miércoles 28 de enero de 2009

Playground de adultos malcriados

LA REVOLUTA – EPISODIO 32

Porchetito se esforzaba por mantener el talante. Siguió mirando de soslayo por la ventana de la panadería, inquieto por no percibir movimientos detrás de la camioneta y el Falcon policial. Nada más la multitud de vecinos, que ya superaba la centena, se recortaba contra el horizonte. Habían llevado sillas para estar más cómodos y se abanicaban para matar el calor. Burgueses de pueblo, masculló el Comandante Marx.

Todo un espectáculo —dijo Prasky, que había descubierto hacia dónde veía Porchetito—. Me parece que ahora sí se jodió, che.

El panadero no respondió: seguía con la mirada fuera. Prasky insistió.

¿Qué piensa hacer?

Ahora sí el Comandante Marx se volvió hacia él.

¿Habla de rendirnos? —dijo, con enfado evidente.

A Prasky le daba igual

Lo que sea.

Porchetito volvió a mirar fuera. Nada más se movía y los vecinos seguían en su sitio, como una pintura viva.

No, no van a atacarnos —quiso convencerse, enfático—. Conseguiremos lo que queremos.

La frase sugirió a Prasky que el panadero consideraba la posibilidad de negociar su rendición. Se lo preguntó pero el Comandante Marx no lo escuchó o no quiso responder. Seguía pendiente del posible movimiento externo, desatento de su gente, que iba por la libre. Los peones, Braulio, los comandantes Trotsky y Lenin, repartidos por la salita de ventas de la panadería, eran ajenos a la conversación. Algunos mataban el tiempo comienzo jamón con pan todavía fresco. Otros jugaban a las cartas en silencio.

¿Usted cree que puedo hacer eso? —dijo finalmente Porchetito, sin quitar la vista de la plaza. Había escuchado e intentaba transmitir la idea de un semblante sereno pero el periodista le leyó la derrota en los poros. Tanto esperar, pensó, para que nada resulte. Efímero suspiro sos, Porchetto. Una idea flotante, incorpórea, macilenta. La improvisación a la desesperada. No se vive de palabritas aéreas. Vos sos la metáfora de la izquierda argentina, papá. Un pobre tipo que cree que Alicia en el País de las Maravillas puede ser real.

No sé, algo debiera pensar —aconsejó Prasky, echándose más contra la pared, como si la sostuviese—. Le queda como media hora antes de que quienes hagan algo sean ellos.

Marx expulsó el aire de los pulmones. Aun con poca luz sobre su rostro, Prasky adivinó que dependía de nada para que ese hombre se descompusiera en lágrimas.

Están mejor armados y usted tiene dos revolvitos chotos —insistió—. Lo van a pasar por encima, Comandante.

Oiga, ¡¿por qué mejor no se cruza y se va con ellos?! ¿Con quién está?

La reacción del panadero fue una explosión de sangre y paralizó a Prasky, que creía estar convenciéndolo de tomar la vía rápida. Pero era él quien quería salirse del problema y de ese pueblo en pausa; no comprendía aun que Porchetito no tenía otra cosa que hacer. O era el Comandante Marx de una revolución patética en un caserío de fantasmas o era el panadero de ese mismo pueblo de ánimas. Pero entonces lo único lastimoso sería él.

Con nadie —repuso Prasky, tratando de llevar el río otra vez a su cauce—, pero si es por elegir lo prefiero a usted al miliquito y a Giusti. Usted es inofensivo, y no se ofenda, pero con aquellos nunca se sabe qué puede pasar. Además, Giusti se la tiene jurada y si hay lío le va a tirar los perros encima. Piense en eso.

Los ojos del Comandante seguían encendidos pero parecía haber atado el nervio.

No crea que no lo sé —respondió con aplomo—. Boludos no somos. Esta gente —indicó con el pulgar hacia atrás, al grupo de peones—... Esta gente está jugada.

Prasky no cedió.

Yo no estaría tan seguro.

Porchetto tampoco.

Su duda es irrelevante —concluyó, y volvió a echar un ojo por la ventana rota. Todo seguía inmóvil y la noche finalmente se abalanzaba sobre Estación Alicia.

Como quiera, pero no me parece razonable creer que con una charla consiga adhesión permanente. Con el primer tiro se le piran todos, Porchetto.

El panadero no iba a transigir. No con Prasky. Creía saber qué se traía.

Confío en ellos —dijo sin mirarlo.

Vamos, viejo —encaró el periodista—, ¿no ve que están ahí sin hacer una mierda? Con menos, cualquiera estaría pensando en darle una mano, hasta yo... Pero mire, ¿ve? Están entregados, con moño y todo. Y no del modo que usted cree, sino regalados. Puestos acá como podrían estar puestos jugando a esas mismas cartas o comiendo un asado en el campo. Les da lo mismo, Porchetto. Lo único que jugó a su favor es que convenció a Braulio por un rato y los peones le tienen fe ciega. Pero, ¿qué va a pasar cuando Braulio flaquee? Y no me diga que no lo pensó.

Todas esas posibilidades no pasan por mi cabeza —el panadero era pura terquedad.

No sea necio.

Prasky endureció un poco la respuesta pero siempre hablando con voz de confidente. Siguió:

Si estos tipos empiezan a tirar cosas sobre la mesa a usted se le quiebra la tropa. Ya andan jodiendo con el aumento de sueldo, después les van a dar más días de farra o les van a construir una cuadra más cómoda. Cualquier cosa hace diferencia. Usted, en cambio, sólo los empujó a una payasada que no va, nunca fue, a ningún lado. Por más que odie a Giusti no puede andar ciego. Le van a hacer otra movida y lo van a joder, créame.

Porchetito Marx sintió el toque en la boca del estómago, pero amagó una molestia.

Hable con propiedad: esto no es pavada. Al menos tenga estatura si va a cuestionarme.

Prasky olió la sangre: lo tenía.

Discuto a la estatura que el asunto merece —provocó—: lo suyo es un ejercicio de enanismo intelectual, un juego de adolescente tardío. No tiene ideas para solucionar esto, ¿verdad?

