jueves, 3 de enero de 2013

Caracas de noche


Este texto es parte del libro «South Beach» (2009).
Mamá se acerca limpiándose las manos en el delantal.
—¿Comes, Radamel?
—No.
—¿Saldrás?
—No.
—Porque si sales, podrías llamarlo y...
—Dije que no, mami.
Mamá retrocede a la espantada. Vuelve a la cocina a trozar un pollo. Da tres, cuatro sablazos y no puede más. Suelta el pollo y se afirma con las manos en la mesada. Lloriquea.
Siempre que comemos pollo mamá llora. Le recuerda los malos años. Comprábamos los pitipuás, el guayayo y la harina para las arepas de a puñados y lo canjeábamos por menudos o una pechuga: no había para pollo entero. Eran los inicios de la revolución.

Mamá gira hacia mí, apoyándose en la mesa.
—¿Cuánto hace que no hablas con él? —insiste— Mira todo esto. Todo por él.
Todo esto es la casa. Un PH en Chacao con ventanales de piso a techo, tres cuartos, dos balcones, terraza volada. Ella lo eligió; él lo financió. Un modo de pagar la ausencia. Mamá dice contentarse con todo esto. Le gusta contemplar Caracas de noche con una copa de champaña en la terraza.
Para ser franco, nunca superó la partida de papá. Mamá tiene educación de vieja escuela y en la vieja escuela podrá irse el hombre en cuerpo, pero las ataduras emocionales no se desanudan. Por lo mismo, está obligada a mantener el tipo, día y noche. Jamás le escuché una queja en público. Es una dama de formas impecables, incluso en casa. Al pollo, por ejemplo, lo troza embutida en un De la Renta de la segunda época de la revolución. 

Yo no soy igual; mi sangre calienta distinto.
—Deberías llamar —retoma.
El nuevo reclamo me llena las venas y respondo lanzando la Nintendo X-Box contra el televisor. Mamá puede sacarme la furia con tirabuzón y hoy no tengo ánimo para su esgrima lingüística. Al final, vuelve a wipear y yo me encierro en mi cuarto con un portazo.

Dos horas después, ha puesto la mesa y me espera sentada para cenar. Yo estoy bañado y vestido para salir. Regresamos a lo obvio.

—¿Cenarás, Radamel?

Esta vez accedo.

