lunes, 15 de diciembre de 2008

Kwai

Nos pusimos los chalecos, las boinas y los sombreros de los abuelos y le robamos tizones a la salamandra de la nona, pero no podíamos ir al ferrocarril sin ser lo que debíamos: partisanos napolitanos de la Segunda Guerra.
Los bigotes nos quedaban como mostachos de caricatura y las barbas eran manchones exagerados que podían cubrirte toda la cara, pero no podíamos ir al ferrocarril sin ser lo que queríamos: montoneros de Pancho Villa y Emiliano Zapata.
Las escobas eran los caballos más veloces del universo y no había enemigo a la redonda que resistiera nuestra inteligencia estratégica. Cada arbusto era el escondite perfecto y en todos los ligustros se reunía la partida para dibujar con ramitas un plano imposible sobre la tierra caliente y seca. No; no podíamos ir al ferrocarril sin ser lo que debíamos. Los mejores salteadores de trenes de la historia, una de las múltiples bandas mutantes del Sundance y Billy The Kid.
No teníamos más armas que la imaginación y por eso, queridos amigos, éramos el ejército más poderoso del mundo. Armábamos rifles con pedazos de tablones de madera y caños oxidados: dos clavitos para las miras y uno para el gatillo. Los revólveres eran manijas de puertas y horquetas de paraíso resecadas. No teníamos granadas; explotábamos cascotes. Y no podíamos ir al ferrocarril sin ser lo que queríamos: el “Combate” de Vic Morrow.
Año tras año, generación tras generación, esa lengua de durmientes de quebracho y dos infinitos tallarines de metal eran nuestro cine en vivo y en directo. Año tras año, nos repartimos para ser los malos y los buenos. Los sheriffs de Pinkerton, los obedientes quepís azules de John Wayne, la única brigada bondadosa de las SS.
Las horas de espera del tren de la mañana y de la tarde tenían recompensa variada. Creábamos batallas que tenían a la locomotora como objetivo definitivo. O la formación funcionaba de excusa para iniciar un nuevo tole-tole. Pero siempre estaba allí y nos desfogaba la ansiedad.
No importaba si era el carguero perdiendo trigo por los costados, si era la zorrita mínima traccionada a cuatro brazos o si el ciempiés rodante venía repleto de pasajeros a los que les emocionaba nuestra carrera desesperada al grito de “¡¡¡Jerónimo!!!”. (Algunos festivaleros hasta participaban del rodaje imaginario armándose con sus propios revolvitos de pulgar e índice; varios de nuestros más valiosos bravos cayeron ante el fuego imaginario de esos artilleros de velocidad.)
Lo que realmente importaba era que el tren nos daba una historia para contar. El día en que pasó la última zorrita, el día en que echó la última pitada la formación 417-B, fue también el ferrocarril quien nos contó la última historia. La titulamos “El tren nos enseñó que todo acaba alguna vez y generalmente eso pasa en el verano”.
Esa vez fuimos espectadores, no teníamos armas de madera y fierro y olvidamos pintarnos los bigotes de carbón o armar planes magistrales. Lo único que teníamos listas eran las caras hinchadas de llorar como chiquitos maricones, las narices tapadas de mocos y las manos nerviosas para sacudirlas frente al maquinista. Ya no podíamos ir al ferrocarril sin ser lo que debíamos: los reservorios del recuerdo de ese último viaje, como aquel bombazo definitivo que cortó la fumarola negra de la formación sobre el río Kwai.
Nuestro tren llegó bajando la marcha, sabiendo que esperábamos por él. El maquinista nos regaló el último pitido finito —que calló a todos los pájaros— pero no se detuvo. Una vez que nos dejó atrás, volvió a darle calor a la caldera. El traqueteo se aceleró y no se detuvo más. Cla-clác, cla-clác se perdió. Los canarios volvieron a cantar como si nada y nosotros nos hicimos futbolistas.

16 COMENTARIOS:

Parsimonia

Yo, que soy de natural mal pensada, imaginé la muerte en las vías de alguno de los niños.
Es el paso de la niñez a la adolescencia a través de los juegos, supongo.
Triste, como casi todo lo que termina.

