línea en “A puerta cerrada”: L’enfer, c’est les autres. Y al mundo le dio un ataque de caspa. Sartre se moriría casi diez años después de mi primer berrido, y yo aun lo sufro. Antes de eso, Françoise Sagan (1935) e Ian McEwan (1948) me habían reducido otro cachito el espacio en el cuadrito del calendario.

  • Mientras voy fondeando la quilla quebrada, Nikolái Andréyevich Rimski-Kórsakov. Se fue en 1908. Era ruso, barbudo y tenía cara de doctor en física. Plantó sus falanges longitud XL sobre el piano y anotó una alocada carrera intitulada “El vuelo del moscardón”. Touché. El tipo era autodidacta e iba sobrado de mañas. Entre otras minucias, escribió quince óperas y un tratado de orquestación que enseñó a siete generaciones de músicos del siglo XX. Murió de neumonía. Lo enterraron en el cementerio de Tijvin, en el monasterio de Alexander Nevski, en la imperial Sankt Petersburg. A Rimski-Kórsakov lo escuchan en todo el mundo. A mí me leen ustedes y mi hermana.

  • Y, de remate, quizá nadie haya registrado que el mismísimo 21 de junio nacía el microsurco que permitió grabar esas maravillosas reliquias llamadas long plays. Pero sí habrá un hueco en la memoria para este nombre propio: Garland, Judy. No fue mi culpa, yo no lo hice. No es que nací y alguien debía caerse del planeta por sobrepoblación. No. La señora Garland, esposa de Vincent y mamá de Lazy Minelli, la más maravillosa voz que haya cantado “Over the Rainbow” en el mágico “Wizard of Oz”, murió en 1969. Fue un año exacto antes de que yo escupiera líquido amniótico al delantal del médico. Igual, Doña Judy me manchó el día con flores de cementerio y gente vestida de negro que lloraba pero no cantaba ni se llamaba Robert Smith. Liza nunca lo superó; tampoco yo.

Ahora sí, masajito al ego. Un 21 de junio de 1970, a las 12.00 pm, y en una clínica privada de la pampa láctea y triguera argentina, me mandé un berrinche cargado: Here I am. Con él hice padres por vez primera a mis viejos. Pesé 3,300 kilos y aseguran que, a diferencia de los demás bebés, feos y morados, yo salí coloradito y precioso. Soy un hombre machito de sexo masculino, pero tal perdurable pigmentación indujo a mi hermana a bautizarme como “Rosita”. En el pueblo, en cambio, me decían Gringu Nesnún con acento piamontés. Aun hoy desconozco el significado del apodo, pero lo supongo brutal.

Este texto es una especie de celebración pública de mi cumpleaños. Me costó un Perú decidir publicarlo. En asuntos personales, soy más bien reservado. En otros, también. Cuando hablo, hablan mis personajes. Mis fobias habituales las escribo escondido tras la pantalla desplegando una infantería de sustantivos y bombarderos cargados de adjetivos gordos. También mino campo y aguas con verbos artillados.

No hoy. En circunstancias especiales, como ésta, las navidades, los años nuevos, las fiestas patrias y los divorcios, sufro accesos de sensibilidad epidérmica. Me dan ganas de llorar viendo “Heidi”, creo que todo lo sucedido un 21 de junio tiene peso histórico y merece ser contado. Sartre, Garland, Louis et Marie-Antoinette, El Moscardón Ruso. Mi vida o parte de ella.

A todas luces, soy un pelotudo alegre. Pero aquí estoy. Y ahí vamos.


2. Adiós a Wikipedia

En estas ocasiones especiales nos preguntamos por el sentido de la vida, ordenamos ideas y añoramos fotos desgrasadas. Los cumpleaños nos devuelven al universo sano de nuestra existencia, por fortuna, sin Sartre. En estas veinticuatro horas no pedimos que la Tierra se detenga ni que se vuelvan a mirarnos 6.700 millones de personas. (Que se vuelva a mirarnos el mundo entero menos yo mismo, se entiende, o estaríamos en una película de Greenaway.)

Sólo queremos sentir una cosquillita en el estómago, y que el hormigueo sea porque, sí, nos quieren y por eso suena el teléfono, y no por angustiosa inquietud. Aun mantenemos calentito el caldero del deseo por la trascendencia familiar, amiguera, barrial o planetaria. Y cuando parte de eso se realiza, Happy Festivus, Kramer.

Desde que yo puse un pie en la tierra y hasta hoy, el planeta dio 13.880 veces la razón a Copérnico, el muro de Berlín fue reducido a souvenir y, a pesar de la prohibición de un ojo-razgado por vida útil de hembra mamífera de sexo femenino, nacieron 24 chinos por minuto. Todos se juramentaron a Mao.

En esta pelota de corazón líquido viven todavía 115.000 millones especies de animales conocidas y el doble de vegetales. Frente a todo eso, yo soy una vaquita de San Antonio. Un ser insignificante. Minúsculo.

Pero no importa. Por más esfuerzo que haga, la tesis Warhol no se cumplirá. No todos tenemos destino de Wikipedia y mucho de Wikipedia no tiene destino ni significación para nosotros. No sólo sabemos que hay infinidad de cosas más intrascendentes que nosotros sino que, con los años, la vida se nos ha hecho un catálogo de boludeces.

