martes, 30 de junio de 2009

Vos no

LA REVOLUTA – EPISODIO 46

En el campo hay dos chillidos odiosos: cuando matan a un chancho o a un chivito. Uno revienta los tímpanos y patalea como cristiano mientras se le vacía el cuerpo por el cogote tajeado. El otro parte el corazón: llora como niño. Los chillidos de Boschetito, aislado en la piecita del fondo de la panadería, eran una extraña mezcla de ambos. Cerdo y chivo, el Comandante soltaba los gramos finales de la culpa irredenta.

Todos deseaban hacerlo callar pero nadie movió un músculo hacia la pieza trasera. Braulio había depositado toda su humanidad contra la puerta para impedir que la compasión animara a gente de carácter rosado como Ana. De oaso, atajaba las últimas furias del panadero. Los puñetazos de Porchetito sobre la madera y los gritos porcinos, que llenaban el aire de la sala, se intercambiaban con el llanto expiatorio. El Comandante había cedido paso veloz a Porchetto, el panadero, y ambos al pequeño Primo.

El Senador dejó correr varias tandas de quejas y gimoteos sin soltar una frase. Hacía el papel a la perfección, tomándose la frente con los dedos de una mano y manteniendo la cabeza gacha, como si estuviera realmente afectado. De vez en cuando daba un suspiro profundo, se mordía el labio o juntaba las manos sobre el pecho, en una oración irreal.

Qué lástima, qué verdadera lástima... Pobre hombre...

El tono era idéntico al que usaría en la confianza de un funeral frente a los amigos del muerto. Y encajaba sin distorsionar allí, donde se velaba la revolución de Estación Alicia. Finalmente, cuando Porchetito se silenció, por cansancio o tras descubrir que nada obtendría, El Senador miró a la concurrencia y les mostró ambas palmas, como un César a punto de entregar al Cristo o Herodes pidiendo la bandeja argentina. La voz determinante enfiló a la duramadre de la peonada.

Bueno, ¿qué dicen, muchachos? Arreglemos esto. Díganme qué necesitan. Vamos, soy todo oídos... Aprovéchenme: pocas personas tienen la oportunidad de hablar directamente con un enviado del gobernador... No lo desperdicien.

Aun en la puerta, Braulio, el subcomandante revolucionario más breve de la historia, el bruto traidor, tomó la palabra para acabar por entregar la cabeza de su efímero patrón.

¿Qué no va a dar, don?

El Senador no dudó:

La luz para el pueblo está antes que todo.

Nosotro vivimo en lo campo —aclaró Braulio—; eso ‘tá bien pa’ lo diacá pero a nosotro no no sirve demasiao.

El político no regatearía.

Es sencillo, hombre, dígame qué necesitan allí.

El peón buscó el asentimiento de los demás, que no necesitaron decir nada para reconocerle autoridad.

Queremo que no paguen guita... —encaró.

Ahá... Aunque eso depende de Giusti creo que puedo convencerlo. No hay problema. ¿Qué más?

Una ruta. Otra. De macadán.

Se puede construir, claro que sí.

Y que Giusti no mejore la condicione de laburo —se entusiasmó—. Una casita mejor, que no pague la jubilación, quiacá naides tiene. Queremo vacacione y ropa nueva, también. Y nasta pa’ lo tractore, y un camión nuevo...

Otra vez depende de Giusti, pero veré de hablarlo seria, honestamente, con él. Quiero asegurarles mi mayor esfuerzo en esto —El Senador cerró un puño y apretó los dientes mientras declamaba—. Les digo más, y esto es una garantía que firmo aquí —cruzó los dedos sobre los labios—, un inspector del Ministerio de Trabajo vendrá a los campos a ver en qué condiciones trabajan. Si los emplean mal, hablarán con sus patrones para que las condiciones mejoren. Promesa. La jubilación y la ropa se las arregla la Provincia.

La laguna... —retomó Braulio.

¿Qué pasa con ella?

El Senador sonó menos amistoso: ¿acaso no era suficiente lo ofrecido? Prasky notó el cambio de tono, pero no intervino.

Hay inundacione cada por tré, señor.