LETRAWEB

Qué historia! Hoy piedra, mañana honda... mañana -nunca- o -siempre-. Me encantó. Enhorabuena por tu creación.
Saludos y feliz día.
Bye

JOHAN BUSH WALLS

Muy buena evocación de lo que se va perdiendo con el paso de los años, siento que el ferrocarril también ejemplifica como vemos pasar el tiempo, lo vemos lento, queremos que sea lento, que no termine nunca, pero cuando llegamos a sentirlo, como un suspiro, se ha ido para no volver.

Salú por los recuerdos pue.

el tapir

SIn dudarlo uno de los mejores textos de este gemelo malvado. Muy buen clima, y buena textura.
Por orto lado, una genial crítica al consenso de Washington y su apocalípsis argenta, de como anuló las utopías e imparable nos convirtió en facilistas del mercado, produyctos de los mass media y de mamá también.

Esteban Dublín

Como siempre, el tren dejándonos donde le da la gana.

Ana Lía Weiller

Yo no tenía tren --en Buenos Aires hay subte-- pero me hiciste acordar de aquellos años en que esperaba al afilador de cuchillos. Todavía quedan unos pocos. Un poquito de nostalgia para el lunes me vino bien.

Gracias, Diego

› Miguel Llorent M

Tío, te juro que después de leer el texto me puse Cinema Paradiso en el DVD. Una belleza emocionante, colega.

Diego Fonseca

Parsimonia
Ah, la nostalgia, esa ancla. ¿Todo tiempo pasado fue pasado?

Letraweb
Bienvenida, chica de la isla. Y gracias. Vuelva cuando quiera.

JBW
De hecho, desde hace un tiempo empecé a pensar que vivo en un tren: él avanza y yo voy con él pero caminando hacia el vagón de cola, tratando de ver qué cosas se me quedaron atrás. Encuentro sorpresas, no encuentro nada (la memoria), hay mucho polvo sobre los trastos... Y el tren no va a parar. No hay freno de emergencia.

El Tapir
Ramal que para, ramal que cierra. Argentina era un ferrocarril. Ergo...

E
¿Te quedaste esperando que reinicie o que vuelva?

Ana Lía Weiller
En México hay todavía muchos. Muchas veces me transportaron con la melodía, la misma en todo el mundo. Eso era lo que más me sorprendía.

Miguel Llorent
Pues me alegro, che. Pero no llore mucho.

Parsimonia

Qué va! Somos eternamente un pasado actualizado.
PD: Espero que te vaya bien por ahí.
PD2: Cuando vuelvas a visitar mi blog observarás algunos cambios notables.

Esteban Dublín

Ah, yo me dejo llevar. Por ahí de paso me encuentro historias que se quieran subir conmigo.

piyamadecalle

Ocupado en temas que me absorbieron, se me fue el tren y llegué tarde a este precioso texto. Por suerte todavía está acá, y tiene parada en mi pasado.

el tapir

Yo supe tomar mucho el último tren a Londres, pero era muy chico. Casi que iba sin saberlo. Más tarde decía que iba en avión, no en tren pues no soposrtaba a nadie a mi alrededor. Pero debo confesar que me encantaba tomar el tren de las 16. Ahora No veo la hora que llegue el tren bala, aunque ya no me hable más con Pedraza, y sea amigo de todos aquellos que quieran transitar tiempos interminables para llegar a destino

parapo

no conocía nada de esto, gemelo malvado. este relato es una delicia.

Diego Fonseca

Estoy respondiendo tardísimo a este hilo de comments, pero recién lo veo gracias al alerta del comentario de Parapo.
Ahí vamos...

Parsimonia
Ví el blog. Muchas gracias por el premio; aun debo resolver qué hacer con él.

E
"Sólo hay final / Incierto el camino".

Piyama
Estimado, ¿tren de carga o pasajeros pasaba frente a tu casa? ¿Con o sin zorrita? ¿Belgrano o Mitre?

Tapir
Te quedó fuera Roque Narvaja...

Parapo
Bienvenido, che. Los suyos también motivan escanciar largo, libando por placer. Los recomiendo. Ya pondré algo en las News.

Walterio

Y aquí estoy, subiéndome al cabouse rojo. (Si es que lo alcanzo).

Stivo Zizou

Que lindo texto, Diego

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Diego