Porchetto no quería responder. Estaba en una encerrona.

¡Entonces deme usted algo! —gritó.

Tocado. La reacción de Porchetto sorprendió a Prasky, que apenas meneó la cabeza. En realidad, esperaba que el panadero firmase la rendición verbalmente, levantar un pañuelo, conferenciar con la policía y Giusti y marcharse de allí ahora que habían más posibilidades de locomoción. No esto: no esa súplica descarada por ayuda. Se quedó jugando por unos instantes rompiendo migas de pan con las manos.

Mire —dijo finalmente—, a esto se resume su plan: miguitas que se desarman entre los dedos.

Giró hacia Porchetto, que tenía la cabeza metida entre los hombros. El panadero era una sola pena. La escena tenía un tono trivial pero conmovía, pensó Prasky. Como si todo fuera una telenovela con un guión de chiflados. Palabras aéreas. El playground tomado por bolches malcriados.

Ay, Porchetito... Pobre diablo ensoñador, utopista de tambo.

Supo que se retractaría al final del camino, pero Prasky ahora arrojó la malicia al piso con la última miga de pan: se apiadó.

Me voy a arrepentir de esto... —se dijo, en voz alta, y miró a Porchetito— Dígame, ¿en cuánto tiempo puede llegar alguno de los peones a la semillera?

El panadero se volvió todavía con la cabeza en otra parte. Procuraba ordenar los pensamientos, sumidos en un revoloteo interminable, como caranchos sobre un cadáver. ¿Qué quería decir con eso? Se decidió por lo habitual; presintió otro de engaño del porteño.

Usted es un hijo de puta, ¿está haciendo esto para rajarse?... ¿Sigue pensando que lo voy a dejar ir con alguno de ellos? Está loco.

Prasky tiró de paciencia.

El loco es usted, llegado el caso; yo puede ser boludo a lo sumo. No, olvídese de mí. La verdad es que le voy a dar una mano, en serio. ¿No era eso lo que quería?... Ahora, estaría bien que yo fuera a la semillera porque sé qué hay que buscar, pero, despreocúpese, no va a pasar... Vamos, de nuevo: ¿cuánto tarda un grupo de tipos en llegar a Monsanto?

El Comandante Porchetito Marx dudó. Seguía sin confiar pero, igualmente, carecía de otras nociones. No sabía qué más hacer para revertir el destino trágico de su proyecto; no perdía nada con escuchar.

Como tres o cuatro horas —calculó—. Quizá menos, dependiendo de por dónde vayan. Braulio es el que mejor conoce el camino.

Prasky se entusiasmó. Se acercó algo más a Porchetto. El otro, vulnerable, se retiró hacia atrás. Todavía no estaba muy seguro de querer seguir escuchando.

Ok, primero necesitamos ganarles ese tiempo a ellos —dijo Prasky, y se pasó la lengua por los labios, saboreando cada palabra—. Dígales que piensa considerar la oferta de Giusti pero que necesita más tiempo, como hasta la noche bien noche. Mientras, mande a Braulio con un grupo a la semillera.

Porchetto no entendía el sentido de esa comisión.

¿A manifestar?

No sea payaso, van a buscar unas peceras de vidrio con muestras de soja —reveló Prasky.

El Comandante permanecía nublado.

¿Qué quiere hacer con eso?

Ganar más tiempo todavía y, a lo mejor, meterles un poco de miedo después. Quizá así les saca más cosas cuando negocie —arriesgó—. Ojo, no estoy seguro de que funcione; Giusti debe saber del tema y si se aviva se jode todo otra vez y se queda sin margen para arreglar.

Porchetto se había quedado a mitad de camino. Mejor dejaba las cosas claras.

Pero yo no quiero negociar, Prasky: yo quiero hacer la revolución.

Prasky hubiera deseado no escuchar eso. En una imagen instantánea, Porchetto se le presentó vestido con pantalones cortos y guardapolvos blanco, cargando un portafolios con libros viejos. Sonreía y tenía el pelo mojado peinado hacia atrás.

Por mí haga lo que quiera, revolución o capitalismo cubano —se enfadó: ¿cómo era posible que insistiera en esa alucinación, ese pataleo quimérico?—. Me da igual. Mientras tanto, gane tiempo. Si quiere que lo muelan a balazos, es su vida. Lo único que le pido es que avise así tengo tiempo de saltar la tapia a la casa de Lopes...

Porchetto se enfurruñó.

Al final usted es un cagador y un maricón. No sé qué hago escuchándolo.

El otro tampoco dio el brazo a torcer. No conseguían avanzar entre reproches mutuos.

Me escucha porque se le quemaron las naves, Comandante. Esta pelea no es mía. Usted la inventó y yo ni siquiera soy quien pensaba que era.

Eso es cierto, sí... —bajó la cerviz el panadero, y Prasky procuró recuperar el control.

Entonces no se haga ilusiones conmigo —sentenció—. Hay lo que hay, viejo. Firme la paz y no joda. Ahora —repuso, yendo definitivamente al punto—, cuando traigan las peceras, lo importante es asustarlos otro poco. Los de afuera deben creer que tiene más que lo que suponen o le van a romper el culo a patadas, Porchetto —dijo Prasky, mirando fijamente a los ojos del panadero—. ¿Tiene una linterna?

¿Una linterna?

No.

Pida una —se movilizó Prasky, mientras alisaba harina en el piso hasta crear un pequeño tablero—. Con pilas nuevas.

¿Para...?

Después le digo —interrumpió el periodista, tomando definitivamente el control—. Ahora mándeme un grupo para que les diga qué tienen que traer de Monsanto.

