lunes 30 de marzo de 2009

Será el clima (58 minutos)

Exteriores del Ascochinga Golf. Sánchez Rey y González del Pino están sentados en reposeras a la entrada.

—Qué tranquilidad acá, eh.

—Y que lo diga, Sánchez. Una bendición.

Pasan tres minutos.

—El clima, seguro.

—El aire. Una ensoñación.

Cinco minutos.

—¿Le digo algo? Yo me quedaría a vivir acá.

—Si no fuera por el presupuesto.

—Si no fuera por el presupuesto.

Diez.

—¿Aquellos son perros y una perra?

—Perros y perro. Arlequín se llama el perro. Es de una gente de Santa Fe.

—Mire usted.

—Sí.

—Andaba caliente con una perra de la calle.

—No me diga.

—Sí.

Pasan quince minutos.

—Me parece que tendríamos que juntar las bochas.

—Si lo dice por esas cuatro de la calle, son de aquellos de allá.

—¿Los de los sillones de enfrente?

—Los mismos.

Veinte.

—¿Ha visto que no se han movido, González?

—En media hora.

—¿No le parece que no son buena yunta?

—Afloje, los tengo controlados.

—¿Usted anda...?

—Siempre. Nunca se sabe.

Cinco minutos después.

—¿Será el clima?

—Vaya a saber.

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jueves 26 de marzo de 2009

Lomo sobado

LA REVOLUTA – EPISODIO 40

El Senador retornó de la calle hasta el grupo tras la camioneta. Caminaba con paso decidido. Terminó de meterse la camisa dentro del pantalón y abrocharse el cinturón a un par de metros de la F100. Miraba alternativamente hacia los conjurados, los viejos de la plaza y el piso, procurando pisar firme en medio de la oscuridad. Su secretario lo escuchaba reír bajo y llegó a creer que su jefe había perdido la cabeza. Lo de desnudarse, vaya y pase, pero que le hicieran toquetearse como una bailarina exótica le resultaba intolerante.

Listo, caballeros —dijo ya en el grupo en un tono que no traslucía vergüenza—, esto queda arreglado en minutos.

Senador —preguntó completamente anonadado el secretario—, ¿qué fue eso de bajarse todo y toc...?

Nada, nene, nada —lo censuró en voz baja—. Estrategia pura, pipi. Tenía que dejar que supieran que podían manejar la situación. Yo no me bajo los lompa por cualquier cosa.

¿No va a necesitar escolta para ir adonde estos chiflados, señor? —intervino el comisario—. Me ofrezco a acompañarlo hasta la panadería y cuidarle las espaldas. Me corresponde, además. No debiera ir con estos desacataos así como así. Quién sabe qué carajo tienen ahí dentro...

No se preocupe, comisario. Son pichis. —Y dirigiéndose a su equipo— ¿Qué más sabemos de los medios?

Me acaban de llamar algunos. Van a estar acá mañana por la mañana —dijo el flaco que había permanecido todo el día en Estación Alicia.

El Senador insultó de un modo casi imperceptible.

¿No pueden mandar nadie para esta noche? Carajo, ahora sí necesito que se apuren. Nos vendría bien hacer un adelanto provincial... A ver, lo mejor sería salir en la última edición de la televisión ahora y que empalmemos después con los matinales de la radio y la tele.

No tienen gente —informó el secretario—. Un canal dijo que iban a comentar algo y otro que tenían que ver si se caía la nota de la mujer de ochenta años que tuvo un bebé en su casa. ¿Se acuerda? —sonrió con malicia— Nuestro último éxito: su mejor subsidio, su mejor foto y la mejor cobertura del año, Senador.

Sí, pero no se puede vivir del pasado, querido... Por favor, no dejés de decirles a estos maricones de los medios que estén atentos. Desde ahora, tu tarea es meterle, cómo decirlo... meterle tensión dramática al asunto. Ah, y asegurate de que no se hable de la bajada de pantalones entre esta gente...

Hecho — dijo el secretario.

Giusti había permanecido hasta entonces en silencio siguiendo la conversación, pero ahora necesitaba sacarse la espina.

Perdón, pero... ¿escuché “medios”?

Medios —respondió El Senador, mirándolo con alguna displicencia—. Necesitamos que esto se sepa.

Me parece que no —lo contradijo el estanciero—. Si hay lío en la prensa hay problemas en todos lados, eso lo sabe. Esto va a ser un gentío. Con el quilombo que tenemos ya me alcanza.

No se preocupe, Giusti —procuró calmarlo el político—. Nada malo va a pasar.

Senador...

Giusti quiso seguir, pero el otro dio medio vuelta y se retiró a conversar con los dos asesores que viajaron con él al pueblo. Al estanciero le subió la temperatura y salió a buscar a la desesperada al secretario. Lo encontró entre el gentío, ocupado en convencer a las viejas y viejos de Estación Alicia que aquella persona que unos minutos antes exhibía una exclusiva danza erótica no era su jefe, sino él mismo. Considerando la escasa vista de los ancianos, no era un argumento insustancial.

El estanciero lo separó de la gente tomándolo con firmeza por el brazo.

Escuchá, pibe, mejor que sepan esto —encaró con firmeza, midiendo el tono para no gritar—: un lío en los medios pone a este pueblo en boca de todos y yo tengo negocios que proteger. Mis socios en Buenos Aires no van a estar nada contentos viendo que la guita que pusieron aquí está en medio de un lío por un pelotudo que se cree el “Che” Guevara.

Todos tenemos problemas que atender, señor —dijo el muchacho, cortante; estaba entrenado para romperse pero no doblarse si eso implicaba arruinar los planes de El Senador.

¡Y los míos son los primeros, carajo! —estalló entonces Giusti— ¡¿A quién quisieron joder acá?! A usted no. ¡Fue a mí, y de no ser por eso, usted ni habría venido!... —bajó el tono, pero no la inquina— No me diga que sus problemas son mayores que los míos porque la cosa así no camina. Ya suficiente esperé con el payaso del comisario para que ustedes ahora me quieran llevar de las narices adonde no quiero... ¡Mierda!

Entonces volvió a acercarse El Senador, que lo habia seguido a la distancia desde el mismo instante en que el estanciero corrió tras su ayudante.

¿Cuál es el problema, Giusti? —dijo, y no fue amistoso.