Coleccionamos pasados y arrastramos deudas materiales, morales e intelectuales. Y en un cumpleaños se nos da por preguntarnos por ellas. ¿Por qué arruinamos un día hipotéticamente trascendente con preguntas que sabemos carecen de respuesta práctica? Porque creemos que el cumpleaños es importante y porque es hoy o tenemos que esperar hasta Año Nuevo.

Premio de consolación: elegir un cumpleaños pasado en el que hayas sentido cosas especiales. Ya sé cuál es. No tiene sonrisas de mujeres especiales, no me dieron ningún premio internacional y de no ser por las personas sentadas en el bar, estaba solo.

A mi mejor regalo de cumpleaños me lo hizo Maradona. Y por más que intento pensar en otra fecha transcendente, sólo me acuerdo de esa. Por ende, debe ser lo más significativo que me pasó en la vida. Soy un desperdicio seminal.

Fue en 1994 y Maradona ni se enteró que me había regalado nada. Ese 21/06, El Gordo clavó un zurdazo impecable, de cirujano, en el ángulo de un arquero griego cuyo apellido nadie recuerda pero con seguridad terminaba en “iadis”, “eia”, “polis” o “polus”.

Argentina ganó 4 a 0. Y el gol de Diegol era, boludo grande, el regalo de cumpleaños que había pedido. Me abracé con todos en el bar mientras, después de enchufar el zapatazo, Maradona corría a gritarle su bronca loca a la FIFA, por TV y con el diablo en los ojos.

Es historia que ese mismo día, por su tendencia a la triquiñuelosis y las pupilas maléficas, le cortaron las piernas en el país donde vivo. Pero yo me enteraría al día siguiente. En ese momento, tenía mi regalo y lo abrazaba fuerte contra el pecho. A los 24, era un pavote de quince.

Ese hecho fue lo más cerca que estuve de la fama, ese viboreante tipo de trascendencia efímera, en un cumpleaños. Vía satélite y a 14.000 kilómetros. Siendo que ya no encuentro otra fiesta en la que hayan ocurrido cosas más memorables, definitivamente ése fue mi cumpleaños más especial del pasado. Porque recibí el regalo de un famoso que nunca lo supo. Como corresponde, nadie se enteró.

Otra vez, soy insignificante.

Pasemos a otra cosa.


3. La fiesta interminable

Cuatro años después de aquella Copa del Mundo, Thomas Vinterberg, el director de cine danés, nos dejó a todos shockeados. Vinterberg se tomó el caldo espeso de los cumpleaños, su PH existencial, filosófico, crudamente humano.

Su película, “La Celebración”, le avisó al cine que había narrativas vivas más allá de la Tierra Prometida de Hollywood. “La Celebración” no pasaba cualquier garganta pero Vinterberg, un tipito de 28 años como yo entonces y que adoraba a Lars Von Trier como yo entonces, supo derrumbar una mampostería familiar completa tirando de una gola bien cargada.

El de la gola era un personaje llamado Christian Klingenfeldt, convocado para recibir a hermanos, tíos, primos y la mar en coche, en una casona y al mediodía. Klingenfeldt dio ese día un discurso vomitivo. Habló de todo y habló mal. Tras su desideratum no había un ladrillo en pie.

La familia Klingenfeldt había dejado de existir como tal. Estaban todos vivos, sí, pero parecían fantasmas. Que Christian Klingenfeldt haya elegido la fiesta de cumpleaños número 60 de su padre Helge para lanzar la Bomba H fue una buena excusa: siempre que honramos o deshonramos algo en todo aniversario es porque pretendemos dejar un recuerdo omnipresente y perdurable.

Tenemos esa oportunidad una vez al año y muchas veces las desperdiciamos. Otros no, como el splendido Oscar Wilde, que se valió de “El cumpleaños de la infanta” para narrar uno de las más desgarradores relatos de amor contrariado y de banal ausencia de apego en 7.000 palabras.

La historia de la humanidad es rica dotando de significado a los momentos únicos. (Por eso lo son.) Los cumpleaños han facilitado manifestaciones políticas de censura a Putin, desmadres para festejar a Paul McCartney, crímenes domésticos en Murcia, más crímenes en el Medio Oeste americano.

Y si han dado alegrías inconmensurables, también han entregado su revés. Entre los más macabros, la historia no oficial recuerda a Cleopatra II. Doña Cleo The Second se casó, incestuosa y descarada, con su hermano Ptolomeo. Y para completarla, le dio un hijo.

Lo crítico del asunto es que esta segunda versión de Cleopatra resultó más pícara que su antecesora, pues ya estaba casada en primeras nupcias antes de abrazar el amor fraterno. Doña Cleo The Second no contó con que su marido cornudo aprovecharía el onomástico para recordarle que no estaba cómodo con el tocado. ¿El regalo del dolido esposo? Los restos descuartizados del hijo-sobrino de la reina.

Algo hemos hecho bien en 5.000 años de historia para que los actos vengativos en los cumpleaños occidentales actuales se limiten al anecdotario del humor blanco. Escupir la torta, robarse los regalos o, la crueldad máxima del siglo XX, caer con la parentela y comerse todo.


