jueves, 5 de febrero de 2009

Título, bajada y foto

LA REVOLUTA – EPISODIO 33

La pampa, de noche, es el universo. Una masa inasible, ciega y, podría apostarse, casi muda. Uno puede preguntarse mil días cómo es allá afuera, entre estrellas y cometas, piensa Prasky, y nada más basta venir a estos santos lugares un día para saberlo: la noche es seca y te traga; el silencio te mantiene amarrado al piso. Prasky se subió a un tambor para ver partir a Braulio y sus comisionados a Monsanto. Unos pocos pasos introdujeron a los peones en ese útero tenebroso alejándolos de su vista. Así Prasky quedó atrapado por la imposibilidad física del lugar. Esa ceguera.

A Porchetito, de pie y flojo tras él, se han unido Lopes y Ana, que salieron al patio cuando escucharon las voces del periodista y los peones revueltos. Desde el tacho, Prasky cruzó un par de palabras livianas con Ana, que Lopes festejó. Porchetito Marx siguió ensimismado, sin participar. Cuando se disponía a bajar del tacho que lo sostenía, un ruido cercano alertó a todos.

Vea, Prasky, se perdieron antes de salir... —bromeó Lopes.

En el yuyal no estaban Braulio ni los peones. La figura que emergió, tambaleante y sudorosa, era desconocida para el porteño pero no para el viejo, la maestra y el panadero. Era el verdulero Raimundi.

Don Benito, ¿qué...? —se sorprendió el bibliotecario.

Déjeme explicar —interrumpió el otro, asustado— No me digan nada...

El verdulero se explicó. Cuando vio a la policía apostarse frente a la panadería imaginó que no era por Porchetto por quien veían sino por él. El tiempo se acababa, dijo, y temía ser descubierto entre tanto revoltijo.

¿Descubierto? —se intrigó Lopes.

Descubrirme... Las investigacione de ojeto voladore no identificado. Los marciano.

¡¿Ovnis?! Ah, bueno.... —se río Prasky.

Un bibliotecario portugués, una maestra que enseñaba historia inventada, un panadero comunista con una revolución sojera y, lo que faltaba, un verdulero cazador de alienígenas. El periodista nunca había visto eso ni cuando el ácido corría abundoso en las fiestas de la universidad.

No se ría, están en todos lado... —lo corrigió con vehemencia Raimundi— Acá no, claro, pero yo converso con mucha gente sobre eso. Con esto.

El verdulero se agachó en la maleza y recogió una bolsa de arpillera. Metió las manos y extrajo una radio de onda corta.

Si esto me encuentran con el aparato, voy en cana. ¿Cómo explico que tengo la radio, ah?

Bueno, cualquiera puede tener una, eso no es ilegal. Por ahí hay un Renault Gordini donde viven gallinas, por ejemplo, y nadie anda reclamando porque manchen el tapizado, Raimundi —se burló Lopes—. En ese caso sería expropiación, como la que quiere hacer Porchetito, pero dudo que se preocupen por todas estas cosas. Les miente y listo, asunto terminado.

¡¡Yo no sé mentir!! —se ofuscó el verdulero.

¿Y cómo estuvo todos estos años ocultando lo de los...? ¿Cómo los llamó usted, Prasky? ¿Ovnis?... ¿Cómo hizo? —volvió a inquirir el bibliotecario.

Usté no sabe por el suplicio que he pasao.

¿Y ahora se quiere esconder aquí? No se lo recomiendo, señor —el porteño buscó ser persuasivo y trató de sacarse de la cabeza que era partícipe involuntario de una antigua comedia italiana de enredos sin cámaras ni público—. El horno no está para bollos. Tampoco creo que vuelva a estar para pan... —se río.

No tengo dónde ir —dijo Raimundi, suplicando con la mirada—. Si salgo al campo me agarran... Y ví que acá están má’ o meno’ organizados, que la polecía no dentra. En un momento pensé en tirar la radio al diablo pero pa’ hacerlo antes tengo que hablar con mis colega.

¿Colegas? —preguntaron todos.

Los otro radioaficionado. Tengo que despedirme por si me agarran... Pasé muchos año con ello, ¿sabe? Son los único diafuera con los que converso algo. Vivir de hablar de verdura es aburrido... Pero, bueno, no puedo hacerlo en casa ahora con los milico. Si hasta me costó esconderla cuando llegaron esos peone a buscá revólvere... ¡¿Usted los mandó?! —tronó acusando a Porchetto con la mirada—. No sabe el lío que hicieron... ¡La próxima los cago a patadones a todos!

...Bueno, la revolución lo demandaba... —titubeó el panadero.

Ma’, lo que sea —replicó Raimundi sin mirarlo, antes de dirigirse a los demás. ¿Me puedo quedar a la final o no?

Prasky miró a Lopes, éste a Ana y la maestra se encogió de hombros. A todos les daba exactamente lo mismo. Podía.

