jueves, 25 de junio de 2009

Rango, figuritas, tramporra y payana

¿Habrá sido mi último día feliz? Jugué con los chicos al volver de la escuela. Rango, figuritas, tramporra y payana. Estiré la tarde más allá del último sol. Las últimas semanas la noche en casa ha sido mala. Papá y mamá se encierran en el cuarto. La puerta no ahoga los reproches de él, las lágrimas de ella. No-nó: si todo es como siempre, será medianoche y seguiré sin dormir.

Hay cosas que no cambian, ¿o sí? Cuando llego a la casa, mis padres ya llevan tiempo en deliberación. Caliento comida a mi hermano y hermana (¿quién la preparó?); los pongo a dormir. Luego me acuesto yo, los ojos fijos en el techo, los oídos como antenas. Sigo los murmullos. Igual que ayer y anteayer y el día anterior.

Cuento las horas: nueve, diez y cuarenta, once y cuarto. Once y treinta. No llego a la medianoche: la puerta del cuarto de mis padres se abre y cierra de un golpe. Rueda una maleta.

—No lo hagas —susurra mi madre en el pasillo—. Por ellos, al menos. No lo hagas.

La respuesta es otro golpe seco —la puerta de calle. Soy niño, no tonto, y sé qué sucede.

Dejo pasar unos minutos (sé que la puerta de calle no se abrirá, pero ¿por qué lo sé?) y salgo de mi habiación pisando algodones. Mi madre no oculta el llanto al verme. Tiene los ojos más rojos que mis tardes de rango, figuritas, tramporra y payana.

Me convoca a su lado. Obedezco; soy buen chico. Una vez a su lado, me arrastra contra el pecho; acaricia mi cabeza. Mamá me sofoca.

—Ahora eres el hombre de la casa —dice.

Luego se echa a un lado en la cama.

—Acuéstate aquí, junto a mí —ordena, e indica el lado de mi padre. Vuelvo a obedecer. Mamá me abraza por la espalda. Se duerme pronto. Creo que sueña.

El hombre de la casa.

***

Y no, no soy. A la mañana soy el mismo. El espejo no devuelve ni un centímetro más de estatura y tengo la misma voz de pito. Será que el asunto toma tiempo.

Levanto a mis hermanos (mamá duerme en Valium), guardo fruta y jugos en la mochila y me los llevo a la escuela.

En el recreo informo a mis compañeros que mamá me ha nombrado hombre de la casa. A todos miro por arriba: no habrá vello en mi rostro pero soy, digamos, distinto.

Hombre de la casa, por supuesto —dice uno, y da media vuelta hacia el patio.

Los demás lo siguen. No me invitan.

En el patio juegan rango, figuritas, tramporra y payana.

Este mundo pequeñito mío está lleno de sorpresas. Soy un hombre que no soy y tampoco un niño.

9 COMENTARIOS:

Parsimonia

Difícil papel que le tocó asumir al peque. Al menos la madre se encargó de evitarle el aprendizaje de comportamiento masculino eliminando al padre.
Veo que hay un poco de desorden textual y eso supongo que es señal de que te falta tiempo, por eso te agradezco que sigas publicando, a pesar de los pesares.
Un beso.

Ana Lía Weiller

Yo no veo desorden textual. ¿Lo corregiste después de que te dijo Parsimonia? ¿Tan abierto a las recomendaciones sos?
Estas historias de niños me hacen doler el estómago porque suenan demasiado realistas

› Autócrata y Escuálido

Pobre niño, qué angustia.

Johan Bush Walls
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Johan Bush Walls

Me gusta el texto maestro. Me encanta el humor, pero también me gusta leer esos textos que trasmiten desolación, que describen la realidad cruda, como en realidad es.

No se ausente tanto.

Salú pue.

› Anónimo

que dificil crecimiento para una criatura

Diego Fonseca

Parsimonia
Sí, es un texto que precisa trabajo aún. Quisiera ver adónde me lleva.

Ana Lía
¿Debiera no ser abierto a sugerencias? Vamos...
Corregí algunas cosas; no lo he vuelto a tocar desde entonces.

Autócrata
Aha.

JBW
Lo intentaré, Johan, aunque cada vez tengo menos tiempo para nada. Vivo en una anomalía temporal: despierto y el día está ido.

Anónimo
Aha.

Javier

Buenas, D. Perdón por la tardanza. Pasé hace algunos días y me quedó una sensación ambigua. Volví con más calma y sigue ahí. Te mando un mensaje por FB; de última, me mandás a cagar a los yuyos y queda entre nosotros dos.

Saludos.

Camilo

Un innecesario ticket al tierra de nadie, a medio camino entre la niñez y la falsa adultez. Una ficción tan real como la "asfixia por sobreprotección".
Un abrazo

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