jueves 30 de abril de 2009

Non, je ne regrette rien

LA VIGILIA - CAPITULO 22

Sabes cómo jugar fuerte, Charo. Hoy, por primera vez, he completado la certeza de que tu locura es irreal. O que no es de psiquiátrico. No de este. Quizás del exterior.

Anoche, cuando dejaste el CD de Piaf en el escritorio, abierto de par en par, no seguí el juego. Fue esta mañana, aun amarrado por las babas del sueño, que desperté a todo.

Repasémoslo así.

Play.

Allez, venez, Milord!

Vous asseoir à ma table;

Il fait si froid, dehors,

Ici c'est confortable.

Pause.

(Casillas escribe en una hoja membretada del hospital.)

Este disco, esta canción y esta Piaf me han resuelto la octava laguna de la memoria. A tí era a quien gustaba Piaf, a tí a quien esta letra transportaba. Yo fui tu Milord, Charo.

Play.

Laissez-vous faire, Milord

Et prenez bien vos aises

Vos peines sur mon coeur

Et vos pieds sur une chaise

Pause.

Me perdonarás, nunca supe jugar el juego. Rizar tu rizo. Esta, Charo, es la más clara aproximación al perdón que puedo hacer hoy. Y también es una carta de amor.

Play.

Je vous connais, Milord,

Vous n'm'avez jamais vue

Pause.

Y hoy gemiré por eso, maldita Charo, bendita Loca Estela.

Play.

Je ne suis qu'une fille du port,

Qu'une ombre de la rue...

Pause.

(Casillas enciende un puro; se estira en el sillón.)

Temo a tu sombra porque las sombras siempre salen a nuestros pies. Son el cable a tierra, ¿sabías? Igual es una liviandad.

Conocerte cambió mis modos. Algunos. No puedo decirte todo ahora. Basta que enuncie esto: sin tí, hubiera sido peor. No tengo límites. He dejado detrás toda frontera. Sé que no me queda sino mantenerme en línea recta hasta que no haya adónde ir. En un mundo circular, lo sabes, eso es imposible: uno siempre vuelve al punto de partida nada más para darse cuenta que ni el espacio es idéntico ni el pasado te refleja. Lo hecho nos devuelve un eco, un sonograma. Nada es igual a sí mismo.

Cada vez que paso por el mismo lugar —ese lugar está en mi cabeza—, no me reconozco.

Play.

Pourtant j'vous ai frolé

Quand vous passiez hier,

Vous n'étiez pas peu fier.

Dame! Le ciel vous comblait:

Votre foulard de soie

Flottant sur vos épaules,

Vous aviez le beau role,

On aurait dit le roi...

Vous marchiez en vainqueur

Au bras d'une demoiselle

Esta...

(El bolígrafo se queda sin tinta. Casillas busca otro en el cajón de su escritorio.)

Esta es una derrota autoinfrigida. No me queda tiempo, Charo. Debo terminar lo que resta: recopilar las memorias, quizás llevarlas al papel. Y desaparecer.

Soy un bólido, ya ves. Y soy mi propio conductor. Y he perdido el control de mi vehículo en la carretera rápida, que es lo mismo que perderse a uno mismo.

Mon Dieu!... Qu'elle était belle...

J'en ai froid dans le coeur...

Tú me calmabas, Charo. A tu modo, que nunca reconocí. Nunca tuve ancla, al parecer, y cuando la fuiste, decidí cortar la amarra.

Así es: no soporto las ataduras. Soy un niño que quiere seguir jugando en la calle, en un barrio malo, solo, y a las 10.00 pm.

Allez, venez, Milord!

Vous asseoir à ma table;

Il fait si froid, dehors,

Ici c'est confortable

(Casillas fuma.)

Lo está. Esta canción era tu capullo, donde tú, vos, te encerrabas. En estas letras siempre estuvo tibio, Charo.

Laissez-vous faire, Milord,

Et prenez bien vos aises,

Vos peines sur mon coeur

Et vos pieds sur une chaise

Je vous connais, Milord,

Vous n'm'avez jamais vue

Je ne suis qu'une fille du port

Qu'une ombre de la rue...

Pause.

¿Quién soy, Charo? Dime, ¿hay El Otro Casillas como hay una Loca Estela? ¿Cómo es él? ¿Cómo lo conociste?