No se porte como que no sabe nada, que usted no es boludo... —ofendió.

El político mantuvo el temple.

No soy ni me hago, pero sí creo que usted anda un poquitín alterado. Venga, venga conmigo.

El Senador invitó a Giusti a seguirlo hasta el Falcon estacionado. Subieron y conversaron durante un espacio de varios minutos. El estanciero pasó de la gesticulación profusa del principio a un énfasis cada vez más apagado hasta concluir en una calma extraordinaria. Cuando bajaron, el estanciero dio la mano a El Senador, se fue con sus peones y el político con su gente.

¿Asunto arreglado? —quiso saber el secretario.

Asunto arreglado.

¿Cómo?

Un poquito de lomo sobado nunca viene mal... El problema de él es que los socios porteños se caguen si ven el despelote en los diarios o en la televisión. Dice que se le están venciendo un par de contratos de siembra en estos días y además tiene problemas para proveerles de semilla por no sé qué.

¿Entonces?

Simple, si hay lío en los medios lo convencí de que hablara con ellos. Que hiciera ver a sus socios que el problema no es de él. Que sólo estuvo, digamos, preso de las circunstancias. Y que si esto pasaba era por los malos salarios que ellos pagaban.

¿Salarios? ¿No es Giusti el que los paga?

Claro, pero con la plata de ellos. Me parece que el tipo muerde algo ahí porque los porteños no le prestan demasiada atención a esto. Si sale que los peones están enquilombados le dije que él parara todo dibujándoles la cosa, mintiéndoles a los socios. Mintiéndoles... —El Senador elevó los ojos al cielo y se corrigió— Diciéndoles que era porque necesitaban más dinero. Parece que es poca plata, de última.

¿Con eso lo arregló?

El Senador se acomodó el nudo de la corbata.

Uh... No, prometí meterle a la hija en el Ministerio de Desarrollo. Parece que es buena piba y ahí siempre caen las minitas de arreglo. Y a él le ofrecí un espacio en la lista de diputados para la próxima elección. Los provinciales, ojo, no los nacionales.

Sus asesores se miraron confundidos. El Senador nada más les indicó que lo siguieran.

Vamos a ver qué pasa con estos loquitos de la panadería.

Caminaron todos hacia la camioneta hasta que el jefe se detuvo de repente y dio media vuelta. Sonreía.

Puesto treinta y dos —dijo—. No sale ni mamado.

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lunes 23 de marzo de 2009

Sportivo (Un millón de grones)

Tunga. Tunga. Tunga-tunga. Banda-fierita. Escenario. Sonido. El bajo en el estómago. Un millón de grones. Dos millones. Tres. Una provincia de grone. Chaveta Style. Negrazón Broderí Stylish o Katunga Estáilish. Grone Sofistiqueitit. Y entre los grones: cuerpo Grone Uno y cuerpo Grona Dos. Abrazo cortito. Él: pelo-corte-cola-de-caballo-en-pleno-siglo-XXI-haceme-el-favor-un-poco. Ella: mastica-chicle-y-mira-como-modelo-en-shútin. Con el vacío dibujado en la cara. Habráse visto: gronchazo y hegeliano. Nac & Pop y tunga-tunga. Los dos, manitos juntitas. Pasito cortito. De champión rascando la cal del cemento. Uno-dós-uno-dós. Mirando a los costados. Moviendo las cabecitas. Quebradita de cadera, así. Sssss-sí. Vamos. A gozar. A disfrutar, pueblo. Sssss-sí. Tunga-tunga. Giro. Gran giro. Mega giro. Giro universal. Gira el mundo. Gira dios. Comfort y música para estacionar. Entonces estacionan. Fernéconcoca para él. Poco hielo. Hesperidina para ella. Mucho hielo. Charla. Pose matador y gatúbela-de-sábado-empleada-de-Epec-en-la-semana. Miremos a los lados. Miremos al resto. Alguien mira a la Grona Dos. El Grone Uno mira más feo. Lo deschavó: tierra de grones, eso no se hace. Quiací, pescao. No te metás, surubí. Quién te registra. Quién te juna. Pirá, bicho. Sube la banda y marca cuatro: el tunga-tunga se comienza a escuchar. Vamos a la pista. Sale el gordo. El gordo es el espíquer. Sssss-sí. Hola-hola-hola-ola-la-la-a-a. Grita al micrófono y el eco revienta en el techo de zinc. Hola, Sportivo-tivo-ivo-o, dice. La masa aulla. Sportivo, vuelve a gritar. Y la masa obedece: Sportivo, pide. Sale el negro. El negro es el rey del Sportivo. Caza el micrófono. Y él también: Sportivo, aquí estamos otra vez. Y el techo: tivo-ivo-o-avez-vez-ez. Y entonces dice: Ssss-sí. Y sacude la colita de caballo-en-pleno-siglo-XXI. Grande, Máiquel Iácson. Qui-ací. Y el Grone Uno mira a la Grona Dos. Igualito a mí, dice. Y sacude también. El morocho, el rey del Sportivo, suelta un tres-cuá y ái vamo’. Tunga-tunga con güira. Merengueado. Sabroso. Sobrado. Mono. Huaso. Nacolandia World, by Naco DJ. Se acabó el Fernando, dejalo ahí. Se fue la Hespe, dejala ái. Y manito con manito van el Grone Uno y la Grona Dos otra vez. A la rueda que mueve el mundo. A la ronda de la batata. En contrarreloj. Tunga-tunga a morir. Ssss-sí, ssss-sí. Y ú-dó-tré-cua. Sportivo-tivo-ivo-ivo. Círculo masivo. Todos los círculos del dante en el Dante. Tunga-tunga. Y el ruidito de arrastre del champión y los zapatitos taco aguja de 20 mangos en la San Martín, entre Olmos y Catamarca. Sssss. Sssss-sí. Miles de piecitos. Girando a contrarreloj. Marea. Cardumen perfecto. El mar lamiendo la playa y sin otros tiburones que cuarenta gordos grises de la Provincial. Sssss-sí. Tunga-tunga. Tunga-tunga. Fin de la primera selección. Descanso y ya volvemos, amigos. Bufé a reventar, todo a doble precio, y un murmullo en mil oídos: ¿Vení seguido por acá? Música de fondo: Roberto Carlos, reguetón del Daddy Ianqui o el Enrique Iglésia. Vodka para ella; ginebra para mí.