Porchetto dudó pero al fin chistó a Braulio, que en menos de un minuto llegó con dos peones de confianza. Prasky les explicó su plan y el trío se encaminó al cuartito sin demora. Iban a abandonar la Espiga Roja Revolucionaria por los fondos. Tal como supuso el periodista, los policias no eran muy profesionales —o eran pocos— y no habían dispuesto guardia. Prasky vio a los peones saltar la barda hacia al patio de Lopes y perderse en el campo. Nada sacaba a Porchetto del hundimiento que llevaba adherido al rostro y le hundía los ojos en sus cavidades. Él, en cambio, sentía cierto entusiasmo, una suerte de culebrilla en la espalda y el estómago, de las que surgen cuando la expectativa equivale a diversión en suspenso.

Un segundo después, Prasky se preguntó qué carajos había pasado por su cabeza.

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lunes 26 de enero de 2009

Five Guys, el azar y los héroes

El chico grita “noventa y cinco” y yo levanto la mano. En el mostrador, uno de los cocineros de Five Guys me da mi little burger. Carne, lechuga, mayo relish, tomate, cebollas doradas, jalapeños y mostaza más media ración de papas fritas y una Coca-Cola grande. Estoy a punto de saborear la gloria de Baltimore.

Me siento en una mesa contra la pared, de frente a la calle. Abro la bolsa de papel, despliego el envoltorio plateado. El aroma me inunda la cara y la saliva se escurre haciendo cosquillas en la boca. Pongo la Coca a un costado, adelante. El vaso suda un poco y ha salpicado de más, pero me sobra hambre y ando escaso de resolución para limpiar.

Muerdo la hamburguesa. Por unos segundos me entretengo viendo pasar por la calle a los empleados de Target. El reloj confirma: una y treinta, hora de almuerzo. Antes de quitar el brazo de la mesa, reenfoco. Justo detrás del reloj veo el vaso de Coca-Cola. Suda demasiado.

***

Suda demasiado quiere decir que, mientras aprestaba el diente, de la base del vaso se desprendió una columna de líquido fresco que ha reclamado posesión de unos diez centímetros cuadrados de mesa. Podría ser preocupante, pues si crece llegará al borde y de allí a mi pantalón. Pero como no veo que avance más y la mesa no parece tener desnivel alguno, allí la dejo. Acabará en ese lugar. Seguro.

Vuelvo a morder la hamburguesa, a mirar por la ventana, a matar más tiempo. Cuento mentalmente cuánta gente pasa frente a mí. Treinta y seis en menos de un minuto. Concluyo que la casa anda bien. The Washingtonian tendrá que darles otra vez el título de la mejor hamburguesería de Columbia y Maryland.

Termino mi bocado y voy por el vaso. Sorpresa: como un monstruo informe de Tourner o Wise, el líquido ha creado su propio Mar Muerto: una cuarta y media de diámetro, si no más. No hay más salida que dejar la hamburguesa y contenerlo con servilletas. Hurgo en la bolsa pero mis manos se aferran al aire. Miro y cuento sin dificultad: una, dos, tres. ¿Qué...?

***

Las cosas han cambiado mucho en este país, observo. Antes, las servilletas venían por docenas así fueras un solo cliente. Pedías más, te daban más. Podías aprovisionar tu alacena por un mes con un par de visitas a McDonald’s, Wendy’s o Checkers. Era papel, no servía para nada. Ahora hay demasiados ecologistas marchando con bombos, pidiendo por pingüinos y osos, árboles en Brasil y para que a los beach boys de California no se les inunden las playas. Así, ya hemos empezado a eliminar papel, bolsas, botellas. Ok, está bien. Pero el día en que le creamos a los fanáticos macrobióticos, adiós Five Guys y adiós al mundo conocido.

***

Es tiempo de intervenir. Uso una servilleta como dique, colocándola magistralmente a unos pocos centímetros de la mancha transparente. Es papel barato, absorberá bien.

Vuelvo a mi little burger y luego me embucho un manojo de papas ahogadas en ketchup. Sigo el ritual: mastico muchas veces y bien, trago y, al cabo, la garganta pide líquido nuevamente.

Bien, este es el escenario. La servilleta resiste con la mitad de su superficie aun seca. Pero hoy no parece ser completamente mi día pues cuando tomo el vaso, quizás por una simple vibración o el suicidio de una gota, rompo el equilibrio del océano sobre mi mesa. En conclusión, el espejo se alborota y acaba tragándose la resistencia de la servilleta.

Giro el vaso frente a mis ojos; no hay rotura. Sin embargo, sigue sudando. Tengo un problema adicional: sólo puedo usar una servilleta más; la otra la preciso para mí.

***

Estoy por tomar una decisión. He recordado mis batallas infantiles, cuando me proponía ganar con honor sin infrigir una sola ley. Por ejemplo, caminar sin pisar las intersecciones de los mosaicos, y volver al principio si lo hacía, sin importar cuántos metros hubiera avanzado. O patear un balón para que golpee siempre en un mismo espacio, un rectángulo en una pared. Me imponía, digamos, acertar veinte o treinta o cuarenta veces, y hasta no hacerlo no me detenía, así la tarea me emplease horas.

Pues bien, esta agua es violencia y he decidido que contenerla es la reedición de aquellos desafíos personales. Una pequeña batalla para salvar el día, un compromiso personal; ganar a la humedad con lo disponible en la mesa.

Inventarío mi arsenal. Tengo la servilleta de reserva y la que limpia mi boca. Y nada más. La bolsa de Five Guys y el papel plateado que envolvía la hamburguesa no son absorbentes. Estoy, de algún modo, bastante desolado. Todos saben cuán invasivas son las crecidas. No hay defensa contra el agua.

Por la propia dinámica del desafío, no podré levantarme por más servilletas ni llamar a un mesero para que me socorra. Somos la Coca-Cola y yo. Y ya. Vamos, no es un fatalismo, nada más un inconveniente que requiere ingenio. Dejo la hamburguesa sobre la mesa y me limpio las manos para concentrarme en el proceso. Veamos.

Vuelvo a llevar el vaso donde siempre, al centro de su piscina. Retiro la servilleta empapada y, cuidadosamente, la reemplazo por la nueva. Tomo mi almuerzo nuevamente, esta vez con un ojo sobre la mesa. El agua gana un poco de espacio. Muerdo y otro poco. Mastico un par de veces y descubro que estoy perdido: en segundos el líquido se tragó la servilleta. Un demonio...

