jueves, 22 de enero de 2009

Luz y fuerza

LA REVOLUTA – EPISODIO 31

El rectángulo de plástico del secretario de El Senador era similar a otro que Doña Margarita había visto en manos de Giusti. Ese, a su vez, se asemejaba a uno que, años atrás, le enseñó la maestra. Aquel artefacto era más grande y tenía teclas al frente y un entretejido por el que salían voces. Ana explicó que era algo llamado grabadora.

Doña Margarita no reparó en que, ahora como antes, sus experiencias siempre llevaban a una referencia muy distante en el tiempo. Le interesó la forma. La señora halló divertido hablarle en piamontés al aparatejo de la maestra y que, tras accionar varias de esas teclas extrañas, éste le devolviera su voz. Tenía un sonido un poco metálico, sí, pero se reconoció; era ella aunque fuera de ella. En esta ocasión era distinto. Si bien Giusti y el chico del traje le hablaban al aparato rectangular, la cajita no les decía nada. Capaz que estaba fallada. Capaz que era por la luz.

Hola, ¿sí?... Hola, ¿hola?...—el secretario de El Senador seguía al celular — Tengo mala señal, che, te escucho poco... Sí, no debe haber muchas antenas de enlace por acá, pero parece que hay. Escuchame un poco: decile a El Senador que calculo que a la tarde estoy por allá... ¿Cómo?... No, no creo que tarde mucho... Son tres o cuatro imbéciles jugando a ser Montos... Nada, no es jodido... ¿Qué? Repetí... —el otro repitió—... No, despreocupate, llego... ¿Tienen todo listo para la reunión?... Ok, listo, perfecto... Te hablo si hay rollo.

Cuando cortó, retornó donde el comisario y el estanciero, que intercambiaban impresiones. Doña Margarita se volvió hacia los viejos para explicarles el funcionamiento del aparato.

Pensemos que vamos a tener que ofrecerles algo para quebrarles la moral, Don Giusti —sugirió el policía.

¿Ofrecer? ¿Qué, algo de lo que piden?...

No, de hecho no han pedido nada entuavía... —el comisario asumió pose de negociador experimentado— Ejem… Ellos tienen su agenda y nosotros debemos crear la nuestra para hacerlos entrar en contraindicación —repitió, de memoria, el texto de un manual.

Contradicción —corrigió el secretario y el comisario se lo devoró con la mirada.

¿Qué quiere hacer? —contemporizó el estanciero.

Lo mejor es que les prometa un aumento de sueldo, señor aconsejó, convencido, el comisario—. Estos son unos muertos de hambre y agarran cualquier cosa.

No, ni lo sueñe. Me secuestran, me quieren robar los campos, ¿y usted quiere que les aumente el sueldo? Está en pedo... ¿Qué le pasa a todo el mundo con la guita? ¿Nunca les alcanza? —se enfadó Giusti—. Piense otra cosa, eso ni en pedo, ni en pedo, comisario...

—‘Tonce, ¿qué se le ocurre? Porque algo hay que dar.

No sé, para negociar está usted. Yo ya los hubiera sacado a patadas. Sin violencia, por supuesto —se corrigió Giusti, volviéndose hacia el secretario de El Senador.

El comisario se sintió con libertad para ir más allá.

Si así estamo, mejor no me cuestione las ideas, Don Giusti. O damoalgo o esto se demora más. Así es en todas las películas y funciona. ¿Qué dice?

El estanciero se quedó pensativo. Tenía razón. Porchetto estaba loco y no entraría en razones fácilmente pero poner en contradicción a los peones quizás sirviese. Sí, podía prometer algo; cumplir sería otro cuento.

Lo de los sueldos... —volvió a dirigirse al policía— ¿Va a servir?

La experiencia me lo dice, Don Giusti —dijo el petiso, agrandando el pecho.

Hágalo. Terminemos esta boludez ya.