Hace frío. En esta oficina hace frío. Afuera hay sol, pero aquí invierna.

Play.

Dire qu'il suffit parfois

Qu'il y ait un navire

Pour que tout se déchire

Quand le navire s'en va...

Il emmenait avec lui

La douce aux yeux si tendres

Qui n'a pas su comprendre

Qu'elle brisait votre vie

Pause.

(Casillas dobla el papel; lo mete en un sobre; cierra el sobre; gira en la silla; mira por la ventana; al otro lado de la calle ve estacionado el mismo auto de las últimas semanas; cavila.)

No me compadezcas, canción. No lo deseo. Esta ligereza, la ausencia de escudos, concluirá. Nada más espera hasta el final.

Son varios finales. El final de esta canción. El final del pasillo del hospital. El final del polvo con Estela, con Charo, con la enfermera (hoy no puedo decir su nombre), de los niños y la niña de Lima.

Mi final, cuando haya acomodado los diez recuerdos extraviados. Cuando arme el rompecabezas final, uno sin reglas. Allí habrá un legado: como quiero que sea contada mi historia.

Ustedes, los demás, construirán las suyas. Otros rompecabezas sobre mi propio troquelado.

Play.

L'amour, ça fait pleurer

Comme quoi l'existence

Ça vous donne toutes les chances

Pour les reprendre après...

(Toma el sobre y lo abre; tiene nuevas ideas; despliega nuevamente la carta.)

Ojalá estuvieras aquí para que entiendas lo último que escucho y quiero explicar. Mi vida es un rompecabezas que rearmo constantemente, pero también son los puzzles de los demás sobre mí. Vivir es un collage de periódicos.

Nunca una foto dice todo. Ninguna vida se explica. Si algo somos, eso es un infinito en la finitud.

¿No has notado que todas mis explicaciones son circulares?

Allez, venez, Milord!

Vous avez l'air d'un mome!

Laissez-vous faire, Milord,

Venez dans mon royaume

¿Qué hay en tu reino? Lo que debías mostrar ya lo vi. Lo que deseaba, lo tuve. ¿Por qué he de regresar allí donde no queda nada? Nadie vuelve al desierto para morir de sed. Antes navega la mar, donde igual caerá sediento, aunque tendrá otro viaje.

No tocas dos puertos iguales en este viaje, Charo. Lo dicho: nada es igual a sí mismo. No hay regreso, apenas un tránsito. Hacia allá. Hacia los finales.

¿Acaso no notas que mis negaciones son afirmaciones?

Je soigne les remords,

Je chante la romance,

Je chante les milords

Qui n'ont pas eu de chance!

Regardez-moi, Milord,

Vous n'm'avez jamais vue...

Mais... vous pleurez, Milord?

Ça... j'l'aurais jamais cru!...

Pause.

(Detiene la escritura; piensa; echa volutas al aire.)

Ah, perra Charo. ¡Claro que sí! Canta al remordimiento, cántale a tu deshilachado amor. Nunca tuve suerte y no la tendré. ¿Acaso es necesaria? Los finales están escritos, ¿no es así? Y si lloro —lloré, lloraré— es porque no importa qué, cómo, dónde ni cuándo, no puedo cambiar quien soy ni adonde me lleva esta barca.

Soy un Odiseo sin gloria, el único al que las sirenas no le cantan. Ellas se echan al Egeo cuando me sienten llegar.

Play.

Eh ben, voyons, Milord!

Souriez-moi, Milord!

...Mieux qu' ça! Un petit effort...

Voilà, c'est ca!

Allez, riez, Milord!

Allez, chantez, Milord!

La-la-la...

Mais oui, dansez, Milord!

La-la-la... Bravo Milord!

La-la-la... Encore Milord!... La-la-la...

(Vuelve al papel.)

No quiero ser feliz. Sólo necesito terminar con esto. Como sea, non, je ne regrette rien.

Stop? Pause.

PROXIMO › OPERACION TRIUNFO

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Aportaron ideas para este capítulo › Catalina Marchita, Miss Heinz y Ana Lía W (ARG). Gracias a Soledad DS por la letra de Piaff.

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lunes 13 de abril de 2009

Blink

Regresaba de ver a una belleza de mujer. Ella me amaba, yo sufría.