***

No revisé el fondo del vaso y ahora me convenzo de que tiene una pérdida. De cualquier modo, de nada más que para consuelo vale la certeza en este momento. Con la guerra declarada no se pide un armisticio para revisar las fuerzas del oponente y recalcular las propias. Me las arreglaré con lo que queda. La sucia servilleta que limpia mi boca y manos.

Quito una pongo la otra, vuelvo a la hamburguesa, deseoso de concluir dignamente. Otra vez, muerdo; mastico por segundos. Espero. Nada. Muerdo nuevamente y cuento el movimiento de mi maxilar. Diez, quince, veinte.

Ahí está otra vez. Una gota se asoma por debajo del vaso de Coca-Cola, como una comadreja pilla que otea el horizonte desde la madriguera antes de robarle los huevos a la gallina. En segundos se vuelve gorda y ancha y se rompe. Avanza rápido y toca mi servilleta. Se detiene por unos instantes. Me surge una analogía: presencio a la infantería de Alejandro posando el pie en las aguas del Hífasis, midiendo su temperatura y profundidad y su propia valentía y paciencia, decidiendo si humilla a Magadha o se amotina para retornar a Macedonia. No tengo que decirlo: me tomará tres bocados más y noventa mordidas para enfretarme al hecho de que el avance incontenible del agua ha dejado inservible mi dique, pero sólo uno descubrir que tengo el cerebro abotagado por History Channel.

Diré más: a pesar del fracaso, o por eso mismo, la situación me ha excitado. Me tiembla el corazón y hay más saliva en mi boca que cuando entregué mi trasero a la silla. ¡Ahora ya no tengo cuarenta y seis años sino siete, nueve u once y enfrento una batalla decisiva cuyo desenlace afectará el curso de mi vida!

Entonces, como si Mercurio se descolgase de las nubes olímpicas, se me revela la idea. Puede ser mi salvación o tan sólo el último recurso antes del desastre. A mi derecha, contra la pared, una canastita reúne docenas de sobres de edulcorante y azúcar. Esta es la idea: bolsas de arena. Lo he visto en la televisión; las usan en las inundaciones. ¡Puedo contener mi propia inundación con Splenda!

Tomo un puñado enorme y lo lanzo sin cuidado sobre el charco, a punto de alcanzar el límite de la mesa. Vuelvo a mis bocados, con la batalla desatada. Allí, sobre la mesa, se libra una disputa universal. Buenos contra malos. Supongo a los granos de azúcar, mis pobres soldados mal pertrechados, disolviéndose por salvar a mi patria, entregados al honor del más puro heroísmo, el que no reclama y siempre da. Imagino, también, la furia del general acuático, reclamando a los hielos que se fundan aceleradamente, que hinchen el vaso de Coca-Cola y la presión haga fluir más líquido contra mis defensas.

Me sonrío. Llevo mis manos a la boca, muerdo la hamburguesa con ganas, y me digo: azar. Que al azar decida el resultado. Como cuando niño. Que sea el destino sin forzar, hecho a su propio antojo, el que resuelva la disputa. Si triunfo es alivio, si pierdo es suspiro.

Cierro los ojos. Aguardo.

Me palpita todo el cuerpo, siento el cuello vibrar y las sienes vivas.

Dejo pasar unos largos segundos, unos pocos más. Levanto los párpados.

***

Lo diré nuevamente: tengo cuarenta y seis años y ya pocas cosas me sorprenden. Pero tendré que cambiar esa concepción pues cuanto enfrento ahora es una variante del más rancio desasosiego.

Una desazón que se ha limitado a comprobar cómo una chica de Five Guys se ha alzado con los restos de mis soldados de azúcar y el vaso que escondía a mi honorable enemigo, el ejército acuático invasor, mientras tenía los ojos cerrados. Podría concluir allí mi abatimiento si no fuera porque las derrotas azarosas prolongan el sabor de la hiel.

Y a esa amargura, suerte perra, no la salvará la Coca-Cola del nuevo vaso que la niña ha depositado frente a mí. Mi nuevo enemigo es fresco y sudoroso y podría tener potencial, pero tras unos segundos de observación le retrato la genética. Aquí no hay toro bravo, ni encierra un millón de hunos ni los elefantes de Aníbal. No es sino un insípido, terrenal y perfecto vaso de Coca-Cola. Un simple cono de papel reciclado sin otro agujero que el superior.

No hay peor enemigo que el no deseado.

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jueves 22 de enero de 2009

Luz y fuerza

LA REVOLUTA – EPISODIO 31

El rectángulo de plástico del secretario de El Senador era similar a otro que Doña Margarita había visto en manos de Giusti. Ese, a su vez, se asemejaba a uno que, años atrás, le enseñó la maestra. Aquel artefacto era más grande y tenía teclas al frente y un entretejido por el que salían voces. Ana explicó que era algo llamado grabadora.

Doña Margarita no reparó en que, ahora como antes, sus experiencias siempre llevaban a una referencia muy distante en el tiempo. Le interesó la forma. La señora halló divertido hablarle en piamontés al aparatejo de la maestra y que, tras accionar varias de esas teclas extrañas, éste le devolviera su voz. Tenía un sonido un poco metálico, sí, pero se reconoció; era ella aunque fuera de ella. En esta ocasión era distinto. Si bien Giusti y el chico del traje le hablaban al aparato rectangular, la cajita no les decía nada. Capaz que estaba fallada. Capaz que era por la luz.

Hola, ¿sí?... Hola, ¿hola?...—el secretario de El Senador seguía al celular — Tengo mala señal, che, te escucho poco... Sí, no debe haber muchas antenas de enlace por acá, pero parece que hay. Escuchame un poco: decile a El Senador que calculo que a la tarde estoy por allá... ¿Cómo?... No, no creo que tarde mucho... Son tres o cuatro imbéciles jugando a ser Montos... Nada, no es jodido... ¿Qué? Repetí... —el otro repitió—... No, despreocupate, llego... ¿Tienen todo listo para la reunión?... Ok, listo, perfecto... Te hablo si hay rollo.

