lunes, 26 de enero de 2009

Five Guys, el azar y los héroes

El chico grita “noventa y cinco” y yo levanto la mano. En el mostrador, uno de los cocineros de Five Guys me da mi little burger. Carne, lechuga, mayo relish, tomate, cebollas doradas, jalapeños y mostaza más media ración de papas fritas y una Coca-Cola grande. Estoy a punto de saborear la gloria de Baltimore.

Me siento en una mesa contra la pared, de frente a la calle. Abro la bolsa de papel, despliego el envoltorio plateado. El aroma me inunda la cara y la saliva se escurre haciendo cosquillas en la boca. Pongo la Coca a un costado, adelante. El vaso suda un poco y ha salpicado de más, pero me sobra hambre y ando escaso de resolución para limpiar.

Muerdo la hamburguesa. Por unos segundos me entretengo viendo pasar por la calle a los empleados de Target. El reloj confirma: una y treinta, hora de almuerzo. Antes de quitar el brazo de la mesa, reenfoco. Justo detrás del reloj veo el vaso de Coca-Cola. Suda demasiado.

***

Suda demasiado quiere decir que, mientras aprestaba el diente, de la base del vaso se desprendió una columna de líquido fresco que ha reclamado posesión de unos diez centímetros cuadrados de mesa. Podría ser preocupante, pues si crece llegará al borde y de allí a mi pantalón. Pero como no veo que avance más y la mesa no parece tener desnivel alguno, allí la dejo. Acabará en ese lugar. Seguro.

Vuelvo a morder la hamburguesa, a mirar por la ventana, a matar más tiempo. Cuento mentalmente cuánta gente pasa frente a mí. Treinta y seis en menos de un minuto. Concluyo que la casa anda bien. The Washingtonian tendrá que darles otra vez el título de la mejor hamburguesería de Columbia y Maryland.

Termino mi bocado y voy por el vaso. Sorpresa: como un monstruo informe de Tourner o Wise, el líquido ha creado su propio Mar Muerto: una cuarta y media de diámetro, si no más. No hay más salida que dejar la hamburguesa y contenerlo con servilletas. Hurgo en la bolsa pero mis manos se aferran al aire. Miro y cuento sin dificultad: una, dos, tres. ¿Qué...?

***

Las cosas han cambiado mucho en este país, observo. Antes, las servilletas venían por docenas así fueras un solo cliente. Pedías más, te daban más. Podías aprovisionar tu alacena por un mes con un par de visitas a McDonald’s, Wendy’s o Checkers. Era papel, no servía para nada. Ahora hay demasiados ecologistas marchando con bombos, pidiendo por pingüinos y osos, árboles en Brasil y para que a los beach boys de California no se les inunden las playas. Así, ya hemos empezado a eliminar papel, bolsas, botellas. Ok, está bien. Pero el día en que le creamos a los fanáticos macrobióticos, adiós Five Guys y adiós al mundo conocido.

***

Es tiempo de intervenir. Uso una servilleta como dique, colocándola magistralmente a unos pocos centímetros de la mancha transparente. Es papel barato, absorberá bien.

Vuelvo a mi little burger y luego me embucho un manojo de papas ahogadas en ketchup. Sigo el ritual: mastico muchas veces y bien, trago y, al cabo, la garganta pide líquido nuevamente.

Bien, este es el escenario. La servilleta resiste con la mitad de su superficie aun seca. Pero hoy no parece ser completamente mi día pues cuando tomo el vaso, quizás por una simple vibración o el suicidio de una gota, rompo el equilibrio del océano sobre mi mesa. En conclusión, el espejo se alborota y acaba tragándose la resistencia de la servilleta.

Giro el vaso frente a mis ojos; no hay rotura. Sin embargo, sigue sudando. Tengo un problema adicional: sólo puedo usar una servilleta más; la otra la preciso para mí.

***

Estoy por tomar una decisión. He recordado mis batallas infantiles, cuando me proponía ganar con honor sin infrigir una sola ley. Por ejemplo, caminar sin pisar las intersecciones de los mosaicos, y volver al principio si lo hacía, sin importar cuántos metros hubiera avanzado. O patear un balón para que golpee siempre en un mismo espacio, un rectángulo en una pared. Me imponía, digamos, acertar veinte o treinta o cuarenta veces, y hasta no hacerlo no me detenía, así la tarea me emplease horas.

