lunes 16 de noviembre de 2009

La maldición del número

LA VIGILIA – CAPITULO 24

Por alguna razón, cada memoria tiene un número.

Y por otra, cada número es maldito. El anatema: mis números no son ordinales. O sea, lo primero que recordé fue Charo, de espaldas, con coleta o con rodete o con las puntas del cabello retocadas. ¿Eso la hace el Recuerdo Uno? ¿Y si es el Siete? ¿Por cuál derecho Francisco Silvela, 28, distrito de Salamanca cedería el Tres a un 21 de junio soleado en Madrid? ¿Qué no permite a mis corbatas ser Cuatro? Aquí y ahora, la respuesta de cualquier desquiciado de aquí dentro ganaría todos los tickets al campeonato mundial de la razón.

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Tanto desorden, hay tanto desorden en mi vida. (Y esto lo dice un hombre sentado en el baño con el periódico sobre las faldas, la pipa llenando pulmones y ambiente, y un Rioja en la copa sobre el vano de la ventana.)

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Me emborracha la noción de arbitrariedad. Curioso, soy médico: mi vida debiera ser ceremoniosa, un matrimonio con la lógica discreta. Todo me dice que Piaff debe ser el Recuerdo Nueve porque su sentido —yo soy je ne regrette rien— se manifestó después de otros ocho, pongamos. Pero, ¿y si fue primero? ¿Si antes sólo aparecieron dos? ¿Alguien vende garantías para que mañana, al despertar, recuerde lo mismo que hoy?

¿Y si ya aprendí la verdad, si ya se revelaron mis diez recuerdos perdidos y volvieron a perderse porque así debían estar? Siempre es más sencillo olvidar, Casillas. Siempre.

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Necesito pastillas. Azules y amarillas. Pero eso después de la uva y el tabaco, hombre.

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Soy un rompecabezas, claro. Lo complejo es unir las piezas que se empeñan en flotar en mares separados por cinco mil millas.

Así...

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Ordem e Progresso. Orden es progreso. Quiero hacer de mi vida una línea recta al Recuerdo 10. O al Cero, si es que, como dicen, vivimos para completar una regresión.

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Post hoc ergo propter hoc. Ordenemos la turbiedad:

  • Charo de espaldas en un parque. ¿Es lo primero? ¿Qué quiere decir?

  • La colección de corbatas. ¿Acaso vi a Charo en el parque y subí a casa a revisarlas? Doy esto por cierto: cuando las veo, están sobre la cama, en perfecto orden. ¿Quizás primero ordené las corbatas —¿estaba por volar, volvía de un viaje?— y luego bajé a la plaza? ¿Y qué parque era?

  • Madrid, mitad del año. ¿Es esto sólo una sensación? O sea, ¿supongo una ciudad al sol? ¿O es sólo una marca en un calendario de pared que dice Hoy es 21 de junio y hay sol? Porque no distingo nada: no hay edificios, no hay vistas. Todo es blanco pero estoy convencido de que es Madrid y es 21 de junio y hay un sol precioso. ¿Es ese día el día de Charo de espaldas, de mis corbatas ordenadas de salida o regreso?

(Esto es agotador.)

  • Silvela, 28, Salamanca. ¿Qué demonios es esa casa? Ya la vi. No hay nada en especial en ella. ¿Viví allí? No viví allí. ¿Alguien que conozco vive allí? Nadie que conozca vive allí. Acaso está cerca de un parque, donde Charo y...

  • Piaff. Bien, esto es certeza: pocas cosas me importan. Piaff me lo dice. Esto es una certeza de granito.

  • «Timbuktu». ¿Debo releerlo? ¿Debe decirme algo su portada? ¿Hay un meta-mensaje en este libro? ¿Auster debe decirme algo sobre la enfermera? ¿O sobre Charo? Tengo una idea: revisaré si tiene subrayados. Allí puede haber pautas. Los libros siempre dan pautas.

  • El auto, el Mercedes, y la muerte. No me detendré en esto. No ahora. Por favor.