El diminuto oficial se pasó la lengua por los labios, se devolvió hacia la panadería y, otra vez con las manos a los costados de la boca a modo de megáfono, la emprendió a los gritos.

¡¡Porchetto, dale, carajo, que no tamos pa’ esto!! Hombre grande, che... La gente quiere el pan y los peone tienen que irse a laburar a los campos o no van a cobrar, nene. ¡Entendámonos que hace un calor de mierda, carajo!

¿No cobrar?se extrañó Giusti por la decisión propia del comisario— Usted dijo aumentar... No entiendo...

Espérese, hay que manejarles la espectativa devolvió el otro con picardía—. Usté vea.

Desde la panadería volvió a hablar Marx. A los vecinos iniciales se había sumado un nuevo grupo, bastante amplio, que ya llevaba la concurrencia a unas ochenta personas, todas apiñadas bajo la escasa sombra de los paraísos de la plaza. La oscuridad se resistía a llegar dejando al día irse lentamente; parecía que el tiempo también había ralentado su marcha para testificar en la ocasión.

¡Con eso no hace más que fortalecernos la moral! —atacó El Comandante—. ¡Dígale a ese viejo caradura que la revolución no transige, comisario! Ese es un principio sublime.

¡Te doy una hora para que lo pensés! —retrucó el oficial.

No necesitamos ni dos minutos: digo ¡NO!.. —vociferó Porchetito Marx—¡¿Escuchó bien?! ¡¡No, ene-ó!!.

Vamos, nene... Mirá, acá Giusti me dice que está dispuesto a aguantarlos. ¡¡Muchachos!! —el comisario trató de quitar a Porchetito como interlocutor—... Muchachos, ustedes, los del campo que andan ahí, escuchen... Yo puedo hacer que Don Giusti no les quite los días perdidos del salario... ¿Tamos?... Y puedo... —el comisario llamó al estanciero, oculto tras los vidrios polarizados de la ventanilla de la F100— ...puedo hacer que Don Giusti se comprometa a darles un aumento después... ¿Qué tal?...

El panadero no respondió y tampoco ningún sonido salió de La Espiga Roja.

Miren —siguió el comisario, asomándose a pleno y pidiendo al estanciero que lo siguiera con su larga figura—, aquí está Don Giusti...

Espero que sepa lo que hace, carajo —toreó en voz baja pero firme el otro.

Hágame caso, dele. Cuando yo pregunte, usted diga que acepta, ¿tamo?

Está bien. Pero apure.

¡¡Muchachos!!... Acá está, lo tienen frente a ustedes. Es palabra de honor de este comisario y será palabra de honor de Don Giusti... ¡¿Nocierto, Don Giusti?!... —el comisario alzó la voz y luego la bajó— Dele, responda...

¡Sí, promesa...! —el viejo mostró poco convencimiento.

Oiga, póngale un poco de ánimo usted también, ¿quiere?...

No me sale, no me joda. Espere a ver qué dicen.

Porchetito volvió a gritar:

¡¡No venga con pelotudeces que aquí las ideas son sólidas, viejo de mierda!! No hay nada que negociar... ¡Cállese y vuele o empieza el quilombo!.

De improviso, una mano rompió el vidrio de la puerta de la panadería. Los policías, los gordos y Giusti se agacharon tras la caja de la camioneta esperando lo peor. Pero nada pasó más que el ruido de los vidrios despedazados.

¡¡¡Nene, no jodamos, che!!! ¡¡¡¿Qué carajo hacés?!!... ¡No compliqués más las cosas, ceme el favor!...

¡Haceme el favor nada! ¡La próxima hay quilombo en serio!

Vamos a hacer una cosa, Porchetto... —bajó el tono el comisario, procurando ser componedor— Les doy una hora, una sola, para que piensen la oferta de Don Giusti... Una, ¿entendiste?... Después de eso, no hay lloro.