Todo el sur tiene problemas de crecientes, amigo —empezó a atajarse—. A la laguna vamos a incluirla en un plan sistemático de atención general del sistema hídrico del sur para reducir el impacto de anegamientos potenciales —Prasky sonrió—. Esto, espero que entienda, no puede ser abordado caso por caso, de lo contrario estaríamos cometiendo el error de malgastar recursos —Prasky volvió a sonreír—. Todo lo anterior puede ser inmediato pero el trabajo en las lagunas va a tomar algún tiempo... Estudios, ingenieros, remover terrenos, todas esas cosas son indispensables para realizar un trabajo acorde a las necesidades y con el objeto de dar la solución más cercana a lo definitivo por los próximos tres o cuatro años —Prasky agachó la cabeza para ocultar la sonrisa, cada vez más amplia—. Lo atenderemos, seguro, pero necesito que me presten parte de su paciencia para administrar los recursos con propiedad, en tiempo y en forma. Al final, les garantizo que el problema de la laguna tendrá debida atención —Prasky miró por la ventana, mordiéndose labio y lengua—. Palabra de honor, ¿o alguna vez les he fallado?... En fin, ¿algo más?

Braulio buscó a los demás con la vista. Los peones no parpadeaban. Daban el paquete por completo.

¿Nada? Bien, entonces vamos a hacer entrar a los policías para que se lleven las armas. Les prometo que no habrá represalias con ninguno de ustedes hasta que la situación esté aclarada plenamente.

¿No vamo a í preso?

Esa pregunta no estaba en el menú de El Senador, que pensaba dejar que el comisario se ensuciara las manos con la resolución administrativa. Sin embargo, sopesó iluminado, una respuesta directa que pusiera a los peones tras las rejas podía complicar el fin de la crisis.

Mire, amigo Braulio —improvisó—, en algún aspecto ustedes han quebrado el orden institucional. Pero debo decir también que eso es una entelequia considerando el lugar en el que están. Confieso que no conocía de la existencia del pueblo, y mire que conozco la provincia, amigo. Me lamento por ello. Ya veremos qué pasa con todo eso. Por lo pronto, dejemos entrar a la policía y terminemos con esto, ¿sí?

Los peones aceptaron; tenían más promesas que años por vivir. Prasky, ya de regreso a su descanso en la pared con las manos en los bolsillos, ya no sonreía: la revuelta había sido desarmada con poco más que promesas de segunda. Se preguntó qué pensaría Porchetito tras la puerta custodiada por el corpachón de Braulio. Dio una mirada general a la sala. Un aire triste había recalado en los ojos de Ana y los peones que no se cruzaban de brazos habían vuelto a tallar el naipe para una escoba de quince. El único atado de nervios era el verdulero Raimundi, atemorizado porque alguien descubriera su radio, comenzaran las preguntas y sus respuestas delataran su logia de cazadores de objetos voladores.

El Senador fue a la puerta y ordenó al comisario enviar a su gente, que todo estaba arreglado. Los policías salieron al trote, acicateados por los gritos del jefe. Giusti pretendió avanzar pero El Senador le indicó esperar tras la camioneta hasta evacuar el lugar. Los vecinos siguieron las instrucciones de pie, desconcertados por el desenlace. Quienes sí se acercaron, prestos, fueron los tres asistentes del político.

Cuchillos, barras y revólveres pasaron a manos de un gozoso comisario, que distribuía comandos y órdenes parado junto a El Senador, con los brazos en jarra. Imperceptible para los demás, comparaba su estatura con el político. ¿Era su idea o no era tan alto como parecía? Hombre, quizás no saldría nada mal en las fotos.

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LA REVOLUTA – EPISODIO 47

El Senador dejó de atender la situación y fue con sus secretarios, que se habían apropiado del mostrador de La Espiga Roja Revolucionaria. En el reacomodo, dos de ellos tomaron una botella con un culito de caña abandonada por los peones y la vaciaron en dos vasos de plástico que apenas limpiaron con una corbata. El tercero quiso probar un mate a medio terminar. Acabó asqueado.

Vos no tenés pueblo, nene. Te falta calle —se burló El Senador antes de meterse en tema para medir la victoria en centímetros con voz queda.