  • La enfermera del pasillo. Sexo, sexo, sexo. ¿Hay otra cosa? Ah, Casillas; ha de haber. No hay vida que se obsesione con recuerdos intrascendentes. Esos son hombres perdidos. Los extraviados de este hospital. Gente que mata quince años dando vueltas las tres mismas cartas todos los sábados. Bebedores de mocos. Entes que no miran una pared: la pared les mira; está más animada que ellos.

  • No vivas mi pasado”. El pasado. Mi padre. Sé quién fue mi padre. Qué hizo. Sé. Pero, por otro lado, ¿quién fue mi padre, realmente?

  • Mímesis Fernández. Como que lo tengo asentado: mi posición, mis chicas, mis archivos. El deseo femenino en el hombre. Fernández quiere ser yo. El poder.

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Diez recuerdos. Orden.

Uno a Diez.

1 a 10.

1 y 0.

0 y 1

0 + 1 = 1

Ah, Fibonacci. La secuencia autosimilar.

Circular Fibonacci.

0 + 1 = 1 = La suma de los precedentes es igual a su sucesor = soy cuanto he hecho.

Circular Casillas.

No quiero ser igual a mí mismo, ordinal y ordinario.

Möbius Fibonacci.

Möbius Casillas.

Malditos números.

Circular Möbius Fibonacci Casillas.

Por lo que sea, debo saber dónde estoy para no ser uno más de este loquero Möbius Fibonacci donde vivo.

Réstenme. Adiciónenme.

Necesito ser una contradicción en los términos: 1 + 1 = .

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Ruego al orden de los factores alterar este producto.

PROXIMO › VILAS MATA A VILA-MATAS

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Aportaron ideas para este capítulo › Ana Lía W, Nippur y Visitante Invisible (ARG), Machuca La Ruca y El Emir de Tecamachalco (MEX).

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lunes 9 de noviembre de 2009

Mickey Mouse sonreía sin arrugas

Robó la tienda y, aunque no era necesario, golpeó con furia al dependiente.

Buscó el monitor por intuición. Se sabía filmado.

Lo halló en un estante bajo el mostrador. Saltó y rebobinó la cinta. Cuanto vio no era bueno. Volvió a rebobinar. Definitivamente, nada bueno.

Levantó al dependiente y lo sentó en una banqueta. Luego tomó el bate, oculto junto a la caja, y se lo descargó sobre el cráneo.

Todo tomó unos pocos segundos. Giró rápido el monitor. Stop + Review + Play. Ahora sí, estaba en perfecto cuadro: Mickey Mouse sonreía sin arrugas en su camiseta.

Llamó al noticiero, luego a su novia, tomó unos Snickers a la pasada y salió a la carrera.

En casa lo esperaba un beso amoroso. Conversó con su novia del trabajo en el supermercado mientras terminaban de saltar las palomitas. La chica contó que el dueño del condo aumentaría la renta. Él no le dio demasiada importancia. Amenazaba con hacerlo cada tanto y jamás daba el paso final. Las presiones del viejo eran como la lluvia: te preocupas hasta que acabas acostumbrado a andar mojado. Por otra parte, había sido un gran día, estaba sonriente y relajado, poco dispuesto a dejarse distraer por simplezas. Así que la tomó del rostro y dijo: “Hay gente que es pura palabra, amor.”

A las 7.00 pm encendieron la TV, sin mucha ansiedad, estirándose despacio en el sofá. El noticiero y las burlas de ella comenzaron casi al mismo tiempo. Él perdió la apuesta: su batazo no fue la primera sino la tercera noticia de la tarde. Al principio y al final, el presentador habló indignado. Que no puede ser. Que no sé qué haremos. Que nuestra sociedad esto y las autoridades aquello. Que patatín, que patatán.

A él esas cosas lo tenían sin cuidado. Vamos: tercera nota, apenas antes del señor del tiempo. Una calamidad, otra jornada más perdida. La próxima debería forzar el músculo creativo. Ya ni Mickey Mouse daba audiencia.

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