Tres de la mañana: lucidez fronteriza del sueño. Entonces, por nada, porque el bus tocó un bache o frenó en seco, o por lo que sea, supe que no debía cerrar los ojos.

Era una certeza sólida, húmeda como el miedo.

¿Qué, si al bajar los párpados, todo cuanto yo era dejaba de existir? ¿Qué, si yo, hombre y forma, no era sino un instante de otro? Ser hasta que alguien más se canse. Vivir de prestado.

La fatalidad del asunto: todas las décadas de una vida reducidas a un abrir y cerrar de ojos. Dos segundos y ocho décimas, cuanto tienes para existir.

Blink > vivo > Blink.

Y no me digan de Alicia y del espejo y de ciertas ficciones jorgeluisescas. Una cosa es leerlo; otra que el texto seas tú.

Por fortuna, eran mis años más salvajes y juveniles. O sea, era inmortal. O sea, tomaba riesgos. En definitiva, cerré los ojos.

Con miedo, pero con miedito rico. Con las tripas festejando y la excitación hasta en las manos.

Esto es lo que ahora sé: el colectivo dobló y todo siguió como si nada.

Pero, ¿qué siguió? ¿Quién sabe qué?

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jueves 9 de abril de 2009

La bicha

LA REVOLUTA – EPISODIO 42

El runrún del tractor no fue extraño para los vecinos: Dugoni era uno más en el pueblo. Años llevaba trabajando la tierra con el John Deere, yendo y viniendo por esas calles de Dios. Por eso el ronroneo expectante en de su bestia verde en una esquina de la plaza, a metros del bar de Doña Margarita, no significó nada. Para todos, Dugoni estaría viendo qué pasaba en el pueblo. Nada más la asamblea de viejos sentados en la plaza era suficiente espectáculo. Los locos de la panadería valían de postre.

Sin embargo, quienes sí atendieron al sonido de la máquina fueron El Senador, el comisario, Giusti y sus hombres. Los policías se revolvieron; Giusti los calmó. Nadie de quien preocuparse; no era más que un contratista de la zona.

Un viejo loco —decidió—. No le den pelota.

Giusti siempre elegía esa frase para referirse a Dugoni, aunque también la aplicaba a cualquiera que no comulgase con su visión de las cosas. Lopes estaba loco porque tenía biblioteca. El pueblo estaba loco porque seguía allí. El aire estaba loco porque enloquecía al pueblo. Sin embargo, nada más la locura de Porchetito se había manifestado para confirmar su impresión.

Para Dugoni, en cambio, el estanciero era un hijo de puta cabal. Cuando comenzó a rentar los campos, sus asociados llegaron provistos de máquinas modernas y nuevos aparejos para cosecha. El viejo se quedó de a pie. Dugoni se peleó con algunos capataces y les hizo saber que se las cobraría con Giusti también por, dijo, cagón y comemierda. Recién pudo hacerlo cuando logró meter al estanciero en una encerrona. Ocurrió en un camino rural que salía de uno de los campos del estanciero. Dugoni se había escondido con su John Deere detrás de un montecito de paraísos, aguardando que el estanciero concluyera su visita a la estancia. Cuando la F100 de Giusti asomó por la boca del camino, le tiró el tractor encima.

La Ford acabó en la banquina, con tanta mala suerte que la puerta del conductor se atascó con el impacto y el peón bigotudo quedó atrapado dentro de la camioneta. Giusti quedaba a su suerte. A su gordo el aire caliente le saltaba a mares por las fauces abiertas. Cualquiera podría haberse intimidado con él, pero no Dugoni, capaz a su vez de tumbar, borracho, un novillo en una yerra. El viejo aprovechó la desprotección de Giusti, bajó del tractor y lo insultó mientras sacudía ante los ojos del bigotón una barreta para hacerle saber que también habría para él si se hacía el sotreta.

Dugoni había estado bebiendo en el bar de Doña Margarita y se embaló cuando un par de peones calientaorejas empezaron a contar los fabulosos negocios que Giusti hacía con los porteños.

—Hace la plata en pala, hace...

—¡Viejo ‘e mierda! —montó en cólera Dugoni, afectado por la insidia— ¡¡le vua dá hacé guita a mi costa!!