No hace falta esperar —repitió Porchetito Marx, cuya cabeza apenas se dejaba ver tras los ventanales de la puerta de la Espiga Roja Revolucionaria—. Ya dijimos que no a nada. ¡¡Esto es una revolución no una negociación colectiva de trabajo!!

Nene, nene... La hora te la doy... —el comisario se reincorporó tras la chata para estudiar la escena— ...Yo me quedo acá en silencio por una hora, para que piensen tranquilos, ¡¿tamos?...! Una hora y volvemos a hablar.

Esperó unos segundos pero del otro lado no hubo respuesta. Entonces se sentó en el pasto con Giusti, en cuclillas, a su lado. Estaba enfadado.

¿Esta es la negociación?... ¡No consiguió nada!...

Déjelos —suavizó el gordo—. Esto queda resuelto en el día. Y déjeme manejar los tiempos a mí que de esto sé —dijo entonces, con una firmeza inusitada para su trato habitual con el estanciero—. Mientras estos pelotuditos no me hagan perder la paciencia, la cosa camina.

Giusti se sentó. La impotencia le había quitado el ánimo de discutir, desfondándole el carácter. El jovencito del traje, que seguía bajo el árbol, se pasó un pañuelo por el cuello y notó que Doña Margarita seguía muy cerca suyo, con la mirada de intriga calcada en los ojos. El secretario de El Senador le sonrió y volvió a echar una mirada a la camioneta. Giusti estaba en silencio, con la cabeza apoyada contra la puerta de la F100 y la vista perdida en el horizonte. El comisario le hacía compañía y, como él, trataba de contener el sudor con un paño mugriento.

Perdone, señora —dijo entonces el flaco, volviéndose a Doña Margarita, con una necesidad que lo sacó de la contemplación—, hay algún lugar donde ir a tomar algo fresco?...

Lo más fresco que tiene es la sombra de este árbol. No hay luz para refrigerar —mintió, pues aun tenía media garrafa de gas enfriando las pocas bebidas del bar.

¿Nada de nada? ¿Y cuándo vuelve? La luz, digo.

Ésa se fue pa’ no volver. Hace como veinte años que no tenemos luz, hijo.

¿Cómo es eso? —el flaco se intrigó repentinamente.

Y más de veinte también. La cortaron por la política. Fue feo por un tiempo pero nos acostumbramos a no tener luz. ¿No ve que no hay cables por ningún lado?

El secretario echó una mirada en derredor y encontró nada más los postes pelados. No lo había notado al llegar ni durante todo el tiempo en Estación Alicia, más preocupado por regresar a la ciudad tras resolver lo que creía un trámite burocrático que por el paisaje del sitio. Tras echar una mirada más general, de golpe se quedó estático, como si la cifra del universo se le hubiese revelado en la mente. Unos segundos después, sin decir nada a la mujer, salió disparado en cuclillas hacia la chata.

¡Comisario! —llegó agitado— ¡Creo que tengo la solución!

No se meta —dijo el gordo, estrujando la toalla húmeda—. Quédese quietito ahí que yo lo manejo.

¡Le digo en serio, hombre! —se volvió a Giusti— La señora dice que no tienen energía desde hace mucho tiempo, ¿es cierto eso?

Veinte años de cierto —respondió el viejo—, ¿por qué?

El muchacho ya no cabía en el traje del entusiasmo contenido.

Porque tengo la solución, le digo.

Oiga —interrumpió el policía—, ¿no escuchó o el calor le quemó los seso?... Si tiene una idea me la dice y yo la ejecuto, ¿tamo?

El secretario movió la cabeza en señal de desaprobación y le clavó la mirada al policía. No lo respetaba.

Eso lo vamos a tener que ver, comisario. No quiero ofender, pero esta idea es mía. Y vale oro.

El oficial estuvo a punto de insultarlo e irse sobre él para zamarrearlo pero, cuando miró a Giusti esperando hallar un breve gesto o un silencio habilitador, descubrió que el estanciero estaba extático, pendiente del chico. Retrocedió.

