miércoles, 17 de diciembre de 2008

(Placebo) Nadie sale vivo de aquí

LA REVOLUTA – EPISODIO 28

Ana fue hasta la cocina donde Lopes leía y mateaba con el gato sobre la falda.

—Lío, imagino —los recibió el viejo.

—De película —respondió Prasky, muy risueño—: a Porchetito se le escapó el preso.

—También la historia. Nada nuevo. Todo lo demás que se le escape es una consecuencia inconsciente.

—Eso mismo digo yo pero creo que Ana no piensa igual...

La maestra, que hurgaba bajo la bacha de lavado, dejó todo al sentirse aludida.

—Mirá que sos estúpido, Ezequiel... El tipo tiene el dedo con la uña colgando y vos hacés chistes idiotas...

—¿El dedo?

—Sí, Lopes, cuando descubrió que se le escapó la tortuga, le metió un patadón al mostrador con la alpargata —intervino Prasky entre risas.

Lopes apenas levantó las cejas, como si el golpe fuera algo a lo que Porchetito lo tuviera acostumbrado. Ana:

—Don Lopes, le uso un poco de agua y sal para el dedo de Porchetito.

—Llevá, nena, pero no confiaría en que eso le baje la inflamación.

—Con probar no perdemos nada. Al menos un placebo le va a venir bien. Porchetito necesita cariño.

Entonces Prasky:

—Ah, era eso...

Ana lo miró —¿no lo estaba reconviniendo demasiado?— pero dejó la discusión allí: no tenía sentido meterse con un cínico de poco estilo. Además, atender al panadero averiado le preocupaba. Sin médico en el caserío, una herida podía ser demasiado. Pronto dio con lo necesario y salió con la palangana de agua caliente y una bolsita de sal. Lopes se levantó a llenar la pava que la chica había vaciado.

—El ruido era la camioneta de Giusti, ¿no?

—Ahá —respondió Prasky, sentándose y convocando, ahora sí, al gato sobre su falda—. Salió volando, igual que Porchetto.

Lopes hizo un gesto de contrariedad.

—Se va a venir con todo. Acá hay lío seguro. Al final —suspiró—, Anita tenía razón.

Prasky preguntó por preguntar:

—¿Usted cree que va a pasar algo? No sé por qué pero pienso todo lo contrario. No me parece que Giusti vaya a andar perdiendo el tiempo con estos tipos. Tendrá cosas más importantes que hacer, imagino.

—Va a volver, se lo garantizo. Es hombre de acá, más allá de algún refinamiento impostado que quiera mostrar. Ése no va a perdonar lo que le hicieron.

—¿Qué es? —Prasky señaló el libro abierto sobre la mesa: tenía tapa dura y las hojas muy blancas. ¿Era nuevo?

—De los últimos que me llegaron, hace como tres meses: Memorias de Adriano.

Oh, Marguerite. Se da todos los gustos, che. A lo mejor Porchetito tendría que leerlo. Podría darle una idea de cómo manejar el imperio.

—No se burle; hay cosas peores. Por ejemplo, ¿usted se puso a pensar en qué se va a ir ahora que Giusti ya no está?

—¡La cajeta de la burra! —Prasky pareció despertar de un largo sueño, repentinamente sobresaltado— Uy, qué cagada, qué cagada... ¡Me dejaron en pampa y la vía!

Lopes lo miró comprensivamente; la pavita silbó; ya estaba. Lo urgente nuevamente sucede a lo importante, parecía decirle y el otro sentirlo. Lo observaba sin mirarlo, con las manos tomándose las sienes y el cuerpo echado sobre el respaldo de la silla. Buscaba una respuesta pero no hallaba ninguna.

—¿Hoy qué es, Lopes? —preguntó Prasky finalmente— ¿Martes?

—Lunes.

Volvió a revolverse los cabellos.