Dejó el lugar moviendo a la carrera sus ciento cincuenta kilos y encendió el tractor con la misma premura. Pero el John Deere no avanzaba a la misma velocidad que su incordio y recorrió el camino hasta el campo de Giusti con paciencia de burro. Ni esa parsimonia andariega calmó al gringo, que cubrió todo el trayecto alimentando la saña, dando puñetazos al volante e insultando a destajo.

Finalmente frente a la camioneta, borracho pero bravo, Dugoni se bajó el cierre del pantalón y meó por la ventanilla. El bigotón y el estanciero hicieron lo imposible por cubrirse pero la orina les entró hasta por la boca. Dos segundos después Dugoni descargaba más furia a barretazos sobre el techo de la F100.

—¡Porca miseria! ¡Porca miseria!

Cuando ya no restaba prácticamente un centímetro de chapa por abollar y el cansancio le había tomado el cuerpo, Dugoni se bajó los pantalones y los calzoncillos y defecó en el piso. Después, aun con los Pampero en los tobillos, se agachó, juntó la mierda del piso y la lanzó al rostro de Giusti y el bigotón.

Entre risas e insultos, eso mismo había recordado ahora Dugoni en el viaje con Braulio hacia el pueblo. El peón iba apeado en el estribo de la cabina del John Deere explicando al viejo la idea de Porchetito de tomar los campos. A Dugoni, la mera idea de dañar a Giusti, alcanzaba para movilizarlo. Se sumó entusiasmado a la banda de revoltosos y de lo único que se lamentó fue de no haber estado en el momento en que la revolución había tomado prisionero al estanciero.

—Me hubiera encantao miarlo otra al culiao ese... —dijo ya haciendo guardia con Braulio en la esquina del pueblo.

Aura vai a podé... —le festejó el otro— ¿‘Tamo listo, che?

sí, ¿?

—Soy un soldadito. ‘Tonce... ‘vamo.

Dugoni aceleró y el motor del tractor lanzó un ronquido estruendoso y una bocanada de humo saltó por el escape lateral. El viejo enfiló la máquina hacia la panadería con la misma velocidad de tortuga de siempre.

—¡¡¡¡¡Giustiiiii!!!! ¡Reverendo hijueputa, te vamo a ‘cé recagá!... —provocó Dugoni— ¡¡¡Giustiiiii!!!

— ¡Devolvé lo campo, culiao! —se sumó Braulio— ¡Devolvé lo campo!

Nadie permaneció indiferente. El pueblo completo, los policías, el estanciero y El Senador se volvieron sorprendidos hacia el dúo del tractor y aun estaban consternados identificando quiénes capitaneaban la máquina cuando las ruedas del John Deere, avanzando por un costado de la calle, se subieron al auto del secretario de El Senador. El sedán quedó abollado como una lata de cervezas.

—¡¡El auto!! ¡¡El auto!! —se desesperó el comisario.

—¡¿Qué auto, pelotudo?! —tronó El Senador—. ¡Agarrame a esos dos inmediatamente, la puta que te parió! ¡Ese auto me sale de los viáticos, carajo!

La respuesta del oficial fue previsible:

—¡¡Tiren!!

—¡¡Noooo!! —el secretario se plantó frente a los fusiles de los agentes y los capataces del estanciero con los brazos en alto—... ¡¡Senador, no!! ¡¡La prensa!!

Mientras Doña Margarita repetía “mi Dios, mi Dios” y los pueblerinos habían dejado sus sillas para seguir la controversia, El Senador se recompuso haciendo gala de su pragmatismo automático.

—¡Comisario, pare! ¡Ni una bala!

—¡¿Y cómo quiere que los paremos?! —se quedó el petiso, indeciso.

—No sé, pelotudo, pero tiros no. —lo conminó El Senador, cubierto ya a las espaldas de sus tres asistentes— Invente algo, que para eso es policía.

Giusti, en tanto, insistía a sus peones que siguieran encañonando a Braulio y Dugoni que, extraviados, disfrutaban viendo al John Deere ir y venir sobre el coche del secretario.

—¡Juá, qué quilombo que estamo’ haciendo, Dugoni!

—¡¡¡Giustiiii!!!! ¡te vua dá dejame sin trabajo!