Una vez que dos policías regresaron del cuarto con Porchetito esposado, el comisario ordenó encerrar allí a los peones. Prasky, Ana, el verdulero y Braulio pidieron permanecer en la salita: el Comandante Marx era una ampolla humana, una vejiga arrugada de llanto.

¿Y ustedes por qué se quieren quedar? —avanzó el comisario—. De éste no tengo dudas: está adentro —dijo señalando a Braulio, que no mostraba signo alguno de preocupación—. Nos llenó de bosta a todos.

Queremos acompañarlo a él —intervino Ana, señalando al panadero desvalido.

Entonces se vienen con nosotros —ordenó el comisario.

Sin embargo, cuando los policías se disponían a echarle esposas improvisadas con soga chúcara, Porchetto intervino rápidamente.

Ellos no tienen nada que ver —dijo con apenas un suplicante hilo de voz—. No formaron parte de esto.

Bueno, están acá, ¿no? ¿O me va a decir que también los tenía presos como a Giusti?

El panadero no podía sostener ninguna discusión:

No, solamente... estaban. Nada más.

Entonces que me expliquen qué hacían. A ver, usted... —el comisario señaló al verdulero.

Yo... yo... yo soy el dueño de la radio —titubeó Raimundi, buscando apoyo en los miembros de la pandilla dislocada.

¿Y qué hacían con eso?

Nada —terció Ana, presta—. Él la trajo porque temió que sus policías se la rompieran.

No veo por qué —se incomodó el policía—, si mis muchachos son gente seria y buena.

Como sea, tenía miedo... Es lo único que tiene —mintió la chica.

¿Y usted qué?

Yo... Yo fui la autora de los comunicados.

Ana... —se metió Prasky.

Nada, Ezequiel, dejá...

El comisario olió improvisación: quizás a El Senador se le escapó algo. Quizás era su oportunidad de tomar su parte en la derrota de esos subversivos sojeros.

¿Qué comunicados? ¿Qué es eso? Hable, che...

La maestra no mencionó las lecturas por la radio para evitar comprometer a Osvaldito o echar más leña al fuego de una caldera que debía caminar al enfriamiento.

El que leímos en la plaza. El de la revolución.

O sea que usted también es parte. ‘Tonce se viene con nosotros —el comisario llamó con un gesto de la mano a un par de agentes.

Ana, ¿por qué no te...? —se quejó Prasky.

Ella tampoco tiene nada que ver —volvió a intervenir Porchetito, ahora con más decisión—. Yo la forcé a escribirlo. Yo... Si no lo hacía, sí, iba a terminar presa... Es así. Punto. Los otros —indicó a Raimundi y Osvaldito— tampoco tienen nada que ver. Yo los obligué a todos. Tampoco los peones. Ni Braulio... Ni él —dijo finalmente, apuntando a Prasky con la barbilla.

Usted es el del auto en el camino, ¿no?

El mismo, comisario. Y... Sí, como dice Porchetto, no tengo nada que ver.

El panadero lo miró con la escasa furia que el agobio le dejaba reunir. No le gustó la respuesta: había excluido a todos y el silencio debía ser el modo de agradecerle. Cuando Prasky se deslindó a sí mismo, el Comandante Marx confirmado la traición que previó llegaría.

El comisario se sacó la gorra y acomodó un par de pelos con las manos. Luego volvió a calzarse el birrete y se acomodó los pantalones. Bufó. El asunto tomaba demasiado tiempo.

Mire, che, se me hace difícil de creer todo esto, así que me parece que todos se van a venir conmigo.

Comisario... —El Senador, que seguía la conversación con medio oído, abandonó la charla con sus secretarios y volvió al centro de la escena— No voy a interferir en su trabajo, pero déjeme preguntarle: ¿qué pruebas tiene contra todos ellos?

El petiso se volvió, afectado. ¿No era que la aplicación de la ley era su propiedad inalienable? ¿Acaso ese tipo pensaba robarle también este último momento?

Estaban acá, con eso alcanza, señor —respondió.

¿Usted habló con alguno antes? ¿Alguno se identificó como parte del lío? —insistió el político.

No, solamente éste... —señaló a Porchetto.

