jueves 26 de febrero de 2009

Tragedia y farsa

LA REVOLUTA – EPISODIO 36

Ni Prasky ni Porchetto distinguían mucho qué sucedía en la plazoleta y eso alimentaba la tensión de ambos. Fuera de ellos, al interior de La Espiga Roja Revolucionaria, el ambiente era distendido. Los peones habían pasado del silencio al griterío del truco y los rebuznos del envido. El Comandante Marx pensó en mandarlos a callar y reclamarles compostura. ¿Cómo es eso de que un revolucionario desespere más por sostener a grito pelado un real mentiroso con veintidós puntos cuando la polecía se pertrecha al otro lado de la calle?

El Comandante desistió de toda acción cuando un flaco peleón del grupo de Braulio empezó a echar cartas sobre la mesa, reventando a la pareja contraria con una falta envido más que bien cargada con treinta y uno de espadas. Esas rachas, se dijo Porchetito, no hay que cortarlas.

Fue Prasky el que lo sacó de allí.

Creo que era así —dijo, y recitó—: “Los filósofos no han hecho más que interpretar el mundo de diversos modos...” ¿pero?...

...

El porteño vio literalmente al Comandante Marx tragarse la vergüenza y la incomodidad de una vez. Se había quedado picado de la charla anterior, cuando Porchetito Marx lo provocó con una pretendida clase de marxismo y se fue al mazo apenas él devolvió el convite. Fue por otra, más por deseo que burla. De tanto en tanto insistía en querer hallar en el jefe de la revolución una cara distinta a la zozobra y la confusión. Necesitaba saber que tenía los nervios templados hasta para la provocación callejera. Lo que vendría después, suponía Prasky, no sería una fiesta para los revolucionarios de Estación Alicia.

Esta es conceptual, Porchetto: los grandes hechos y personajes de la historia se repiten... ¿cómo?

Porchetito se revolvió nervioso; pasó la lengua por los labios.

Vamos —lo animó Prasky.

No tengo buena memoria, Prasky —mintió, escondiendo la mirada en el piso de la panadería.

Déle —insistió el otro.

Por favor...

No hizo falta más. Prasky aceptó compadecerse y reservarse sus deseos. Le dedicó una última mirada, asintió con la cabeza —¿resignado, vencido, conforme, superado?— y se marchó a conversar con Ana. Porchetito no se movió de su sitio al lado de la puerta de La Espiga Roja Revolucionaria, oteando semioculto el parque del pueblo. Prasky volvió a los pocos minutos; cruzaron miradas y esta vez el panadero lo recibió con una mueca por sonrisa. Se sentaron en el piso con las espaldas contra la pared, en un silencio prolongado. De cuando en cuando, el periodista se hacía señas con la maestra. A Porchetito le caía simpática Ana y el juego lo relajaba también a él.

Prasky... —habló finalmente, con una sombra inicial a duda en la voz— ¿A usted se le ocurrió que iba a acabar en esto?

La pregunta no escondía trampas; era directa y honesta. ¿Era posible que este hombre que empujaba a una pandilla de analfabetos a una suerte que podría ser capital para sus vidas, navegase tan livianamente entre el fastidio y la necesidad de autoafirmación, el enojo y el buen talante, la duda paranoica y, como ahora, la credulidad naïf?

Ni en sueños —dijo Prasky, también sin agresividad—. Aunque acabar es decir demasiado: apenas le di una mano con las peceras, che.

Vamos, algún cariño le debe tener...

Noooo... Ni en pedo. Aunque me sigue llamando la atención que se meta en algo así sabiendo que pierde, insisto. No me como lo del romanticismo bolche. Bullshit, viejo, huevadas. Si lo ayudo es porque debe ser que me resulta simpático coquetear con la derrota.

Ánimo, Prasky, no se de por vencido —se entusiasmó el panadero otra vez, sin causa aparente—. A esto lo ganamos con un poco de esfuerzo. ¿Qué ve?

Prasky volvió a asomarse desganado.

Nada de nada. Están todos amontonados detrás de la camioneta.

Hummm.

Ahá.

¿Sabe? Me parece que aunque les hayamos sacado ventaja con la soja tenemos que inventar algo.

¿Algo como qué?

Levantar la jugada. Algo, hacer algo.

Prasky dijo que no tenía una sola palabra en mente; Porchetito respondió que él tampoco tenía nada que aportar. Pero entonces ocurrió lo impensado: intervino Braulio. Él sí tenía un par de cosas que decir, dijo. Los había estado escuchando y ahora se acercaba a ellos.

Oiga, Mars, ¿no le parece que ‘tamo un poco tieso acá? —empezó— La tropa se mianda aburriendo como la concha ‘e la lora, macho. ni el truco le va a alcanzá en un rato. ¿Qué vai a hacé, che?.

Estamos debatiendo eso con Prasky, precisamente... —Porchetto simuló un tono marcial que no se correspondía con su físico o personalidad e incluyó al porteño en el plan sin que éste dijese nada—. ¿Usted tiene algún aporte? —sugirió, desprovisto él mismo de soluciones perentorias— Dígalo, con confianza. Esto es una revolución, todos opinamos... Ejem.

Braulio se rascó la nariz; después se quitó una gorra que llevaba puesta e hizo lo mismo con la cabeza.

Como plan no sé, pero se mihace que a esto lo corremo con un cacho ‘e lío, che.

Porchetito Marx miró a Prasky. El periodista hizo una mueca; no perdía nada con escuchar.

Explíquese —ordenó el Comandante Porchetito.

Lo muchacho y ió, cuando salimo, vimo a Don Dugoni en el campo. Andaba arando uno potrero. Preguntó qué carajo hacíamo por ahi y le dijimo...

¿Cómo que le dijeron? —protestó Marx— ¡Tenían que ser discretos, Braulio!

Ma’ qué discreto: ¿a quién le va a andá cotorriando Dugoni en medio de la pampa? Ademá, é un viejo loco que usté, nadie le cree. Bueno, el asunto é que se calentó.

Como para que no, si le dice que vamos a tomar los campos —se quejó el panadero—. Creyó que se queda sin trabajo. Ay, Dios...

Braulio interrumpió:

Mars, no hable si no sabe: Dugoni se calentó con los tipo de la semiyera. Nosotro le dijimo que íbamo pa aquel lao. Él fue el que nos ievó hasta la planta, o no iegábamo en ochenta año. ‘Tá caliente con eios porque le hizo uno trabajo y lo tienen dando vuelta con el pago hace mese.

¿O sea? —Porchetito tenía la insana manía de apurar definiciones de los demás cuando él era incapaz de dar las suyas.

Bueno, que a Dugoni si le mojamo la oreja arma un liazononón...

¿Tan liero es? Me pareció un hombre tranquilo —intervino Prasky.

¿Qué no? —se rió el peón— Dugoni se cagó a trompada cuando Giusti empezó a alquilá lo campo. Uno tipo de Buenosaire empezaron a traé máquina y a él no le gustó ni medio eso. Esa sí lo dejaban sin laburo. ‘Tonce lo fue a buscá al campo y se la agarró a piña con o tré coso de esos. Bah, no sé, capá que era uno solo, pero él dijo que eran tré. O cuatro. El asunto é que lo dejó ‘e cama a lo otro pesado. Viejo jodido, che. Curtido, se la banca bien Dugoni.

