martes 29 de septiembre de 2009

Cincuenta y seis caracteres para Cordelia Muiño

Mañana Cordelia Muiño abrirá ese papel y lo quemará en la hornilla a gas pero hoy es otro cantar: Cordelia escribirá el inventario de su vida. Una existencia en un piso de renta congelada en Lavapiés, sin calambres, con anchoas y chorizo. Apenas sobresaltada por un vecino marroquí que la llama “Cornelia” porque no sabe español y un peruano que le dice igual porque sabe demasiado. Cordelia usará bolígrafo azul. Amenizará la tarea con jabugo reseco y un rioja de dos euros veintitrés.

Cordelia se sienta erguida. La espalda contra el respaldo de la silla, los brazos descansando sobre la mesa de fórmica. Toma aire, mira el papel.

Lo mira otra vez.

Gira el cuello en redondo; cuatro veces en sentido horario, cinco a contrarreloj. Vuelve a mirar el papel.

La idea llegará. Cuestión de calma, mujer.

***

El papel tiene una mancha. Un ojo de aceite en la esquina derecha. Arriba.

No es grande pero es una mancha grasosa.

Cordelia no sabe cómo llegó el aceite allí pero sí tiene una máxima: no le haces preguntas al pasado.

Se pone de pie. Va a la cocina. Regresa armada. Se inclina sobre la mesa.

La mancha no sale.

Es inútil el paño embebido en alcohol. La mancha no sale. Tampoco sirve la goma de borrar. No sale.

Mejor dejarlo así.

Cordelia vuelve a tomar aire, se encomienda, se aferra al bolígrafo, gira el cuello, agacha la barbilla. Mira el papel.

***

Cordelia Muiño espera que la hoja dicte su vida. Que un espacio blanco, algo poroso, con surcos grises y una mancha de aceite, la escriba.

Paciencia. Cordelia mira el papel: la mancha sigue allí, el bolígrafo sigue allí, mas la idea no baja. Y encima, ahora aparece un mosco.

Los moscos zumban y este zumba más que otros moscos.

Cordelia lo espanta con las palmas. No resulta. El mosco no agrede ni se defiende: es un aladelta entre Cordelia y el papel. Carece de propósito: nació para morir en siete días.

Cordelia toma medidas extremas. Regresa del fregadero pertrechada con un insecticida y una palma matamoscas de respaldo, por si falla el primero. Rocía el aire escondiendo la cara. No respira.

Vuelve a la silla.

El nuevo Raid tiene propiedades realmente interesantes: el veneno flota en el aire más tiempo. Es una cortina húmeda de gotas microscópicas de la que pueden escapar algunos al primer rocío pero no los insectos que insisten en el lupín. El nuevo Raid tiene la eficiencia criminal que toda ama de casa desea.

La desventaja está en su mérito: tarda más en caer a tierra. Y como Cordelia Muiño se ha sentado urgida por recuperar el tiempo y escribir su vida, la cortina de insecticida la ha cubierto como manto. Y ella es una con las alergias...

Primero fue el estornudo; luego los ojos irritados; después correr al lavabo, descompuesta. ¿Por qué esa hoja tiene una mancha, santo dios?

***

Regresa duchada y perfumada. Y con nueva muda. Quizás la culpa sea de la falda anterior, tan roja. Es posible que esta, azul, corresponda. Los colores son importantes para la paz mental.

Cordelia vuelve a retomar el inventario personal. Tiene los ojos todavía engordados pero, vamos, hay que ver el nuevo ánimo. Sin moscos y en azul.

Toma el bolígrafo.

Mira el papel.

Suena el teléfono.

***

¿Qué hace de Marta tan especial para asomarse siempre en el momento menos indicado? Marta es amiga de toda la vida y eso significa que ha llamado a Cordelia toda su vida.

Ejemplos: Marta golpeó la puerta del pequeño departamento de Lavapiés cuando Cordelia y el abogado Martínez del Huerto clausuraban seis años de conversación de amigos haciendo hablar a los resortes del colchón. Ha llamado al timbre una de cada tres sentadas en el baño para el número dos. Ha tenido un chisme jugoso y de narración perfecta, imposible de abandonar, cuando el solomillo está a punto sobre la estufa. Y se ha ganado todos los premios a la llamada intrascendente. Como ésta.

Hala, mujé, que estoy un poco decepcioná. Me he perdío la última rebaja de temporá en El Corte Inglé. Magínate, setenta por ciento en mantillas y mantones de Manila. Que sí, que te digo...