4. Celébrame la vida

El modo en que festejamos nuestros aniversarios es relativamente nuevo. Hay indicios de que el pastel de cumpleaños se usó en algún momento en Grecia. Sin embargo, debió ser muy malo y en Esparta tiraron por el barranco a todos los reposteros pues la celebración con torta desaparece de los anales para regresar recién en la ascética y podrida Edad Media entre peludos campesinos germanos.

Los alemanes, cuando hacen algo, lo hacen a lo grande, para bien o para mal. Hoy masacran media Europa y mañana desmontan los alambrados del Muro para que pueda pasar el Love Parade. Luego dan vía a Bauhaus, a Kraftwerk y a la silla Barcelona y le cambian la cara al diseño y la música. A la par de eso, juegan alguna semifinal de algo.

Estos tipos tienen algo. No en vano cuentan con los apellidos más raros del mundo que crearon las ideas más conocidas del planeta –Schopenhauer, Marx, Nietzsche, Engels, Horkheimer, Heidegger, Adorno– y modificaron la cultura universal –Wagner, Rummenigge, Schumacher, Schiffer, Heidi Klum.

Lo que tienen se llama inteligencia práctica. Hoy, estamos en condiciones de afirmar que los alemanes son los inventores de la fiesta de cumpleaños moderna. Al onomástico de los niños durante los grises años del Medioevo, lleno de castillos fríos con torres puntiagudas y doncellas de tetas calientes igualmente puntiagudas, tal cual lo revelaron los antropólogos de Hollywood, lo llamaban Kinderfeste.

No era un nombre muy original (de hecho, significa “fiesta infantil”) porque eran alemanes y no holandeses, pero sonaba a jolgorio cervecero a lo grande, como toda fest alemana. La Kinderfeste iniciaba llevando una torta casera al niño recién despertado. La torta tenía velas que se mantenían encendidas a lo largo del día. Una por cada año cumplido y una extra que simbolizaba la luz de la vida.

Si el muchachote demoraba en salir de las babas del sueño, se quedaba sin una miga. Padres, amigos y demás festejantes colados daban cuenta del pastel en segundos. Esto demostraría dos cosas: el apetito germano es insaciable y tienen la tendencia a comer hasta último momento.

Dar cuenta de algo cuando las velas (de cumpleaños) ya no arden porque su propietario está distraído es algo que los teutones saben hacer muy bien. Si no, pregúntenle a los gobiernos de Polonia, Bélgica y Francia al inicio de la Segunda Guerra Mundial. O a un señor de apellido Pekerman, que sacó a un tal Juan Román Riquelme de la cancha cuando teníamos el partido controlado en el Berliner Olympiastadion.

Que las velas acompañen siempre el pastel de cumpleaños que celebra un año más es, por igual, asunto largamente conocido. Simbólicamente, la luz de la vela representa la vida. Quien ha visto un candil apagarse cree de inmediato hallar una metáfora del paso terrenal. Si lo recita, se cree poeta. Si lo escribió , es Macbeth, que llamó “breve candela” a la vida y se hizo famoso.

La Kinderfeste también contemplaba que el homenajeado recibiera regalos y eligiese el menú. Este es, de hecho, el único día en que un niño alemán era libre de pedir sus platos preferidos. El resto del tiempo pastaba con el ganado o comía lo que sus padres cocinaban. No es fantasía: así se construyó la historia de Germanya desde tiempos pretéritos.

Encarándose con la naturaleza, los niños teutones aprendían el valor de la escasez, crecían con caprichos cortos y, por si fuera poco, se hacían fuertes, saludables y altos. Y ha sido así desde entonces, al punto de que estos jovencitos hoy son tremendamente capaces de ganarle una pelota en el área, sin mucho esfuerzo atlético, al arquero de una selección contraria llamado Abbondanzieri. (Sí, otra espinita.)

La festividad infantil alemana, finalmente, se agotaba con la soplada de velita. El niño debía pedir un deseo y apagar de un solo golpe la breve candela –take that, Macbeth. El deseo, por derecho, se mantenía en secreto. Tal como hizo un tal Jens Lehmman con la lista de pateadores argentinos de penales. (Y listo, última espina pendiente.).


5. Necrofilia con velitas

De aquella vieja celebración, el centro y norte de Europa tomaron una costumbre folclórica: el gnomo barbudo. Se le llamaba Jubiläum Mann y era un señor picarón que solía olvidarse prontamente de los niños y corretear tras las tías, especialmente si tenían menos de 35 abriles, eran pelirrojas y se llamaban Helga.

La costumbre se trasladó al Nuevo Mundo, más específicamente a las colonias alemanas de Estados Unidos y, posteriormente, a las de Paraguay, Chile, el sur de Brasil y Argentina. La tradición del gnomo barbudo fue abandonada al entrar el siglo XX.

En el Norte, esto ocurrió cuando los alguaciles de The Pinkerton’s Agency comprobaron que todos los Jubiläum Mann seguían persiguiendo a las muchachas pero ya ni iban a las fiestas y votaban a los republicanos. En el sur, mutó hasta convertirse en Papá Noel o el Viejito Pascuero.