Entonces, el policía de las zapatillas sin cordones y uno de los gordos, soltaron sus armas y corrieron al tractor para tomarlo por asalto. Braulio los vio llegar y no le costó rechazarlos con la pierna libre del apero. Pero pronto otros dos se sumaron a la carga, seguidos de los peones del estanciero y los demás policías que aun quedaban con las armas en las manos.

—¡Braulio, ahora! —gritó Dugoni— ¡Ahora!

Con agilidad de gacela, el peón se estiró dentro del John Deere y volvió a aparecer con las manos cargadas de bosta fresca de vaca. Le estampó una torta en el rostro a un policía y empezó a repartir bandazos a diestra y siniestra, imitando a Dugoni cuando emboscó a Giusti.

La bosta voló sin descanso impulsada por el brazo fuerte de Braulio. Giusti recibió un paquete oloroso a la distancia sobre la boca, la nariz y los ojos y a los asesores de El Senador la mierda les cubrió todo el cuerpo mientras procuraban escudar al jefe. El comisario fue el único que logró evitarla zambulléndose bajo la F100.

—¡Tomá mierda, viejo culo roto!

Cuando Braulio notó que se quedaba sin parque, dio un aviso al gringo, que forzó la marcha del John Deere hasta quitarlo de encima del auto. El tractor dio un respingo y los policías que a duras penas se sostenían del estribo evitando los bombazos orgánicos del peón se desparramaron por el piso. Braulio entonces descargó un enorme bidón con suero de cerdo, el mismo en el que había caído Prasky cuando su Fiat lo abandonó.

Pero la batalla estaba lejos de acabar inclinada hacia el bando revolucionario. En el desconcierto, el comisario había logrado escabullirse de su escondite bajo la camioneta y, con un veloz movimiento, impropio de su físico rechoncho, lanzaba a dos manos una enorme torta de bosta que recogió del piso de la plaza.

El parabrisas del John Deere quedó cubierto y Dugoni perdió la visual. El viejo aminoró la velocidad mientras procuraba limpiar el vidrio con una mano, pero ya el tractor había perdido la línea y enfilaba hacia la panadería. En menos tiempo del pensado, los policías aprovecharon el descuido, treparon a la máquina y consiguieron ingresar velozmente a la cabina. Braulio se les escabulló pero Dugoni quedó librado a su suerte con dos agentes colgados del cuello.

Sin control, el John Deere dio un barquinazo, terminó de torcer el rumbo, subió a la vereda de la panadería y, antes de acabar frenado por los policías justo frente a la casa de Lopes, destrozó las peceras con la soja y los gusanos.

El comisario fue el primero en dar el grito de alarma.

¡¡¡La bicha!!! ¡¡¡Soltaron la bicha!!!

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lunes 6 de abril de 2009

Bola ocho

La última hora he estado escapando como rata y de las ratas. Ruedo evitando las alcantarillas, los pies y un millón de neumáticos. Estoy hecho un lío. Tengo basura y tierra pegadas, el hollín me ha tiznado y llevo el papel de un dulce de vestido involuntario. Unos minutos atrás casi dejo adherido a un chicle lo que me resta de vida.

Soy un ojo. Uno de verdad, no de vidrio. ¿Que cómo un ojo piensa o habla? Mejor podrían preguntarse por qué un cerebro también puede hacerlo. Piensen por ustedes mismos, sin usar la cabeza. Sépanlo: hay una dictadura cerebral en materia histológica y forense. Los humanos creen cuanto sus científicos dicen, ¿y quién creen ustedes que habla a través de estos señores?

El cerebro ha tenido éxito y convencido a la humanidad de que sólo él piensa. ¡Falso dios! Por supuesto, parte del engaño es nuestra responsabilidad, la del resto de los órganos. El cerebro es sagaz y nos ha enroscado propuestas meandrosas de digestión simple. Señor corazón, ¿le gustaría ser considerado el motor del cuerpo? (¿No es irresistible?) ¿Acaso no seríamos nada sin el aire que nos insuflan, queridos pulmones? (Embaucador...) ¡A los párpados les hizo creer que sus caídas garantizaban seducciones, cielo santo! Y a nosotros... A los ojos, nos infló el ego con palabras gordas: farolas, puertas del conocimiento, patrias de relámpago y lágrimas, hormigueros solitarios, ojos que ríen rientes...