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jueves 19 de marzo de 2009

Vientos y mareas

LA REVOLUTA – EPISODIO 39

Ana lo miró varias veces a la distancia. Lo veía ir y venir en su ajedrez con el panadero. ¿Qué empujaba a Prasky a involucrarse? Era un recién llegado, sin lazos ni necesidades con los habitantes del pueblo. Y, más aun, quería volar desde que puso un pie en el guadal húmedo. Y cada vez que lo veía un juego de marea y contramarea se desataba en su pecho. ¿Qué deuda estás terminando de pagar, Ezequiel Prasky?

Apenas lo vio terminar una de las tantas partidas dialógicas con Porchetito, lo llamó. Prasky no demoró en llegar a ella pues deseaba salir del mareo a que lo sometía el humor cambiante del jefe revolucionario. Ni bien llegó levantó las cejas como señalando tras de sí.

La maestra no esperó saludos.

—¿Qué estás haciendo, Ezequiel?

No había molestia en su voz. Apenas una duda urgente y real.

—Creo que no te entiendo, Ana —respondió el otro, tontamente.

—No soy Porchetito. Conmigo no.

Prasky sonrió.

—Nada.

—No jugués conmigo. Nada tampoco: primero el viaje de Braulio, después armar esos... —no hallaba la palabra para denominarlos— cajones de vidrio con... gusanos. Ahora te ocupás de seguir al detalle cada movimiento de Porchetito. No, nada no es lo que vos hacés.

¿Debía decirle la verdad? ¿Podía confiar completamente en Ana? Si lo hacía, ¿no le molestaría que deseara escapar de allí a cada segundo? Ella ya había negado voluntad, pero Prasky no estaba demasiado convencido de que la maestra no tuviera su propia agenda. Eso de no querer irse ya del pueblo. Vamos, ¿quedarse a morir día a día en ese páramo?

Nada —insistió.

Ana lo regañó con la mirada por unos segundos. Prasky no pudo sostenérsela y, al cabo, respiró hondo.

¿Cómo marcha todo por acá?

Nada.

Oh, no, vos no...

¿Qué tal suena?

El periodista agachó la cabeza, movió el pie en el piso removiendo harina acumulada. Miró a la puerta. Porchetito movía la cabeza de un lado a otro decidiendo si dejaba entrar a El Senador. El político gritaba algo desde afuera y él se reía.

Parece que se está divirtiendo —dijo Prasky para escapar del acoso de Ana.

Ella no le respondió. Seguía inmóvil sin quitarle los ojos de encima. Parecía tener la tendencia de regañar a los demás como a sus alumnos.

Ufa, Ana...

Ufa... nada.

Ok, ¿qué querés saber? —se dejó vencer Prasky—. Te digo a cambio de que no volvamos al tema.

¿Por qué lo estás ayudando? —señaló a Porchetto, que volvía a gritarle a El Senador que debía desnudarse completamente—. ¿Por qué nos estás ayudando?

La miró a los ojos y sonrió. Como en casa de Lopes, volvió a sentir que le gustaba esa mujercita. Y era algo más allá de sus caderas y pecho, de la belleza dulcemente salvaje que había adquirido su rostro en el campo. Tenía que ver con su voz, con su respiración, con el modo en que se le caían las palabras de la boca, las cosquillas que le provocaban sus carcajadas de equino.

Lástima.

¿Lástima? ¿Nos tenés lástima? —Ana parecía defraudada.

Ahora fue Prasky el que no dijo nada y le mantuvo la mirada. Ana comprendió de inmediato.

Oh... ¿qué pasa con tu vida, lindo?

El muchacho vaciló. ¿Por qué confiar en ella? Había jugado consigo mismo. Evitó develar el real motivo de su auxilio a la revolución —la imperiosa necesidad de tomarse el palo del pueblo— pero el reemplazo no había sido mejor. Allí estaba, desnudo de alma ante la maestra, sin otra escapatoria que hablar de sí.

Mi vida es un verdadero quilombo. No quisiera abundar en detalles de algo que me tomaría toda una vida contarte. Te lo voy a poner así: como muchos de mi edad, generación, clase y lo que quieras, desde ciudad a país, no sé muy bien dónde estoy parado y hacia dónde voy.

No te sientas tan mal, creo que eso le afecta a todos. Incluso a Lopes. ¿O —señaló otra vez a Porchetito— creés que él sabe bien qué está haciendo?

Prasky sonrió.

Me importa poco qué sepa o no Porchetito.

Pues en estos momentos, amiguito mío, debiera, porque si no me equivoco sos “observador nacional” de esta revolución —se burló Ana—. Ahora, en serio, ¿me querés contar o no?

El porteño se rascó la barbilla y miró a los lados. La piecita donde dormía Porchetito, y donde horas antes él y Giusti habían sido recluidos, estaba vacía. El panadero seguía discutiendo con El Senador —le pidió que se sacara los zapatos y los arroje hacia su vereda y que se quite las medias y las ate como vincha— y los peones, sin Braulio, ya llevaban tres campeonatos de truco a partido, revancha y final. Prasky tomó a Ana del brazo y la condujo al cuarto. Cerró la puerta tras de sí.

Resumió su vida a grandes trazos, procurando centrarse en lo esencial, aquello que lo describiera de mejor modo. Sus padres fallecieron cuando era pequeño y fue criado por sus abuelos en Entre Ríos. Estudió la universidad en Buenos Aires y empezó a trabajar en un periódico como cronista deportivo. Un día le dieron una suplencia de verano en la sección de economía, le gustó y se quedó allí. Al tiempo empezaría con la revista de biotecnología, adonde llegó por un colega que lo recomendó. Con su jefe, contó, se llevaba bien. Hasta podía decirse que eran amigos.

Tuvo una novia por cinco años que se cansó de su falta de compromiso. Ella quería casarse y tener una familia; a él lo derrumbaba el futuro del planeta. Llegado a este punto, Ana lanzó una carcajada muy suya y Prasky se avergonzó. Exactamente así, dijo, era como reaccionaba su ex novia cuando él le decía que traer un niño al mundo con el calentamiento global en auge era una irresponsabilidad. Más aun, un crimen.