Las celebraciones de cumpleaños experimentaron modificaciones más profundas que aquellas. Los primeros registros históricos refieren que los egipcios sólo festejaban el onomástico de los niños varones y nobles. La fiesta incluía decenas de personas bailando de costado y canciones del grupo de armónicas Kefrén Bananarama.

Las clases bajas no conocían de cumpleaños; tampoco de comida ni otras celebraciones como una llamada libertad. Y entre las mujeres, sólo a las reinas reconocían su fecha de nacimiento. Eso hacía de las féminas egipcias seres particularmente felices especialmente después de pasar los cuarenta años, edad que no identificaban pues no sabían contar. La historia demostraría que monarcas como Cleopatra, en cambio, eran unas amargadas fenomenales que sufrían como arpías mirando el calendario.

Los griegos tomaron de sus vecinos transmediterráneos la costumbre de armar bacanales para los festivus. Cleopatra The First and The Only One se mandó la gran partuza para festejar a su adorado Marco Antonio y no hubo invitado que no se fuese con un obsequio real, práctica que hoy en día quedó reducida a retirarse con el Tupperware de las sobras.

Algo parecido comenzaron a hacer unos metros más arriba del charco. Plutarco, ensayista griego del siglo I, recuerda que fue merced a la habilidad persa en la cocina, que los griegos copiaron, que el Antiguo Imperio llevó la primera torta a la mesa. Por boca del escritor Filocoro se ha dicho también que los seguidores de la diosa lunar y cazadora experta Artemisa horneaban una tarta gigante de harina y miel el sexto día de cada mes.

El historiador Papatanassious incluso cree que esa tarta pudo haber llevado velas encima, o bien para representar la luna o bien para iluminarse y no caerse durante su transporte. Pero no hay evidencia que sustente esas afirmaciones. Plutarco y Filocoro están demasiado muertos para articular palabra y Papatanassious se fue con la música a otra parte. Además, nunca existió.

Machistas consumados, los fundadores del mundo occidental sólo festejaban a los hombres. Niños y mujeres se quedaban en la cocina lavando platos. La festichola masculina se lamaba Genetblia y se reproducía incluso aun después de muerto el homenajeado, esta vez bajo el nombre de Genesia.

Con el tiempo, la imposibilidad de recordar qué fiesta era cual redujo las denominaciones Genetblia y Genesia a una denominación única, Pedus Continuum. Tal nombre perdura hasta nuestros días, aunque sólo en privado y apenas es aceptable entre adolescentes y jóvenes menores de 25 años.

Fueron los romanos, cuándo no, quienes introdujeron una variante al festejo griego. Los romanos siempre se caraterizaron por tomar un invento ajeno, cambiarle un par de pavadas, y lanzarlo como propio. Con el tiempo, Marco Polo haría eso con los fideos chinos y Versace con la ropa de los payasos.

En materia festiva, el cambio incorporó al Estado. Antes de la llegada del cristianismo, el Senado de Roma introdujo el festejo del cumpleaños de los estadistas como una celebración nacional. La costumbre, una brutal confusión de libertad personal y abuso del Estado, ha proseguido hasta nuestros días. En Argentina se le suele llamar peronismo; en México, priísmo y en muchos otros países, una palabra + ismos varios.

Como sea, los antiguos romanos amplificaron las confusiones. Seguramente bebidos, fueron al Senado y levantaron las manos cuando no debían. Así, aprobaron comenzar a festejar las muertes. En serio.

La primera ley, en el 44 AC, propuso homenajear con un desfile público, una sesión de circo, combates de gladiadores en las plazas, la representación de una obra teatral y un pantagruélico banquete a un señor que había sido cónsul, militar y emperador y se hacía llamar Julio César. Festividades similares enmarcan hoy cualquier pavada que hace otro señor que se hace llamar Hugo.

La dimensión necrológica del cumpleaños marcó profundamente la cultura latina desde entonces. En el siglo XX, y aun hoy, numerosas naciones de ascendencia mediterránea celebran la caída de sus hombres queridos. Es un absurdo, pero siempre puede ser peor.

Allí está el Libertador de Argentina, Chile y Perú, José de San Martín, recordado el 17 de agosto, día en que pasó a otra dimensión. Comportamientos culturales perversos han hecho que naciones enteras amplíen el alcance de esa visión festejando hechos fatídicos como alcanzar los cuartos de final de la Copa del Mundo de Fútbol, ser subcampeones de F1 detrás de un tal Alan Jones o ganarle a los suplentes de Brasil.

Pero los romanos no fueron los únicos en adscribir a la necrología festiva. La cultura sajona, a su modo, también lo hace. En el sur de Estados Unidos, por ejemplo, se preparan comidas durante días antes del entierro de un familiar. Los deudos se reúnen a tragar en cantidades industriales tras el responso final, en casa o en un restaurante reservado ex profeso. En esos momentos, los trabajadores de T.G.I. Friday’s cantan gospels en vez del Japi Berdi.

Los cristianos pusieron un poco de orden a todo eso. Los primeros seguidores de Jesús de Nazareth en el Mundo Antiguo suprimieron el festejo de los cumpleaños. Su visión era un tanto críptica. Para ellos, los niños nacían teñidos por el pecado original que, en apariencia, cometieron un señor y una señora llamados Adán y Eva hace cientos de miles de años. Afortunadamente, la iglesia ha cambiado bastante y esas ideas ya no s...