Cuando cortó, retornó donde el comisario y el estanciero, que intercambiaban impresiones. Doña Margarita se volvió hacia los viejos para explicarles el funcionamiento del aparato.

Pensemos que vamos a tener que ofrecerles algo para quebrarles la moral, Don Giusti —sugirió el policía.

¿Ofrecer? ¿Qué, algo de lo que piden?...

No, de hecho no han pedido nada entuavía... —el comisario asumió pose de negociador experimentado— Ejem… Ellos tienen su agenda y nosotros debemos crear la nuestra para hacerlos entrar en contraindicación —repitió, de memoria, el texto de un manual.

Contradicción —corrigió el secretario y el comisario se lo devoró con la mirada.

¿Qué quiere hacer? —contemporizó el estanciero.

Lo mejor es que les prometa un aumento de sueldo, señor aconsejó, convencido, el comisario—. Estos son unos muertos de hambre y agarran cualquier cosa.

No, ni lo sueñe. Me secuestran, me quieren robar los campos, ¿y usted quiere que les aumente el sueldo? Está en pedo... ¿Qué le pasa a todo el mundo con la guita? ¿Nunca les alcanza? —se enfadó Giusti—. Piense otra cosa, eso ni en pedo, ni en pedo, comisario...

—‘Tonce, ¿qué se le ocurre? Porque algo hay que dar.

No sé, para negociar está usted. Yo ya los hubiera sacado a patadas. Sin violencia, por supuesto —se corrigió Giusti, volviéndose hacia el secretario de El Senador.

El comisario se sintió con libertad para ir más allá.

Si así estamo, mejor no me cuestione las ideas, Don Giusti. O damoalgo o esto se demora más. Así es en todas las películas y funciona. ¿Qué dice?

El estanciero se quedó pensativo. Tenía razón. Porchetto estaba loco y no entraría en razones fácilmente pero poner en contradicción a los peones quizás sirviese. Sí, podía prometer algo; cumplir sería otro cuento.

Lo de los sueldos... —volvió a dirigirse al policía— ¿Va a servir?

La experiencia me lo dice, Don Giusti —dijo el petiso, agrandando el pecho.

Hágalo. Terminemos esta boludez ya.

El diminuto oficial se pasó la lengua por los labios, se devolvió hacia la panadería y, otra vez con las manos a los costados de la boca a modo de megáfono, la emprendió a los gritos.

¡¡Porchetto, dale, carajo, que no tamos pa’ esto!! Hombre grande, che... La gente quiere el pan y los peone tienen que irse a laburar a los campos o no van a cobrar, nene. ¡Entendámonos que hace un calor de mierda, carajo!

¿No cobrar?se extrañó Giusti por la decisión propia del comisario— Usted dijo aumentar... No entiendo...

Espérese, hay que manejarles la espectativa devolvió el otro con picardía—. Usté vea.

Desde la panadería volvió a hablar Marx. A los vecinos iniciales se había sumado un nuevo grupo, bastante amplio, que ya llevaba la concurrencia a unas ochenta personas, todas apiñadas bajo la escasa sombra de los paraísos de la plaza. La oscuridad se resistía a llegar dejando al día irse lentamente; parecía que el tiempo también había ralentado su marcha para testificar en la ocasión.

¡Con eso no hace más que fortalecernos la moral! —atacó El Comandante—. ¡Dígale a ese viejo caradura que la revolución no transige, comisario! Ese es un principio sublime.

¡Te doy una hora para que lo pensés! —retrucó el oficial.

No necesitamos ni dos minutos: digo ¡NO!.. —vociferó Porchetito Marx—¡¿Escuchó bien?! ¡¡No, ene-ó!!.

Vamos, nene... Mirá, acá Giusti me dice que está dispuesto a aguantarlos. ¡¡Muchachos!! —el comisario trató de quitar a Porchetito como interlocutor—... Muchachos, ustedes, los del campo que andan ahí, escuchen... Yo puedo hacer que Don Giusti no les quite los días perdidos del salario... ¿Tamos?... Y puedo... —el comisario llamó al estanciero, oculto tras los vidrios polarizados de la ventanilla de la F100— ...puedo hacer que Don Giusti se comprometa a darles un aumento después... ¿Qué tal?...

El panadero no respondió y tampoco ningún sonido salió de La Espiga Roja.

Miren —siguió el comisario, asomándose a pleno y pidiendo al estanciero que lo siguiera con su larga figura—, aquí está Don Giusti...

Espero que sepa lo que hace, carajo —toreó en voz baja pero firme el otro.

Hágame caso, dele. Cuando yo pregunte, usted diga que acepta, ¿tamo?

Está bien. Pero apure.

¡¡Muchachos!!... Acá está, lo tienen frente a ustedes. Es palabra de honor de este comisario y será palabra de honor de Don Giusti... ¡¿Nocierto, Don Giusti?!... —el comisario alzó la voz y luego la bajó— Dele, responda...

¡Sí, promesa...! —el viejo mostró poco convencimiento.

Oiga, póngale un poco de ánimo usted también, ¿quiere?...

No me sale, no me joda. Espere a ver qué dicen.

Porchetito volvió a gritar:

¡¡No venga con pelotudeces que aquí las ideas son sólidas, viejo de mierda!! No hay nada que negociar... ¡Cállese y vuele o empieza el quilombo!.

De improviso, una mano rompió el vidrio de la puerta de la panadería. Los policías, los gordos y Giusti se agacharon tras la caja de la camioneta esperando lo peor. Pero nada pasó más que el ruido de los vidrios despedazados.

¡¡¡Nene, no jodamos, che!!! ¡¡¡¿Qué carajo hacés?!!... ¡No compliqués más las cosas, ceme el favor!...

¡Haceme el favor nada! ¡La próxima hay quilombo en serio!

