miércoles 27 de mayo de 2009

Seamos civilizados

LA REVOLUTA – EPISODIO 44

Prasky no pudo saberlo pues no llevaba reloj desde su accidente, pero calculó que calmar a la tropa tomó una hora. Algo menos debió llevarles a los negociadores de la ley, así debieran lidiar con la desconfianza de los vecinos. Algún artilugio mágico tuvo que utilizar El Senador, que seguía dándole mala espina al periodista. Como fuere, la bicha se agotó en un susto pasajero, dispersas sus dudas con palabras políticamente infalibles y asesinada la evidencia con dos matafuegos.

Para Prasky las cosas eran curiosas. Su deseo por salir de allí dependía de la conclusión de la revolución. La mejor oportunidad era su fracaso. Ante la ley, se las arreglaría. Podría explicar al político y los policías que su presencia allí era fortuita. Ante Porchetto y el pueblo poco importaba; lo dejaría atrás, como había abandonado en el camino personas, objetos e ideas. ¿Qué haría con Lopes? Escribirle. ¿Qué con Ana? Ya vería.

En cambio, el triunfo del Comandante Marx no aseguraba el retorno a Buenos Aires. La revuelta sojera cristalizaba un nuevo estado de cosas, así fuere temporal. Podría tomar otra semana hasta que el gobierno provincial enviase una segunda misión —más grande, mejor pertrechada— para reducir al pandero loco. Sin embargo, estaba de ese lado de la vereda, contra toda lógica. ¿Acaso no era una perfecta metáfora de su vida?

No había vuelto a hablar del tema con Porchetito y la última palabra del panadero había sido la misma rotunda negativa de siempre. Si la revolución se quedaba en Estación Alicia, ¿qué sería de él? Sí, con seguridad, tarde o temprano, algún modo hallaría de salir. Cuán tarde parecía ser la única preocupación verdaderamente sólida.

Sin embargo, no podía quitar de su cabeza cierto deseo por ayudar a Porchetto. Quizás deseo fuera una palabra extrema, pero cuanto menos sentía la necesidad de no dejarlo tan solo. Necesidad, eso sí. Ayudarlo a salvarse. Por ahora, sin asumir un compromiso permanente, claro, seguro, por supuesto.

Al fin de cuentas, no había sido nada una sola idea y nada más que por un rato. Robar las peceras. Punto. Apenas si se había alegrado con el desplante orgánico de Braulio sobre el tractor mientras los demás, en comparación, saltaban como niños en una fiesta de cumpleaños. Eso y robar no podían considerarse eventos revolucionarios que marcasen su vida. Robar, robó de niño. Alegrarse, como con la bosta centrífuga, era otra travesura. ¿De eso se trataba: la revolución como última travesura pendiente? Acabaría en un santiamén, como se va la infancia. Él ya era un hombre. Debía volver a lo suyo. ¿De qué iban a acusarlo? ¿De chistoso?

Mientras Prasky cocinaba pensamientos, a lo suyo volvió también El Comandante Marx. Con la tropa calmada había reiniciado el diálogo con El Senador, a los gritos y por la puerta.

...pero no pueden seguir con estas tonterías —clamaba el político—. No, muchacho. No me arruine todo. Estamos acá para arreglar, Comandante. A-rre-glar. Estas cosas no sirven. ¿Qué es eso de andar ensuciando a la gente con bosta, che? Seamos civilizados. Ci-vi-li-za-dos. Otra vez: le pido que me deje entrar, pero también le solicito, le ruego, encarecidamente, que me garantice que no habrá sorpresas desagradables como la de recién. ¿Soy claro?

El Senador había retornado al centro de la calle para comparecer. Tras él, en la plaza, todo parecía haber retornado a una normalidad contenida. Eso, de hecho, era Giusti, una furia embalsada nada más que por la presencia impositiva del político. El comisario había cambiado de bando unos momentos y, del sueño de su fotografía en los diarios, acabó trastornado por el papelón público de lanzarse bajo la F100 de Giusti para esquivar la bosta de Dugoni y el Subcomandante Marcos. Por unos minutos, incluso, promovió la idea de cocer a balazos a los revoltosos o, como mínimo, tirar abajo La Espiga Roja usando el mismo tractor de Dugoni. Los buenos oficios del secretario de El Senador lo volvieron a la calma. Otra vez, bastaron dulces palabras profesionales y una renovada promesa de título y foto.