¿Y piensa traerlo a Dugoni a pelear con la policía? ¿A las piñas? —interrogó Prasky, sin comprender bien el final del plan.

No, qué piña, no seai huevón, porteño... Lo traemo con el Ión Dir.

¿Ión Dir? —el periodista no entendió.

John Deere, el tractor —tradujo Porchetito.

Mirái... —dijo ahora Braulio, señalando por la ventana de la puerta— Mirái atrá e la placita. ¿Ven el caminito que viene de aiá? —Braulio señaló a la derecha indicando la calle que pasaba frente al bar y hostal de Doña Margarita—. Aura no se ve mucho como pa’ que lo distingan, pero Dugoni conoce el pueblo como la palma ‘e la mano. Lo puedo hacé entrá por ahi, por esa caie.

¿Para qué? —insistió ahora el panadero— Todavía no entiendo...

Pacé quilombo, Mars, ¿paqué va cé?... ¡‘Tamo todo acá sentao al pedo como si fuéramo a misa! Si vai a devolveno lo campo tené que meté un par de mano pa chicotiarlo o esto coso nos van a cagar a balazo.

¿Y qué quilombo puede hacer Dugoni con el tractor? —buscó precisar el Comandante.

No sé, dejame pensá. puedo í a buscalo. No ‘tá lejo de acá. Mientra voy pa aiá pienso. ¿Qué decí?

El Comandante Marx miró a Prasky buscando una respuesta que el otro no tenía. Volvió a hablar con el peón.

Pero Dugoni no sabe de la importancia de la revolución...

Puta, como si alguien supiera lo que te traé, culiao. nunca fuí a la ecuela y me hablái de revoluta. ¡Qué calienta, loco! A esto le quitamo lo campo si hacemo quilombo, nada . É eso o no é nada, ¿cazá? ponele el nombre que querái, pero lo único que no va a dá la estancia é el lío que podamo armá...

Pero toda revolución necesita convencimiento, Braulio... Usted...

las pelota... Vó no prometiste lo campo y eso é lo que vamo a buscá. Voy a velo a Dugoni. Ustede pérense acá.

Braulio se incorporó y salió hacia el fondo. Habló con unos peones; Prasky y Porchetito siguieron sus señas. Los peones asintieron y Braulio salió por el patio.

—“Como tragedia y como farsa” —dijo Prasky, que había seguido toda la acción.

Porchetto lo miró extrañado.

No entiendo, ¿qué es?

Nada, me acordé de un chiste.

Ah.

—“Los hombres no hacen la historia a su libre arbitrio sino bajo circunstancias legadas por el pasado”... ¿Era así?

El Comandante Marx creía reconocer esas palabras de algún lado. O no. Maldijo su memoria.

¿Otro chiste?

Otro —río el periodista—. ¿Quiere escuchar uno más?

Porchetito no hizo nada y Prasky entendió la ausencia de gestos como una sugerencia positiva.

—“La tradición de las generaciones muertas oprime como pesadilla el cerebro de los vivos”. ¿Qué tal?

¿Vio acaso que me ría?

Vamos, Porchetito, es nada más que...

El 18 Brumario.

¿Lo sabía? —se sorprendió Prasky.

¿Acaso cree que adiviné?

Esta vez fue el periodista quien no supo si el otro bromeaba o hablaba en serio. Se guardó toda reacción, concediéndole el beneficio de la duda al Comandante Marx. Se quedó pensando en los últimos acontecimientos. El auto recién llegado. La esperanza de que fuera de personal de Monsanto que venía por él. Las derrotas sucesivas del plan de Porchetto a lo largo de las horas; su propio naufragio cuando quiso dejar Estación Alicia. Su estúpido plan personal de asustar a esos viejos cansados con soja y gusanos y otro nuevo, capitaneado por Braulio, que se reducía a movilizar el sentimiento caído de la revolución con un tractor John Deere.

Tragedia y farsa alternadas, decía el Brumario. En ese pueblo se daban ambas en simultáneo.

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lunes 23 de febrero de 2009

Cómo nos hacemos hombres

Lo sabes, padre, la mayor de las perversiones es hacer lo perverso transparente y aceptable para los demás. Desalojar la oscuridad. Por lo tanto, lo intuyas (eso creo) o no, debo notificarte el objeto de esta conversación: tú, padre mío, serás destinatario de mi mayor perversión: te negaré.

Lejos del falsario de Pedro: serán una, tres y mil veces.

Será profesión de fe perseguir tus errores y desenmascarar tu autoridad. La llamaré utilería, pompa.

Te maltrataré.

Comprobaré cada una de tus palabras. Iré hasta la filosofía. Nada de tí debe ser legítimo.

Mancharé mi lengua con porquería; seré impune. Mis calificativos para tí, padre, son estos: despojo, bahorrina, estiércol familiar, mierda de progenitor, boñiga y caca.

Sobra humana. Basura, basura, basura.

Cerdo.

Te odiaré en público, arrojado y enrojecido. (Te amo, padre, lo sabes.)

Robaré tu dinero, mancillaré tu apellido. Doblaré tu nombre.

Cagaré-tu-honra.

Puedo ejecutar mi montaje pues no harás nada contra mí, ¿verdad?

Porque sabes cuál es el objetivo de esto. Somos familia. Quiero devastar tu vida para ser yo, padre, el padre de mi padre.

Abolir el pasado. Ser libre. Inventarme. Decir: he nacido de nadie, debo nada a nadie.

Deseo la autoridad que no poseo mas obtendré por destrucción.

Conozco el mecanismo.

Deshombrarte, trazar una línea entre tú y la familia. Allí tú; detrás mío, los demás.

Yo: yo. Insolente. Descarado. Blanco de semblante. Inexpresivo.

Nada cuanto digas dolerá. Nada cuanto hagas, desafiará el plan.

Debes hacerlo: espero tu valentía primitiva.

Grítame.

Acúsame de malévolo: los años lavarán esta adolescencia.

Castígame con fuerza: cerraré los ojos, anotaré los golpes. Por la nómina de reveses responderás en público.

Tus amistades, padre, te censurarán. El mundo te pondrá a un costado del camino...

Esta, padre, a grandes rasgos, es la descripción de cuanto sucederá cuando alcance mis quince años.

Conoces mi perversión. Estoy diciéndote, palabra por palabra, que no busco más que tu desmoronamiento emocional.

No te quiero muerto: te quiero con el músculo cardíaco abierto. Que el aire te dañe la carne, que pierdas electricidad.

No quiero oirte llorar ni rogar la detención.

¿Qué harás cuando suceda?

Tú y yo, padre, sabemos que ocurrirán dos cosas. Primero, ya convencido o agotado, me detendré frente a tí a observarte en la devastación. Evaluaré unos segundos. Concluiré: la obra está hecha. Segundo, me acercaré a pedir, que no implorar, perdón.