Entonces todo lo que tiene es presencia circunstancial —resolvió El Senador, poco dispuesto a una cacería—. No sabemos qué hicieron, y aunque los acusáramos tendríamos que buscar elementos para incriminarlos. Eso tomaría tiempo y no me veo con voluntad de perderlo en Tribunales. Esto es una tontería. Ya todo está resuelto; déjelo ahí.

El comisario se revolvió incómodo, pero El Senador también supo prever eso.

Antes que diga nada: ya tiene a uno, al jefe, al cabecilla. Ese es el que importa. Que todo quede como estaba, lléveselo a él y deje a esta gente tranquila. También libere al señor del tractor. No tiene sentido detenerlo. Esto fue una tontería. ¿O acaso les ve cara de delincuentes?

Delincuentes hay en todos lados y hasta la mosquita más muerta puede serlo. Además, están los de ahí atrás, que son como quince pendencieros...

Comisario —se afirmó El Senador—: ya. Basta. Caso cerrado. Con el jefe de este lío encerrado le alcanza para ganarse un ascenso. Me comprometo solemnemente a gestionarlo. Me veo en la honesta obligación de decirle —Prasky levantó la vista: vio venir el lengüetazo— que también recordaré su labor ante los medios, que, por lo que me informan, ha sido clave. Llévese a Porchetto. No hace falta más. Tómelo como una orden superior...

El policía pareció dudar un primer segundo pero optó por volverse práctico al siguiente, cuando las palabras de El Senador terminaron de caerle en la fosa cerebral. Ascenso. Foto. Diarios. Salir del pueblo. Destino: ciudad más grande. ¿Quizá la capital provincial? En un abrir y cerrar de ojos borró toda inquisición. Gritó cuatro órdenes para que todos lo escucharan: ordenó llevar al panadero, liberar a los peones del fondo, desalojar la zona y terminar la requisa. Luego volvió a su gesto usual: subirse los pantalones, recorrer la mollera con la mano como peineta.

Cuando Porchetito pasó a su lado, el comisario le tocó el trasero y se rió mirando a El Senador para compartir la chanza. El otro dio vuelta la cara, como si oliera una porquiza y el policía, ofendido, procuró recomponerse gritando una nueva orden de desalojo. A su voz, Prasky, la maestra, Braulio y el verdulero Raimundi desocuparon La Espiga Roja. Tras ellos y sin mucha demora, salieron el comisario y los secretarios de El Senador.

El político se reservó la marcha de cierre de la victoria. De pie a un lado de la puerta, echó una mirada indiferente a la panadería.

Qué ganas de perder el tiempo, carajo —dijo entre dientes—. Este país está lleno de pelotudos.

Luego se acomodó la corbata y estiró el cuello y espalda. Para completar la preparación, friccionó los dientes con un dedo y acabó de darles lustre deslizando la lengua. Cuando finalmente traspuso la puerta, la sonrisa de marfil esculpido retornó disparada por los músculos. Otro resorte automático le elevó los brazos a media asta, como recordaba que lo hacía el General Perón.

Luego se reiría de su ingenuidad pero al poner el primer pie sobre la vereda de La Espiga Roja, El Senador sintió que así debía sentirse una jornada patriótica en el balcón de la Rosada, especialmente cuando escuchó a la plaza aplaudir y corear a viva voz:

—¡La luz! ¡La luz! ¡La luz!

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LA REVOLUTA – EPISODIO 45

A Porchetito El Senador no le parecía demasiado alto ni demasiado atractivo. Su voz no le sugería autoridad o respeto. Sin embargo, algo en él le hundía las alpargatas en el piso, como si La Espiga Roja fuera una ciénaga. ¿Serían los dientes de perla, el peinado perfecto y rígido, los movimientos tan sobrados de sí? El Comandante le seguía cada inflexión de voz, los gestos completando el sentido, en algún modo seducido pero deseoso de ocultarlo. No como los demás, que parecían embelesados por un organillo lustroso que les sacudía el estribo con canciones de Leonor Marzano.

