sábado, 25 de julio de 2009

Rosada

LA REVOLUTA – EPISODIO 47

El Senador dejó de atender la situación y fue con sus secretarios, que se habían apropiado del mostrador de La Espiga Roja Revolucionaria. En el reacomodo, dos de ellos tomaron una botella con un culito de caña abandonada por los peones y la vaciaron en dos vasos de plástico que apenas limpiaron con una corbata. El tercero quiso probar un mate a medio terminar. Acabó asqueado.

Vos no tenés pueblo, nene. Te falta calle —se burló El Senador antes de meterse en tema para medir la victoria en centímetros con voz queda.

Una vez que dos policías regresaron del cuarto con Porchetito esposado, el comisario ordenó encerrar allí a los peones. Prasky, Ana, el verdulero y Braulio pidieron permanecer en la salita: el Comandante Marx era una ampolla humana, una vejiga arrugada de llanto.

¿Y ustedes por qué se quieren quedar? —avanzó el comisario—. De éste no tengo dudas: está adentro —dijo señalando a Braulio, que no mostraba signo alguno de preocupación—. Nos llenó de bosta a todos.

Queremos acompañarlo a él —intervino Ana, señalando al panadero desvalido.

Entonces se vienen con nosotros —ordenó el comisario.

Sin embargo, cuando los policías se disponían a echarle esposas improvisadas con soga chúcara, Porchetto intervino rápidamente.

Ellos no tienen nada que ver —dijo con apenas un suplicante hilo de voz—. No formaron parte de esto.

Bueno, están acá, ¿no? ¿O me va a decir que también los tenía presos como a Giusti?

El panadero no podía sostener ninguna discusión:

No, solamente... estaban. Nada más.

Entonces que me expliquen qué hacían. A ver, usted... —el comisario señaló al verdulero.

Yo... yo... yo soy el dueño de la radio —titubeó Raimundi, buscando apoyo en los miembros de la pandilla dislocada.

¿Y qué hacían con eso?

Nada —terció Ana, presta—. Él la trajo porque temió que sus policías se la rompieran.

No veo por qué —se incomodó el policía—, si mis muchachos son gente seria y buena.

Como sea, tenía miedo... Es lo único que tiene —mintió la chica.

¿Y usted qué?

Yo... Yo fui la autora de los comunicados.

Ana... —se metió Prasky.

Nada, Ezequiel, dejá...

El comisario olió improvisación: quizás a El Senador se le escapó algo. Quizás era su oportunidad de tomar su parte en la derrota de esos subversivos sojeros.

¿Qué comunicados? ¿Qué es eso? Hable, che...

La maestra no mencionó las lecturas por la radio para evitar comprometer a Osvaldito o echar más leña al fuego de una caldera que debía caminar al enfriamiento.

El que leímos en la plaza. El de la revolución.

O sea que usted también es parte. ‘Tonce se viene con nosotros —el comisario llamó con un gesto de la mano a un par de agentes.

Ana, ¿por qué no te...? —se quejó Prasky.

Ella tampoco tiene nada que ver —volvió a intervenir Porchetito, ahora con más decisión—. Yo la forcé a escribirlo. Yo... Si no lo hacía, sí, iba a terminar presa... Es así. Punto. Los otros —indicó a Raimundi y Osvaldito— tampoco tienen nada que ver. Yo los obligué a todos. Tampoco los peones. Ni Braulio... Ni él —dijo finalmente, apuntando a Prasky con la barbilla.

Usted es el del auto en el camino, ¿no?

El mismo, comisario. Y... Sí, como dice Porchetto, no tengo nada que ver.

El panadero lo miró con la escasa furia que el agobio le dejaba reunir. No le gustó la respuesta: había excluido a todos y el silencio debía ser el modo de agradecerle. Cuando Prasky se deslindó a sí mismo, el Comandante Marx confirmado la traición que previó llegaría.

El comisario se sacó la gorra y acomodó un par de pelos con las manos. Luego volvió a calzarse el birrete y se acomodó los pantalones. Bufó. El asunto tomaba demasiado tiempo.

Mire, che, se me hace difícil de creer todo esto, así que me parece que todos se van a venir conmigo.

