miércoles, 20 de agosto de 2008

Herida de hembra

Ahora que te tengo frente a mí, desnuda y palpitante, comprendo que la historia ha hecho su labor. Siglos de vida sobre el planeta han moldeado el contorno de nuestros cuerpos.

Recorrer el tuyo es el principio de mi deseo. Tu muerte orgásmica, su culminación. Amarte es una excusa.

Aun recuerdo cuando decidí quebrar lanzas con el mundo. Tú, mujer adulta y acalorada; yo, un adolescente afiebrado.

Desde que desperté al celo no tuve ojos más que para esas largas piernas, tus pechos todavía voluptuosos, la languidez de tu mirada azul y las manos descarnadams.

Tus curvas eran meandros en los que quise perderme sin mapa estelar ni sextante. Mi aventura era el aroma a sándalo de tu piel, deshebrarte el cabello, peinarlo y recogerlo suspirando a tu espalda.

No sabías de mí. Quiero decir, no habías reparado en mi carne trémula. Yo era un muchacho en crecimiento, un adonis intocable.

Pero sucedió aquella tarde. Mis padres habían viajado. Crucé la calle y entré sin golpear a tu casa de viuda. Tenía quince años.

Me saludaste como siempre, sin darme otra atención que la sonrisa limpia. Claro: era el mismo niño que día tras día jugaba en la calle, en el patio de su casa y hasta en el jardín de la tuya.

En esos años me enamoré de tí. Durante aquella ternura, mi madre me regañaba por destrozarte las dalias y camelias a pelotazos. Tú me dejabas hacer. Siempre me dejabas hacer. Y, sin quererlo, esa confianza y vecindad iban construyendo los cimientos de mi amor.

Dejarme hacer. Eso fue lo que siempre esperé de tí, y esa tarde lo permitiste.

Primero debí convencerte. La fosa abisal de nuestras edades, tú sabes. Para mi fortuna, el tiempo estuvo de mi lado.

Me senté a la mesa en tu cocina y bebí el té que me ofreciste. Comí lentamente un scone de moras y esperé a que tú también ocuparas tu silla. Entonces te tomé de la mano y confesé mi pasión:

—Desde que tengo memoria de cemento fresco, te amo.

Te reíste. Cómo no ibas a hacerlo si para tí era un mocoso gracioso. Ni siquiera insolente: divertido. Creías que practicaba contigo mis declaraciones para prodigarlas después a las álgidas jovencitas que me revoloteaban en la escuela con su desarrollo frutal —senitos de melocotón rosado y culitos de sandía.

Pero yo insistí. Me tomó dos horas explicarte los principios de mi devoción y durante esas mismas dos horas estuviste a punto de dejarme, irritada e impulsiva.

Ambos no somos de rendirnos fácilmente y el forcejeo continuó. Debí perseguirte por toda la casa, ampliando mis argumentos, justificando al corazón, desarmando una resistencia que, lo reconozco ahora, fue heroica.

Tres horas más tarde había logrado vencer tus temores.

Descansabas entonces en mi regazo y ya no estábamos en la cocina, sino en el antiguo sofá de la sala, regalo de tu esposo muerto. Tu esposo. Fue tocando la cuerda sensible de su remembranza como desmembré tu armadura.

Todos sabíamos que tras su trágica muerte te habías hundido en una depresión cadavérica. Estabas desconsolada y temíamos por tu estabilidad mental.

Te tomó tiempo pero te repusiste. Sí, ya no fuiste igual. Ya no reías con brío ni eras la jovialidad encarnada. Te habías replegado, taciturna y gastada. Kilos de antidepresivos hicieron un mal trabajo sobre mente y carne.

Algunos te creían alelada, pero mi familia nunca lo vio así. Yo, sobre todo. Siempre te pensé propietaria de una ternura infantil que había sobrepuesto y vencido la adolescencia y la madurez de la mujer adulta, una dulzura que se preservó mientras yo crecía y me agravaba.

Cuando aun estábamos en la cocina, cuando había obtenido otra vez tu permiso para acercarme y tomarte de las manos, hablándote suavemente arrastré al presente tu vida entera junto al que fue tu hombre.

Elegí cada palabra, te hice llorar de amor.

Ahora sé que fue una frase, una sola, única e irrepetible, la que abrió tu pecho definitivamente.

—Yo soy él —te dije—. Mírame y reconóceme.

Y me miraste y, por supuesto, me reconociste. La locura del amor habló por tí: yo era él.

No dije más. Corriste a mis brazos y flaqueaste. Tus piernas se doblaron incapaces de sostener un apasionamiento al que tus músculos se desacostumbraron. Te aferré con todas mis fuerzas y entonces ví tu boca entreabierta y me dejé ir. Nadé un instante en tus ojos de profundidad oceánica. Y te besé.

Fue primero con suavidad, después con fruición y finalmente con deseo pleno.