En la panadería, en tanto, Prasky, convencido de ayudar a Porchetto con una salida negociada que a su vez lo pusiera fuera de ese lugar, había hallado una plataforma en las palabras conciliatorias de El Senador, y procuraba convencer al líder de cesar las hostilidades hasta ver qué se traía entre manos el político.

Nada de líos. Déjelo hablar pero que no lo enrosque, que éste debe apalabrar de lo lindo. Y usted, sobre todo usted, nada de presos políticos, ¿eh? Mire que después del tractorazo estos no deben tener paciencia para nada más.

Porchetto le había respondido con una afirmación circunstancial que no convenció al porteño, pero entendía que las consecuencias de negarse a parlamentar podían ser gravosas. Parecía comprender que todas sus ventajas se evaporaban con cada minuto, como si el destino hubiera decidido darle la espalda.

Se decidió. Acercó el rostro al vidrio roto de la puerta y dijo a El Senador que podía seguir caminando. Cuando echó a andar, detrás de la F100 reiniciaron los movimientos y el Comandante se sobresaltó. Pegó un grito para saber qué pasaba. El Senador dio media vuelta y ordenó que nadie se moviera, que él iba a entrar y que quería a todos calmados para poder dialogar en un ambiente de confianza y respeto.

¡Hagamos prevalecer el espíritu democrático, pueblo! —vociferó, y hasta el sordo del pueblo entendió.

Avanzó hasta la puerta de La Espiga Roja. No se interesó por los restos de las peceras de soja y los últimos gusanos que viboreaban sobre la vereda, al borde de caer por la cuneta bañados del polvo blanco de los matafuegos. Ya en la puerta, el Comandante Marx le pidió que se detuviera y levantase los brazos. El Subcomandante Marcos salió a una orden de Porchetito y le tanteó las piernas y la cadera. Luego, El Senador ingresó y la puerta se cerró tras él. A diferencia de unos segundos atrás, Porchetto sintió regresar el espíritu victorioso. Era evidente: tenía al político, solo y desarmado, dentro de su cuartel. Se sintió rebosante, pleno. Un Senador preso. ¿No era ese ya un trunfo ni soñado? ¿Por qué hacer caso al indolente de Prasky?

La noche se había cerrado y al interior de la panadería apenas lo mantenían alejado de la penumbra una media docena de velas mal consumidas. Todos se pusieron de pie cuando El Senador cruzó la puerta y saludó con seguridad natural. Unos segundos después, el Comandante Marx se plantó frente a él, rodeado de su estado mayor. Prasky permaneció contra la pared, siempre junto a la puerta y mirando a la plaza para detectar escarceos. A diferencia de Porchetto, cuya seguridad estaba atada al viento y creía haber ganado la ventaja nuevamente, él continuaba esperando una jugada del político.

Finalmente, el Comandante Marx extendió su mano a El Senador; éste le correspondió, también marcialmente. La imaginación de Porchetito elevó la panadería y el momento a una impensada categoría histórica, comparable a la reunión de Nixon y Chou En-lai. O a Yalta. O a Kennedy y Khrushchev. Habló con decisión.

En nombre de la revolución, le comunico que queda usted detenido.

Prasky meneó la cabeza e insultó por lo bajo. Ana tocó el hombro del Comandante Osvaldito Lenin para que depusiera su entusiasmo por transmitir.

No creo que eso sea recomendable —dijo El Senador sin inmutarse, mirando al Comandante Marx desde arriba.

La respuesta gallarda zanjaba cualquier duda; la situación distaba de intimidarlo. Porchetto era inferior a su jerarquía. Con los brazos en jarra y las manos calzadas en la cadera, miró en derredor para tener claridad de cuánta gente movía el panadero.

Poco me importa lo que crea recomendable —retrucó Marx, envalentonado—. Esta es nuestra revolución y no el Senado. Átenlo —ordenó, sin siquiera mirar a sus subordinados.

Los peones se estudiaron: ¿atar a un senador? Braulio hizo un movimiento y El Senador supuso que se dirigía a él, así que lo plantó en seco con un grito duro. Fue como si el planeta se detuviera y sus engranajes crujieran.

¡Usted! —se dirigió entonces a Porchetito con la furia hinchándole los músculos— ¡¡No se me haga el jefe que no tiene charreteras ni para cabo!!... El que me toca un pelo se hunde más y no lo recomiendo porque ya tienen mierda hasta el cuello. ¡¿O no se dan cuenta de que están perdidos desde el principio, imbéciles?!