Mi querido Ezequiel —le acarició Ana las mejillas—, sos un tierno. ¿No se te ocurrió pensar que tendrías que pensar una mejor excusa, mi alma?

Pero es que... ¡es en serio!

Ana volvió a reírse.

Te lo juro. ¿Vos sabés que a este planeta le queda poco tiempo?

Más risas.

Los pingüinos no pueden vivir ya en la Antártida, quedan menos osos que nunca en el Ártico, y ¿vos te diste cuenta cuánto talan del Amazonas cada año? ¡A Buzios se la traga el Atlántico!

Ana se arrojó al piso: quedó pintada de blanco. Un peón se asomó por la puerta, atraído por los gritos; Prasky lo hizo desaparecer con un gesto de molestia y permaneció callado, contemplando a Ana, que poco a poco fue dejando de revolverse.

Ay, Dios... Perdoname —dijo ella—. Es que... —volvió a reír— Hacía mucho que no escuchaba una fuga tan graciosa.

Prasky había comenzado a darse cuenta de su respuesta —la actual y la que daba a su antigua pareja—, como si de repente una nueva biblioteca para interpretar su vida se hubiera abierto frente a él.

Dejá —respondió resignado—, creo que tengo que revisar bien qué hice. Pero de veras que los pingüinos me preocupan. No es joda. No, no te rías —Ana prometió que no lo haría si él no insistía con el tema. Acuerdo.

La maestra se sentó otra vez a la pequeña mesita.

¿Por qué no me contaste todo esto antes?

¿Acaso hubo oportunidad? —se defendió él—. O bien, ¿acaso debía hacerlo, correspondía?

No, es cierto, pero me habrías hecho quererte más rápido —dijo ella, con la cara iluminada, y lo besó.

Prasky aceptó sus labios y se puso de pie, tomando la silla con una mano. Retrocedió con Ana pegada a él hasta la puerta y apoyó el respaldo en el picaporte. Se desnudaron velozmente y se entregaron sin pausa. Sus gemidos fueron cubiertos por los soldados de la revolución —¡truco! ¡retruco, carajo!— y por las demandas de Porchetito Marx, que en ese mismo momento conseguía imponer su última demanda y gritaba a los cuatro vientos que la revolución de Estación Alicia, contra viento y marea, había logrado poner en pelotas a El Senador y que el político la tenía más chica que él.

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lunes 16 de marzo de 2009

La juventud está perdida

No fue sino entrar a la casa y comprobar que los compañeros de mi hija habían limpiado la heladera y la despensa por N vez. Al perro no le gustó que se comieran su alimento balanceado así que vino a quejarse.

Encaré a mi niña. No había derecho. No fue educada así. ¿Qué pasa con ustedes?

Finalmente, un poco a disgusto, dio un largo maullido a modo de disculpa. El perro la aceptó con una doble condición: que nunca más tocaran su comida y que le enseñaran a caer parado desde el techo. Ella dijo miau, o sea, .

El perro se fue moviendo el rabo sin saber que lo engañaban. Mi hija volvió con sus amigos, susurró algo y todos miraron hacia el can, que veía la televisión. Se rieron; hicieron prrr y jjjj. Luego se escurrieron al patio sin despedirse.

Es la edad, digo yo. Aunque no todos son así. La gata de la vecina, una parda cadenciosa y suave, es de esas pequeñas dulzuras. A mí me saluda siempre y esta vez, antes de marcharse, levantó oronda la cola y le echó una ojeada al perro. En el barrio se comenta que los jóvenes de hoy gustan de experimentar.

Fue algo incómodo porque le noté la chispa en el ojo y esta muchachita domestica mancebos. Suelo oirle seguido las explosiones de juventud, la queja orgásmica, esos maravillosos llantos de placer bajo la luna.

Ah, vida. El tiempo a mí me cerró la puerta. El perro duerme y yo nada más pierdo pelos.

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jueves 12 de marzo de 2009

Pirinchaje de cuarta

LA REVOLUTA – EPISODIO 38

Saludó con una enorme sonrisa blanca y estiró cuantas veces pudo sus manos para estrechar las de los vecinos. En cualquier ciudad, villa o universidad, la respuesta al brazo extendido hubiera sido automática. Madres entregando niños, viejas desdentadas llorando el favor de un subsidio, pedigüeños de trabajo, casa y pan. Todos ellos eran profesionales del saludo y tanto como encajaban palmadas en la espalda con suavidad de algodón sabían colocar la mano para aferrar la de El Senador como si fuera la del mismísimo Papa. Nada de eso sucedía en Estación Alicia.

Es sabido, rozar el poder, obtener sus prebendas y sonrisa de prostíbulo forma parte de los deseos oreados e inconfesados de los hombres. El poder nutre. A los famélicos les llena el diente; ruedas y muletas favorecen al tullido. A cambio sólo pide compromiso: un voto en el día indicado; gorro-bandera-y-vincha en la santa procesión. Pero esa lógica era ajena para los alicianos.

El poder formal no testimoniaba en décadas, circunstancia que prohijó el surgimiento de relaciones personales que cimentaron los pilares sobre los que se construía el pueblo. Sólo la informalidad de Giusti imponía respeto y aun así el viejo era cauteloso con los vecinos. No reclamaba y en más de una ocasión extendió su dádiva para necesidades puntuales. Por eso cuando El Senador estiró sus manos entrenadas los viejos se quedaban mirándolas con un punto de intriga. ¿Quién este hombre que saluda como amigo? ¿Por qué sonríe si no es mi vecino? ¿Qué quiere de mí si en absoluto lo conozco?

Durante la infructuosa propaganda, El Senador jamás perdió la sonrisa de caballo y tampoco se desacomodó uno solo de sus cabellos, teñidos por un coiffeur de renombre. Después de esquivar la mano proselitista los vecinos lo veían a los ojos largo tiempo, como buscando asociar ese rostro y esa mirada a la idea de que él, ese hombre desconocido, traía, entregaba, significaba luz. Pero, ¿cuándo? ¿De qué modo? ¿Por qué creer en ese supuesto salvador? ¿Es en serio eso de la luz?...

Antes de que siguiera repartiendo candor en vano por mucho más tiempo, el secretario tomó suavemente del brazo a El Senador y lo alejó de los vecinos. Los otros dos acompañantes del político y un par de policías enviados por el comisario oficiaron de valla de contención inútil para frenar a un vecindario que jamás se exaltó y nada más susurraba preguntas sobre el regreso de la energía.