¿Eso anda con pilas? —quiso saber Prasky— Creí que sólo con electricidad...

Me las ingenié para que andara. Pilas quedan, así que puedo llamar a mis colega desde acá y despué romper la radio. ¿Puedo entonces?

El periodista fue el que reaccionó más rápido.

¿Seguro que funciona entonces?

El viejo asintió por segunda ocasión.

Escúcheme, Comandante —se enfervorizó el porteño, ahora volviéndose al panadero, que seguía ausente, con la cabeza gacha, como una gallina buscando lombrices—, acá tiene una que puede servirle: los medios. Haga que los medios se enteren de la revolución. Con eso no sé si se salva, pero al menos hace trascender el quilombo que armó. Y si hay despelote, ser famoso siempre ayuda a pasarla mejor.

Porchetito no entendió y hasta le dio igual que Prasky tomara la iniciativa. El periodista, ante la ausencia de respuesta del Comandante Marx, ayudó al verdulero a cruzar la tapia y a instalarse con su radio en La Estrella Roja Revolucionaria.

***

Pasó la hora.

El comisario se irguió, dejó en el piso la naranja que había estado pelando con denuedoy ordenó a los suyos atención. Los demás lo siguieron, incluido Giusti y, desde el árbol, el secretario de El Senador. Nadie quería dilatar más las cosas. La noche había caído como un manto de hollín pero el calor seguía apretando.

¡¡Bueno, che, ¿qué decidieron?!!

Prasky, que ya había ayudado a Raimundo a ordenar su aparato, miró a Porchetto, que seguía sin palabras. Le habló entonces al oído y Ana, testigo circunstancial del intercambio, vio que al Comandante Marx se le salían los ojos de los cuencos.

Ni en pedo, hijo de puta —dijo y se fue directo a la ventana—. Necesitamos más tiempo. ¡Vamos a discutir la oferta! —gritó con una voz que no parecía ser de él.

¡¿No hay tiempo?! —replicó el comisario— ¡Dejate de joder, nene, tuvieron una hora!.

Como sea, lo necesitamos... ¡¿Quiere arreglar esto?! Entonces denos el tiempo. ¡¡Si no, se pudre!! En serio... —chilló Marx, otra vez animado.

El policía se volvió a Giusti:

¿Qué quiere hacer?

Hágalos mierda, ya dije.

¡Momento! —saltó el secretario— Le recomiendo que no haga nada que después lamente, comisario...

Al petiso no le gustó el tono.

¡¡¿Qué amenazá, nene?!!

El secretario de El Senador intentó componer.

Escuche, si se arma lío, si usted empieza a los balazos, esto se va a saber... Los tipos que están ahí son inofensivos...

¡Inofensivos un cuerno! —intervino Giusti, y esta vez se le notó la molestia en la voz— ¿O se olvida que me secuestraron?

No lo olvido, señor —bajo el tono el muchacho—, pero con mi solución todos podemos salir ganando.

Ahistá otra vez, la solución... ¡Déjese de joder con esa solución y dígala de una buena vez, carajo! No me entorpezca las negociaciones —se encolerizó el policía.

Muy bien, ya estoy en condiciones: es la luz.

¿Qué luz?

El comisario miró a Giusti, que estaba igual de intrigado.

La que no tienen. Acabo de comunicarme con la oficina de El Senador: él llega acá esta misma noche. Habló con el gobernador y le comentó el caso.

¡¿El gobernador sabe de esta pelotudez?! —el comisario se subió de un tirón el pantalón y, como si el mismísimo jefe provincial estuviera frente a él, intentó corregir su desatino— Quiero decir, ¿sabe de la huelga... digo, del ataque, del lío, del...? Uf, ¿cómo le llaman a este despelote, che?

El secretario sabía muy bien cómo sacar provecho de esa duda.

Es un asunto complejo, comisario. Yo lo llamaría, con toda propiedad, revolución marxista-leninista. Y es de suma gravedad —impostó la voz, para profundizar la gravedad de la circunstancia—. Imagínese, si el gobernador comisionó a El Senador para que lo resuelva, está todo más que dicho, ¿verdad?...

¿Cómo? —intervino el estanciero, desconfiado.

Con la luz, Giusti —el tono del chico cambiaba cuando hablaba al empresario—. Va a venir a negociar él mismo con la única misión de ofrecer energía eléctrica al pueblo. Si ellos no aceptan, toda esta gente que está acá seguro que sí. Con la presión se acaba todo... Además, discúlpeme, comisario —esta vez mantuvo para el policía el mismo tono que con Giusti, igualándolo—, pero que negocie El Senador es muy distinto a que lo haga usted como comisario. ¿Me entiende, verdad? Usted sólo piense en los diarios.