Está bien, está bien, pero no se haga el gracioso, nene. Dígala iá. ¿Pa' qué ofrece si endijpué guarda el vaso, ah?

Debe ser para tomármelo yo solo —una mueca sobrada se dibujó en el rostro del secretario, que ya había conseguido lo que buscaba inicialmente: retirar la atención de la panadería; comprar tiempo—. No se preocupe, cuando la mastique completa le digo qué es. Lo voy a tener en cuenta, pero creo que vamos a necesitar a otra gente acá.

¡Carajo, la negociación la sigo , así que...!.

El muchacho se volvió en cuclillas tras el árbol dejando al comisario con la palabra en la boca, estaqueado por la impertinencia. Giusti se interesó, si interés significaba fruncir el ceño más. El chico tenía demasiada energía ahora, cuando no había sido más que un bulto inerte por demasiado tiempo. ¿En qué andaba, qué idea valía oro? Lo vio sacar el celular otra vez y marcar una sola tecla. Llamaba al último número marcado. Unos segundos después nada más podía oírlo susurrar.

Qué hacés... Escuchame... Sí, sí... Ya sé, pero pará: tengo la papa, Rengo... —dijo a la voz al otro lado del teléfono— No, que El Senador se olvide de la sesión. Tema secundario. Traételo para acá que hacemos un golazo... ¿Hola? Mierda, qué mal anda esto... —miró el celular y la señal de servicio titilaba moribunda— ¿Hola?... Hola... Sí, ahí te escucho... ¿Qué cosa?... No, después te digo dónde es. Primero lo primero, haceme caso... Pensá en un titular que valga la pena para venderlo a los diarios. Algo como: “Reaparecen subversivos en las estancias del sur de Córdoba. Senador vence a los revoltosos”. O “Luz y fuerza” o algo así...

Doña Margarita, desinteresada momentáneamente, abrió los ojos como para ver el mundo entero de una sola vez. ¿Luz? ¿Había escuchado bien? ¿El chico le hablaba a la cajita de voz sobre la luz? ¿No podría ponerla en el piso y hacerle escuchar lo que había dicho?

¿Hola?... Hola, sí, ya está otra vez... ¿Qué? ¿Cómo que con qué vence? Con luz, boludo, energía eléctrica. Hablá con el jefe. Decile que se viene a este pueblito de mierda a dar la luz.

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4 COMENTARIOS:

Parsimonia

He escuchado la sangre correrle por el cuello a Giusti cuando le han hablado de aumentar el sueldo, ja, ja.
Ahora ya veo a Porchetitto y a los revolucionarios más dispuestos y luchadores. No quieren un trato porque no es una negociación colectiva de trabajo, claro, ¡es la Revolución!.
Con estas palabras "parecía que el tiempo también había ralentado su marcha para testificar en la ocasión" el lector asume y comprueba leyendo que, efectivamente, se alarga el tiempo también para él (o para nosotros) porque este episodio es más extenso que cualquier otro.
Todo esto me lleva a recordar (así porque sí) la larga noche de La jauría humana (The chase), con Marlon Brando. Al final todo acaba mal.
Vale, no se parece en nada, pero yo no dirijo mi cerebro :D.

Ezequiel Prasky (otra vez)

El celular se está pareciendo cada vez más a la cajita feliz de mcdonalds. Si no lo tenes a mano, lloras.
Ahora se viene El senador... hummm... Burocratas en el medio... Esto termina mal

Ana Lía Weiller

Esta gente se pone cada vez más alocada. No quiero pensar lo que va a hacer el tal senador.

en el fondo, pero bien en el fondo: por qué dejaste de publicar La vigilia?

Comandante Porchetito

Estás prolongando el desenlace haciéndome sufrir a mí y a todos. Ganaremos. Ténganos confianza. Los que no lo crean trabajan para la reacción, los oligopolios, Bush y la CIA, los talibanes, Tony Blar, Aznar y Ben Stiller.

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