Vamos a hacer una cosa, Porchetto... —bajó el tono el comisario, procurando ser componedor— Les doy una hora, una sola, para que piensen la oferta de Don Giusti... Una, ¿entendiste?... Después de eso, no hay lloro.

No hace falta esperar —repitió Porchetito Marx, cuya cabeza apenas se dejaba ver tras los ventanales de la puerta de la Espiga Roja Revolucionaria—. Ya dijimos que no a nada. ¡¡Esto es una revolución no una negociación colectiva de trabajo!!

Nene, nene... La hora te la doy... —el comisario se reincorporó tras la chata para estudiar la escena— ...Yo me quedo acá en silencio por una hora, para que piensen tranquilos, ¡¿tamos?...! Una hora y volvemos a hablar.

Esperó unos segundos pero del otro lado no hubo respuesta. Entonces se sentó en el pasto con Giusti, en cuclillas, a su lado. Estaba enfadado.

¿Esta es la negociación?... ¡No consiguió nada!...

Déjelos —suavizó el gordo—. Esto queda resuelto en el día. Y déjeme manejar los tiempos a mí que de esto sé —dijo entonces, con una firmeza inusitada para su trato habitual con el estanciero—. Mientras estos pelotuditos no me hagan perder la paciencia, la cosa camina.

Giusti se sentó. La impotencia le había quitado el ánimo de discutir, desfondándole el carácter. El jovencito del traje, que seguía bajo el árbol, se pasó un pañuelo por el cuello y notó que Doña Margarita seguía muy cerca suyo, con la mirada de intriga calcada en los ojos. El secretario de El Senador le sonrió y volvió a echar una mirada a la camioneta. Giusti estaba en silencio, con la cabeza apoyada contra la puerta de la F100 y la vista perdida en el horizonte. El comisario le hacía compañía y, como él, trataba de contener el sudor con un paño mugriento.

Perdone, señora —dijo entonces el flaco, volviéndose a Doña Margarita, con una necesidad que lo sacó de la contemplación—, hay algún lugar donde ir a tomar algo fresco?...

Lo más fresco que tiene es la sombra de este árbol. No hay luz para refrigerar —mintió, pues aun tenía media garrafa de gas enfriando las pocas bebidas del bar.

¿Nada de nada? ¿Y cuándo vuelve? La luz, digo.

Ésa se fue pa’ no volver. Hace como veinte años que no tenemos luz, hijo.

¿Cómo es eso? —el flaco se intrigó repentinamente.

Y más de veinte también. La cortaron por la política. Fue feo por un tiempo pero nos acostumbramos a no tener luz. ¿No ve que no hay cables por ningún lado?

El secretario echó una mirada en derredor y encontró nada más los postes pelados. No lo había notado al llegar ni durante todo el tiempo en Estación Alicia, más preocupado por regresar a la ciudad tras resolver lo que creía un trámite burocrático que por el paisaje del sitio. Tras echar una mirada más general, de golpe se quedó estático, como si la cifra del universo se le hubiese revelado en la mente. Unos segundos después, sin decir nada a la mujer, salió disparado en cuclillas hacia la chata.

¡Comisario! —llegó agitado— ¡Creo que tengo la solución!

No se meta —dijo el gordo, estrujando la toalla húmeda—. Quédese quietito ahí que yo lo manejo.

¡Le digo en serio, hombre! —se volvió a Giusti— La señora dice que no tienen energía desde hace mucho tiempo, ¿es cierto eso?

Veinte años de cierto —respondió el viejo—, ¿por qué?

El muchacho ya no cabía en el traje del entusiasmo contenido.

Porque tengo la solución, le digo.

Oiga —interrumpió el policía—, ¿no escuchó o el calor le quemó los seso?... Si tiene una idea me la dice y yo la ejecuto, ¿tamo?

El secretario movió la cabeza en señal de desaprobación y le clavó la mirada al policía. No lo respetaba.

Eso lo vamos a tener que ver, comisario. No quiero ofender, pero esta idea es mía. Y vale oro.

El oficial estuvo a punto de insultarlo e irse sobre él para zamarrearlo pero, cuando miró a Giusti esperando hallar un breve gesto o un silencio habilitador, descubrió que el estanciero estaba extático, pendiente del chico. Retrocedió.

Está bien, está bien, pero no se haga el gracioso, nene. Dígala iá. ¿Pa' qué ofrece si endijpué guarda el vaso, ah?

Debe ser para tomármelo yo solo —una mueca sobrada se dibujó en el rostro del secretario, que ya había conseguido lo que buscaba inicialmente: retirar la atención de la panadería; comprar tiempo—. No se preocupe, cuando la mastique completa le digo qué es. Lo voy a tener en cuenta, pero creo que vamos a necesitar a otra gente acá.

¡Carajo, la negociación la sigo , así que...!.

El muchacho se volvió en cuclillas tras el árbol dejando al comisario con la palabra en la boca, estaqueado por la impertinencia. Giusti se interesó, si interés significaba fruncir el ceño más. El chico tenía demasiada energía ahora, cuando no había sido más que un bulto inerte por demasiado tiempo. ¿En qué andaba, qué idea valía oro? Lo vio sacar el celular otra vez y marcar una sola tecla. Llamaba al último número marcado. Unos segundos después nada más podía oírlo susurrar.

Qué hacés... Escuchame... Sí, sí... Ya sé, pero pará: tengo la papa, Rengo... —dijo a la voz al otro lado del teléfono— No, que El Senador se olvide de la sesión. Tema secundario. Traételo para acá que hacemos un golazo... ¿Hola? Mierda, qué mal anda esto... —miró el celular y la señal de servicio titilaba moribunda— ¿Hola?... Hola... Sí, ahí te escucho... ¿Qué cosa?... No, después te digo dónde es. Primero lo primero, haceme caso... Pensá en un titular que valga la pena para venderlo a los diarios. Algo como: “Reaparecen subversivos en las estancias del sur de Córdoba. Senador vence a los revoltosos”. O “Luz y fuerza” o algo así...