Pues bien, esta agua es violencia y he decidido que contenerla es la reedición de aquellos desafíos personales. Una pequeña batalla para salvar el día, un compromiso personal; ganar a la humedad con lo disponible en la mesa.

Inventarío mi arsenal. Tengo la servilleta de reserva y la que limpia mi boca. Y nada más. La bolsa de Five Guys y el papel plateado que envolvía la hamburguesa no son absorbentes. Estoy, de algún modo, bastante desolado. Todos saben cuán invasivas son las crecidas. No hay defensa contra el agua.

Por la propia dinámica del desafío, no podré levantarme por más servilletas ni llamar a un mesero para que me socorra. Somos la Coca-Cola y yo. Y ya. Vamos, no es un fatalismo, nada más un inconveniente que requiere ingenio. Dejo la hamburguesa sobre la mesa y me limpio las manos para concentrarme en el proceso. Veamos.

Vuelvo a llevar el vaso donde siempre, al centro de su piscina. Retiro la servilleta empapada y, cuidadosamente, la reemplazo por la nueva. Tomo mi almuerzo nuevamente, esta vez con un ojo sobre la mesa. El agua gana un poco de espacio. Muerdo y otro poco. Mastico un par de veces y descubro que estoy perdido: en segundos el líquido se tragó la servilleta. Un demonio...

***

No revisé el fondo del vaso y ahora me convenzo de que tiene una pérdida. De cualquier modo, de nada más que para consuelo vale la certeza en este momento. Con la guerra declarada no se pide un armisticio para revisar las fuerzas del oponente y recalcular las propias. Me las arreglaré con lo que queda. La sucia servilleta que limpia mi boca y manos.

Quito una pongo la otra, vuelvo a la hamburguesa, deseoso de concluir dignamente. Otra vez, muerdo; mastico por segundos. Espero. Nada. Muerdo nuevamente y cuento el movimiento de mi maxilar. Diez, quince, veinte.

Ahí está otra vez. Una gota se asoma por debajo del vaso de Coca-Cola, como una comadreja pilla que otea el horizonte desde la madriguera antes de robarle los huevos a la gallina. En segundos se vuelve gorda y ancha y se rompe. Avanza rápido y toca mi servilleta. Se detiene por unos instantes. Me surge una analogía: presencio a la infantería de Alejandro posando el pie en las aguas del Hífasis, midiendo su temperatura y profundidad y su propia valentía y paciencia, decidiendo si humilla a Magadha o se amotina para retornar a Macedonia. No tengo que decirlo: me tomará tres bocados más y noventa mordidas para enfretarme al hecho de que el avance incontenible del agua ha dejado inservible mi dique, pero sólo uno descubrir que tengo el cerebro abotagado por History Channel.

Diré más: a pesar del fracaso, o por eso mismo, la situación me ha excitado. Me tiembla el corazón y hay más saliva en mi boca que cuando entregué mi trasero a la silla. ¡Ahora ya no tengo cuarenta y seis años sino siete, nueve u once y enfrento una batalla decisiva cuyo desenlace afectará el curso de mi vida!

Entonces, como si Mercurio se descolgase de las nubes olímpicas, se me revela la idea. Puede ser mi salvación o tan sólo el último recurso antes del desastre. A mi derecha, contra la pared, una canastita reúne docenas de sobres de edulcorante y azúcar. Esta es la idea: bolsas de arena. Lo he visto en la televisión; las usan en las inundaciones. ¡Puedo contener mi propia inundación con Splenda!

Tomo un puñado enorme y lo lanzo sin cuidado sobre el charco, a punto de alcanzar el límite de la mesa. Vuelvo a mis bocados, con la batalla desatada. Allí, sobre la mesa, se libra una disputa universal. Buenos contra malos. Supongo a los granos de azúcar, mis pobres soldados mal pertrechados, disolviéndose por salvar a mi patria, entregados al honor del más puro heroísmo, el que no reclama y siempre da. Imagino, también, la furia del general acuático, reclamando a los hielos que se fundan aceleradamente, que hinchen el vaso de Coca-Cola y la presión haga fluir más líquido contra mis defensas.

Me sonrío. Llevo mis manos a la boca, muerdo la hamburguesa con ganas, y me digo: azar. Que al azar decida el resultado. Como cuando niño. Que sea el destino sin forzar, hecho a su propio antojo, el que resuelva la disputa. Si triunfo es alivio, si pierdo es suspiro.

Cierro los ojos. Aguardo.

Me palpita todo el cuerpo, siento el cuello vibrar y las sienes vivas.