¿Qué dice, Giusti, cómo va? —preguntó El Senador, ya al pie de la camioneta donde el comisario y el estanciero esperaban—. ¿Qué tenemos?

Giusti saludó con un gesto y le dedicó una larga mirada. Hacía tiempo que no lo veía. Desde la campaña de reelección, un par de años atrás, cuando se reunieron en un bar perdido del sur provincial para arreglar el aporte del estanciero a la campaña. El comisario, en cambio, reparó en él como quien observa a una estrella.

Le sonrió encandilado por la dulce y seductora voz del hombre y sus ojos celestes, más profundos que los de Giusti. Se admiró del bronceado parejo que cubría el semblante de El Senador. Cuando el legislador le extendió la mano, hasta él mismo se sorprendió: el comisario se la estrechó con una fuerza conocida, la de los desesperados y ávidos que tan bien conocía y faltaron en el amontonamiento de viejos. La sonrisa fotogénica saltó de inmediato al rostro del político, que devolvió el saludo apretujándole la diestra con las dos manos. Por fin alguien sensato, pareció pensar.

Luego el secretario acabó por ponerlo al tanto de la evolución de los hechos. El Senador, acostumbrado a ser notificado con palabras telegráficas o ideas fuerza, comprendía velozmente la situación y trazaba un mapa de soluciones posibles en su mente a la par que su asistente cronicaba la revoluta del panadero.

Ese asunto de la soja —dijo finalmente el político, con un tono definitivo— es fácil de resolver: traigan a los de la semillera y que hablen con la gente si quieren calmarla, aunque parece que les importa poco y nada. Por lo que veo, todos quieren nada más que luz, así que... veamos cómo terminamos con el circo ya mismo.

Senador, señor, un gusto, nuevamente... —volvió a presentarse el comisario— A fuerza de ser reiterativo pero no por ello restando importancia a los dichos de su joven y brillante asistente —dijo engolando la voz—, déjeme afirmar como oficial a cargo del operativo que la situación está perfectamente controlada a la espera de su resolución y la del gobernador. Y hablando de ello, señor, ¿la máxima autoridad de la provincia se hará presente? —terminó procurando controlar la ansiedad.

Gracias por la ceremonia pero no es necesaria, comisario. El gobernador no vendrá; yo negocio en su nombre. ¿Tiene un megáfono?

No, señor —respondió marcialmente— . Uso las manos, señor.

¿A la distancia? Qué poco tacto... En fin, a ver, muévame un poco el Falcon para que ilumine el camino a la panadería. Que no les de de frente porque se van a asustar. Póngalo ladeado, para que me vean llegar.

¿Va a ir? —se inquietó Giusti—. Me alegra que quiera resolver todo rápido, pero quizás no sea recomendable somenterse a...

No se preocupe, Bernardino —El Senador lo cortó con una sonrisa, firmemente aunque sin grosería—. He manejado cosas peores, y por lo que veo y me dice mi secretario, esto es pirinchaje de cuarta.

Luego se quitó el saco, remangó la camisa y aflojó la corbata. Se alisó el pelo hacia atrás con un peine que el secretario extrajo del bolsillo del traje y después revisó ambos costados del rostro, girando la cabeza a un lado y otro, ante un pequeño espejo que otro asistente puso frente a él. Tras eso, repitió a la perfección los modos de un actor: mostrarse compungido, preocupado, molesto, autoritario, ocupado por la situación.

Finalmente, comprobó la dentadura perfecta ante el espejo y se abrió paso entre el comisario y sus ayudantes. Se quedó solo por unos segundos contemplado la panadería. Luego giró —lo hizo en seco, con una confianza que el comisario decidió copiar— y se volvió hacia el grupo, afirmando rotundamente con la cabeza. Su equipo le devolvió el mismo gesto y el comisario los imitó, un segundo después. El Senador no lo vio, pues ya había vuelto a mirar hacia la panadería y, llevándose las manos a la boca —un gesto que emocionó al policía—, comenzó su show.

¡Señores... Señores...! —convocó con voz poderosa, y volvió el rostro al grupo—... ¿Cómo se llama el líder...? ¿Porchietti? ¿Poletto? Porchetto, perfecto... —y regresando la vista a La Espiga Roja Revolucionaria— ¡Señor Porchetto, soy El Senador! He venido con un encargo personal del gobernador para dialogar con usted y sus muchachos. Dada la situación, estoy convencido de que es imposible hacerlo a la distancia como hasta ahora. Esto merece una conversación de caballeros, respetuosa e inteligente... Seguro que nos entenderemos, así que... —hizo una breve pausa y abandonó el resguardo de la camioneta para meterse en la línea de luz de los faros de los autos— Así que me acercaré lentamente, sin armas, como verá, hasta la mitad de la calle, tal cual como lo estoy haciendo en estos instantes... Ahí me detendré y esperaré unos minutos hasta que ustedes me autoricen a ingresar, ¿de acuerdo? Sólo así, y repito, caballeros, sólo así podremos hablar. Entiendo su posición, señor Porchetto, y deseo que lleguemos a un acuerdo beneficioso. Es la orden del gobernador y es mi misión aquí. ¿Me ha entendido?

No hubo respuestas pero sí conversación al interior de La Espiga Roja Revolucionaria.

¿Senador?... ¡Papá, la que conseguiste, Comandante! —festejó Prasky, sacudiéndole los cabellos a Porchetito Marx— Tenés a un representante del gobierno acá para arreglar el asunto.... Gol, viejo, gol. ¡¿Viste que la radio funcionaba?!

El entusiasmo del periodista mediaba entre la alegría real y el provecho propio. Con un político allí la revolución tenía las horas contadas. No tardarían en llegar a un acuerdo y él, finalmente, podría salir de Estación Alicia. Pero, curiosamente, en el momento en que la idea de abandonar el lugar se hizo patente en su mente, Prasky sintió como sin un pequeño orificio se abriera en su pecho. Como si su cuerpo resistiera seguir a su mente. ¿Acaso no quería irse, en realidad? Prontamente, sin arreglo a segundas lecturas, atribuyó la reacción física al desajuste emocional de esos días.