Diré:

Es el final, padre. He agotado toda mi miseria en tí. Me he hecho hombre ya. ¿Me perdonas?

Así no sea necesario, he de llorar la llaga abierta y la cerrada.

Así no sea necesario, caerán las babas de mi aflicción.

No hay arrepentimiento sin vomitar el pecho. Sin hipos o desafuero.

¿Es expiación confesar la culpa por anticipado?

Parte del exceso, padre, perdonarás.

Es el ciclo natural. Ya reservé ticket para la prole sucedánea.

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jueves 19 de febrero de 2009

McDonald’s no piensa lo mismo

LA REVOLUTA – EPISODIO 35

Porchetto pidió a los policías que dejasen salir a uno de sus comandantes para parlamentar. Trotsky fue el elegido. Carlitos abrió la puerta, hizo dos pasos y, como estaba planeado, no dijo palabra y se limitó a depositar las peceras de soja en la vereda de la panadería. Luego se agachó y encendió la linterna debajo, de modo que los vidrios provocaron una refracción alucinante en medio de la noche. Era la primera vez en décadas que los habitantes de Estación Alicia veían tantas luces encendidas en un mismo lugar. Un extenso “ohhh” de admiración emergió del corazón de la plaza.

El comisario siguió atento los movimientos, inquieto. Miró a los demás buscando ideas; sólo obtuvo hombros escogidos y miradas esquivas. Cuando volvió la vista a la panadería, el ayudante de Porchetto trasponía la puerta de La Espiga Roja Revolucionaria.

¿Qué hace, Porchetto? —gritó— ¿No íbamos a hablar, che?

En la panadería, Prasky dictaba al oído del Comandante Marx la respuesta:

¡Esto... esto que usted ve... es contra lo que estamos peleando! ¡A un lado hay soja sana; del otro... del otro hay soja que ha... que ha sido tratada en el laboratorio de la semillera! ¡Si prestan atención, va... va a ver gusanos comiendo de la soja sana.... Pero ninguno.... ninguno.... eh... —Prasky hablaba demasiado rápido y El Comandante no podía repetir a la misma velocidad—...... eh... Digo, nunca, quiero decir, ninguno... ninguno de los de la soja que es modificada en el laboratorio está vivo! ¡Esa... esa es la soja que nos dan de comer estos crápulas!... ¡La la misma que tiene el vendepatria de Giusti! —agregó Porchetito de su cosecha particular—... ¡Eso hace el imperio...! ¡¡Nos da veneno!!... ¿Entienden ahora por qué la revolución?...!!

Giusti se molestó.

¡No diga tonterías, carajo! —se asomó vociferando tras la chata— ¡Deje de asustar a la gente con pavadas! —y volviéndose a la multitud congregada— Nada de lo que dice es cierto. ¡Nada!

Oiga, pérese, ¿está seguro? Yo oí de esa trasg... trans... Bueno, como sea, yo oí que la tocaron, la cambiaron, para matar la bicha. ¿Eso comemos nosotros?

La preocupación del comisario no era única: sus hombres también intercambiaban miradas entre el furibundo Giusti y las peceras y los habitantes de Estación Alicia habían cambiado la fascinación de la luminiscencia de las peceras por una expectación creciente. Por un momento, nadie más tuvo ojos que para el estanciero.

Ay, Dios... —suspiró el secretario, decidido a sacar de apuros al financista de su jefe— Comisario, escúcheme, nada de eso está comprobado. Debo decir... —como Giusti, se volvió también hacia la gente, elevando el tono para asegurarse de que lo escucharan hasta los viejos de oídos tapiados— Debo decir, vecinos, que he participado de algunas discusiones con grupos ecologistas y ninguno —enfatizó—, ni nosotros ni ellos, nos pusimos de acuerdo sobre la maldad manifiesta de esa soja. Ellos insisten, pero no tienen con qué probar que este producto es nocivo. —Y bajando el tono, ya dirigiéndose sólo al comisario—Están tratando de asustarnos; no les haga caso.

¿Seguro, che?

Segurísimo. Me parece que buscan que la gente reaccione, pero, vea, nadie dice nada. Apenas murmullos —señaló al pueblo sentado en las sillas en la plaza—. Si es que creyeron algo del argumento, mientras no vean nada no lo van a creer del todo. La pegaron poniendo la linterna debajo, je, son listos después de todo... Queda bien, tiene impacto, pero desde donde estamos, desde esta distancia, no hay una sola vieja que alcance a ver algo dentro de esas cajas. Pero, por si acaso, déjeme hacer una prueba...

El secretario se volvió hacia el centro de la plaza y fue a parlamentar en voz baja con Doña Margarita. Los otros lo vieron señalar hacia las cajas y a la señora estirarse para divisar aquello que el chico indicaba. Luego volvió con el policía y Giusti.

¿Y? —quiso saber el comisario.

Le dije: nada. No ve nada, y eso que está en primera fila. Si esa señora no distingue desde ahí, los de atrás ven menos todavía. Estamos bien, estamos bien. Tenemos la ventaja todavía.

¿Pero seguro que nada? ¿Y si no hablan por miedo? —el comisario no parecía convencerse; en realidad era él el atemorizado.

¿Lo convenzo si le digo que dijo que le parecía que estaban muy lindos esos helechos?

El comisario pareció darse por vencido y entonces intervino Giusti.

Mientras vea yuyo no hay problema —dijo—, pero parece que le costó convencerla. ¿Qué hablaba tanto con Doña Margarita?

Cuando el estanciero preguntaba sus formas secas hacían que cada pregunta pareciera una exigencia de respuesta, una orden que debía ser satisfecha con todas las verdades posibles.

Me preguntó si era cierto que traíamos la luz, nada más —confió el secretario—. Nos escuchó cuando hablábamos del tema.

Es cierto, es posible —intervino Giusti—: estaba bastante cerca de mí.

Puede ser, pero mientras no mueva un dedo no hay problema. Necesitamos manejar el factor sorpresa de la luz, así...

Oiga, me parece que para eso es tarde —interrumpió el estanciero, indicando hacia el centro del parque—. Mire.

La multitud de ancianos, hasta entonces silenciosamente sentada, había rodeado a Doña Margarita una vez que el empleado de El Senador la dejó tras su breve conversación. La señora gesticulaba contando algo que Giusti, el secretario y el comisario no alcanzaban a oir. Pronto la plaza entera se convirtió en una asamblea de voces elevadas. No pasó mucho hasta que alguien profirió un grito exaltado.

Del otro lado de la calle, la fractura del silencio de la noche entusiasmó a Porchetto.

¡Prendió, Prasky, lo de los gusanos funcionó! —vociferó observando por el ventanal de la puerta— ¡Vamos, carajo, todavía!

Tranquilo que falta —lo calmó el otro, controlado y desconfiado—. ¿Ve algún movimiento?

Las luces de los autos están encendidas, pero no veo mucho —respondió procurando esconder la excitación el panadero—. Hay gente atrás de los policías... Y... No, no distingo más que eso.

Ana, ¿cómo va? —se devolvió Prasky hacia el centro de la panadería.