Dejo pasar unos largos segundos, unos pocos más. Levanto los párpados.

***

Lo diré nuevamente: tengo cuarenta y seis años y ya pocas cosas me sorprenden. Pero tendré que cambiar esa concepción pues cuanto enfrento ahora es una variante del más rancio desasosiego.

Una desazón que se ha limitado a comprobar cómo una chica de Five Guys se ha alzado con los restos de mis soldados de azúcar y el vaso que escondía a mi honorable enemigo, el ejército acuático invasor, mientras tenía los ojos cerrados. Podría concluir allí mi abatimiento si no fuera porque las derrotas azarosas prolongan el sabor de la hiel.

Y a esa amargura, suerte perra, no la salvará la Coca-Cola del nuevo vaso que la niña ha depositado frente a mí. Mi nuevo enemigo es fresco y sudoroso y podría tener potencial, pero tras unos segundos de observación le retrato la genética. Aquí no hay toro bravo, ni encierra un millón de hunos ni los elefantes de Aníbal. No es sino un insípido, terrenal y perfecto vaso de Coca-Cola. Un simple cono de papel reciclado sin otro agujero que el superior.

No hay peor enemigo que el no deseado.

10 COMENTARIOS:

Parsimonia

Magistral! Fantástico! Buenísimo!
Las descripciones son precisas y la expectación creada es electrizante. El final, terrible, como la realidad.
No podría narrarse mejor esta situación tan simple de un hombre comiendo una hamburguesa con un vaso roto de cola.
¿No somos los mismos niños a pesar de los años y las cosas vividas?
Por cierto, yo no tengo superpoderes porque siempre llevo en mi bolso un paquete de pañuelos :D.

piyamadecalle

Excelente, Diego. Una joyita. Con la misma intensidad con que miraba al vecino saltar las baldosas sin pisar ninguna raya, seguí el desenlace del cuento.

Y veo que la vieja de la esquina que baldeaba la vereda y nos obligaba a suspender el desafío, se reencarnó en una jovencita americana que trabaja en Five Guys.

Hay gente que nunca aprende.

Mariquena Monti

Lovely!!!! Quiero jugar, quiero jugar!
Te juro que hoy mismo me voy a un McDonalds a experimentar con el agua. Es un relato adorable, precioso y preciso, como dicen Parsimonia y Piyama.

› Anónimo con Apellido

Las veces que hice esas peleítas contra el agua en los bares. Es irresistible. Pero no hay que contárselo a nadie ni que te vean hacerlo porque la vergüenza sería horrible.
Excelente material.

Johan Bush Walls

Bien Maestro malvado, ha sacado usted literatura de donde hay que sacarla, de los eventos cotidianos. Eso se llama sensibilidad.

Salú por eso.

Luc

Interesante. Tiene algo desautomatización y algo de guerra de los alimentos. Me gustó porque a lo anterior añade cierta reflexión sobre lo humano y sobre el desasosiego y la necesidad de sentir emociones que parecen olvidadas.

Un abrazo

The Joker

Maravilloso. He vuelto, Fonseca. Ya me metí en La Lettera. Buen debate

Diego Fonseca

Parsimonia
En el fondo —pero muy en el fondo—, seguimos siendo esos críos.
Me ha pasado varias veces lo que menciona Anónimo, pero yo era muy joven...

Piyama
De esa gente hay millones: la que se quedaba la pelota cuando la pateabas a su patio; el que la pinchaba con un cuchillo; los que te obligaban a dejar de jugar en la calle porque les rompías las plantas; la señora que te gritaba que la dejes dormir la siesta...

Mariquena & Anónimo
Muchas gracias.

JBW
Aun me queda un poco de sensibilidad. La crisis de liquidez todavía no me vacío el depósito. (Pero insiste.)

Luc
¿Qué comentario es ese? ¿Estás medicado? ¿Te convertiste en forense, en escriba de tribunales? ¿Te mordió Heidegger y te contagió?

Joker
Bienvenido otra vez y gracias por pasar el aviso. Ya me daré una vuelta por La Lettera. (Están todos invitados, claro. La referencia de The Joker es ésta.)

Esteban Dublín

Estás loco, Diego. Rematado de demencia. Avísame cuando vengas a Colombia y te invito a una hamburguesa del Corral. Vas a ver cómo cambia todo.

› Guillermín al rescate

Ja ja ja
Qué hijo de puta. Cómo mierda podés estar atento a esas cosas?

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Diego