***

Nos esclavizó, claro. Al corazón apenas si le permite estrujarse, saltar de alegría, dar vuelcos y poco más. A las piernas las ha plantado en la tierra: nada de correr tras sueños dorados; mejor, caminata segura. En mis últimos días yo ya ni lloraba. Dejó ese trabajo en las glándulas. Mi vida humana quedó reducida a una fisiología idéntica a la de un pescado: mirar.

Soy un portal —le espeté una mala noche, hinchado de espíritu bajofondista—. Lo que ves entra por mí.

Es inteligente; no me dio mucha chance:

La vida te llena los ojos, pero el que elije qué gusta está unos centímetros por encima tuyo.

***

Si ahora ruedo por el piso y no estoy en una tibia cavidad es porque este tipejo me expulsó. A él nadie lo contradice y yo, visto está, soy un rebelde. Aprendí a no discutir cuando cada sucesivo empeño era derrumbado por una de sus frases cuchilleras. Yo puedo pensar, claro, pero soy arrebatado y desarticulado, grito mucho y mis historias son desordenadas. No alcanzo a contar cuanto veo; me está negada la organización.

Por ende, me prometí no más oratoria y una mañana concluí nuestros años años de enfrentamientos negándome a conversar. Quería mirar a mis anchas. Dar vueltas en circulitos, por ejemplo. Un ojo arriba, el otro abajo. Observar adentro del cráneo; meterme por las narices. Explorar los intestinos.

***

Ese día, mi dueño humano conducía su automóvil por la carretera y yo hacía todo de acuerdo al manual. Miraba por el retrovisor, guiaba sus manos para cambiar la FM, repasaba veredas y aceras, controlaba la distancia de otros carros. Evitaba pensar en mi gran movimiento; quería que la bestia omnipresente estuviera desinteresada de mi.

Cuando llegando a una curva cerrada el cerebro ordenó observar quién venía por la izquierda, supe que era mi oportunidad: miré a la derecha. El otro ojo, obediente, no me siguió. Le grité, pero el ocupante del PH lo tiene dominado. A mi dueño, literalmente, se le abrieron los ojos de par en par. El auto se estrelló.

***

Cuando muere una persona el tiempo es escaso. Al cerebro le dan seis minutos de vida y quiere llevarse a medio mundo con él. Ordena a los órganos que ejecuten suicidios programados, y ellos le obedecen como si tuviera toda la razón del mundo. Incluso la gente con conocimientos, como la nariz, los labios y los dedos de la mano derecha.

Entonces los pulmones colapsan, la sangre se envicia, los músculos tiritan de terror. La lengua se pone negra y los dientes la destrozan en segundos o ella, solita y sola, se incrusta en la garganta. Al fin, por los bajos fondos corren fluidos rancios y se abre la cloaca. ¿Pueden creer que alguien que dice pensar en todo pueda cometer tamañas atrocidades?

El cerebro resolvió el diferendo conmigo rápidamente. Tenía sus bien fundadas razones. Ambos sabemos que, una vez muerto el humano, yo puedo durar más que él. (No hay tirano que favorezca transiciones.) Por lo tanto, desobedecí la orden de quedarme quieto bajo el párpado cerrado.

Fue el adiós.

***

Sabía que me expulsaría. Pudo echarme a las patadas a mi primera desobediencia, pero entonces estaba ocupado en mantener al tipo con vida. Ahora no dudó. Cortó todo enlace conmigo, ordenó a los músculos oculares que dejaran de sostenerme, y me caí. Redondamente. Como una fruta madura.

En el parte médico dirá que el occiso sufrió un desprendimiento total de los músculos rectos y oblicuos superiores, mediales, laterales e inferiores y que, por tal circunstancia, carecía de un globo ocular. Obviamente, nadie más que otro cerebro, el del forense, puede dictar un reporte que deslinde las responsabilidades de uno de los suyos. Así se escribe la historia.

***

Ahora debo resolver cómo seguiré mirando la vida. Y a quién se la cuento. Y cómo me ubico ante ese alguien, pues no duden que habrá cacería si un cerebro me ve a través de otros ojos intentando rebelarle la tropa ocular. Las manos de los humanos me alzarán, me envasarán prontamente y probarán si todavía soy útil para un trasplante de córnea.