Lento, pero funciona. Hay varios hablando con nosotros —dijo divertida la maestra, que en ese momento dictaba a Osvaldito Lenin un fragmento de Arturo Jauretche que Lopes le acercó unos minutos antes por encima de la tapia del patio.

Ok, no queda otra que esperar... —Prasky se sentó a un costado de la puerta de la panadería.

¿Seguro?... —Porchetito se sentó al otro lado; seguía ansioso, enérgico, demandante—. ¿No tendríamos que hacer algo más? Digo, no sé...

Hasta acá llego yo. Y no insista en mandarse solo al muere, a no ser que tenga otras ideas...

¿Cree que no las habría aplicado si las tuviera? No, no las tengo —se sinceró entonces el Comandante Marx.

Por fin blanqueó, Porchetto...

No creí que se fuera a complicar tanto, Prasky —volvió a confesarse el panadero—. Esto no tenía que ser así...

Tampoco está tan mal —lo apañó—. No es muy distinto a otras revoluciones, al final. Todas acaban mal. ¿Sabe? A veces creo que ustedes, los bolches, tendrían que aprender de gestión empresaria.

Porchetito Marx no comprendió el sarcasmo de su —momentáneo— socio.

Esta gente es simplona —evaluó—; tiene necesidades. Hay que darles una mano. Y para los descreídos, déjeme decirle que no hay otra cosa en el mundo como una revolución para para que se llenen las panzas.

McDonald’s no piensa lo mismo.

¿Quién?

Nadie.

Oiga... —se destensó más Porchetito Marx, confiado en que las peceras habían inclinado finalmente el fiel hacia su lado— ¿le parece que ganaremos? Sí, ¿no?

Yo no tendría tanta confianza.

Ponga espíritu, Prasky. Al final, el único con conciencia revolucionaria acá soy yo —impostó, ya infantil, el panadero.

Mejor no hablemos de eso. Usted leyó marxismo pero se le perdieron varios fascículos de la colección. No me baje línea que le sale bien berreta.

Le podría dar una lección —se ufanó Porchetito.

No lo intente...

Dos lecciones, mejor.

¿Sí? —Prasky se cansó— A ver, tesis once sobre Feuerbach.

Oh, no me provoque. Yo...

¿Apertura del 18 Brumario?

Porchetito refunfuñó; Prasky se río.

Principios básicos del materialismo dialéctico.

Silencio.

El panadero le retiró la mirada, ofuscado. Prasky entendió.

¿Jamás las leyó, verdad?

El sonido del motor de un auto detuvo el espoleo del periodista. El Comandante Marx y Prasky se incorporaron para mirar a través de las ventanitas de la puerta.

¿Y eso?

Ni idea —respondió Porchetito Marx—. ¿Usted escuchó salir antes a alguno de ellos como para que esté volviendo ahora?

No, éste es nuevo. El sonido del motor es distinto al de los demás. ¿No serán los de la semillera, no?

¿Ya se habrán dado cuenta del afano? —se sobresaltó el Comandante Marx.

Ojalá”, musitó Prasky.

Puede ser... Braulio, ¿los vio alguien en la semillera?

El peón, que aun estaba al fondo quitándose las espinas y abrojos que su ropa trajo del paseo por el campo, respondió que no.

No, claro —siguió Prasky—, si hubieran notado que faltaba algo, estarían averiguando quién pudo ser. A lo mejor —especuló— sólo vinieron acá a ver si les daban una mano o están de paso preguntando si alguien vio algo... Qué se yo, no sé para qué carajo especulo... —finalizó, rogando con cada músculo que el nuevo vehículo fuera de las agentes de relaciones públicas de Monsanto.

El auto se detuvo cerca del patrullero que estaba cruzado en la calle. El periodista y el panadero alcanzaron a divisar tres sombras bajando de él; una cuarta salió desde detrás de la F100 y fue a su encuentro. El cuarteto permaneció conversando en el camino, entre la plaza y los autos, apenas iluminados por la claridad remanente de las ópticas encendidas de los coches. Prasky alcanzó a divisar que uno de ellos, el que salió desde la plaza, era quien más hablaba. No gesticulaba demasiado y le pareció que vestía traje, como los otros. No recordó que ni Giusti ni sus gentes lo tuvieran. Después de unos minutos, los cuatro de la calle caminaron hasta la camioneta y desaparecieron de la vista del insurrecto y el periodista.

El Senador había llegado.

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lunes 16 de febrero de 2009

Spoiler

Es más fuerte que yo. Nací para anticipar finales. La necesidad de arruinar el momento me supera. En las fiestas de cumpleaños, yo avisaba al festejado que su regalo sorpresa no era el camioncito deseado. Revelaba en público que Juanita estaba enamorada de Robertito y, mientras sus caras seguían atomatadas, develaba que Robertito gustaba de Catalina. A Juanita se le hacía mechas el corazón. ¿Acaso es mi culpa el desamor ajeno?

Del cine me echaron quichicientas veces por pararme a los gritos para anunciar que Trinity sobrevivía, que “The Champion” se moría y que la mamá criminal de Norman Bates era él, pero travestido. No sé cómo la gente no se violentaba más allá de insultarme y lanzarme palomitas. Yo mismo me hubiera partido una silla en la cabeza.

Pero no puedo contenerme. Decir la verdad está en mí. Carezco de filtros, me supera la ansiedad. Mis amigos me tapan la boca en las reuniones cuando llega alguien que no debe escuchar nuestros secretos. O se van para no oir la convulsión del planeta.

El asunto ha afectado mis relaciones. Se me han cerrado las puertas de demasiadas fiestas y en las que participo la gente se aleja como si viera la peste en mi lengua. Ni en los restaurantes la paso bien: tengo la insana costumbre de comentar a viva voz qué porquería han hallado los inspectores y los periódicos en su mugrienta cocina.

Pasé dos años sin pareja, abandonado a la segunda o tercera cita —cuando no a la primera— por describir lo evidente. ¿Por qué es ofensivo aconsejar a una chica que no se esfuerce por bajar los kilos de más, pues su gordura es de base genética y, por lo tanto, llegará al sobretodo de madera redonda como mesa? No entiendo a quien se subleva ante una afirmación como: “En realidad, tu amiga es una buena persona y tú hablas de envidiosa”. Ni la ciencia me ha servido de mucho cuando, ante una demanda de compromiso eterno, he manifestado que todo amor romántico dura 18 meses; luego somos como hermanitos o como ballenas beluga.

Al final empecé a sentir como que sentaba cabeza. Hallé mi horma: obtuve trabajo en un banco. Evalúo créditos. Es una tarea sencilla y me sale muy naturalmente. Me siento detrás de un ejecutivo y nada más avistar a un cliente vestido con su mejor sonrisa de pedigüeño, susurro al oído mi evaluación. Este tarambana entra en mora en tres meses, la gorda quiere la plata para farreársela, a éste reviéntenlo con la tasa: lo vende la cara de idiota pagador.