El tono imperativo dejó lívido al gigante, al que la experiencia le indicaba que el gritón seguro es patrón y manda. Porchetito quiso interrumpir, pero la palma levantada y la mirada fiera de El Senador fueron censura suficiente. Prasky fue el único que superó la sorpresa. Una neurona se alzó y le dictó lo previsible: la revolución de Estación Alicia estaba acabada. La civilización empezaba a triunfar. Como debía ser.

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jueves 21 de mayo de 2009

Texto ligero sobre una ciudad

Sales de casa y Hong El Coreano saluda con ideogramas imperativos.

Silba una tonada y fuma y mezcla un cajón de naranjas de la Florida con otro de bananas del Ecuador.

Amaneció entre cenizas; no hay sol. Pero Hong El Coreano saluda igual, como al pasar, como cada día. Y echa unas hojas de lechuga mantecosa a su mascota, la tortuga.

***

Hoy te toca 13th y H —ayer fueron los cementos gruesos de Mass y la 20th.

Veamos, ¿profesión? Variable. Digamos: cuentanúmeros. O anotapalabras. Miragentes. Robavidas.

O bien, ordinalmente, Olivetti. Staedtler. Ray-Ban. Nikon.

O iBook. Pilot y Parker. Police. Canon.

En suma: mirón inofensivo.

***

La ciudad de un cagatintas es un retrato común —a cualquiera.

Al final sólo cambia el ojo; las ciudades van por la sangre, en las ideas de papel periódico, en buses más o menos atiborrados y autos más o menos desmejorados.

Las ciudades, lo saben todos, no son edificios.

Y ayer esta se veía mejor.

***

A la hora de los ciegos han barrido las calles y lavado las aceras.

Hasta el amanecer, las ratas han comido polietileno y discutido como argentinos o como italianos o como rusos o como gitanos de Kusturica, a los gritos y a las puteadas, quién se queda con los leftovers.

Aquí no quedan gatos y el hambre se consuela, al final, persiguiendo ratones diminutos y simpáticos.

Esas ratas pueblan el silencio oscuro; los hombres, el diurno.

En un tácito acuerdo, la gente de la ciudad hace como que no las ve. A cambio, ellas domestican a Stuart Little y se mantienen a distancia segura de lugares como la verdulería de Hong El Coreano.

***

No hay ciudad perfecta como fotografías.

En la tuya las anomalías se corrigen, se norman y regulan. En la medida de lo posible, son eliminadas por los inspectores, la policía o los ciudadanos con las mejores buenas malas intenciones.

Por gracia de dios o de tu madre, tú eres un ciudadano de buenas mediocres intenciones: no destruyes lo distinto; nada más lo evidencias y miras para otro lado, como hacen los demás con las nannies de Stuart Little.

***

¿Qué es anómalo aquí?

Anómalo aquí es un gordo de 600 libras bufando como hipopótamo, vestido con sudadera de los Lakers (número 23) y pantalones cortos azul eléctrico.

Sentado en la saliente de una ventana del TD Bank, no hace más que ver pasar a ciudadanos de mejores buenas desinteresadas intenciones.

Si alguien repara en el gordo, el gordo no repara en él. Su mundo es otro.

***

Anomalía es la vieja negra que viste falda y chaleco confeccionados con bolsas de West Elm y cosidos con hilo plástico de Staples.

La vieja y el gordo se saludan a los gritos —en una ciudad de silencios. Ningún ciudadano de mejores buenas malas intenciones lo reprueba.

La vieja alimenta al único gato que debe quedar vivo. Luego toma un carro y se aleja maldiciendo al gordo, que ríe. El gato se escabulle a una alcantarilla. Esta noche cena rata o Stuart Little. O es cenado.

***

Anomalía es, también, el mockingbird que anida en el roble fuera de tu dormitorio y canta siete tonadas a las 2.00 AM. Hong El Coreano reproduce algunas a la mañana. ¿Qué te dice Hong El Coreano en las mañanas?

***

Al almuerzo tragas un Subway al sol como otras miles de iguanas de oficina. No hablas con nadie: al almuerzo, esta ciudad es un aula de institutrices invisibles empleadas a tiempo completo.

Se perdieron en 1977 las bocinas de los Chevrolet y a los taxistas cabreados los mudaron a NYC tras la muerte de Lennon: alguien debía protestar.