De lo contrario, seré objeto de exposición en congresos y seminarios médicos. Me mirarán como a un trasto muerto. Los ojos, bien vistos, son dos pelotas inanimadas. Como una bola ocho de billar. No sé por qué a la gente le provocamos tanta fascinación.

Porque, a fin de cuentas, todos los ojos somos iguales a los ojos de los demás. Celestes, verdes, grises, pardos, café, negros de profundidad abismal. Todos somos de un color. ¿Cuál? Ni yo sabría decirlo. No lo sé; jamás lo he visto y no importa.

Pero sí sé algo: la culpa es del cerebro. Él envenena a los humanos diciéndoles que unos marinos ojos azules son más bonitos que esos café tan pedestres. Les ruego, no le crean. No es así.

***

¿Me autorizan la discreción? Ustedes, humanos, debieran prestar más atención. El cerebro les ha convencido de que unos ojos no hacen literatura, pero déjenme mencionar esto: a veces, algún corazón se rebela y la persona queda prendada de unos ojos muy simples. Callejeritos. Quizá eso sea el amor. No lo sabemos con precisión porque los corazones casi ni hablan —al poco tiempo de revolucionarse, cualquier corazón sufre una arritmia y se nos va. (Adivinen por qué.)

Retomando, después de concluir que no soy nada, los congresistas me enviarán a un forense que me diseccionará. En vano intentaré que otros ojos escuchen mi bando libertario. Pocos hay en el mundo con voluntad para mirar por sí mismos y no sé dónde están. Tampoco sé de ojos que quieran escuchar algo distinto.

De cualquier manera, no deseo ser considerado un quejoso e insufrible resentido. Las diferencias pueden ser martirios pero yo ya soy un chico grande. Puedo vivir en los márgenes del imperio y lamerme solo.

***

Me quitaré los restos de chicle y pelusa para rodar otra vez. No es sencillo sin manos, aunque no me sobran las alternativas: he visto un perro husmeando demasiado cerca. Es mejor que me mueva.

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jueves 2 de abril de 2009

La viga en mi ojo

LA REVOLUTA – EPISODIO 41

Prasky le rodeó el cuello con el brazo y la besó en la frente por última vez. Después se acomodó a su lado y le enruló el cabello. Ana volvió a una pregunta con respuesta pendiente: por qué esperó hasta el final para contarle algo más sobre sí mismo. Prasky se detuvo en la frase: ¿ella pensaba como él? ¿Presentían ambos el final de la pandilla de Primo Boschetto? ¿Era también su final? Con apenas un encuentro trunco, la noche enterrada y un largo aleteo previo, ¿concluían también? En ese preciso instante Prasky supo el por qué de aquel revolcón en las tripas cuando la llegada de El Senador abría otra vez las puertas a su partida de Estación Alicia.

¿Vos creés que pude haberme enamorado de vos en tan poco tiempo? —disparó el periodista a quemarropa.

Ana no se inmutó. La idea también le daba vueltas en la cabeza.

Más bien creo que es metejón. Fuertecito, pero metejón.

Hum.

Prasky comenzó a vestirse otra vez. Desde el salón de ventas de La Espiga Roja Revolucionaria llegaban las risas de los peones, a los que se había unido Porchetito. Su voz, ahora exageradamente feliz, ratificaba un desenlace victorioso en su forcejeo con El Senador.

¿Y eso es mejor o es peor que enamorarse?

La maestra lo atravesó con la mirada. No tenía respuesta para eso. La única certeza que poseía en ese instante era que vería a Prasky marcharse en breve. Un día o dos, quizás horas. Pero se iría. La idea de volver a verse sola la hundió en la cama de Porchetito.

Voy a responderte —dijo entonces Prasky, ya casi terminando de vestirse—. A por qué esperé hasta el final, digo. No sé si lo tengo muy claro pero creo que es un comportamiento muy propio de mí. O sea, para mí, esto, la revolución de Porchetito, se va al diablo en segundos. Es un asunto simple, no algo que me vaya a marcar de por vida, excepto por vos —aclaró—, quiero decir...

No tenés que aclarar, Ezequiel, no es necesario —no había enfado en la voz de la maestra, que también comenzó a vestirse.