Como es natural, cuando uno se asienta, las cosas se dan solas. Y eso quiere decir que he conseguido una mujer de mi calaña. Se llama Lorenza. Nos conocimos a la salida del cine, de donde nos echaron nuestros amigos casi al mismo tiempo. Yo había dicho que Leonardo Di Caprio crepaba al final de “Titanic”: toda película romántica precisa un mártir. Ella, apenas después de verla llegar al barco, adelantó que la Winslet engañaría al millonario. ¡Por tan superficiales verdades la gente nos segrega!

Me cayó bien. De inmediato convinimos que prevalecería la honestidad a la alimentación de falsas expectativas. Así, aceptamos que nos gustamos, pero nada más lo justo y necesario y por ausencia de alguien más interesante. Confesé mi seguridad de que engordaría en seis meses y ella sentenció que yo ya no ocultaría mis gases al día cuarenta y dos de salir.

Nos anunciamos casi al unísono que pondríamos a nuestros hijos adolescentes mutuamente en contra y que inventaríamos pestes de los respectivos familiares para alejarlos. Cuando me adelantó que me engañaría con mi hermano a la primera oportunidad, le respondí que mejor no me presente a su ahijada. Ambos sugerimos que sería razonable rechazar todo gazpacho mutuamente ofrecido: la acidez del pimiento cubre el sabor del veneno para ratas.

Ahora acaba de sonar el teléfono. Lorenza me dice que, caminando por el parque, supo que había una altísima probabilidad de que nuestros hijos fueran felices. A cambio y desafortunadamente, nosotros nos separaríamos. Ella me abandonaría, dijo, un lunes.

Hoy es viernes.

La escucho y borro una anotación de la agenda de la semana próxima.

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jueves 12 de febrero de 2009

Viaje al ghetto rojo de ET

LA REVOLUTA – EPISODIO 34

Entusiasmado, Prasky describió el contenido de las peceras. En la derecha había soja transgénica de Monsanto; en la izquierda, granos comunes. Ambas estaban selladas herméticamente pero mientras en una (derecha) los gusanos brillaban de gordura, en la otra (izquierda) eran abono para el suelo. La soja no es política pero a Prasky le divertía provocar la analogía ante la mirada extraviada de Porchetito Marx. El Comandante estaba lejos de comprender que sus planes estrambóticos yacían en el piso, a la izquierda de los gusanos más vivos.

—...y eso es así porque la soja transgénica afecta la genética del gusano, mandándolo al bombo —concluyó Prasky.

Una pluma podría haber provocado un estruendo en medio de tanto silencio, y esa pluma fue una queja del Comandante Marx.

—¿Esto comemos nosotros? ¿El imperio nos da de comer pasto con veneno? —se exasperó— La gran puta madre que los parió, debimos empezar la revolución antes, ahora es capaz que nos estemos muriendo en vida y...

—¡¡Porchetto!! —el grito de Prasky devolvió la escena al silencio original. El panadero podía exasperar a un perezoso de tres dedos.

—Por lo que más quiera —recuperó las formas el periodista—, ¿quiere dejar de joder por un rato? No le pido toda la vida: cinco minutos, ¿sí? A ver... No dije nada de eso, no nos dan de comer veneno, no. Dije que la soja modificada afecta al gusano. No conozco el procedimiento en detalle ni tenemos tiempo de discutir de genética vegetal ni humana. Concentrémonos en los importante, por favor —volvió a dirigirse a Porchetito Marx, que contenía la rebeldía cerrando los puños dentro del bolsillo del pantalón—. Su reacción me da la pauta de lo que nos es útil, Porchetto: el miedo. Lo mismo que usted creyó sobre la soja lo tienen que creer ellos, ¿sí?

—No justifique al imperio, Prasky —coló el Comandante, subrepticiamente.

Prasky respiró profundo. Miró a Ana, que hizo una mueca indicándole que se despreocupara del panadero.

—Enfóquese en lo que le digo, Comandante —retomó el periodista—. Esto es veneno sólo para bichos, ¿me sigue?, pero lo que nosotros vamos a decirles a ellos es que, precisamente, no lo es. Es veneno para nosotros.

Porchetito no quería entrar en razón. Se le notaba el capricho a flor de piel. Prasky se preguntó por qué los demás no lo reconvenían. Ana, Lopes o incluso Carlitos, el ayudante. Cualquiera. ¿Era autoridad lo que poseía sobre ellos o a nadie le importaba nada? ¿Tan liviano era vivir allí?

—Dejémoslo ahí —volvió a encarar el Comandante Marx—. Me está dando otra razón para ir contra estos gringos asesinos. Que la gente se muera de hambre por la avaricia de las multinacionales y los empresarios corruptos. Pero deje, ya, está bien, no nos preocupemos por esto, que es menor —ironizó—. Hagamos lo que usted dice, por ahora —enfatizó levemente.

Prasky no perdió el tiempo.

—Entonces avise que uno de nosotros va a salir. Cuando esté fuera, que ponga las peceras frente a la puerta de la panadería. ¿Mandaron la linterna?

La tenía Porchetito en la mano.

—Perfecto. Que también ponga la linterna debajo de la pecera para que apunte directo sobre los vidrios. Eso le va a dar mejor efecto lumínico. Ahora, la radio.

—¿Qué va a hacer con la radio? —ese tema había escapado al Comandante.

—Aprovecharla. No sé bien cómo, pero....

—...¿No sabe qué hacer? —interrumpió, sobresaltado, Porchetito Marx.

Prasky mantuvo la calma, aunque no la dejó pasar fácilmente.

—Humm... A ver... Hummm... No, qué quiere que le diga... No sé. Así que mejor lo dejo en sus manos, ¿le parece? total a usted le sobran ideas.

Marx calló; Prasky volvió a armarse de paciencia. Se enorgullecía por esto. La calma pueblerina lo sosegaba también a él; en la ciudad ya hubiera lanzado al panadero por una ventana. Pero en Estación Alicia, amen de la paz del caserío, se jugaba su propia carta, un nuevo intento, esta vez solapado, por volar definitivamente de esa trampa del tiempo.

—Mire, Comandante, al menos con la radio podemos hacer que los medios se enteren. Si la cosa prende, no le digo que vendrán todos ni muchos, pero los pocos que sean estarán aquí en nada de tiempo. Pero hay que vender bien el cuento... Usted, señor —Prasky llamó al verdulero a su lado—, ¿puede sintonizar para que capten esto en Buenos Aires?

—No habría problema, che —dijo Raimundi con seguridad, sintiéndose importante—. Hay variocazadore de ognis aiá. colegas

—Bien, despídase de ellos, de los ovnis y de los marcianos, y dígales que otras personas van a empezar a usar la radio. Después de eso —se volvió al Comandante Marx—, empiece con los bandos revolucionarios.

—Tenemos uno solo —informó el jefe de la revolución campera.

—Para solucionar eso está Ana —dijo indicando a la maestra, que hizo una reverencia tomándose la falda e hincando la rodilla—. Con lo que escriba llama la atención de cualquiera.

—Sigo sin entender cuál es el beneficio —insistió el panadero—. ¿Aun la revolución no triunfó y ya la estemos exportando? Eso no se corresponde con la praxis de...