Vamos a hacer lo que yo diga o la cosa se pone peor —insistió El Senador—. Lo que más les conviene ahora es entregar todo, rendirse a la policía. Quédense bien tranquilitos. Si estoy acá es para que no los pasen por encima y terminen agujereados a balazos.

Esa es nuestra decisión —quiso quejarse Porchetito, despertando de la hipnosis—, y usted no es más que....

El Senador no lo dejó pasar: quería el asunto resuelto sin más demora.

¡¿Más que qué?!... —gritó— ¿Acaso no tiene noción de qué va a pasarle? Si quiere retenerme aquí, se lo digo: basta que no salga de una pieza, entero como entré, para que uno de mis secretarios llame por celular a la gobernación y tengan encima de ustedes, en horas, a la mitad de la Policía de la Provincia. ¿Cree que va a ganar con esto? —un giro con el brazo abarcó al grupo—. Esto va a terminar en masacre, Porchetto. No joda más.

Un rayo invisible debió atravesar al Comandante pues se quedó sin aire. Intentó retomar el control pero de su boca no salía palabra. Era una parálisis similar a la que lo afectó cuando abordó a Prasky en casa de Lopes y en algún modo similar a la que lo retenía en el centro de la panadería siguiendo la teatralización del enemigo.

Esto es lo que vamos a hacer... —prosiguió El Senador— Ustedes se van a rendir. Y punto. Pun-to. Lo que el pueblo necesite lo va a tener, pero se dejan de joder con esta boludez de la revolución. ¿Nos entendemos?

Entonces el Subcomandante Marcos, rodeado por la peonada, levantó la mano. El Senador lo vio y notó que Marx se desconcertaba con la acción. La desolación del Comandante fue un aliciente para tomar más ventaja.

Hable —ordenó.

Mire, acá... acá la pasamo mal, ¿vio?... —dijo Braulio, titubeante— Acá nuay nada, don... Ganamo poco, no tenemo nada pa’ hacé ni ande ir... Acá, El Comandante...

Señor... ¿cuál es su nombre?... ¿Braulio? Bien, Braulio... —interrumpió El Senador— Aquí no hay ningún comandante. El caballero se ha equivocado de cabo a rabo al llevarlos a ustedes casi hasta el matadero. ¿Tienen problemas? Los resolveremos, pero me dejan esos cuchillos, los fierros y la locura de lado. Si eligen lo que hasta ahora, se quedan sin nada, muertos o presos. Es muy simple y no tiene tiempo para nada más. Háganme el favor: decidan qué quieren hacer y decídanlo ya.

A pesar de la poca luz del lugar, El Senador se las arregló para semblantear a la concurrencia. Los peones no tenían entereza; eso era cristal y él olfateaba la debilidad como un perro sigue el aroma de una hembra en celo. Sólo encontró el rostro labrado con genes desconfiados de Braulio, que estaba algo relajado, y la mueca tatuada a fuego en la boca del panadero. Le habló entonces a él.

Mire, Porchetto... Yo entiendo que usted quiera cambiar las cosas, pero no es el modo, muchacho. No tiene con qué más que su propia voluntad. Le digo algo: yo le prometo que atenderé los reclamos que estén al alcance del gobernador, pero no puede andar pidiendo cualquier cosa. Ahora, ¿cómo quiere hacer esto? —dijo El Senador, retomando una línea de sus películas preferidas— Si quiere desafiarme, ahí está, pruebe, intente. Le aseguro que lo bajan en segundos. ¿Quiere detenerme? Hágalo. Verá lo que pasa.

Porchetto.... —llamó de repente Prasky desde el fondo.

Todos lo miraron, incluido El Senador.

Me parece que El Senador está siendo razonable, che...

No se de vuelta ahora, usted... —se ofendió Porchetito, procurando aparentar seguridad, desarmándose como humo.

¿Quién es usted? —El Senador se intrigó por el acento del periodista.

Un perdido. No soy de acá. Me quedé sin auto cuando iba a otro lado... Pero yo no importo; por mí no se preocupe... Porchetto, vea... No hay mucho que hacer, la verdad...

El panadero bajó la cabeza, encerrado en una espiral de pensamientos. ¿Tan fácil lo vencerían? ¿Tan simplemente sus décadas de sueños se irían al traste? ¿Bastaba un senador de provincias para acabar su proyecto continental?