—Sí, mami.
Como en silencio: el pollo está delicioso. Los tostones se deshacen con la saliva. El tercio fresco acompaña bien.
—¿Y saldrás?
Vuelvo a asentir.
—Chévere —se entusiasma—. No quiero insistir con que llames, pero si sales quizás...
Basta. Suelto los cubiertos y empujo el plato con fuerza. La copa de vino se derrama por el mantel como un continente. ¿Por qué me fuerza a eso?
—Disculpa, hijo, es sólo que...
Cierro los oídos. Conozco el lugar de cada palabra en la monserga. Su amor dedicado, la espera eterna. La fidelidad a un hombre, la lealtad a su causa.
En parte, soy responsable de esa ficción. Desde hace un tiempo, finjo hablar con mi padre, que ha enfermado. No tengo su nervio para la improvisación. He inventado que, en la convalecencia de una cirugía, papá ha repensado las cosas. Que considera, quizás y sólo quizás, pasar por casa. He dicho a mamá que sería una vez, al azar. Luego, si él se siente a gusto, sugerí que lo haría a menudo.
Mi madre sigue hablando mientras yo recupero el plato y vuelvo al pollo y las arepas sin urbanidad. Se le escapan un par de lágrimas a la carrera. Cree que no la veo. Han pasado treinta y cinco años desde que papá armó las maletas y las lágrimas han estado todo el tiempo disponibles en su honor y memoria.
Me acomodo en la silla. Estoy cansado: voy a acabar con el juego.
—No va a volver, má.
Mamá detiene el llanto, me devuelve una mirada turbia. Luego ambos bajamos la vista, el silencio se hace pesado. Creo que ha entendido. O quizás ya sabía todo y era ella quien jugaba conmigo, poniendo a prueba mis nervios.
—Papá murió hace setenta y tres días.
Entonces se derrumba. Clava la cabeza entre las manos y deja caer el dorso de las palmas sobre el mantel. Es llanto es grito, mocos. Me acerco, pero se me escurre de las manos y de la silla y se desparrama por el piso, igual que cuando mi padre se fue tras el sueño. Entonces yo era un jovencito y podía con ella, pero ahora tengo cincuenta y seis años y debo devolverla al asiento con esfuerzo, cuidándome la espalda.
Le paso un Kleenex.
—¿Desde cuándo... desde cuándo lo sabes? —dice, la voz sedosa.
—Desde el día en que murió.
Quiere saber quién me avisó.
—Su gente me llamó, má. Me anticiparon que pasaría. No había ninguna enfermedad, ninguna cirugía. Fue veneno.
Veneno. Por un instante, creo que mamá se hundirá otra vez. Anticipo la secuencia: seguirán gritos desfogados, tironeará mi ropa y la suya, volverá a lanzarse al piso, a tomarse el rostro y el vientre. Pero nada de eso sucede. Repentinamente, como tocada por una iluminación, se enjuga el rostro y me toma la cara con firmeza. Quiere sonreír pero le sale un mohín triste.
—Radamel, entonces... —toma aire: ya no habrá lágrimas— Eso quiere decir que tú...
No sé si me he vuelto un idiota pero siento alivio.
—Sí, mami, soy presidente de la república. Desde el día en que papá murió.
—Mi hijo presidente...
El cambio es significativo. Ha desaparecido de su frente todo gesto de contrariedad. Su rostro es vívido: hemos matado a papá. O lo he matado yo y ella lo entierra. Cuando la abrazo me toma con una fuerza desconocida. Quiero hablarle y decirle que estaremos mejor pero no alcanzo nunca a elaborar esa frase. En cambio, tengo otra.
—¿Sabe, mamá? Toda esta vaina es demasiado grande para mí... ¿Cómo se llenan los pantalones de papá? No basta la camisa roja y las banderas, hay que tener guáramo. Soy su bastardo, má. Todo esto es un cogeculo.
El cuerpo sigue allí pero mi madre ya flota en otra dimensión. No importa qué haya dicho. Suelta mi rostro y retrocede dos pasos. Procesa el presente, prefigura los días por venir. Toma una servilleta y se retira con delicadeza el rimel corrido, se acomoda el peinado. En nada, está casi impecable.
Sé exactamente qué sigue, pues así ha sido por años:
• Levantará la mesa en silencio, lavará los platos.
• Suspirará, como siempre, de tanto en tanto, aunque por motivos distintos.
• Luego irá a su cuarto y se dará una ducha. No dejará de exprimir ideas.
• Se pondrá el camisón y el desavillé rosado.
• Fumará un cigarro mentolado en la terraza y tomará un whisky contemplando el sueño de la ciudad.
• Mientras se cubre de cremas, antes de acostarse, entonará una canción de Rocío Durcal u otro romántico.
Mañana será otro día para ella. No dejará ir a papá, pero se alzará sobre el dolor atesorado. La muerte ha creado una nueva vida para mamá, y le sacará provecho. Le esperan reuniones con amigas, políticos y militares, el partido de mi padre, sus seguidores. Toda una existencia que le escondí durante meses emergerá a primera hora. Comenzará a hacer y recibir llamadas, programará salidas para comprar nuevos vestidos. Querrá mudarse El Chacao perdió su razón de ser: pedirá Miraflores.
A mí, en cambio, me espera un mundo de espejos enfrentados, un reflejo infinito. Un escenario unipersonal donde sólo mi padre sabía actuar. Heredo una corona que no deseo. A diferencia de mamá, cada hora será para mí la misma, un día común, un calco de los años pasados.
Seguiré sin atender el teléfono. No abriré la puerta a los edecanes ni a los jababolas. Quemaré el correo. El gabinete esperará por mí, pero al final se rendirá a la imposición de mi madre. Es eso o, sin papá para domarlo, freírse en conspiraciones. Yo no sé vivir en este nuevo mundo. Podría seguir sin saber qué camino tomar por mil años más. Nada más quiero jugar con la Nintendo X-Box.
Suena el teléfono. Habitualmente atiendo yo pero me duele el cuerpo y estoy embarullado. Grito a mamá que diga que no estoy.
—No te preocupes, Radamelcito —responde desde el cuarto—. Es una amiga.
Claro que no me preocupo: me ha respondido sin titubeos, la voz franca. La congoja un segundo después que padre. En nada de tiempo cantará o silbará.
Me estiro en el sofá y arrastro la consola de la Nintendo X-Box por el cable. Aprieto power. Funciona. Chévere. Pongo Halo 31.
El televisor hace un ruido como cuando se calientan los transistores viejos. El impacto de la consola fracturó la pantalla de izquierda a derecha. Si no fuera porque domino el juego —no por nada soy campeón sudamericano desde hace quince años— sería casi imposible seguir las batallas.
Del cuarto de mamá llega su voz tarareando una canción. Perales: «Treinta años de ser príncipe».
El menú de Halo se activa. La noche se cierra sobre Caracas.

1 COMENTARIOS:

› Miguel Bustos M

volvio el gemelo!!!!!

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