Prasky no comprendía por qué Porchetito se resistía a su orwelliano proyecto, si era, sin falsas modestias, perfecto. Detuvo el monólogo incipiente mostrándole la palma de la mano.

—Otra vez, Comandante —¿por qué no lo enviaba al diablo, por qué no lo mandaba a cagar cuarenta veces?—, tiene que hacer saber que están haciendo algo... Si usted lo pone en los medios de Buenos Aires, se entera medio mundo. ¿Quiere ganar la disputa? ¿Hacer la revolución? ¿Cuidarse el tujes? Entonces use la radio de Raimundi y asegúrese de que quien escuche grabe la conversación. Si el tipo es más o menos vivo, la va a llevar a una estación de radio, y, bum, explota todo. Ahora, otra vez, si tiene una mejor idea, yo me callo y...

El Comandante Marx no quiso ser superado nuevamente por la situación.

—Varias, por supuesto... Ejem... Pero ya dije, probemos con la suya... Así se compromete de una vez con algo, he. Eso sería un éxito revolucionario, para empezar.

Prasky no dio demasiada importancia; que pensara lo que quisiera.

—Hagamos, entonces.

Raimundi encendió la radio y estuvo varios minutos revisando sintonía y llamando a sus colegas. Cuando halló a su grupo habitua tuvo la practicidad de la que carecía Porchetito Marx y comenzó a despedirse de inmediato. Nadie pudo adivinar que la despedida constituiría una prolongada perorata sobre Rosswell, viejas conversaciones del grupo sobre vida alienígena en Marte y Saturno, la trampa de la llegada del hombre a la luna, ciertos improbables experimentos marcianos en la Tierra, una religión de un tal Azräel, millones de abducidos por las naves planetarias que ahora dirigían países... Media hora después, del otro lado se escucharon varios “comprendido y hasta siempre, colega” y el verdulero anunció que pasaba la radio a nuevos controladores. Antes de eso, pidió al grupo de cazadores de platillos voladores que escucharan con atención pues había un mensaje que requería de su apoyo y difusión. Todos aceptaron y la línea se quedó en un expectante silencio a la espera de los voceros del cambio en Estación Alicia.

Ana se sentó junto al Comandante Osvaldito Lenin y le dictó el comunicado de proclamación de la revolución. Improvisó un inicio para que los radioaficionados supieran qué se venía. El ensayo entrañaba cierto riesgo. Lenin era gangoso y confundía la pronunciación de algunas letras, o porque era disléxico o porque era bruto. Específicamente, cuando a lo largo del texto se refería a los principios ideológicos de la revuelta, inspirados en apotegmas marxianos, de su boca salía una pronunciación sutilmente diferente: marzianos. Eso, sumado a la imposibilidad de cierre semántico del texto, hacía perfectamente factible que los alienados radioperadores creyeran que un grupo de alienígenas había tomado un pueblo de agricultores argentinos.

Para cualquiera no pasaría de cuento de lelos; para el ejército de Porchetito, un dilema y un nudo gordiano. Por un lado, la confusión destruiría la pretensión de seriedad de la asonada; pero, por otro, garantizaría al menos que la revoluta existiera dando algún testimonio de sí. Aun en su insanía, esto parecía lo más razonable. A simple vista, el telefonazo de un cazador de marcianos diciendo que seres extraterrestres descendieron en la pampa y declararon una revuelta comunista haría sonar las alarmas de titular a la vista a cualquier reportero. Si además el escucha llevaba la grabación del Comandante Lenin narrando las improvisaciones de Ana, y si a eso sumaba alguna deformación adicional por una buena dosis de estática, ganarían de inmediato la atención de los medios amarillistas.

Luego, el incendio: titulares que harían las delicias de The Sun, Bild!, el National Inquirer, Televisa.

«OVNIS IMPLANTAN LENINISMO EN EL CAMPO»

«¡¡MARCIANOS DERROTAN A MONSANTO!!»

«VIAJE AL GHETTO ROJO DE E.T.»

«¡EXCLUSIVO: NO TIENEN LUZ PERO SÍ ALIENS PSICOBOLCHES QUE TRAGAN SOJA!»

«¡¡LA PRIMERA REVOLUCION MARXIANO-LENINISTA ES ARGENTINA!!»

«URGENTE: EXTRATERRESTRES COMUNISTAS TENDRÍAN CONEXIONES CON EL GOBIERNO».

Prasky sabía bien lo que hacía. Provocar un escándalo, y no otra cosa, era su intención primaria. La ocasión se le presentó con Raimundi. Hasta entonces, el periodista había resuelto empujar a Porchetito a que enfrente su destino con cuanta valentía pudiera cargar en la mochila. La compasión lo había sumado a la causa pero, por lo mismo, no podía mantenerlo en ella. Cuando dio con la radio, Prasky volvió a correrse de la escena. Porchetto, que al aparecer Raimundi en el patio estaba ahogado en su estima destruida, no vio venir el engaño. Ahora el periodista ganaría todo el tiempo que pudiera para jugar la chance de que lo rescatase alguien racional —y eso sólo podía significar alguien de Buenos Aires. No tenía confianza en Giusti y sus perros; se comerían a Porchetito crudo y luego lo pondrían a él de postre. Menos en El Senador o el gobernador de Córdoba, gente bochinchera y ladina.

La transmisión le aseguraba un salvoconducto. Muchos de sus colegas que trabajaban en medios importantes podrían saber qué estaba pasando en ese pueblo con tan sólo escuchar, al pasar, el nombre de Ezequiel Prasky. Algunos supondrían que se habría vuelto loco; otros verían razonable que anduviera en tamaña extrañeza de asunto y los menos se preguntarían qué demonios estaba haciendo allí. El porteño confiaba en ellos: bastaba que uno solo llamase a la revista para contar a McManaman lo que había oído de su empleado para que éste hiciera algo. Y eso si no era el mismo gringo quien escuchaba la radio, dada su acendrada afición por los programas de chimentos y la novela rosa latinoamericana.

La propagación de la revolución era la excusa perfecta, por lo que Prasky insitió a Ana para que incluyese su nombre cuanto menos una vez entre las firmas de apoyo a la revuelta o en el cuerpo de la proclama. Atento al colmillo del gremio en que trabajaba, eligió el ubicuo y descomprometido cargo de “observador nacional”. No era cosa de quedar adherido al proyecto del Comandante Porchetito Marx porque sí. En realidad, no importaba. Lopes le hubiera dicho que su asociación con tal plan era lo de menos pero él prefirió curarse en salud. Sopesó el riesgo. El deshonor se pierde en el éter —supuso que razonaría el bibliotecario—; nada más se mantiene libre en el papel. La frase le gustó tanto que se la dijo a Ana y ella le avisó que iría al bando en boca de algún generalote del Virreynato del Río de la Plata.

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lunes 9 de febrero de 2009

Reconnaître

Soy un pobre viandante, nada leído y bastante corto de vista, pero esa pintura sobre la pared se me hace conocida. La trajo ayer el personal de limpieza. El marco es dorado, preciosamente labrado. El hombre está envuelto por sombras; hay cabras a sus pies. No es apuesto mas tiene garbo. Puedo distinguir en qué reside su fuerza expresiva: el hombre sangra por el costado, clama a un dios distante. La daga no está allí. Morirá pronto.