Doña Margarita, desinteresada momentáneamente, abrió los ojos como para ver el mundo entero de una sola vez. ¿Luz? ¿Había escuchado bien? ¿El chico le hablaba a la cajita de voz sobre la luz? ¿No podría ponerla en el piso y hacerle escuchar lo que había dicho?

¿Hola?... Hola, sí, ya está otra vez... ¿Qué? ¿Cómo que con qué vence? Con luz, boludo, energía eléctrica. Hablá con el jefe. Decile que se viene a este pueblito de mierda a dar la luz.

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lunes 19 de enero de 2009

Vírgenes

Al Chiripa el helado le gusta mucho. Y más que el helado le gusta hacerse el interesante. Jueputa. Capaz que estas cosas las supo siempre y endemientra se las anduvo guardando. El Chiripa es así. Hoy es tu amigo y mañana te moja la oreja. Pero hay que reconocerle que pal chismorreo es mandao a hacer. Y que si te canta la justa, mejor dejá el helado, secate la boca con las mangas y escuchá, porque detrás hay algún quilombo que merece atención. Porque es verdadero o, mejor, porque es una buena mentira.

Al Joaquín y al Camilo, me dijo el Emilio, el cura les prohibió ir a la procesión.

El Chiripa lo dijo con cuerpo ‘e susto. ¿Qué es cuerpo ‘e susto? Un invento del Chiripa, el más inventor del barrio. El cuerpo ‘e susto es así: abrís los ojos como el dos de oro, levantás las cejas como si Trobbiani estuviera justo-justo-justisto por meter el gol del campeonato a River y subís los hombros como si así pudieras empujar vos también la pelota. También juntás los dedos de la mano en un puñadito, como agarrando un plumerito. ‘Tonce sacudís la mano varias veces y agachás la cabeza paentrar en confianza. No mucho, porque ahí el cuerpo ‘e susto se convierte en cara ‘e secreto.

No le creímos nada al Chiripa. De tanto inventar cuerpos y caras y poses y gestos capaz que también inventó lo del cura. Pero él insistió.

Losotrosdía, cuando la Mary y el Cayetano, los padres del Joaquín y el Camilo, fueron a la reunión de padres catequistas, el cura Pedro los separó al final y se los llevó pa’ la sacristía. Media hora los tuvo. El Joaquín y el Camilo no sabían qué mierda hacer. Los dejaron esperando arriba del auto y se empezaron a cagar en las patas del julepe. Maginate, se hacía de noche y a esa hora por el frente de la iglesia siempre pasa el Hombre Sin Cabeza.

Ufa, otra vez el Chiripa con el cuento del Hombre Sin Cabeza. Y eso que ya le dijimos: el Tito no puede ser el Hombre Sin Cabeza porque tiene cabeza y es más bueno que la leche Nido. Pero al Chiripa a porfiao no le vas a ganar: que sí, que el Tito es el Hombre sin Cabeza, que se pone una bolsa e papel marrón en el marote y ya está, sale por las calles a asustar a las viejas y los pendejos. Claro, dice el Chiripa, cuando vos tenés más de ocho años, que es la edad en que dejás de ser pelotudo, no le creés nada y lo perseguís para sacarlo carpiendo a patadas en el orto. Pero los pendejitos de siete paabajo se la comen completa y mientras haiga uno que se la crea, listo el pollo y pelada la gallina: el Hombre Sin Cabeza esiste y es el Tito Cartussi, el sobrino e la Tita.

No hay caso discutir, así que lo dejamos terminar paque volviera a lo importante. Resulta que la Mary y el Cayetano tardaron una hora entera en salir de hablar con el Padre Pedro. Cuando llegaron al auto, el Joaquín ya se había meado del susto de que anduviera el Tito con la bolsa e cartón. El Camilo estaba controlao. El problema fue que, cuando el Cayetano abrió la puerta el maricón del otro no aguantó más y se pegó un grito del carajo, así que el Camilo, chau, meado también.

El Chiripa quiso ponerle más picante:

El viejo los hubiera fajao ahí nomás porque le mancharon los asientos del Fía IAVA pero en cambio se las dejó pasar porque...

Ahhhh, calláte, criminal, ya estás exagerando —lo interrumpió el Sordo Perez. ¿Qué decís, Chiripa? Que los va a perdonar si los caga a pedo todo el tiempo el Cayetano... Dejá e mentir, clavador.

No, te juro —insistió el Chiripa, poniendo cara e jurar, que se hacía escupiendo en el piso y dándole un beso a los dedos mientras hacías una crú. La que sí estaba caliente era la madre, pero el padre se subió al IAVA muerto e risa y se las tomaron sin decir pelusa. Denserio, me lo dijo el Camilo, y mirá que el Camilo no miente porque lo tienen penao.

Ma’ sí, le volvimos a creer paque terminara. Resulta que el Padre Pedro andaba recontra enculao con el Camilo y el Joaquín por dos cosas. Primero, porque se hacían los locos en el Colegio de la Irmaculeada. Como los dos van a la escuela a la mañana, a eso de la una se paran al frente e la entrada del colegio de las minas con una revista porno, y como las monjas no andan cerca porque están organizando la izada e la bandera, estos dos se las muestran a las chicas.

Y a las pendejas les encanta —dijo el Chiripa, poniendo cara e diablo, que no era una cara sino un gesto: dos dedos en circulito y el índice e la otra mano en el medio haciendo como los tubos de las bombas de agua, meta y ponga, padentro y pa juera.

Ahí nos entusiasmamos y nos enteramos que los dos hermanos, que eran unos mellizos tranquilos cuando estaban con los grandes adelante y se desataban apenas se metían en la banda, ya le habían dao besos a dos pendejitas de diez años de la Irmaculeada y se habían desnudao con otras dos más. Tomá pa’ vos. Cuando el Chiripa contó esto, el Joaquín y el Camilo se volvieron diuna nuestros ídolos, pero cuando dijo que hasta se habían tocao ahí, casi como que no le creímos por eso de que exagera y mucho. Pero ‘tonces contó que el Camilo se lo había dicho jurando con la señal e la crú y ahí sí: los dos hermanitos Maggia fueron como los Súperman del barrio, de la ciudad y de la provincia.