Ejem.

Bajo Roma, los cristianos eran personas acosadas por la ley y la autoridad imperial, perseguidas y oprimidas y, cuando no torturadas y muertas por la espada, entregadas al hambre africano de los leones. No tenían mucho tiempo para festejar nada.

Ensimismados en una visión fatalista, aquellos creyentes suponían que el mundo terreno era un territorio de martirios sólo superable con el ascenso a los Cielos. Para esa lógica, muerte equivalía a liberación. Ergo, si algo debía celebrarse era el día oscuro y final, como aquel en que el cristo elevó su mirada y la tierra se abrió.

Pero también había razones menos tormentosas. Y una nada menor era que, para una ideología nueva como la cristiana, necesitada de construir su propia base de adeptos, mayor distancia del corpus de ideas dominante equivalía a una más sólida constitución de su discurso. Puesto en palabras simples: los cumpleaños eran, ni más ni menos, prácticas paganas. Algo así como el Chino Fujimori para un aprista.

Que a la iglesia de aquellos decenios le costase bastante aceptar la idea de que el hombre que la fundó hubiera nacido antes de morir es como si la actual, con satélites que todo lo indagan, sostuviera la idea de que un hombre común investido de Papa, puede hablar directamente con D... (Ok, ya.)

Afortunadamente, los tiempos cambian y con ellos desaparecen también los cabezaduras. En ocasiones para ser reemplazados por otros, por lo general, algo menos testatosca. Para la iglesia, ese cambio llegó en el siglo IV D.C. y se llamó Navidad, en obvio homenaje al caballero que representaba la C en tal denominación.

Esa decisión de la iglesia cristiana, que se había convertido en una institución de largos brazos, permitió a Occidente recuperar sus fiestas de cumpleaños. Es de esperar que con la vuelta de la festividad alegre (o sea, la celebración de un nacimiento y no un espiche) todo mundo prendió velitas e hizo sonar pitos y matracas hasta en los convent... (¿En serio que no?)


6. Woodstock me quedaba chico

Si algo demuestra este recorrido histórico es la mutación de la celebración con los años. Hoy pasa lo mismo, aunque hemos perdido cierto salvajism... (No empecemos otra vez.)

Cuando eres niño y adolescente, deseas y peleas por ser el centro de atención de tu propia fiesta. Es curioso, pero ya nadie respeta ese espacio muy personal. Tu familia organiza, trabaja, paga por la fiesta y siempre hay algún taranbana dispuesto a pasarse de listo apañado por sus papis.

Si vas bien de carácter, lo dejás sin tobillos y la fiesta vuelve a sus cauces normales. Si no, crecés un poco abombado y te convertís en alguien parecido a Paris Hilton. Tenés dinero para pagar todas las partuzas, te van a dar pelota hasta los fotógrafos de la prensa roja pero de respeto, nada. Se lo tragó el chihuahua.

Ya mayor, tu atención se traslada. Confieso: yo nunca festejé demasiado mis cumpleaños. De niño, como a todos, me los organizaba mi madre. Pero yo era un chico algo taciturno que prefería leer a Emilio Salgari y Julio Verne y desarmar aparatos a estar rodeado de gente. La única excepción era si veía rodar una pelota.

Por lo tanto, con tamaña visión de escriba de claustro, salía en todas las fotos de mis cumpleaños con la sonrisa triste. Si me cantaban el cumpleaños feliz, a veces tragaba amargura. Una vez, a los ocho años, lloré. ¿Por qué? Ni puta idea.

Mis viejos eran maravillosos y con mis hermanos nos llevábamos como hermanos —o sea, nos queríamos, nos pegábamos, nos defendíamos de terceros y nos robábamos el omelette. Además, yo era un excelentísimo alumno, pintaba como los dioses y ya había hecho moquear a mi madre con una composición-tema por el Día de la Madre.

Elaborando las cosas con mi psicólogo, llegamos a la conclusión de que, si no lo sabía, yo ya entonces intuía la presencia de Sartre. Últimamente he comenzado a pensar que quizá haya influido en algo que mi papá dejase “La nausea” al lado de mi Billiken y el Anteojito y que siguiera allí cuando me pasé de El Tony y la D’Artagnan a Status.

Ya para esos años adolescentes deseaba que nadie se diera cuenta de que era 21 de junio. Si antes leía al mundo como monje de clausura del siglo XIII, ahora lo era. Me tomó un tiempo el debut sexual, me la pasaba leyendo con luz baja, me encantaban todas las chicas que veía pero era incapaz de acercame a ninguna, usaba ropa oscura y, sin dudas, pasaba demasiado tiempo en el baño.

Pero una vez convertido en adulto volví a cambiar. No es que, como un clásico, sintiese que me comenzaba a poner viejo. Era una idea mejor y peor que esa. Si cuando jovencito me intuía inmortal, pasados los veinte me convencí de que me quedaba poco tiempo. Muy, pero muy poco tiempo.