Sabría quién es su autor si esta miopía fuera menor. Ahora ha llegado demasiado público al museo y muchos han elegido entorpecer la línea visual. En el espejo ya nada más distingo un árbol sin aves y la mano que procura alcanzar el cielo tormentoso.

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jueves 5 de febrero de 2009

Título, bajada y foto

LA REVOLUTA – EPISODIO 33

La pampa, de noche, es el universo. Una masa inasible, ciega y, podría apostarse, casi muda. Uno puede preguntarse mil días cómo es allá afuera, entre estrellas y cometas, piensa Prasky, y nada más basta venir a estos santos lugares un día para saberlo: la noche es seca y te traga; el silencio te mantiene amarrado al piso. Prasky se subió a un tambor para ver partir a Braulio y sus comisionados a Monsanto. Unos pocos pasos introdujeron a los peones en ese útero tenebroso alejándolos de su vista. Así Prasky quedó atrapado por la imposibilidad física del lugar. Esa ceguera.

A Porchetito, de pie y flojo tras él, se han unido Lopes y Ana, que salieron al patio cuando escucharon las voces del periodista y los peones revueltos. Desde el tacho, Prasky cruzó un par de palabras livianas con Ana, que Lopes festejó. Porchetito Marx siguió ensimismado, sin participar. Cuando se disponía a bajar del tacho que lo sostenía, un ruido cercano alertó a todos.

Vea, Prasky, se perdieron antes de salir... —bromeó Lopes.

En el yuyal no estaban Braulio ni los peones. La figura que emergió, tambaleante y sudorosa, era desconocida para el porteño pero no para el viejo, la maestra y el panadero. Era el verdulero Raimundi.

Don Benito, ¿qué...? —se sorprendió el bibliotecario.

Déjeme explicar —interrumpió el otro, asustado— No me digan nada...

El verdulero se explicó. Cuando vio a la policía apostarse frente a la panadería imaginó que no era por Porchetto por quien veían sino por él. El tiempo se acababa, dijo, y temía ser descubierto entre tanto revoltijo.

¿Descubierto? —se intrigó Lopes.

Descubrirme... Las investigacione de ojeto voladore no identificado. Los marciano.

¡¿Ovnis?! Ah, bueno.... —se río Prasky.

Un bibliotecario portugués, una maestra que enseñaba historia inventada, un panadero comunista con una revolución sojera y, lo que faltaba, un verdulero cazador de alienígenas. El periodista nunca había visto eso ni cuando el ácido corría abundoso en las fiestas de la universidad.

No se ría, están en todos lado... —lo corrigió con vehemencia Raimundi— Acá no, claro, pero yo converso con mucha gente sobre eso. Con esto.

El verdulero se agachó en la maleza y recogió una bolsa de arpillera. Metió las manos y extrajo una radio de onda corta.

Si esto me encuentran con el aparato, voy en cana. ¿Cómo explico que tengo la radio, ah?

Bueno, cualquiera puede tener una, eso no es ilegal. Por ahí hay un Renault Gordini donde viven gallinas, por ejemplo, y nadie anda reclamando porque manchen el tapizado, Raimundi —se burló Lopes—. En ese caso sería expropiación, como la que quiere hacer Porchetito, pero dudo que se preocupen por todas estas cosas. Les miente y listo, asunto terminado.

¡¡Yo no sé mentir!! —se ofuscó el verdulero.

¿Y cómo estuvo todos estos años ocultando lo de los...? ¿Cómo los llamó usted, Prasky? ¿Ovnis?... ¿Cómo hizo? —volvió a inquirir el bibliotecario.

Usté no sabe por el suplicio que he pasao.

¿Y ahora se quiere esconder aquí? No se lo recomiendo, señor —el porteño buscó ser persuasivo y trató de sacarse de la cabeza que era partícipe involuntario de una antigua comedia italiana de enredos sin cámaras ni público—. El horno no está para bollos. Tampoco creo que vuelva a estar para pan... —se río.

No tengo dónde ir —dijo Raimundi, suplicando con la mirada—. Si salgo al campo me agarran... Y ví que acá están má’ o meno’ organizados, que la polecía no dentra. En un momento pensé en tirar la radio al diablo pero pa’ hacerlo antes tengo que hablar con mis colega.

¿Colegas? —preguntaron todos.

Los otro radioaficionado. Tengo que despedirme por si me agarran... Pasé muchos año con ello, ¿sabe? Son los único diafuera con los que converso algo. Vivir de hablar de verdura es aburrido... Pero, bueno, no puedo hacerlo en casa ahora con los milico. Si hasta me costó esconderla cuando llegaron esos peone a buscá revólvere... ¡¿Usted los mandó?! —tronó acusando a Porchetto con la mirada—. No sabe el lío que hicieron... ¡La próxima los cago a patadones a todos!

...Bueno, la revolución lo demandaba... —titubeó el panadero.

Ma’, lo que sea —replicó Raimundi sin mirarlo, antes de dirigirse a los demás. ¿Me puedo quedar a la final o no?

Prasky miró a Lopes, éste a Ana y la maestra se encogió de hombros. A todos les daba exactamente lo mismo. Podía.

¿Eso anda con pilas? —quiso saber Prasky— Creí que sólo con electricidad...

Me las ingenié para que andara. Pilas quedan, así que puedo llamar a mis colega desde acá y despué romper la radio. ¿Puedo entonces?

El periodista fue el que reaccionó más rápido.

¿Seguro que funciona entonces?

El viejo asintió por segunda ocasión.

Escúcheme, Comandante —se enfervorizó el porteño, ahora volviéndose al panadero, que seguía ausente, con la cabeza gacha, como una gallina buscando lombrices—, acá tiene una que puede servirle: los medios. Haga que los medios se enteren de la revolución. Con eso no sé si se salva, pero al menos hace trascender el quilombo que armó. Y si hay despelote, ser famoso siempre ayuda a pasarla mejor.

Porchetito no entendió y hasta le dio igual que Prasky tomara la iniciativa. El periodista, ante la ausencia de respuesta del Comandante Marx, ayudó al verdulero a cruzar la tapia y a instalarse con su radio en La Estrella Roja Revolucionaria.

***

Pasó la hora.

El comisario se irguió, dejó en el piso la naranja que había estado pelando con denuedoy ordenó a los suyos atención. Los demás lo siguieron, incluido Giusti y, desde el árbol, el secretario de El Senador. Nadie quería dilatar más las cosas. La noche había caído como un manto de hollín pero el calor seguía apretando.

¡¡Bueno, che, ¿qué decidieron?!!

Prasky, que ya había ayudado a Raimundo a ordenar su aparato, miró a Porchetto, que seguía sin palabras. Le habló entonces al oído y Ana, testigo circunstancial del intercambio, vio que al Comandante Marx se le salían los ojos de los cuencos.