El muchacho guiñó un ojo al oficial, que no precisó de segundas explicaciones para comprender el mensaje. De inmediato, en su mente se figuró un acontecimiento de alcance nacional donde él era protagonista clave junto a El Senador. Veía las fotos en primera plana. Mejor, título, bajada y foto con su nombre. La Voz, El Puntal, Clarín, La Nación... El hombre que salvó a un pueblo junto a quien lo devolvió a la civilización. «Un comisario con futuro». Eso, un futuro, salir de los pueblos, y, quizás, hasta una condecoración.

¿Entonces?... —Giusti se movió impaciente; no le agradaba ser parte de una jugarreta política; lo suyo era cuestión de autoridad, orgullo y respeto—. ¿Usted no piensa hacer nada, comisario?

El petiso asumió pose de importante. Al secretario de El Senador le pareció un Duce en miniatura.

Las autoridades policiales —dijo, engolado— estamos sujetas a la constitución, Don Giusti, y no seré yo quien desobedezca el alto mandato estatutario de nuestra provincia.

¡¡Constitución, un cuerno!! —vociferó el estanciero— ¡Haga algo, que para eso lo traje y le pago, mierda, o lo hace mi gente! Ya me harté de tanto hueveo y espera... —y sin dejar pie a respuesta, se volvió enérgico hacia su soldadesca— ¡Eh, ustedes...!

Cuando el estanciero quiso hacer señas a sus gordos, quien apareció frente a él no fue el secretario de El Senador sino el comisario. Sus pupilas expulsaban aguijones.

Mire, Don Giusti —le dijo secamente y atreviéndose a apoyarle la palma en el pecho con suavidad—, usté hasta acá llega... Vamos a hacer lo que El Senador disponga —Giusti se contrarió: ¿ese pelmazo le estaba ordenando algo? El policía prosiguió— Nosotros permaneceremos aquí para asegurar la zona —carraspeó—, como hemos hecho hasta ahora... Puede quedarse si quiere, pero no haga nada que después lamente, como dice el muchacho.

El estanciero sopesó velozmente las opciones. No le convenía sumar un nuevo lío al que ya tenía enfrente. Tampoco podía irse. Si venía El Senador, todo se transformaría en un circo de medios, algo impropio para él, que prefería los subterráneos de la política y los negocios. Pero también la luz tenía su costado positivo. Era factible que pudiera instalar moliendas en la zona y atraer más inversores con la energía. Puesto esto en el balance, abandonó de inmediato la idea de movilizar a los peones, asintió levemente y se volvió al secretario, con el rostro limpio, como si nada hubiera sucedido.

¿Cuándo llega El Senador?

Cuando entre más la noche —respondió el del traje—. Ahora hay que darles las horas que piden.

¿No se irán a hacer los locos en ese tiempo, che?

El secretario habló para lucirse.

Lo dudo, comisario. Si no lo hicieron hasta ahora es porque no deben tener nada que hacer. ¿Usted ve algo de logística o, como dicen ustedes, inteligencia? Son ellos y punto. Ni armas deben tener. No van a hacer nada. Además, ya está toda la gente acá —concluyó, señalando tras de sí.

Los otros dos giraron y prestaron atención a una multitud que les había resultado ajena hasta el momento. Cien o ciento cincuenta habitantes de Estación Alicia ocupaban la plaza en medio de la oscuridad apenas cortada por los focos de los vehículos y algunas velas y cirios que cargaban en sus manos los ancianos. Compartían mates, pan y chorizo en grasa sentados cómodamente en sillas de madera que acercaron en silencio desde sus casas. Evitaban moverse para que la humedad no se les apropiara del cuerpo.

El comisario se secó la frente e hizo techo con la mano en la frente buscando contrarrestar la intensidad de las luces de los autos para enfocar mejor a la multitud. Los viejos masticaban en silencio o apenas murmuraban con la vista al frente. Miró a los otros dos y se miró a sí mismo. Estaban concentrados en él, el secretario y Giusti. Lo invadió un repentino ataque de vanidad que resolvió metiéndose la camisa en el pantalón y pasando una mano humedecida con saliva por el cabello. Saludó y varios vecinos le devolvieron el gesto.

Pucha —dijo para sí mismo—, esto hasta parece un cine.

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4 COMENTARIOS:

Parsimonia

Buenísimo, Diego.
Me quedo sin palabras.
Alguna editorial te tiene que descubrir pero, mientras, por aquí te leemos con admiración.

Ana Lía Weiller

La verdad, Diego, es una maravilla de relato.

› Murakami

Ya te lo puse por mail: te juro que bajo e imprimo cada episodio y que me he convertido en fan. Pero no me gusta poner comentarios en ningún lado. Debe ser por mi timidez congénita ;-)

Diego Fonseca

A todas
Me alegro de que lo disfruten.

Parsimonia
Ya me descubrieron. Pero hay crisis.

Ana Lía & Murakami
Gracias a ambas. Pórtense mal.

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