—Puta, a esta altura ya debieran haber llamado a la agencia en Buenos Aires. Si McManaman se aviva, capaz que los de Monsanto se pregunten cómo fue que no llegué y...

Lopes interrumpió mientras se ponía de pie, rumbo a la cocineta.

—No estaría tan seguro: usted mismo dijo que su jefe podía pensar que se había rajado a la costa.

—No sea mufa, Lopes, que si el gringo piensa eso estoy frito. Recién mañana se va a dar cuenta de que me pudo pasar algo. Nunca falto sin avisar, aunque me vaya de joda —preguntó Prasky finalmente—ahora tomó aire—preguntó Prasky finalmente— Como sea, es otro día perdido, la concha...

Lopes probó el tiro del mate. Funcionaba bien.

—¿O sea? —quiso saber después.

El periodista tenía la mirada perdida en algún lugar de la pared frente a sí. Curiosamente, acariciaba el gato.

—O sea que dependo de que lo llamen o que él les dé un telefonazo a los de Monsanto. O a la policía. O a alguien.

El buen humor inicial de las burlas sobre Porchetto había dejado el rostro de Prasky, que ahora estaba cruzado por la preocupación y el malhumor. Nada por hacer, nada que hacer, nada de nada. Estaba más perdido, varios días después, que cuando llegó a Estación Alicia.

El viejo quien buscó calmarlo.

—Como dicen, porque todavía lo dicen allá, ¿no?: ante lo inevitable, relájese y goce.

—Lástima que eso es para las violaciones, Lopes.

—No sé por qué tiendo a pensar que para este caso es lo mismo

El viejo acentuó una sonrisa breve y provocadora pero Prasky seguía inmerso en su laberinto mental especulando posibles salidas, acariciando el lomo del gato, que de a poco se iba quedando dormido. Anciano y visitante permanecieron varios minutos en silencio, siempre con el periodista buscando aferrarse a alguna idea, mirando sin distingo por la ventana o a la pared, y el viejo bibliotecario ahora concentrado en la lectura, chupando el mate de tanto en tanto.

—¿Cuándo vuelve a pasar el tipo del tractor? —quiso saber entonces Prasky.

Lopes no levantó la vista del libro.

—Unos días, una semana.... Quién sabe... —ahora sí lo miró, cerrando el libro— Mire, tranquilo, nada malo va a pasarle. Bueno, nada peor a lo que ya le pasa. Salir va a salir. Seguro que lo van a andar buscando dentro de poco, quizá hoy mismo, o quizás ya empezaron a buscarlo hace tiempo. Si alguien vio el auto en el camino, la voz ya corrió. Con eso no tardarían mucho en llegar.

El viejo hizo un esfuerzo sentido por devolverle la calma.

—Lopes, acá no hay nadie en kilómetros a la redonda, ¿quién va a ver el Fiat?

—Bueno, estoy tratando de que se aferre a algo, no se amargue. No sé qué puede pasar, pero seguro que sale. Confíe en mí.

—¿Lo mismo le dijo a Ana cuando llegó?

El bibliotecario le dirigió una mirada compasiva. La dejó pasar, pero le dio una línea a qué aferrarse para sacarlo del momento angustioso.

—Hablando de Ana... Leí el comunicado que le pidió Porchetito. Es una pieza artística, le diré. Y no me sorprende que lo haya hecho sin que le ruegue nada. Porque eso es lo que va a preguntarme, ¿verdad?

—Me lee la mente —Prasky le siguió la conversación intentando olvidarse del auto, de la camioneta de Giusti y de la imposibilidad de abandonar ese lugar caluroso como el infierno, húmedo como un océano.

—Bué, qué quiere, tiene sus cosas. Como todos. Su divagación va por el camino que Ana quiere darle. Deben ser cosas del corazón, posiblemente. Está aquí, instalada o resignada, y como que le ha tomado cariño a toda esta gente.