Y no por padecer una enfermedad terminal –en cuyo caso, me gustaría saber quién escribe esto– sino que en mi mente se habían manifestado las palabras mágicas de todo veinteañero psicobolche: yo tenía profundas inquietudes filosóficas. O sea, ya sabía que Sartre había existido, qué había hecho y cómo le había arrebatado el 21 de junio a mis deseos de posteridad. Jean-Paul y la puta que te parió, con perdón de Miss Schweitzer.

Definitivamente, el problema era, y perdonen la mala palabra, existencial. Biológicamente, yo soy un típico e imbécil hommo sapiens que cree que le ganará al tiempo o, que al menos, puede anticiparse al destino. En mi caso, eso habilita la creencia peregrina –amo esta palabra– de que viviré, al menos, hasta los ochenta años, así como así. ¿Por qué? En general y dejémoslo aquí, Mariano, por obra y arte de la ciencia.

A medida que fui creciendo y ganando experiencia, descubrí que no me alcanzaría la vida para hacer todo cuanto deseaba. (Lo sé. No soy original, eso le pasa a todos, pero es mi vida, es mi blog, escribo sobre y, al final del día, a me importa un sorongo qué pase con sus vidas y sí con la mía. Retomamos.)

A mis veinte, esa idea dotaba todo de un sentido de urgencia y premura. Era absoluto. Quería leer, tomar, pensar, escuchar, consumir (mamá, no leas), discutir y dar vueltas todo. Después volvía todo a su lugar. Entre y durante ambos movimientos, quería correr detrás de todas las chicas. De todas las chicas lindas, mejor. Y alcanzarlas, además.

Mis cumpleaños, por ende, eran bacanales. Como resulté ser bastante conocido en la universidad, mucha gente iba a mi fiesta. Woodstock me quedaba chico. Llegaban con lo usual: bebidas, música, sustancias prohibidas por las autoridades sanitarias, comida, cigarrillos, amigos a patadas, horas de sobra para gastar en jarana, más amigos a patadas.

Y, siempre pero siempre, una enorme cantidad de mujeres desconocidas. De veras. Acabábamos, en al menos un par de sentidos, rodeados de hembras mujeres del sexo femenino que no conocíamos. Fue en esos años que yo aprendí el significado de la “cara de feliz cumpleaños”. Smiley era un amargado al lado mío.

Fast forward. La noción romanicus universitariae del happening se fue yendo a medida que caían los calendarios. Me corté los rulos, me hice periodista denserio, me volví más paciente y reflexivo, me enamoré y desenamoré algunas veces. Y mis cumpleaños vinieron conmigo siguiéndome como perro ’e sulky.

También me volví más barrigón y remolón. Más cool: un verdadero gozador, un sibarita, el terror de los refrigeradores. Las fiestas de mi onomástico, naturalmente, pasaron a desarrollarse en derredor del mueble de cuatro patas y a menos de cinco metros de la puerta de la GE.

Aquellos mismos cumpleaños que sudaban a los Stones, a Zeppelin y a me verás caer, se sentaban a la mesa para que yo, literalmente, sirviera la fiesta. Eran mis últimos veinte. El definitivo fin de fiesta felliniano. Un adiós a los excesos y a la vida gorda filmada por mi ojo ochimedio navegando ríos de malbecs, zinfandels y pinots a bordo de crocantes de almendra, lúcuma y piñones.

Cuando cumplí veintiocho, organicé la última cena del post-Woodstock. Reuní a mis amigos en el pequeño departamento del primer piso en que vivía con mi mujer de entonces. Cociné para ellos un día entero.

De mis manos salieron entradas varias, dips y salsas. Preparé tres ensaladas livianas para refrescar el paladar: una griega, una Caesar y una típica mixta. Sudé fuego para que el tartar me saliera fresquito y volví a sudar, pero salado, para hornear una sensual bondiola de cerdo a la pimienta.

Siendo que no son mi especialidad, que haya rematado el postre con una decente tarta de dulce de leche cubierta con chantilly, me animó a decir que esa noche, para mi fiesta, la rompí. Entonces no lo sabía pero con ese cumpleaños me estaba despidiendo de los veinte y de Córdoba, en ambos casos, un año antes. Como los cristianos en su momento, yo entraba en el DC. Después de Córdoba.


7. ¿Y vos, en qué andás?

Mi celebración ha vuelto a mutar, una vez más, éste 21 de junio. Hoy. O ayer, para la mayoría. Ahora y más que nunca, en el día en que nací deseo celebrar yo a los demás. Aquel sentido de urgencia veinteañero que apelotonaba experimentos y gentes se ha convertido en esta magnífica palabra que elegí para pintar mis late thirties: devolución.

No soy millonario en nada y apenas si tengo unos pocos buenos amigos y a una necesaria y mutuamente beneficiosa distancia. Tampoco soy de doblar las manos ante el tópico de considerarme rico en afectos. Escucho esa frase y me desfinancio.

La calidad de mis cumpleaños pasa por la intensidad con las que mantengo mis fugaces contactos con esas personas que quiero. Si la vida son sólo instantes, dijo un falso Georgie Boy Borges, yo tengo mi Polaroid lista para capturar lo que pase al vuelo.