Comisario... —El Senador, que seguía la conversación con medio oído, abandonó la charla con sus secretarios y volvió al centro de la escena— No voy a interferir en su trabajo, pero déjeme preguntarle: ¿qué pruebas tiene contra todos ellos?

El petiso se volvió, afectado. ¿No era que la aplicación de la ley era su propiedad inalienable? ¿Acaso ese tipo pensaba robarle también este último momento?

Estaban acá, con eso alcanza, señor —respondió.

¿Usted habló con alguno antes? ¿Alguno se identificó como parte del lío? —insistió el político.

No, solamente éste... —señaló a Porchetto.

Entonces todo lo que tiene es presencia circunstancial —resolvió El Senador, poco dispuesto a una cacería—. No sabemos qué hicieron, y aunque los acusáramos tendríamos que buscar elementos para incriminarlos. Eso tomaría tiempo y no me veo con voluntad de perderlo en Tribunales. Esto es una tontería. Ya todo está resuelto; déjelo ahí.

El comisario se revolvió incómodo, pero El Senador también supo prever eso.

Antes que diga nada: ya tiene a uno, al jefe, al cabecilla. Ese es el que importa. Que todo quede como estaba, lléveselo a él y deje a esta gente tranquila. También libere al señor del tractor. No tiene sentido detenerlo. Esto fue una tontería. ¿O acaso les ve cara de delincuentes?

Delincuentes hay en todos lados y hasta la mosquita más muerta puede serlo. Además, están los de ahí atrás, que son como quince pendencieros...

Comisario —se afirmó El Senador—: ya. Basta. Caso cerrado. Con el jefe de este lío encerrado le alcanza para ganarse un ascenso. Me comprometo solemnemente a gestionarlo. Me veo en la honesta obligación de decirle —Prasky levantó la vista: vio venir el lengüetazo— que también recordaré su labor ante los medios, que, por lo que me informan, ha sido clave. Llévese a Porchetto. No hace falta más. Tómelo como una orden superior...

El policía pareció dudar un primer segundo pero optó por volverse práctico al siguiente, cuando las palabras de El Senador terminaron de caerle en la fosa cerebral. Ascenso. Foto. Diarios. Salir del pueblo. Destino: ciudad más grande. ¿Quizá la capital provincial? En un abrir y cerrar de ojos borró toda inquisición. Gritó cuatro órdenes para que todos lo escucharan: ordenó llevar al panadero, liberar a los peones del fondo, desalojar la zona y terminar la requisa. Luego volvió a su gesto usual: subirse los pantalones, recorrer la mollera con la mano como peineta.

Cuando Porchetito pasó a su lado, el comisario le tocó el trasero y se rió mirando a El Senador para compartir la chanza. El otro dio vuelta la cara, como si oliera una porquiza y el policía, ofendido, procuró recomponerse gritando una nueva orden de desalojo. A su voz, Prasky, la maestra, Braulio y el verdulero Raimundi desocuparon La Espiga Roja. Tras ellos y sin mucha demora, salieron el comisario y los secretarios de El Senador.

El político se reservó la marcha de cierre de la victoria. De pie a un lado de la puerta, echó una mirada indiferente a la panadería.

Qué ganas de perder el tiempo, carajo —dijo entre dientes—. Este país está lleno de pelotudos.

Luego se acomodó la corbata y estiró el cuello y espalda. Para completar la preparación, friccionó los dientes con un dedo y acabó de darles lustre deslizando la lengua. Cuando finalmente traspuso la puerta, la sonrisa de marfil esculpido retornó disparada por los músculos. Otro resorte automático le elevó los brazos a media asta, como recordaba que lo hacía el General Perón.

Luego se reiría de su ingenuidad pero al poner el primer pie sobre la vereda de La Espiga Roja, El Senador sintió que así debía sentirse una jornada patriótica en el balcón de la Rosada, especialmente cuando escuchó a la plaza aplaudir y corear a viva voz:

—¡La luz! ¡La luz! ¡La luz!

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2 COMENTARIOS:

Ana Lía Weiller

Fucking Senator!
Felicitaciones por el libro!!!!

Craig

pobre porchetito, qué vida perdida, qué desgracia
un ideólogo menos, un alma libre caída

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