Como siempre, me dejabas hacer. Había conquistado mi derecho perpetuo a actuar con total libertad. Sofocada por los recuerdos, ciega de amor y deseo, casi sin conocimiento por el abrazo de la pasión, entregaste tu anatomía caduca a mi fortaleza juvenil. Te tomé en mis brazos y te llevé a la sala, adonde te desnudé despaciosamente.

Primero los zapatos, que se deslizaron por tus pies apenas asidos por mis manos de algodón. Luego tu collar y los aretes, que quité rodeando tu cuello con pequeños besos silenciosos.

Llegué entonces a tu vestido. Cada botón se rindió a mis manos como si fuese yo un tallador experto. Uno por uno parecían deshacerse como terrones en un líquido cálido.

Luego fui por el brassiere y por las bragas. Acompañé su retiro repartiendo suspiros por todo tu cuerpo, dándote cosquillas con la punta de mi nariz, oyendo la cabalgata sin compás de tu corazón y tu respiración encrespada. Un mundo enteramente silencioso rodeaba mi jadeo.

Miré tus labios. Rojos, aun delineados por el labial color piel. Miré tus ojos, agónicamente entregados al cielo.

Me acerqué a tu rostro y recordé a Cortázar. El juego de los cíclopes, ¿recuerdas? Te gustaba que tu marido lo recitase mientras te hacía el amor. Por supuesto que lo sé: yo los espiaba por el ventanal en las tardes de verano.

Ahora que poso mi índice bajo tu nariz me asalta el Capítulo 7 de “Rayuela”: “Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera...”

Te estremeces. Te revuelves en el sofá. Oh Dios, cómo amabas a ese hombre, cómo bebías sus palabras sopladas al oído mientras dejabas a las manos asfaltarte el cuerpo. Como yo ahora, que transito con el límite de la yema de mis dedos cada milímetro de tu piel, cada surco de tu rostro, los pechos secos recostados, el vientre hundido, tus piernas de mujer vivida y esa deseada y aun tibia herida de hembra en el sur de tus territorios.

Te siento tan vital y te amo tanto que me toma segundos desnudarme y lanzarme sobre tí para fundir la adolescencia de mi piel y las décadas de tu epidermis.

Oh, mujer de mis sueños.

Te penetro con delicadeza, como ví que él hacía.

Oh, mi dulce viuda.

Voy hasta tus labios, me hundo en tu boca.

Oh, mi amante imposible.

Me recito a mí mismo: “...Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella”.

Oh, madre de mi padre.

Acabo. Largo, profundo, gimiendo dentro de tí. “Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua”.

Oh, abuela.


Publicado en el especial de literatura erótica de la revista cultural “Narrativas”, Edición Nº 10, México, julio de 2008.

39 COMENTARIOS:

Soboro

Ah, nos has engañado.
Nos has metido dentro de una excitación plena y antes de llegar al orgasmo nos atacas con un golpe moral de incestuosidad. Bueno, algunos habrán llegado al final sin reparos, pero a mí se me ha venido a la mente una vieja arrugada y ahí se ha acabado todo, ja, ja.
Muy buen relato, como siempre.

› Esteban Dublín

Eres un depravado, Diego. Tal vez por eso me gustan tanto tus historias.

Ana Lia
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Ana Lia

H de P!!!!!!!!!!!!!
No te lo pongo con todas las letras porque todavía vibro. Cómo me vas a dar un twist así!!!
Me dejaste temblando y después me mostraste un cuerpo decrépito... Me quiero morir

Qué bueno que sos, carajo

› Anónimo

Quienes lo conocemos de purrete sabemos que fue autobiogràfico

Marion

Ay ay, qué calorcillo...
Y yo con estas edades.
Una delicia de texto. Publícalo.

Marion Getz,
Miami, FL

Pedro El Grande

Carajo, me ausento un rato y me salís con estas cosas.
Qué pedazo de txt. Me tenés bailando a mí y mirá que no soy ningún pibe.

Turca

TE AMOOOOOOOOOOO!!!!
Por dios!!!! Cómo me hacés estas cosas justo hoy!!!
Donde hay un hombre que me lo como!!!!!


ahhhhhhhhhhhhhhhhh

Turca

"el sur de tus territorios".... qué lindo
ya tomé agua
pero sigo pescando hombres

El Visitador Pantaleón

ja ja ja
has dejado a media comunidad femenina sin aliento y a la otra mitad mirandose al espejo

Johny B Good

Lo mismo digo, Pantaleón. Este cabro se las trae
je je
Excelente. Dónde se puede conseguir la revista?

› Cara de amante

Diego, te felicito, muy buena historia me encanto, nos hace recordar la frase : el que persevera, alcanza.
Vaya muchachito !

Muriel

........................ oh
.............................aaah
....................................aaaaaaah

Bello. Como el de la foto de BIO.

Catalina Marchita

Guau...........................................................................................................................

Quiero ser esa viuda para que me hagan todo eso. Levito. Y encima el capítulo 7....................................

Vicky

Fonseca, te voy a comer la boca. Lo que te haría después no puedo decirlo en privado porque me bloquean de por vida.