Si no se robaron las voces, las convirtieron en murmullos que se deslizan con una sonrisa por los labios y un please al principio y al final.

Los sonidos estridentes quedaron para fenómenos de tres letras: los insultos de la NHL, las peleas de empires y entrenadores en la MLB, los borrachos de las tribunas de la NFL, los latinos de la NBA y toda hockey mom.

O para los frenazos con chispas del Metro en Chinatown y Friendship Heights y alguna que otra banda de adolescentes hormonales.

***

De regreso vas machacado, liviano como aire.

Compartes la ciudad por los ojos entre Farragut North y Dupont Circle.

A la vera de la escalera mecánica de la estación de Cleveland Park te espera Hong El Coreano. No le quedan naranjas y ha comprado kiwi fresco de Pert.

Son $ 8,23; pagas con diez.

Hong El Coreano ensaya una reverencia sin soltar el Kool. No se le cae la sonrisa; tampoco el celular. Conversa otra vez en ideogramas y, al mismo tiempo, informa que el jengibre aumentó 10% la libra desde fines de agosto.

Por primera vez en la semana le dices “bye”.

Hong El Coreano hace otra reverencia, echa una seca y marcializa a alguien por el telefonito. Una clienta te devuelve el “bye” (sin querer) y pide media libra de col, please. La misma variedad que come la tortuga de Hong El Coreano.

***

Llegando a casa, ahora que miras un poco mejor, parece que ha despejado.

Si alguien saluda a diario, ¿no es la amabilidad tu ciudad?

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viernes 15 de mayo de 2009

Dos líneas en policiales

LA REVOLUTA – EPISODIO 43

Nada más el tractor asomó la trompa en el cruce de calles, Prasky pellizcó el brazo del Comandante Marx. A Porchetito todavía le duraba el entusiasmo por el desnudo de El Senador, pero finalmente giró y se dio con el entusiasmo del periodista. Le pareció demasiado. “Un rato que sí, otro que no; un rato con nosotros, el otro llorando para tomárselas”, pensó el panadero. “A éste se le rompió la bolsa de caramelos”.

¡Mire, Porchetto, es Braulio!

Prasky arrastró a Porchetto del brazo hasta la ventana y al Comandante lo ganó cierta sorpresa. No entendía qué hacía el tractor de Dugoni con el motor moderando frente al bar de Doña Margarita. Y, sobre todo, qué hacía Braulio junto al viejo carcamán.

¿Qué caraj...?

Parece que el tipo promete lo que cumple, Comandante. Debiera aprender de él. Eso es carácter.

Sea serio, Prasky.

El porteño lanzó una risita.

¿Qué se traerán? —dijo luego.

Ni idea, pero lo que sea ayuda.

Qué bueno que lo admita: alguien piensa más rápido que usted.

No empiece otra vez con la cantinela. Braulio demostró convicción, che.

Usted escucha lo que quiere —dijo el periodista, señalando a la plaza: la ley se reagrupaba—. ¿No oyó que dijo que la revolución a él le vale ni fu ni fa?

Porchetto se puso por encima.

Pavadas. Es un líder; está con nosotros. Debiera haberlo llamado Comandante Lenin.

¿No le queda un nombre para él?

Muchos. Si algo han dado las revoluciones son hombres de valía. Y no sea socarrón, que le noto el tonito...

Ya. ¿Cuál tiene?

¿Pregunta en serio o boludea? —Prasky respondió que no jugaba y Porchetto se lanzó a una perorata— Ninguno. No había pensado en ponerle nombre de algún héroe histórico... De todos modos, también es bueno que las revoluciones tengan color local. ¿Por qué cree que la bandera nuestra es con trigo?

Me fijé. Está bien, aunque parece medio maricona.

Maricona su abuela...

Eh, tampoco es para tanto. ¿Qué nombre, entonces?

El Comandante bufó.

Qué se yo... Comandante no puede ser... Un rango inferior, sí, porque no estuvo desde el principio... Pero Subcomandante Braulio no me suena bien... Muy criollo, un nombre medio... pelotudo —devarió Porchetto—... Quizá el segundo nombre de él... Sí... Subcomandante Marcos. Sí. Ese le queda bien.

Ahá... Con que Marcos... —río para sus adentros Prasky— ...Oiga, recién ahora noto que ando preguntándole tonterías. Piense para adelante: si Braulio y Dugoni hacen lío y no ganan, estos otros se le van a venir crudo.