No conozco a este tipo, Prasky —sentenció serio y reconcentrado el Comandante Marx y esta vez su voz sonaba firme y segura—. Aquí no viene un político desde antes del corte de luz. Ahora bien, si éste vino es porque la pegamos, sí... —pensaba rápido, con las cejas arqueadas y toda la frente reunida en cinco arrugas— Tenía razón, no más, parece. Creo. Los gusanos y la radio funcionaron, sí... —en esos momentos Porchetito había empezado a dudar más rápido de lo que pensaba— ¿Tendríamos que dejarlo entrar, no? Quiero conocerlo... Digo, para discutir el tema, usted me entiende...

Claro que lo entiendo, Comandante —Prasky fue sinceramente asertivo, deseoso porque el otro no titubeara—. Mire, el jefe es usted; yo sólo lo ayudé en la emergencia. No estoy tan seguro de dejarlo entrar hasta saber qué quiere, ¿no?... Digo, no sé, yo me aseguraría... —¿por qué estaba dudando él ahora¿—Pero, ¿qué digo?, discúlpeme, che... Yo no tengo que aconsejarle cómo hacer para hablar más cómodo, que seguro sería aquí, pero, claro, no me siga. Usted es el Comandante Marx, suya es la decisión, por supuesto...

Tiene razón, tiene razón, Prasky... —los nervios brotaron de una sola vez tras escuchar al periodista; Porchetito no había conseguido de él la seguridad que precisaba— Tengo que calmarme...

Se levantó e inició su maniática caminata circular por la panadería. Los peones, más atrás, cuchicheaban sobre la llegada del político y le echaban una mirada de vez en cuando. Sin Braulio allí nada más deliberaban a base de chistes. El panadero volvió a la puerta y se parapetó. Parecía decidido a algo, como si hubiese dado con la llave maestra que había precisado desde el inicio de la revolución. Prasky se paró al otro lado:

¿Y? —inquirió, deseoso.

Vea esto.

Porchetito asomó apenas el rostro por la ventana rota.

¡Senador, soy El Comandante Marx, líder de la revolución de Estación Alicia! ¡Era hora de que un representante del Estado burgués se hiciera presente! Dígame, ¿qué quiere hablar?.

Comandante... —dijo El Senador, evitando llevar a menos la figura de Porchetto— quiero hablar en persona con usted. El gobernador me ha comisionado a darle una solución atendiendo a sus demandas. A todas, sin cortapisas. Eso es lo que deseo discutir... Pero le pido que me deje ingresar para hacerlo en mejores condiciones —mientras hablaba, El Senador avanzaba hacia el centro de la calle—. Como verá, estoy desarmado, y estoy más preocupado por toda esta situación. Dígame... Quiero que sepa... —se detuvo justo en el centro del camino— Quiero que sepa que deseo conocer sus motivos para que encontremos juntos, repito, juntos, una salida a esta crisis... Por favor, le solicito que me deje ingresar...

El Comandante Marx calló. Se sentía halagado porque le reconocieran el rango y el Estado tomase en serio sus demandas. Nada de eso había pasado hasta entonces; las negociaciones con el comisario habían quedado sumidas en la insignificancia. Sí, una cosa era discutir con un policía de pueblo y otra con un enviado directo del jerarca máximo de la provincia.

¿Y?

Estoy pensando, Prasky...

Pasaron algunos segundos con el Comandante con la cabeza gacha y la mirada fija en el piso, hasta que, de repente, una sonrisa maligna se instaló en su rostro.

Ya sé.

¿Lo va a dejar entrar?

No sé, todavía no sé... Antes...

Volvió a asomarse a la puerta.

Senador... escuche... ¿cómo sé que no trae armas? ¿Quién me lo garantiza? —gritó.

Se lo garantizo yo, Comandante: palabra de senador de la provincia.

No, no jodamos, con esa bosta no alcanza. Quiero garantías.

El Senador bufó, pero debió resignarse: quería resolver el asunto, porque sabía que eso le daría puntos en los medios. Preguntó de qué garantías hablaba.

Tengo que ver que no trae armas... Así que... —el Comandante Marx hizo una pausa para acentuar el dramatismo de su pedido—... ¡bájese los pantalones y quédese en bolas!

¡¿Qué hace, Porchetito?! —Prasky lo miró con los ojos extraviados.

Porchetto era una sola risa; al porteño le pareció que ahora sí había perdido completamente la cabeza: tenía una solución a mano —él deseaba que esa fuera una solución a mano— y la arruinaba con una provocación de cateto.

Shhh.... No joda que lo estoy midiendo al tipo este.

Pero mire si se va a poner en bolas, hágame el favor... —empezó a molestarse Prasky presintiendo que se le iba otra oportunidad más de escape— ¿Qué se cree, que este no tiene orgullo, boludo?

Afuera, El Senador se debatía. Levantó un dedo al aire como pidiendo un minuto a los atrincherados en la panadería y giró llamando a su secretario. El muchacho dejó el escondite tras la camioneta y corrió a su encuentro.

Nene, ¿llegaron los medios ya? —dijo el político en voz baja.

No, Senador, todavía no.

¿Y estamos completamente seguros de que no van a llegar, digamos... en los próximos quince minutos? —volvió a inquirir.

Seguro. Les va a tomar su tiempo. ¿Quiere que llame para apurar?

No sea pelotudo. ¿No escuchó lo que pidió el chiflado ese del panadero?

Me temo que no demasiado, Senador. Le pido mil disculpas pero estaba conversando con algunos productores de radios de Córd...

Ya, no explique. Me pidió que me ponga en pelotas como garantía de que no llevo nada encima.

El muchacho no respondió. No hubo consternación en su rostro; más bien, estaba reconcentrado, como si evaluara opciones.

Si le sirve de algo, los medios no llegan en un buen rato. Y aquí viven doscientas personas. Doscientos votos. Silenciables con la luz, subsidios, un poco de pavimento.

El Senador le hizo señas de que completara la idea.

Ponerse en bolas no está mal si con eso hay una primera plana, Senador.

El político no necesitó más, se quitó la corbata y se la entregó al asistente, que empezó a desandar su camino hacia la F100 mientras él volvía a girar para ponerse de frente a la panadería.

Medios —musitó—. Es la primera vez que no los quiero cerca.