Pensá un poquito: el Joaquín y el Camilo veían minas desnudas en las revistas y se besaban y se ponían en bolas con las pendejas. Eran como unos campiones de la concha e la lora hasta para el Chiripa, que era medio envidioso y, pano quedarse atrás, decía que él también hacía esas cosas. Pero, otra vez, nosotros no le creíamos demasiao porque, además de inventar caras y gestos y la mar en coche, nos enseñó a ver cuándo alguien nos metía el perro. Y nosotros sabíamos que si el Chiripa decía que no estaba envidioso iba a hacer la cara ‘e pistola que se ríe y dice que los demás son sus amigos y que él no tiene envidia de los amigos. Y eso fue lo que hizo, y hasta se puso colorao y todo, así que no le funcionó.

Las monjas le contaron todo al Padre Pedro porque una de las pendejas le dijo a una amiga lo que hacían con el Joaquín y el Camilo y esta otra era remaricona y lo chivatió todito —dijo después y puso cara de no hay que confiar en las minitas, que nada más era bajar las cejas como enojao y hacer una especie de puchero mientras movías los dedos en puñadito, como el Tano Parlanti cada vez que dice “ma’ ché.

Tonce nos contó la segunda cosa por la que estaba recaliente el cura. “Resulta —dijo haciendo la cara e interesante, ahuevonando los ojos como dos papasque parece que dicen que vieron al Joaquín y al Emilio espiando a la Virgen”.

¿Qué virgen? —preguntamos nosotros, todo así, como intrigaos.

¿Cómo que qué Virgen, boludo? La Virgen.

Ah, la Virgen —lo dijo tan convencido que supimos que hablaba de la Virgen.

Bueno, parece que el cura había ido a dar una clase al Colegio de la Irmaculeada sobre el rispecto en la iglesia y todo eso y les dijo a las minitas que una muestra de rispecto era que todos se arrodillaran ante la Virgen. Y pasa que va una de las pendejas que el Joaquín y el Camilo se ponen en bolas y le cuenta a estos dos: que la Virgen esto y que la Virgen aquello y que la rodilla así y que la rodilla asá. ¿Y qué se les ocurre a estos dos pelotudazos? —dice el Chiripa poniendo cara ‘e intriga, o sea, mirándonos a cada uno con los ojos como dos de oro otra vezArrodillarse.

No entendimos: ¿qué quilombo había con arrodillarse delante e la Virgen? El Chiripa lo aclaró enseguidita: El Joaquín y el Camilo, que después de que las minitas del Irmaculeada entraban a clases se quedaban requetecontra lieros, se juntaban con unos del primer año de la secundaria del Nacional, que les daban plata para que los dejaran ver las porno. Y estos huevudos grandotes fueron los que empezaron con que la Natalia, la Gorda Lorena, la Chasi Cuccardi, la Gaby, la Sabrina Vecchio y la colorada Crown, todas... ¡tenían tetitas!

¡Tetitas!”, festejamos todos, porque las tetitas ya nos empezaban a llamar la atención, y andabamos tan calenturientos poniendo las manos como arañas para medir el tamaño perfesto de los limones que nos tardamos un rato en darnos cuenta de que el Zurdo Taborda nos quería hacer callar la boca: ¿Qué tenía que ver eso de las tetitas con la Virgen?, porque no tenía nada que ver de verdá.

El Chiripa puso cara e sabérselas todas: achicó los ojitos casi como chino y levantó y movió la cabeza de lado a lado, como esos muñequitos que tienen un cogote e resorte, o como la Mirta Legrán cuando dice no-no-nó en los almuerzos de la televisión.

Ustedes no son más boludos porque no entrenan —se calentó—: las minas, cuando les salen limones, se vuelven todas vírgenes.

Ahí caímos: nosotros también habíamos escuchao eso en el gimnasio de la escuela cuando los de la secundaria hablaban de cosas de ellos. Qué ortibas. Tonce el Chiripa terminó el cuento: sabiendo esto, el Joaquín y el Camilo se fueron el domingo siguiente a misa y cada vez que vieron a una de estas pendejas, se arrodillaron al frente. Y lo mismo cuando aparecía la Virgen de verdá, la del Rosario. Y los jueputa, porque si hacen eso son unos jueputa, ni se reían: lo hacían requetecontra denserio.

Cuando el cura los pescó y supo en qué carajo andaban se los llevó colgando e la oreja pala sacristía y les echó llave. A estos dos no les calentó, dijo el Chiripa con cara de llegar al final del cuento, que era echándose paatrás cruzando los brazos en el pecho: el Camilo se había llevado una porno abajo del pantalón. La tenía rodeándole la canilla, sostenida con una media.

Así que cuando el cura los dejó, estaban chochos: ¿qué lugar más tranquilo que una sacristía pa mirar revistas porno y toquetearse un rato?

Después el Padre Pedro llamó a los padres de los mellizos. Al Cayetano le importó un sorongo y se aguantó la risa cuando el cura le contó lo de las arrodilladas y las vírgenes. Pero a la madre sí le cayó mal, porque el Padre Pedro dijo que le iba a prohibir a los hijos que fueran a la procesión durante tres años por bandidos. Y le avisó que podía ser más jodido todavía, porque andaba con ganas de suspenderlos a los dos como acólitos por el año entero. porque, dijo, sabía muy bien que andaban en algo rarito con las nenas de la Irmaculeada.

Pa una mamá catequista como la Mary que no le dejen a los nenes ayudar en la misa por hacerse los chistosos es rejodido, ¿mentendé? —dijo el Chiripa, rascándose la cabeza, sin hacer ninguna cara—. Pero si ya no los dejan ir a la procesión debe ser, qué se yo, como si le vieran los calzones a una Virgen.

Todos estuvimos de acuerdo, menos el Chano Sánchez.

¿Virgen Virgen o virgen virgen?

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