La demostración de fuerza de Braulio, perdón, del Subcomandante Marcos, le dará ímpetu a mi gente.

Bla, bla, bla...

En serio. El que me llama la atención es Dugoni. No lo imaginé jamás aquí. Creo que debo pensar un nombre para él también.

Concéntrese, carajo. Hay cosas más importantes.

Pero... ¡hace un minuto usted quería que buscase nombres para Braulio! ¡¿Quién lo entiende?! ¿Ustedes allá son todos así?

¿Allá es Baires?

Sí.

No. Además, yo puedo pensar y hablar de lo que quiera. El que tiene que estar atento es usted. Es su revolución y usted el jefe. ¿Usted cree que Lenin se distraía en bautizar soldaditos como usted ahora? Mire que es facilito, eh...

Déjeme decírselo así, incapaz: la presentación de una revolución es muy importante.

Prasky rió con ganas.

Pare un poco ahí: usted está pensando en el libro de historia antes de cagar la tinta, macho —se buró—. Ahora caigo: quiere esto para que escriban sobre el panadero heroico. ¡Qué bajo lo suyo, Porchetto! Todo esto para dos líneas en policiales. Si las publican.

Todo héroe merece reconocimiento, al fin de cuentas —dijo el Comandante, con el bronce en el rostro.

Sí, y si acá hubiera un psiquiátrico a usted le hacen el monumento al frente. No sé si usted es un boludo romántico o un cínico cualquiera... —y meneando la cabeza:— Bah, no sé por qué me preocupo.... Entonces, ¿Dugoni va cómo?

Ya le dije que no se me ocurre nada en este momento —respondió Marx, distante.

Póngale Gramsci —insisitó Prasky—. Total, es tano.

El Comandante no respondió.

Además, comparado con lo que tiene acá, Dugoni debe ser todo un intelectual. Upa... —señaló al frente— Se mueven...

Porchetito se asomó a la ventana cuando la acción ya tenía velocidad. Estalló en aplausos cuando el John Deere de Dugoni arrasó por primera vez el coche de El Senador. La peonada del Subcomandante Marcos, ex Braulio, se sumó intentando ver por los espacios que dejaban las cabezas de Prasky y El Comandante. Tronaron de risa, alentados por el coraje de su jefe.

Prasky seguía en silencio, mordiéndose los labios, sopesando el impacto de cada giro de las ruedas del tractor. Nada bueno saldría de allí si la policía tomaba el control. Sin embargo, cuando el Subcomandante Marcos inició la centrífuga de bosta de vaca, también él se unió al grupo. Todos vivaron al peón que, de la nada, se erigía en un combatiente aguerrido y valiente.

Pero lo que siguió no fue agradable para los revoltosos de La Espiga Roja. Los policías finalmente tomaron el control del John Deere y, empujando al peón hacia el interior, parecían poner fin a la asonada. Porchetito Marx y su banda se desgañitaron echando alertas a voz en cuello al Subcomandante Marcos, que finalmente pudo apearse de la cabina y escabullirse de las fuerzas del orden.

A Dugoni no le fue tan bien. Los insurgentes lo vieron tomarse el rostro y soltar el volante del tractor y comprobaron impávidos cómo los policías reducían al anciano. Para cuando quisieron darse cuenta, el descalabro ya estaba sobre ellos, pues el John Deere viró ciego hacia la panadería.

¡¡Nos hace mierda, rajen!! —ordenó Prasky.

La peonada corrió al cuarto del fondo sin orden y el periodista tuvo que detener su propia carrera para llevarse a Porchetito Marx, impávido junto a la puerta. Ana se había unido pronto al primer grupo y el único que seguía entonces absorto era Osvaldito Lenin, que continuaba el recitado de la proclama, a media lengua, por el micrófono de radioaficionado del verdulero Raimundi.

Fueron milésimas de segundo en las que todos esperaron que el frente de la panadería se viniera abajo por el impacto de la mole verde de hierro, pero nada ocurrió. a último momento, el tractor desvió la trayectoria y siguió por la vereda, en paralelo a La Espiga Roja Revolucionaria.

Lo que siguió fue el estruendo de las peceras volando en pedazos.

¡¡¡Cagamos!!! —gritó el Comandante Marx— ¡¡¡Se soltó la bicha!!!

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