Este año, y a diferencia de los pasados, celebré de otro modo. Antes de esperar las llamadas salutatorias, decidí llamar yo a mis padres y a mis hermanos para que compartan conmigo el cumpleaños. Me gustó y lo repetiré el año próximo, con otra variante que mi cerebro de 386k dejó salir del archivo de Word Perfect de la memoria. En 2009, en vez de recibir regalos, los haré yo. Lo hice una sola vez en mis veintes y me gustó. Es hora de retomarlo.

Mientras, hoy —o ayer. Lo habitual y culturalmente aprehendido es que los demás nos pregunten cómo estamos y de qué modo pasaremos el día. Que nos dejen sentir que nos prestan el eje de la tierra para que nos subamos un rato, con total derecho universal, a jugar a los caballitos.

Así ocurrió y respondí las mismas bobalicadas de siempre. Sin embargo, en años anteriores yo dejaba a los grillos cantar después de agotar mis tonterías del día. Ahora no me quedé en silencio explorando la incomodidad de la línea, sino que abrí el juego:

–¿Y vos, en qué andas? Contáme.

Y dejé que los demás me digan. Abrí los oídos. Mi madre tiene problemas en un hombro y a mi padre le detectaron una pelotita entre los dedos de los pies. Nada serio, todo reparable. Soportan con mantas y calefacción los cinco grados centígrados del invierno de Córdoba.

Como no pueden irse a la casa del campo, ella siente que el departamento le queda muy chico pero al menos ha podido hacer tortas fritas. Él, en tanto, no pudo usar la bicicleta fija porque se le saltó una pelotita a un rulemán. Le va muy bien con el programa en Radio Nacional. Tiene diez columnistas, cada uno con una idea distinta de cómo debe ser Argentina. Él le llama pluralismo y tiene razón; yo, decadencia, y tengo razón.

Los hice reír mucho porque sé que me extrañan más que yo –oh, babe, I’ll be / the same foolish guy / that I’ve been yesterday / riding the same old byke. Luego, llamé a mis hermanos. Hablamos media hora y la sustancia de la charla radicó en esto: están felizmente enamorados. Punto.

Luego me llamó mi cuñada. Y mi mujer, varias veces. La última, para avisarme que pasaría por el Fresh Market a comprar los ingredientes para la cena: cocinaría su mundialmente reconocido seco de pollo.

Me avisó que compraría palta Haas mexicana. La local sale US$ 1,25 por pieza y es sabrosa pero más pequeña que una naranja. Las piezas mexicanas son regordetas, muy carnosas y saben mucho mejor. Cada una, US$ 2,50.

—Tu cumpleaños bien vale un aguacate —dijo, entre risas, en el móvil.

A media tarde, me avisó el concierge del edificio que UPS había traído mi regalo. El concierge dijo “un paquete” pero, como yo sabía que mi mujer era quien lo enviaba, sabía que era “un regalo”.

Lo busqué y, dentro de la caja de 1-800-Flowers, hallé una palma sago bonsai. Yo tengo dedo negro para las plantas y en otras circunstancias podría haber llamado a mi esposa para preguntarle si estaba pensado en Lenny Kravitz que me había enviado ese tubérculo peludo.

Pero, como no deseaba nada especial, la plantita me ha caído más que bien. Digo más: es lo mejor que podría haber recibido. La puse sobre un librero blanco que compramos en Ikea, mirando hacia el ventanal. Vino en una macetita de cerámica verde con un obvio sticker que dice “Made in China.

Mi sago, en estadío juvenil, es como una papa con tres dreadlocks anchos y parados. Un Lenny Kravitz, y así se llamará (Kravitz). Para mi sorpresa, la planta no es una palmera sino una pariente cercana de las coníferas. Una cícada, parte de un grupo de plantas primitivas lo cual me ha hecho pensar que, en verdad, Kravitz tiene sus buenos años.

Lo importante ahora es que yo me concentre en ella, en sus condiciones de vida. Dada mi carencia de habilidades para la jardinería, seguiré al detalle el instructivo que acompañaba el sobre con ofertas para comprar un muy new rich anillo adornado con diamantes en Key Jewelry o un router inalámbrico de AT&T que ya poseo.

El folleto dice que mi sago la pasa mejor dentro de la casa y con luz natural filtrada que expuesta al mundo con el sol de frente. Sólo hay que sacarlo fuera de tanto en tanto. Es deseable hacerlo durante la primavera, para combatir el moho. Si sus delgadas hojas están muy viejas, hay que quitarlas cual si fueran ideas secas.

Claro, ustedes ya saben que ahora sigue el cliché: mi bonsai es un calco mío. Yo tampoco necesito que me hidraten mucho porque me malhumoro rápido o me ahogo. De cuando en cuando requiero que me remuevan un poco las fundaciones para evitar posiciones nocivas para el crecimiento recto. Cuando asciendo demasiado, me gusta podar los gajos viejos y/o cambiar de ciudad-maceta.

Y culmino mi eglegía cumpleañera alla Danielle Steel: como yo, mi palma sago crece muy lentamente, apenas es capaz de producir un grupo de hojas fuertes al año y necesita varios calendarios para erigirse, finalmente, con un tronco sólido y firme.

Y ya. Tengo 38 años y crezco despacio. Feliz cumpleaños a mí.

19 COMENTARIOS:

Camilo

Feliz cumpleaños, amigo!