Sin demora, El Senador desabotonó la camisa y en un tristrás se bajó los pantalones hasta los tobillos dejando ver unas piernas flacas y varicosas.

Mi dios —exclamó Prasky ante la mirada de Porchetito Marx, que se mordía los labios con picardía.

Era una imagen graciosa, especialmente por el recorte del cuerpo que provocaban las luces de los autos. El Comandante Marx lo entendió así.

¡Bueno, ya está! ¿Ahora qué más quiere, carajo? —gritó entonces el político.

Un segundo —respondió Porchetito volviendo a sentarse en el piso.

¿Y ahora? —inquirió Prasky—. ¿Le va a pedir que se haga una paja dedicada a la tribuna?

No me tiente —río el Comandante—. Ahora lo vamos a hacer entrar. ¿No se dio cuenta? Está regaladísimo —concluyó.

Mire que... —dijo el otro con una sombra de duda en la voz.

¿Mire que qué, Prasky?

Nada, nada...

¡Hable!... ¿Qué quiere decir? Este momento es crítico y necesito ideas, así sean las suyas, que hasta ahora han sido más teatrales que efectivas.

¿Y eso? Hacía unos minutos Porchetito Marx reconocía el impacto de las cajas de vidrio con la soja y los gusanos y ahora se daba vuelta los calzoncillos. Prasky quería convencerse de no estar escuchando lo que entraba por sus oídos y apretaba la lengua contra el paladar para no decirle la verdad de sus planes.

Nada —respondió, templándose—, sólo que éste... Éste es un político profesional y me parece que puede enredarlo, che. Si se puso en bolas es porque vio que no perdía nada con hacerlo y que quizás ganaba bastante más haciéndole caso a usted...

Porchetito lo miró fijo unos segundos, pero luego volvió a sonreír. Había tenido una nueva revelación que expresaba con una sonrisa, ahora, ferozmente pérfida. El porteño lo notó: no era el panadero quien lo miraba sino el comandante revolucionario Primo Carlos Porchetto Marx.

Msé... Pensé en eso —dijo con tono sobrado—, pero usted no pensó en la otra: si este tipo entra, de acá no sale... Me cago en Giusti —sonrió con malicia—: ahora me quedo con un preso político del Estado.

La salida descolocó a Prasky, quien, era cierto, no había evaluado esa maniobra como posible. De hecho, difícilmente hubiera sobrevolado por su cabeza la posibilidad de que Porchetito recuperase la iniciativa. Él seguía presenciando una revolución sin norte ni victoria visible, más allá de las creencias alocadas del panadero.

Ojo —aconsejó—, la va a volver a poner difícil, Comandante...

No —respondió terminante el Comandante Marx—, en esta ganamos. Segurísimo. Vea, si ya se puso en bolas, este tipo accede a cualquier cosa. Lo dicho: está regalado. Con moño y tarjeta. Con ése adentro tenemos ventaja, y me parece que es definitiva.

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lunes 9 de marzo de 2009

Little Bunny

“—Are you over there?”

¿Escuché bien? Esa voz...

“—Are you over there?”

Escuché bien, sí.

Volví los ojos, cruzando la galería central, con el sol apuñalando la sala. Es él: Colin sonriendo al otro lado.

No me asusté ni corrí. Los fantasmas son buenos brujos y Colin había dejado aquí su santidad, así fuere sin desearlo.

El día que llegué a este pueblo perdido desde Dundee, sesenta años después de la postal de Colin, mi abuelo, un policía me contó la historia. Era un viejo comisario retirado.

No tenía mucho por decir, pero era suficiente. Unos malandras habían sorprendido a Colin cuando paseaba por la calle de regreso del correo.

Se resistió mas le robaron.

No murió por golpe, trauma o acción criminal sino de un infarto. Un común y tradicional paro. Imagínense.

Quizás fue la impresión.

Ahora el abuelo Colin es una forma indefinida por la resolana y los años de entidad inhumana. Es algo que sonríe pero la sonrisa es humo. Es una brisa que se escurre por las esquinas del salón.

Y heme aquí, a horas de escribir mi propia carta para mis propios nietos.

Crucé el Atlántico desde las colinas de Dundee para jugar una tarde a la gallinita ciega con un fantasma y en los restos del Hotel Edén. No regresaré. Hay ciertas puertas que jamás debes trasponer, ciertos juegos de que abstenerse.

No comprendo esas cosas. Tengo la fruición de la humanidad.

Como el abuelo Colin, me iré de muerte natural, asustada por su ánima como antes lo hicieran los espíritus malandras con él y el del comisario con ellos. Este sitio carece de otra vida que los minutos que me restan de existencia.

Ah, tramposillo: allí va la sombra de Colin con su sonrisa vaporosa.

“—Are you over there, little bunny?”

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jueves 5 de marzo de 2009

Los marxianos somos verdes

LA REVOLUTA – EPISODIO 37

Lenin hizo su mayor esfuerzo. Por un instante, el único gangoso del pueblo supo que estaba ante la oportunidad de su vida. No se trataba del estrellato sino de demostrar a Benito Raimundi, su patrón y propietario de la verdulería de Estación Alicia, que era capaz de más que cargar el cajón de naranjas o lustrar las berenjenas. Una vez que templó los nervios, el texto que la maestra le dictaba al oído comenzó a irradiarse con su voz pastosa. Su título: “De Cómo Declaramos la Revolución en Estación Alicia y Nuestras Fuentes de Inspiración”.

El texto decía:

A quien corresponda en el mundo del éter:

Nos, los representantes de la revolución marciana, hemos tomado las instalaciones civiles de Estación Alicia, ubicada en plena pampa de la República Argentina. A través de este comunicado, al que denominaremos informalmente Bando Número Dos, queremos hacer saber a la humanidad que estas tierras pertenecen ahora a los marxianos, al Ejército Rojo de Estación Alicia, instalado, no podemos decir que cómodos, pero sí convencidos en las instalaciones de la panadería La Espiga Roja Revolucionaria.

Hemos mantenido por años nuestra operación en secreto. Ni las falanges de las Termópilas ni el asesinato de Nerón a manos de Julio César y de éste, ultimado por Cayo Bruto Julio Octavio Tercero, tuvieron el tiempo de preparación de esta invasión marxiana a los verdes prados rebozantes de productos agrícolas argentinos que hoy se reparten por el mundo.