Él tiene razón, hombre, mejor deje esta payasada y véngase conmigo —contemporizó más El Senador, que comprendió que Prasky tenía alguna influencia sobre el panadero—. Le garantizo seguridad para que no le ocurra nada. Yo mismo lo acompañaré hasta el final.

Pero... —amagó Porchetito y la angustia finalmente le tomó toda la voz—... Usted no... yo... la revolución... yo...

Porchetto...

El Senador volvió a recurrir a su voz más paternal, estudiada y ensayada en cientos de actos y miles de espejos. Avanzó con los brazos abiertos y el rostro compungido dispuesto a estrechar al al panadero en un abrazo, pero Porchetito sorprendió saltando hacia atrás como empujado por un resorte. Intentó tomar una barreta de hierro sobre el mostrador y lanzarse sobre el político pero no contó con Braulio. El Subcomandante Marcos se interpuso, lo frenó de un manotazo, lo calzó entre los brazos y lo aupó —todo en un solo movimiento— hasta el cuarto del fondo.

Porchetto cayó desparramado al piso antes de que el peón cerrara la puerta.

¡Hijo de remil puta! ¡Vos no! ¡Yo te hice! ¡Vos no! ¡Traidor! ¡Traidor!

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7 COMENTARIOS:

Parsimonia

La crónica de una revolución frustrada que se adivinaba ya truncada desde el principio.

Destaco estas líneas:
Los peones no tenían entereza; eso era cristal y él olfateaba la debilidad como un perro sigue el aroma de una hembra en celo. Sólo encontró el rostro labrado con genes descondos de Braulio (...)

Es muy cruel la comparación de Porchetto con una perra hembra en celo.
Desde un punto de vista masculino es terrible la comparación, indignante para el personaje y bien conseguida la imagen, desde el punto de vista del lector.

Lo de los "genes descondos" no lo entendí.

¿Qué pasará ahora?... Esta pregunta siempre aparece al final de cada capítulo manteniendo una intriga deliciosa cada semana.

Miss Heinz abandonada por un mellizo malo

Eso, que es descondos?
Coincido completamente con Parsimonia. Tenés que publicar mas seguido. Queres que consgamos un mecenas? Dejá el periodismo y dedicate a nosotros, tus lectores. Los lectores de periodismo son infieles!!!!

ah, y dice "todo en una solo movimiento"

Ana Lía Weiller, otra fémina

Ja, la traicion de Bruto al César (tú no, bruto) en la pampa gringa!! qué buena idea

(han visto q somos todas mujeres las q opinamos?)

Heinz usted está en Baires? Ya sé que Parsimonia es española, pero no sé de dónde

Diego Fonseca

Parsimonia
“Descondos” es la forma breve de “desconfiados”. Generalmente, surge entre la 1.00 am y 3.00 am de cualquier día de semana. Es implacable y en ocasiones se alía a términos subversivos como “una mono”, las tremebundas “las las” y “con con” y los dueños del garito, los “dijio”.

Miss Heinz
De hecho, estoy pensando en convertirme en millonario, viajar a al Luna en el próximo shuttle y comprarme una casa en Dupont Circle con el próximo vuelto del supermercado. Mi último sueño acabó a los diez años.
Corregido el typo.

Ana Lía
Mujeres del mundo, uníos.

Parsimonia

Je je je, ¡qué irónico con el "descondo"! Yo que imaginaba que había descubierto un argentinismo local de algún lugar de la Córdoba de allá...
Lástima, je je.
Creo que Miss Heinz es de Mexico, aunque lo mismo me falla la memoria. Que confirme o desmienta la interesada (si le place).

Miss Heinz participando de reunion de féminas

Argentina. Vivida en Mexico (lo dedujiste) y en Estados Unidos, adonde viajo seguido, igual que a España. En el link verán dónde suelo trabajar pero no digan nada jijiji
La que sí es de México es Machuca. Nos conocimos por el blog. Diego une, ja ja

Comandante Porchetito

Oiga, autor, qué falta de respeto. Usted no respeta a nadie. Le entregué mi vida y mire cómo me la devuelve, carajo!!

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