Ni en pedo, hijo de puta —dijo y se fue directo a la ventana—. Necesitamos más tiempo. ¡Vamos a discutir la oferta! —gritó con una voz que no parecía ser de él.

¡¿No hay tiempo?! —replicó el comisario— ¡Dejate de joder, nene, tuvieron una hora!.

Como sea, lo necesitamos... ¡¿Quiere arreglar esto?! Entonces denos el tiempo. ¡¡Si no, se pudre!! En serio... —chilló Marx, otra vez animado.

El policía se volvió a Giusti:

¿Qué quiere hacer?

Hágalos mierda, ya dije.

¡Momento! —saltó el secretario— Le recomiendo que no haga nada que después lamente, comisario...

Al petiso no le gustó el tono.

¡¡¿Qué amenazá, nene?!!

El secretario de El Senador intentó componer.

Escuche, si se arma lío, si usted empieza a los balazos, esto se va a saber... Los tipos que están ahí son inofensivos...

¡Inofensivos un cuerno! —intervino Giusti, y esta vez se le notó la molestia en la voz— ¿O se olvida que me secuestraron?

No lo olvido, señor —bajo el tono el muchacho—, pero con mi solución todos podemos salir ganando.

Ahistá otra vez, la solución... ¡Déjese de joder con esa solución y dígala de una buena vez, carajo! No me entorpezca las negociaciones —se encolerizó el policía.

Muy bien, ya estoy en condiciones: es la luz.

¿Qué luz?

El comisario miró a Giusti, que estaba igual de intrigado.

La que no tienen. Acabo de comunicarme con la oficina de El Senador: él llega acá esta misma noche. Habló con el gobernador y le comentó el caso.

¡¿El gobernador sabe de esta pelotudez?! —el comisario se subió de un tirón el pantalón y, como si el mismísimo jefe provincial estuviera frente a él, intentó corregir su desatino— Quiero decir, ¿sabe de la huelga... digo, del ataque, del lío, del...? Uf, ¿cómo le llaman a este despelote, che?

El secretario sabía muy bien cómo sacar provecho de esa duda.

Es un asunto complejo, comisario. Yo lo llamaría, con toda propiedad, revolución marxista-leninista. Y es de suma gravedad —impostó la voz, para profundizar la gravedad de la circunstancia—. Imagínese, si el gobernador comisionó a El Senador para que lo resuelva, está todo más que dicho, ¿verdad?...

¿Cómo? —intervino el estanciero, desconfiado.

Con la luz, Giusti —el tono del chico cambiaba cuando hablaba al empresario—. Va a venir a negociar él mismo con la única misión de ofrecer energía eléctrica al pueblo. Si ellos no aceptan, toda esta gente que está acá seguro que sí. Con la presión se acaba todo... Además, discúlpeme, comisario —esta vez mantuvo para el policía el mismo tono que con Giusti, igualándolo—, pero que negocie El Senador es muy distinto a que lo haga usted como comisario. ¿Me entiende, verdad? Usted sólo piense en los diarios.

El muchacho guiñó un ojo al oficial, que no precisó de segundas explicaciones para comprender el mensaje. De inmediato, en su mente se figuró un acontecimiento de alcance nacional donde él era protagonista clave junto a El Senador. Veía las fotos en primera plana. Mejor, título, bajada y foto con su nombre. La Voz, El Puntal, Clarín, La Nación... El hombre que salvó a un pueblo junto a quien lo devolvió a la civilización. «Un comisario con futuro». Eso, un futuro, salir de los pueblos, y, quizás, hasta una condecoración.

¿Entonces?... —Giusti se movió impaciente; no le agradaba ser parte de una jugarreta política; lo suyo era cuestión de autoridad, orgullo y respeto—. ¿Usted no piensa hacer nada, comisario?

El petiso asumió pose de importante. Al secretario de El Senador le pareció un Duce en miniatura.

Las autoridades policiales —dijo, engolado— estamos sujetas a la constitución, Don Giusti, y no seré yo quien desobedezca el alto mandato estatutario de nuestra provincia.

¡¡Constitución, un cuerno!! —vociferó el estanciero— ¡Haga algo, que para eso lo traje y le pago, mierda, o lo hace mi gente! Ya me harté de tanto hueveo y espera... —y sin dejar pie a respuesta, se volvió enérgico hacia su soldadesca— ¡Eh, ustedes...!

Cuando el estanciero quiso hacer señas a sus gordos, quien apareció frente a él no fue el secretario de El Senador sino el comisario. Sus pupilas expulsaban aguijones.

Mire, Don Giusti —le dijo secamente y atreviéndose a apoyarle la palma en el pecho con suavidad—, usté hasta acá llega... Vamos a hacer lo que El Senador disponga —Giusti se contrarió: ¿ese pelmazo le estaba ordenando algo? El policía prosiguió— Nosotros permaneceremos aquí para asegurar la zona —carraspeó—, como hemos hecho hasta ahora... Puede quedarse si quiere, pero no haga nada que después lamente, como dice el muchacho.

El estanciero sopesó velozmente las opciones. No le convenía sumar un nuevo lío al que ya tenía enfrente. Tampoco podía irse. Si venía El Senador, todo se transformaría en un circo de medios, algo impropio para él, que prefería los subterráneos de la política y los negocios. Pero también la luz tenía su costado positivo. Era factible que pudiera instalar moliendas en la zona y atraer más inversores con la energía. Puesto esto en el balance, abandonó de inmediato la idea de movilizar a los peones, asintió levemente y se volvió al secretario, con el rostro limpio, como si nada hubiera sucedido.

¿Cuándo llega El Senador?

Cuando entre más la noche —respondió el del traje—. Ahora hay que darles las horas que piden.

¿No se irán a hacer los locos en ese tiempo, che?

El secretario habló para lucirse.

Lo dudo, comisario. Si no lo hicieron hasta ahora es porque no deben tener nada que hacer. ¿Usted ve algo de logística o, como dicen ustedes, inteligencia? Son ellos y punto. Ni armas deben tener. No van a hacer nada. Además, ya está toda la gente acá —concluyó, señalando tras de sí.

Los otros dos giraron y prestaron atención a una multitud que les había resultado ajena hasta el momento. Cien o ciento cincuenta habitantes de Estación Alicia ocupaban la plaza en medio de la oscuridad apenas cortada por los focos de los vehículos y algunas velas y cirios que cargaban en sus manos los ancianos. Compartían mates, pan y chorizo en grasa sentados cómodamente en sillas de madera que acercaron en silencio desde sus casas. Evitaban moverse para que la humedad no se les apropiara del cuerpo.

El comisario se secó la frente e hizo techo con la mano en la frente buscando contrarrestar la intensidad de las luces de los autos para enfocar mejor a la multitud. Los viejos masticaban en silencio o apenas murmuraban con la vista al frente. Miró a los otros dos y se miró a sí mismo. Estaban concentrados en él, el secretario y Giusti. Lo invadió un repentino ataque de vanidad que resolvió metiéndose la camisa en el pantalón y pasando una mano humedecida con saliva por el cabello. Saludó y varios vecinos le devolvieron el gesto.

Pucha —dijo para sí mismo—, esto hasta parece un cine.

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