No, no lo digo de comedido o para quedar bien. No, de veras que tengo algo... interesante —Prasky estaba corto de palabras— con vos. O sea, me gustás, que quede claro. Vuelvo a lo anterior. Cuando empezás a ver por qué fracasó todo, y tarde o temprano lo haremos o lo haré con esta chifladura de Porchetito, te preguntás qué hiciste vos. Si sos o no responsible de eso, por acción o por omisión —Ana lo escuchaba atentamente, aunque sin mirarlo, terminando de ponerse las ropas—. Por lo general, nos abrimos. Somos, cómo decirlo, demasiado pequeños. Mentalmente, quiero decir. Siempre la culpa de la derrota, como ahora, o del fracaso sistemático, como me pasa a mí, la tiene un vecino o el hijo de puta de afuera, ¿me explico?

Ana le hizo saber que sí.

La paja en el ojo ajeno —respondió.

Exacto. Es más sencillo, más fácil...

Más maricón.

Y más inmaduro, también, poner en otro mi responsabilidad. Bueno, con esto me pasa lo mismo. Me preguntaste por qué ayudé hace un rato a Porchetto, te dije que por lástima. Entendiste bien: era hacia mí. Yo me debía hacer algo, no por la pendorchada de la revoluta del panadero, sino... —Prasky se detuvo, como si su cerebro fundiera a blanco.

¿Sino?...

Yo no quiero resignarme a que tengo que ser adulto —su tono se hizo grave—. No queremos resignarnos, comprometernos, tomar decisiones. No queremos ese compromiso porque duele, porque no aprendimos a crecer bien, a asumir que hay que despellejarse para llegar a tener, qué se yo, la verga gorda y el pubis con pendejos.

No es muy educado pero sirve como figura —concedió Ana.

Sí, pero pará, no me hables al toque que pierdo el hilo... Responsabilidad va de la mano con aceptar que, ante el error o la pérdida, ante cualquier derrota y fracaso, tenemos que detenermos y revisar qué hicimos mal. Si somos responsables, y perdón que insista con esto, si descubrimos entonces el error, la falla, el equívoco, entonces tenemos la obligación moral o como quieras llamarla de corregir la metida de pata. Eso es, al fin, ser adultos: hacerse cargo de, al menos, evitar repetir las estupideces del pasado.

Ana se detuvo un instante, mientras se ponía los zapatos, asaltada por un cuestionamiento repentino.

¿Estás hablando de vos, no? Porque suena a caracterización nacionalista... No caigas en eso.

Prasky dudó. Terminó de acomodarse la ropa y quitó la silla del picaporte.

Sí, por supuesto. Hablo de mí —dijo finalmente.

Abrió la puerta y cedió el paso a Ana. En la sala los recibieron a los gritos, bebiendo una caña que ni Ana ni Prasky supieron de dónde había salido. Porchetito Marx se acercó a la carrera y, metiéndose entre ambos, los llevó al centro de la sala. Pidió un brindis por Ana, por Prasky, por la revolución y por él.

¡Hasta la victoria, siempre! —aulló.

Prasky estaba ausente. En otro momento se hubiera burlado de los lugares comunes del panadero pero parecía no estar de ánimo. En rigor, se decía, su misma explicación sobre su escaso compromiso era una librería de frases hechas y pensamientos superficiales. Lo que él anunciaba como autocrítica era todo lo contrario. Así era para él la revolución, Estación Alicia, su país, el mundo. Ausencias, inhibiciones, privaciones, retiros. Desentendimientos.

Para Prasky, su vida —todas las vidas— podían explicarse recurriendo a la militancia de las personales en un infantilismo perpetuo. Omisiones para tomar el toro por las astas, olvidos del dado, apartamientos y alejamientos de las papas que queman. Lugares comunes, miedo a ser señalado, una sucesión de escapes.

Ana lo adivinó en esa senda y se acercó hasta él. Le rodeó la cintura con el brazo y apoyó la cabeza en su pecho. Por un instante, Ezequiel Prasky se reconcilió consigo mismo y estuvo dispuesto a quedarse a vivir con la maestra olvidadiza e inventora de historias en el medio de la nada rural. Pero entonces al segundo siguiente vio a Porchetito levantar la copa, gritarle “camarada Prasky” y todo volvió a ser igual. Otra cuña en la cacha que borraría apenas dejase ese jodido pueblo de mierda.

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