Nuestra operación es la culminación del ideal troyano, perdón, griego. Hemos permanecido ocultos, no en la panza de un caballo de madera, sino entre las mieses, los tallos y los paraísos pampeanos, hasta tener plena conciencia de que la toma de Estación Alicia podía iniciar la conquista del mundo por parte de las fuerzas marxianas.

Hoy iniciamos ese camino. Vini, vidi, vinci, dijo Cicerón, o quizá fue Pompeyo o César y hasta capaz que Aníbal, pero no estamos muy seguros. Lo importante es que la suerte está echada.

¡¡Alea jacta est, alea jacta est, alea jacta est, hasta la victoria, venceremos, volveré y seré millones!!

Hombres y mujeres del planeta... Por largo tiempo esperamos instrucciones de nuestro comando central, ubicado en Buenos Aires, muy cerca de la Casa Rosada, desde donde nuestros líderes marxianos guiaron nuestra estrella. Ahora, un miembro de nuestra fuerza, el observador nacional Ezequiel Prasky, ha dejado sus tareas periodísticas en la capital de este bienamado país por el que muchos lucharon y cayeron en los campos de Ayacucho, Vilcapugio, Ayohuma y Curitiba, y se ha llegado hasta aquí como muestra de que los tiempos habían dado, de que las campanas suenan por nosotros y que los marxianos, y no los santos, venimos marchando.

Al mundo que nos ha tenido negados, como si fuéramos una visión alucinada, una creación de Bradbury: ¡la invasión marxiana tomará los campos de Estación Alicia y desde aquí irradiará su poder hasta conquistar el mundo!.

Oh sabios líderes nuestros, oh Comandante Marxiano Porchetito, oh observador nacional Prasky, oh...

Los marxianos hemos sumados a cabales hombres del arado, el potro y el ordeñe a mano para fortalecer nuestra acción. Son personas fuertes, somos seres poderosos. Hemos tomado las armas y sometido a quienes controlaban hasta hoy a la humanidad. De nada sirve ahora su dinero, señores, de nada su explotación. Los marxianos vamos a tomar el mundo.

Primero es esto; luego, el planeta. Arderán en su infierno los poderosos. Primero, Estación Alicia; luego, Washington, Roma, París, Berlín, Manila...

¡¡Alea jacta est, alea jacta est, alea jacta est, hasta la victoria, venceremos, volveré y seré millones!!

Nos inspira la necesidad de cambiar las cosas. Líderes, es lo que nos inspira. Lenin, y el hermano Marx, Las Águilas Negras y La Linterna Verde. Porque, hombres y mujeres de toda esta tierra explotada por avaros y codiciosos, los marxianos somos verdes, como verde es el campo argentino y como verde es la esperanza. Y así como la pampa tiene el ombú y la cordillera Los Andes, nosotros tenemos verdor, verdad y verdura...

Verde es la ahora marxiana Estación Alicia y verde seguiremos siendo los marxianos, así sea roja nuestra espiga y el nombre de la panadería que nos cobija. No nos preocupa la confusión cromática, señores; sólo el marxianismo y su triunfo final. A aquellos que creyeron que las ideas y el estilo de vida marxianos no existieron nunca, a aquellos que alguna vez lo aceptaron pero asumieron que habíamos dejado de existir, nos, los marxianos de la pampa, los convocamos a visitar nuestro asentamiento. No hay mucho para ver porque esto es llanura pura y la llanura no termina nunca, debemos decir. Sin embargo, tampoco lo hará la conquista marxiana del corazón humano.

Hoy somos pocos pero ya seremos muchos. Lo verán. Sí, el pueblo que hemos liberado del yugo esclavista de los dueños de la humanidad, lo sabemos, claro que lo sabemos, es pequeño. Pero ser marxiano es una conducta. Más aun: es una convicción. ¡Somos marxianos hasta los genes, carajo!

Escúchenos y hagan conocer nuestra voz: todos debemos abrazar la causa marxiana, la única capaz de crear al hombre nuevo. A un hombre marxiano. Queremos que nos conozcan, que nos sepan decididos. Hombres y mujeres del planeta, humanidad toda: están invitados a venir a Estación Alicia para descubrir la nueva sociedad marxiana y nuestro espíritu. No se arrepentirán y nuestra sociedad los cuidará como si fueran hijos a quienes perdimos hace tiempo y a la distancia, así sea espacio sideral el que nos haya separado. La sociedad marxiana es abierta al amor, la paz y la tranquilidad espiritual. A dormir la siesta y a la poligamia. Somos seres positivos, como el verdor de nuestra esperanza. Vengan a nosotros: la casa marxiana es chica pero el corazón es grande.

¡¡Alea jacta est, alea jacta est, alea jacta est, hasta la victoria, venceremos, volveré y seré millones!!

Oh sí, querida humanidad necesitada de revelaciones, nuestra acción marxiana inaugura hoy la Argentina Año Verde. Por eso, como razonara el poeta, arquitecto y mecánico industrial Arturo Jauretche...”

***

Braulio y varios peones pasaron junto a Ana, que entonces hizo una pausa. Preguntó a Prasky con un golpe de cabeza qué pasaba. La distraía tanto movimiento. Con otro, él le dio a entender que todo estaba bien y sacudiendo la mano le indicó que siguiera en lo suyo. La maestra se desentendió de la movilización de los peones y, antes de reiniciar, pidió a Lenin que mejorase su dicción, que se tranquilazara y que tomase aire antes de hablar pues aun quedaba bastante y su imaginación apenas estaba desperezándose.

Tenés que pronunciar mejor, Osvaldito. Mirá que del otro lado no van a comprender bien lo que decís. Esto es lo más importante: tratá de que la equis suene como equis porque hasta ahora suena como una zeta, ¿me entendés? Repetí conmigo: “mar-xia-nos, mar-xia-nos”. No, no, pará: “marzianos” no; nosotros no somos “marzianos” sino “marxianos”, ¿entendés la diferencia, mi vida?... Otra vez... ¡No, no, no!... Ufa, a ver, probemos con esta otra: “Combatientes mar-xia-nos”, “Somos combatientes mar-xia-nos en el campo cordobés”. Ay, no “marzianos”, no... A ver, de nuevo...

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