***

La vida debe ser más simple de contar que este vacío. La vida no es blanca, dice Cordelia. Y está a punto de escribir eso pero sabe que es una cursilería, incluso para ella, hija de chiripitifláuticos, comedora de patatas cuando el Generalísimo, vacacionista en el Valle del Tietar con los Martínez, Pepe Rubio, Lali Soldevilla y la Chacha de España.

La vida debe ser más fácil de contar si ya fue vivida. El pasado es lo difícil, piensa Cordelia y casi se convence de que es una buena y poderosa afirmación de apertura. Pero al pasado no se le hacen preguntas, ¿verdad?

Y además vuelve a sonar el teléfono. No hay encono: es el hijo, luz de sus ojos.

***

Cordelia es madre. Sólo una madre sabe lo que es ser madre.

A cierta edad, cuando las crías llaman, las madres lloran. Sin razón. Moquean así las bestias vivan en la ciudad vecina. Los médicos cortan el cordón umbilical pero nunca avisan a las madres. Y si lo hacen, ellas lo atan de nuevo con el cable telefónico.

El llanto es eterno y ubicuo. Cordelia Muiño se desangra cuando el nieto la llena de mohines o cuando la vejez de su madre ya ni le permite una conversación decente y sin repeticiones. Ayer lloró contando de sus bridas a la vecina, hoy de la histerectomía a la mujer del peruano, pasado serán los nódulos de la tiroides al vendedor de sombreros. Qué más hacer, ay jesú, si es así desde que Nino Bravo le hacía vibrar el esternón cantándole al oído que lo que nos es querido siempre queda atrás. Y no se le hacen preguntas. Ay, jesú.

***

El hijo dice que llegarán con la familia —la familia entera: él, la esposa, el niño— en diez días.

A Cordelia se le altera el organismo. Cuando deja de lloriquear, la urgencia del vientre —los nervios, la novedad, la biografía blanca— pone distancia otra vez con el papel.

***

¿Cómo haces, mi Ruiz Zafón? ¿Cómo los que escriben telenovelas venezolanas, colombianas, mexicanas? Ay, mi Montero. ¿Qué tenía la pluma de Nino Bravo? ¿Cómo, se pregunta Cordelia, puedo contar que de niña me aquerenciaba con la tortilla de patatas y soportaba malamente el aceite de hígado de bacalao? ¿Por qué es tan trabajosa una vida simple?

La hoja no da respuestas.

Cordelia se saltará unas gambas para planchar la ansiedad. La tripa repleta ayuda a pensar.

***

Vaya si lo haces, saciada tripa.

Cuando gobierna el olvido, la memoria es chubasco, dice Cordelia Muiño, y se deja arremeter por los recuerdos, que brotan como agua sobre tierra quebrada.

El nacimiento y bautismo del niño en la Magdalena del Arahal.

Un marido marchado tan temprano.

La epidemia; cosechas de aceitunas gordales y manzanilla lanzadas a las piaras; rezos y promesas a San Sebastián; paupérrima mudanza a Castilla, ora joven, con carne para sacrificar.

Entonces, de la nada, en el Rastro, Dieter. Bochorno. Esos cabellos del color de la arena y las ideas alborotadoras: la ocurrencia de volar los tres, en moto, rumbo a Praga.

No. La última palabra que Cordelia Muiño dijo a Dieter fue “no”. Mala cosa.

En la postal de despedida Dieter no dijo nada de la hija de la vecina. Nada más puso la moto a roncar y se la llevó, risueña, veinte años menos y sin mochila, colgada del cuello. Volando a Praga.

Tras aquel 1967 los años se precipitaron densos. Cordelia cree que fueron como una ola de melaza. O que le cayeron encima como un misal grande como un piano. O la apisonaron como un tumulto en Sol. Pero no escribirá eso. ¿Cómo que ola de melaza, niñata?

No lo sabía entonces —quizás tampoco ahora— pero en aquellos tiempos Cordelia debía elegir. Vivía con ese peso o dejaba de pensar. Imaginó que haciendo lo segundo desvanecería lo primero. Hasta el papel.

Todo porque en el noticiero informan que hay tal moda de escribir memorias que, madre santa, cada vecina tiene biografía. Hasta el marroquí tiene fotos de un viaje a una masía en el féisbuc del ordenador y el peruano y la peruana se tuitean por el móvil. Su existencia es un verbo, dos sustantivos y pocos adjetivos.

Cordelia Muiño supuso que tenía algo por decir, y allí está. Cuando gobierna el olvido, la memoria es chubasco.

Déjalo ir, mujer, ya es hora de Los Hombres de Paco. El ojo de cátodos aliviará la carga hasta mañana.