—Y les inventa cosas. No me joda: eso no es cariño, Lopes

Hubo un punto de malhumor en el comentario, un enojo que ninguna relación poseía con las invenciones históricas de la maestra. Lopes comenzó a monologar.

—Entiendo el punto, pero sólo cuenta cuando las cosas funcionan bien, que no es lo que ocurre en la Estación. En el pueblo no hay en qué pensar porque es mejor no pensar en nada. Es una metáfora, por supuesto. Imagínese si alguien empieza a hacerse preguntas. Le bastaría una sola bien embocada para meterse un balazo, claro, siempre que antes pida balas y el cartero se las traiga rápido. De lo contrario, todo es esperar, esperar nada. Es más fácil que uno acá se muera de viejo que suponer algún futuro. Todos tienen una certeza: hoy están. Mañana se morirán. Ese es el placebo: nadie sale vivo de aquí, incluso quienes lo hicieron poniendo el mayor empeño por olvidar este lugar, esta idea. Creo que sólo El Chancho Rengo, el cantante de tangos, nos tenía un poco presentes. Aunque para él eso era por una sola razón: seguía aquí, nunca se fue.

—Igual no deja de sonarme extraño —siguió molesto Prasky—. Mire que prenderse en esta huevada...

Lopes entendió el comentario: en realidad, el periodista hablaba desde otra profundidad, lejana quizás de su molestia circunstancial.

—Lo que usted intenta decirme es que no hay que comprometerse con nada que pueda traer consecuencias, deduzco. Otra vez, fuera de contexto. ¿Quién va a decir algo más allá de lo que ya se ha dicho? Estación Alicia es un cuento sin trama en el que, cuando alguien hace algo, ese algo se pierde en el aire. La máxima trascendencia es enriquecer el anecdotario. Para que haya consecuencias son precisos juicios de valor, muchacho. Y hace tiempo que nadie hace demasiados ejercicios de ese tipo.

—O sea, están todos un poco locos...

—Bueno, quién no... Pero, pongamos que la locura es privativa de este lugar. Pongamos. Si todos están locos, ¿quién tiene cordura alguna, o autoridad, o como desee llamarlo, para juzgar a quién? ¿Entiende lo que le digo? Sin censor, no hay censura. Déjela a Ana divertirse.

—No, todo bien, si yo la dejo, lejos de mí decirle qué tiene que hacer. Vamos, al final, hoy o mañana o cuando sea, yo me voy, y quiero seguir creyendo eso, y ella seguirá su vida... —Prasky decidió zanjar la discusión— Olvídese de mi pregunta, Lopes, de la pregunta que no le hice, mejor. Entonces, ¿están buenas? Las líneas para Porchetito.

El viejo lo dejó ir.

—Buena pieza. No sé si Porchetito le valorará el carácter literario, que, como dije, es lo de menos, pero toda revolución necesita de buenos argumentos y ésta proclama los tiene.

—Inventados —insistió Prasky, que parecía tener cierto apego por no pasar la página, pero fue ahora Lopes quien puso el punto final.

—Preciosamente inventados —corrigió—. Un delirio, la consagración de la imaginación. Si lo de Porchetto no tiene sentido, qué mejor que su justificación sea invención pura. Al menos eso va a hacer que el lío sea divertido. A ver, póngame otra vez la pavita, que quiero llenar el buche otro poco antes del almuerzo.

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2 COMENTARIOS:

Parsimonia

Que Estación Alicia sea un cuento sin trama es de lo más triste que se puede escuchar. Es como la vida de un preso ¿no te parece? Encerrado entre recuerdos y fantasías y una vida básica de supervivencia y aceptación. La revolución de Porchetto es como un pequeño motín que será sofocado (o no), pero que no parece posible que traiga muchos cambios.
Es como el náufrago que han olvidado en una isla desierta. Sigue viviendo, a pesar de todo. Existe.

Chango y Nieto

Transición pura, che
Venía embalado con la crisis desatada y esta charlita con Lopes me enfrió.
Quiero ver la próxima.

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