Un gran abrazo a la distancia. Desde aquí alzaremos nuestra copa a tu salud.

Machuca

Feliz cumpleaños!!!!

Estas son las mañanitas, que cantaba el rey Daviiiiid, para un muchacho bonito, te la cantamos asíii....!!!

Y festejado con un ENORME texto. Una delicia.

Ana Lia

Feliz cumple!!!!
Y gracias por tomarte el trabajo de escribir para nosotros este dia.

ALW

Turca

Fiuuu!
Larguete, pero me lo leí. Está muy bueno pero hay que pasar el peaje de la extensión.
Lo de los alemanes fue mundial, y no estoy siendo ironica.

La Turca

FELIZ CUMPLEAÑOS, DIEGO

Marion

Me has hecho reír mucho con este texto. Felices 38. ¿Los valen?

Marion Getz,
FL

Diego Fonseca

A todos: Gracias por los saludos, de corazón. También a quienes mandaron mails.

Camilo: Gracias, amigo.

Machuca: Gracias por la reversión de Las Mañanitas. Me alegro que te haya gustado el txt.

Ana: Ningún trabajo. Agradézcanle a mi mujer, que tiene más mérito.

Turca: No quiero pensar en el asunto Mundial.

Marion: Cada microsegundo. Y los que vienen, más.

› Anónimo

Feliz cumpleaños atrasado, Fonseca

Marcos G

Soledad

Felices años, Gemelo!!!
Y gracias por compartirlo aqui tambien!

Soledad

Johny B Good

Feliz cumpleaños, DIego
Y un muy buen texto, como un buen vino, para festejar. Largo pero buenísimo. Me he reído mucho

Johnny B Good

Nippur de Lagash

No te conozco, pero qué importa: Felices 38, Gemelo!
Disfrute que la vita é bella. Yo ya pasé los cuarenti-mjuju (no lo voy a decir) y creo q cada uno q viene es mejor q el anterior.

Perdon por el momento Luisa "Te escucho" Delfino, pero es lo que siento, viejo.

Y un muy buen texto para festejar, como dicen todos. Lo largo no importa: si no hay tiempo, se imprime. Me c... de la risa.

Nippur de Lagash

› Anónimo

Mira, si para los 38 te escribes esto, quiero ver el de los 39. Es muy bueno. Me he reido muchisimo, me has dejado pensando un par de cosas y me haces pensar que, a mis 35, no tengo q preocuparme demasiado: si llego como tú a los 38, feliz de la vida.
Me comentó una amiga del blog y entré medio a los empujones pero valió la pena. He tenido una hora a risa pura. Me dificulta leer un poco los argentinismos porque ustedes no se sacan las malas palabras de la lengua pero al final no entorpecen.
Esta tan bueno que no se que rescatar!
Feliz cumpleaños con demora, pero como soy nuevo se perdona

Raúl M.

Autócrata

Chévere, Diego. Espero que hayas tenido un cumpleaños cheverísimo. Yo me descosí de la risa con "Bien vale un aguacate".

¡Felices 38s!

Auto-Escuálido

PD: Me pregunto, si ya ha contado historias que se suponen suyas, pero resulta que no es usted... ¿realmente cumplió años el 21? Lo de los 38 puede ser poeque es de 1970 (lo dice su perfil), pero... ¿cumplió años o no? Ya estoy dudando... ¿Los cumplió?

Miguel

Hala, feliz cumpleaños. Vaya texto te has echado para celebrarlo, colega!

Miguel Llorent M.,
en MEX

Rachel T.

Happy birthday, Evil Twin!!!!
Me ha gustado este texto muchisimo y me reido mas!

RTB,
Florida

Daniel

Felices 40s, Diego! Cómo se lleva lo inevitable?

El txt es un chorizo, man, pero me hice arriba leyéndolo. Me mató.

Daniel Puga M.

Soy el visitante invisible

Felices casi 40s y que te sean leves!

Ya lo puse arriba: ¿Cuánto de todo lo que escribiste aquí es verdad y cuánto ficción? He "googleado" algunas cosas y hallado algunas verdades, pero eso no me hace más profunda la duda. ¿Debemos verificar todo?

Nos mal acostumbraste cuando estabas en AméricaEconomía. Ah, te leí en Safe-Democracy y lo de los teros en Argentina (sí, lo "googleé" también), chido-chido.

Diego Fonseca

Marcos, Soledad y Johnny B: Gracias.

Nippur: Comparto la filosofía, del cumpleaños y de la Xerox.

Raúl M: Si te reíste sólo una hora, entonces fracasé. Gracias y bienvenido.

Diego Fonseca

Autócrata: ¿Los cumplí? Hummm...

Miguel: De nada, colega.

Rachel: Tx!

Daniel: Lo inevitable no se lleva. Viene igual. Gracias.

Visitante Invisible: ¿Cuánto de ficción hay? No lo pesé y perdí las reglas. Yo le recomendaría que no pierda el tiempo verificando todo. Aunque... Y gracias por lo de Safe-Democracy. Ahora que lo menciona, tengo que sentarme a escribir mi análisis.

Arrivederci, amici.

› Proto a secas

Macho, tu mujer si que te conoce!
Feliz cumple!
El Proto

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Diego