***

En algún momento, al día siguiente, el marroquí que llama Cornelia a Cordelia será detenido por error y por error será juzgado. El peruano perderá su trabajo.

A Cordelia le deslizan el chisme por el balcón y ella anuncia que pedirá por el chico peruano en la capilla, promesa que no cumplirá.

Luego regresará a la cocina, tomará el papel doblado y, como tocada por la virtud, escribirá una sola frase:

La fortuna de una vida pequeñita no precisa recordatorio.”

Encenderá las hornillas y el fuego se encargará de la hoja.

***

Más tarde sucederán algunas cuestiones menores, en sucesión desordenada y sin sentido aparente.

Cordelia Muiño esparcirá spray para ahogar el humo del papel y encenderá TVE. Dan el programa médico. Aprenderá que su histerectomía era evitable con un procedimiento no invasivo. Buscará en el diccionario “no invasivo”.

A la tarde se probará frente al espejo ropa de hace veinticinco años. (El eterno problema de los recuerdos: convencernos de que el pasado todavía es posible.)

Llamará al hijo y sólo conversará con fuera del área de cobertura. Es posible que lagrimee al caer la tarde.

Antes de cenar, pedirá a la peruana que le enseñe a tuitear. Todos lo hacen y ayuda a tener cerca a los tuyos, le dice la mujer. Como algo debe resultar bien en el día, aprenderá en un santiamén.

Contará los caracteres de su nueva frase preferida, “La fortuna...”. Cincuenta y seis. Sobra espacio. ¿Qué tal tuitear al hijo algo de su vida, si ha revuelto el fango? El Tuiter parece más sencillo que reseñar toda una existencia, pero ¿qué decir ahora, si hay tanto?

Quizás en la tele den alguna idea, como con las biografías.

›››

martes 15 de septiembre de 2009

Pisando juanitas bajo el farol

1.

A los ocho, quince años es vejez. Los que tienen quince se portan como tus dos abuelos sentados bajo las glicinas, con tabacos armados y mate helado. Hablan pavadas. Todo sucede a los ocho años.

2.

El mundo se te expresa completo una noche de primavera pisando juanitas bajo el farol de la esquina. El mundo es la juanita. Entonces sabés que sabés todo.

3.

Después de eso viene la peor parte: cuando sabés todo, lo que queda es cuesta abajo. Preparate: ya sabés que tu primera paliza va a ser a los nueve años y vas a llorar como un niño de seis. ¿No era que esas cosas se acababan a los siete?

4.

Después vas a cumplir doce. Si tu única propiedad fuera la ignorancia, nada más te preocuparía que se acaba la escuela primaria. En cambio sabés el día, la hora y en qué barrio comienza el fin del mundo. No te animás a decirle a nadie que será por un vendedor de café sirio, mentolado y fuerte, de Damasco. Y que faltan tres años.

5.

Vino a visitarte tu prima de Arroyito. Tiene diecinueve años y tetas como pomelos. Vos ya sos grande —tenés catorce— y le decís que le querés dar un beso. Ella se deja. Y te toca ahí.

6.

Te tembló la boca en el beso, ¿no, mariquita? Y se movió allá, ¿verdad? Estás preparado para el apocalipsis. Tenés una novia de diecinueve. Una vieja.

7.

¿Y qué es lo que sabés si sabés todo, si es que se puede saber? El mundo, decís, es una circunstancia. Como la juanita que aplastaste. Si ella no hubiera estado allí, su existencia no te hubiera sido revelada. Decís que eso te lo dijo la juanita mirándote de reojo un segundo antes de ser ajusticiada por la suela de tu zapatilla. Después decís que la juanita te contó que a eso se lo dijo un alemán de apellido Kant.

8.

Sos un mentiroso: Kant no le dijo nada a la juanita. Fue a un uriburu, el leopardo de los insectos. Y no tenés cómo probarlo. Además, ya no te sirve de nada: cumpliste dieciséis. ¿Y el mundo, profeta? La juanita te mintió: no confíes en alguien a punto de morir. (Tampoco en alguien que menciona el apellido Kant a los dieciséis como si hablara del despensero Raviola.)

9.

Ahora viene lo bueno: en unos días vas a ser más viejo que esa noche cuando te tocó tu novia de diecinueve. Volverás a saber que no sabés nada del mundo. Cada vez entenderás menos. Tu epifanía acabó el día que dejaste de ser quien eras, a los ocho.

10.

Todo pasó tan rápido: llegaste a los setenta. Ahora quince años valen como ocho y sabés que no aprendiste nada, pero estás bien así. Además, ahora sí viene el fin del mundo. El tuyo propio.

›››