Ahhhhhhhhh!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
Quiero guerra. ¿Dónde estás?

Serrano 2135 Palermo

BUeno, yo no estoy en posición de combate como la amiga aquí arriba, pero acepto que me has dejado algo... armada.

Buen ritmo, buen texto, buena selección por parte de la revista mexicana. Felicitaciones.

Ah, y buena respuesta, por lo que veo.

Diego Fonseca

Ok, esto ha tomado demasiado color y calor y se está poniendo largo. Comienzo las respuestas:

Soboro: Mejor así. Quedarse tiritando por esto no vale la pena. Mejor temblar por cuestiones más epidérmicas -realmente. Pero si terminaste así, cumplió su cometido.

Diego Fonseca

Esteban: Unite al grupo de los que ya me tienen puesto el adjetivo. Qué bueno que te guste. Es mutuo. Aunque, conversando con un amigo, estamos concluyendo que, aunque buscaba que fuera rococó y cursi, me he pasado algo en las figuras. Él las llama "demasiado remanidas". Capaz, pero no termino de convencerme. Es un cuento rápido, de todos modos.

Diego Fonseca

Ana Lía: Es un cuentito, che. No es para tanto.

Anónimo: Sé quien sos. Buen chiste. Sólo cuento lo que te ví hacer.

Diego Fonseca

Marion: Mis perversiones acaban en el cuento y en el comentario anterior a Anónimo. Publicar sería tortura. Y ya está publicado: en Narrativas y aquí. (No me creas, apenas me hago rogar.)

Diego Fonseca

Pedro: No sé qué decir a eso.

Turca: Salí a la calle, pero no lo maltrates.

Diego Fonseca

Turca: Gracias por lo de "el sur..."

Pantaleón: No es para tanto, pero buena ironía.

Johnny: Bienvenido, otra vez. ¿Cómo anda Santiago en invierno? "Narrativas" se lee en http://www.revistanarrativas.com/

Diego Fonseca

Amante: Es un chico muy bien portado, como verás. Bienvenida, también. Hacía tiempo que no se la veía por aquí.

Muriel: ¿Ah? ¡Oh! Hummm... No creo.

Cata: ¿De veras? El niño es un perverso.

Diego Fonseca

Vicky: Calma, radicales. ¿Dónde estoy? A) Tengo el sello de prohibido en la frente: ya pertenezco. B) Soy inalcanzable. C) Y pacifista.

Serrano: Gracias. No hubo selección. Magda Díaz Morales, editora de la revista, me invitó a participar. Le envié el texto y le gustó. Gracias a Magda, de paso. Esa edición me agradó bastante.

El Chango y Nieto

¿Esto será lo que llaman "pantalla caliente"?
COmo sea, está bueno.
Saludos.

PorSuiCheto

Ideal para conmover señoritas... mayores.
Muy buen texto.

Soy el visitante invisible

"Senitos de melocotón rosado y culitos de sandía"
Mortal. Maestro.

Entiendo que te pusiste en al piel del chico, por lo que ese "rococó" del que hablás te quedó perfectamente conseguido.

Diego Fonseca

Aquí vamos:

Chango: Creo que no es esto, pero se atisba el enrojecimiento del cristal, che.

PorSuiCheto: ¿Seguro?

Diego Fonseca

Visitante: Esa era la idea. Qué bueno que resultó. Aunque mantengo cierta indecisión que ya debiera abandonar: es la misma que poseo con casi todos mis txt.

Camilo

Un insestuoso txt nacido del retorcido subconciente de Usté'Maistro.

Que buena manera de ahorrar en shrink.

Un abrazo!

Diego Fonseca

Camilo: Lo suyo es el just in time, che. Aunque tu sugerencia implicaría que mis pulsiones asesinas son demasiadas, dada la profusión de sangre que hay en varias de estas páginas. Estoy empezando a sentirme como "Dexter"...

Muriel

Ah sí, cómo que "no creo". Como si no supieras que te ves lindo, guachito.... ja ja ja

El ego masculino es tan patéeeetico... Se miran al espejo y simulan que se están revisando la barba.

Y tiene razon Camilo: cuánto ahorrás en psico con el blog? Y de abogado?

Diego Fonseca

Muriel: Ni idea, jamás pagué ninguno. Yo sí me reviso la barba.

Esteban Dublín

Diego, ¿está bloqueado blogger? No puedo publicar.

Diego Fonseca

No he publicado hoy más que esta respuesta. No lo sé.

Walterio

Pero... no es necesario que se trate de una anciana decrépita como la imaginaron algunos lectores, con la multitud de abuelas jóvenes y apetecibles que hoy circulan por las calles.
La estrategia del nieto para seducirla es deliciosamente perversa!

Diego Fonseca

Walterio: Lindo pibe ese. El botox y cierta propensión irrefrenable al bisturí han reducido las perversidades adolescentes a meras equivocaciones etarias. Bienvenido otra vez.

Mariana Pozo

Palpitante y afiebrado. Me gustó.

Diego Fonseca

Gracias.

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Diego